Viendo a Ana disfrutar sexo anal

Esa noche después de cenar en casa, Ana y yo tuvimos una sesión de sexo salvaje. Después de coger durante horas, mi dulce esposa se relajó y me confesó que tenía una cita para la noche siguiente.
Le pregunté entonces quién sería el afortunado. Anita sonrió y respondió que un tal Aaron, un compañero suyo de oficina; un hombre negro a quien yo no conocía…

Le pregunté entonces por qué lo había elegido y ella entonces largo una carcajada, diciendo que estaba muy caliente y quería sentir una buena verga negra por el culo y que el tal Aaron tenía una así grande… y además, él le había dicho ya que la sodomizaría con mucho gusto…

Me dijo que en ese momento ella estaba húmeda de solo pensar en esa pija negra enorme entrando y saliendo de su orto sin compasión.
Estiré mi mano y zambullí mis dedos entre sus labios vaginales. Era verdad; mi mujercita no solamente estaba humedecida, sino además muy, muy caliente allí abajo.

La noche siguiente yo estaba saboreando un vaso de whisky en el patio trasero, cuando Ana se asomó para mostrarme su sensual atuendo.
Llevaba un vestido corto de color rojo, con transparencias a la altura del busto. Medias de color natural que realzaban la sensualidad de sus hermosas piernas y unos tacones que me producían una erección dolorosa.

Elogié esos zapatos y ella explicó que los usaba así para estar más alta y que Aaron pudiera cogerla estando de pie. Mi verga me dolió un poco más.

Le pregunté si yo iba a poder estar presente. Ella dijo que no tenía problema, pero seguramente Aaron iba a querer que estuvieran ellos solos.

Se sentó frente a mí en el sofá, cruzando sus torneadas piernas de manera muy sensual. Podía ver sus pezones erectos bajo la fina tela roja del vestido. Era evidente que mi mujercita estaba muy excitada por anticipado.

El timbre de la puerta sonó y yo me levante a atender, haciendo pasar al afortunado Aaron. El negro sonrió y se presentó él mismo.
El tipo pareció sorprendido cuando le dije que yo ya sabía que había venido nada más que para cogerse a mi esposa por el culo… Pero no dijo nada.
Anita se acercó y sugirió que yo podía esperar en el patio si me sentía más cómodo. Tomé mi vaso de whisky y me apoltroné en el ventanal, en plena oscuridad, desde donde podía observar todo lo que sucediera adentro.

Mi sensual esposa se acercó al negro sin decir una sola palabra. El tipo se desabrochó el cinturón y dejó caer sus pantalones al suelo.
Mi dulce esposa se arrodilló entonces frente a él y tomó esa gigantesca verga negra entre sus dedos, para llevársela a la boca. Ella no había exagerado, esa poronga era de un tamaño inconmensurable realmente; además tenía una cabeza bastante gruesa y venosa.

Me imaginé que Anita iba a gritar bastante con esa cosa enorme enterrada en el fondo de su estrecho culo…. No entendía por qué quería que la sodomizara semejante verga, si la mía era suficiente para ella…

Podía ver a mi esposa con las rodillas separadas y una mano metida entre sus muslos, acariciando su clítoris. Se estaba lubricando ella misma, pero me había jurado que ese negro solo iba a entrar por la puerta de atrás…

Después de un buen rato de atragantarse con esa verga negra, Aaron la ayudó a levantarse y la hizo girar para apoyar las rodillas sobre el sofá.
Ella misma guió con su mano esa poronga dura a través de sus muslos abiertos. Entonces mi perversa esposa hizo algo que nunca le había visto hacer: En lugar de meterse esa verga a fondo en la vagina, la apretó con sus muslos y comenzó a moverse hacia atrás y adelante.
En pocos segundos Ana alcanzó un orgasmo, haciendo rozar la gruesa punta de esa pija negra sobre sus labios vaginales.
El negro sonrió al ver temblar a mi esposa sin control mientras acababa.

Entonces la sostuvo por las caderas mientras ella movía su trasero sobre esa enorme verga negra. De repente pude ver que esa cosa monstruosa desaparecía dentro del cuerpo de Ana. Ella suspiró apenas, por lo tanto, deduje que Aaron se había empalado en su concha bien mojada…

El negro se afirmó bien y comenzó a bombear a mi esposa con buen ritmo.
Ana empezó a gemir y jadear con la boca abierta y los ojos cerrados.
Luego de unos minutos, Aaron se la sacó y apuntó cuidadosamente a la puerta trasera de ella. Empujó un poco y la punta de su verga se deslizó suavemente dentro del culo de mi mujercita. Empujó más y se la metió entera. Se quedaron ambos quietos por un instante, esperando que el trasero de Ana se adaptara a semejante tamaño de verga…

Ambos balancearon sus pies para mantener el equilibrio y entonces él se afirmó otra vez tomándola por las caderas y quedando ambos de pie.
Aaron acarició sus hermosas tetas y le pinchó los pezones, provocándole a mi esposa unos agudos gritos de sorpresa y placer…

Ella gimió y le pidió que se lo hiciera bien duro. Enseguida comenzó a gemir y a jadear cuando el negro comenzó a bombearle el culo con ganas.
Lo hacía con tanto ímpetu, que la punta de su verga casi salía del ano de mi esposa en cada embestida. Enseguida se deslizaba otra vez hacia adentro, haciendo que Ana se volviera loca de gusto…

Las manos de ella se afirmaban a los muslos del negro mientras él le taladraba su estrecho trasero. El negro parecía incansable luego de bombear largo rato sin parar.
De repente noté que sus nalgas se apretaban temblando y entonces supe que ese negro hijo de puta se estaba vaciando en el fondo del culo de mi delicada mujercita.

Se quedaron ambos quietos mientras la verga se le aflojaba. Las manos negras seguían recorriendo los pezones de Ana, haciéndola suspirar.
Ella abrió sus ojos y me miró sentado en la oscuridad, observándolos.
Me sonrió, totalmente satisfecha de tener esa verga negra enterrada en el fondo de su hermoso trasero.

Entonces Aaron se movió hacia atrás y su verga ya no tan dura salió del estrecho ano de mi esposa y cayó entre sus muslos. Así y todo, todavía era una cosa impresionante en tamaño…

Ana quedó con sus piernas temblando. Yo sabía que ella no había alcanzado a acabar y por ello seguiría seguramente muy caliente y con muchas ganas de seguir cogiendo con ese negro enorme.
Ella se apartó de él y se acercó a mí, para decirme que “ésa era la manera en que había que coger el culo de una esposa…”
Quise agarrarla y meterle un dedo por atrás pero me esquivó sonriendo y se fue a la cocina, vistiendo solamente las medias de nylon y sus zapatos de taco alto.
Su amante negro fue al baño y regresó después de un breve lapso.
Anita enseguida notó que la verga negra estaba otra vez en condiciones de hacerla gozar. Entonces ella se tendió boca arriba en el sofá; abrió bien sus invitantes piernas y le pidió a Aaron que le cogiera la concha.

El negro me miró con una risa estúpida y luego se arrodilló entre los muslos abiertos de mi esposa, que lo esperaba con ansias.
Se hundió en su concha en un solo empujón hasta las bolas, haciendo que ella gimiera y aullara de placer con semejante intrusión…

La cogió en esa posición durante más de veinte minutos. Hizo que Ana se debatiera y tratara de escaparse de esa serpiente oscura que la penetraba sin piedad; pero ella acabó al menos tres veces antes de que el negro se la sacara y quisiera darle por el culo otra vez.

La hizo levantar del sofá y la llevó a empujones contra una pared. Allí le sujetó las manos por encima de la cabeza y, enfrentados de cara a la pared, la sodomizó otra vez de pie; mientras Ana gritaba como una loca…

Después de acabar otra vez en el culo de Anita, el negro se vistió sin decir una palabra; acarició el suave trasero desnudo de mi esposa por última vez y se fue mirándome con una sonrisa burlona.

Ana me ordenó que lamiera los restos de semen que ese negro le había dejado en la concha. Después de dejarla satisfecha y escuchar sus gemidos de placer bajo la acción de mi lengua, saqué mi verga endurecida e intenté cogerla, pero ella me dijo que su concha estaba muy dilatada por el tratamiento que le había dado su amante negro.
Le pedí que me dejara sodomizarla, pero también me lo negó, diciendo que tenía el ano muy dolorido y además lleno de semen caliente todavía…

Sonriendo me susurró al oído que su culo ahora era solamente propiedad de Aaron… y lo peor de todo, me dijo que al día siguiente ese negro volvería a disfrutar un rato más de sus suaves caderas y su firme trasero…

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