Viajando en subte durante la hora pico

Viviendo en Buenos Aires normalmente no utilizaba el servicio de subterráneos para ir a trabajar; ya que la oficina quedaba cerca de mi casa y era más placentero y saludable hacer el trayecto a pie.
En una ocasión tuve que ir hasta el centro para hacer unos trámites y decidí que lo mejor era justamente viajar en subte; pero sin darme cuenta de que podría estar regresando a la hora pico.
Tenía que ir a un juzgado, por lo tanto me vestí de manera algo conservadora, con un trajecito sastre y falda ajustada a la cintura y una blusa blanca, naturalmente con zapatos de taco mediano.
Al regresar me encontré que era efectivamente la peor hora para viajar en subte; pero ya no tenía otra opción si quería llegar temprano a mi casa, donde me esperaba mi esposo para cenar.
La estación estaba ya atestada de gente a esa hora. La mayoría eran hombres. Pedí permiso para ubicarme entre algunos y todos de manera muy galante me cedieron el paso.
Al llegar el tren no me fue difícil entrar. Pude notar también que todos esos “caballeros” me miraban el escote de mi blusa con algo de morbo.
Esas miradas empezaron a excitarme y, entre el calor de estar todos apretujados dentro del vagón y las ganas que yo tenía de coger, comencé a notar que mi entrepierna se humedecía. Llevaba una pequeña tanga de algodón bajo mi falda y podía sentirla totalmente empapada…
El vagón estaba repleto de hombres; casi no podía ver a ninguna otra mujer. Ninguno de ellos me cedió su asiento, así que tuve que conformarme con viajar de pie, contra un rincón, en medio de todos esos hombres que me desnudaban con la mirada.
Para colmo el viaje era bastante largo; debía recorrer once estaciones hasta mi destino final.
En la tercera estación subió un nutrido grupo de chicos jóvenes, varios de ellos con mochilas en sus espaldas. Quedé en medio de ellos; un poco alejada del resto de los hombres que me miraban con tanta morbosidad.
Intenté llegar a una puerta, pero uno de los chicos se interpuso y quedé apretada entre él y sus amigos. A esa altura mi tanga ya ni podía contener mis fluidos; comenzaba a sentir que se deslizaban por mis muslos… También el calor humano me estaba provocando que comenzara a sudar…
De repente sentí que algo duro estaba detrás de mí; intenté girar mi cuerpo, pero me di cuenta que esos chicos me tenían inmovilizada. Entonces intenté bajar mi mano derecha para apartarlo, pero alguien la tomó y no me permitió hacerlo; de repente también me inmovilizaron la mano izquierda.
Empecé a preocuparme, pensando en qué querían realmente estos chicos.
Tal vez querían franelearme contra mi voluntad; pero eso era poco en comparación con lo que realmente me sucedió después…
Sentí que una mano subía por mi pierna derecha y levantaba mi ajustada falda, llegando hasta mi pequeña tanga. Intenté resistir, pero una joven voz varonil me susurró al oído: “Quédese quieta señora, esto le va a gustar…”
De repente un dedo se abrió paso a través de mi tanga empapada y penetró entre mis dilatados labios vaginales, provocándome un ligero grito de sorpresa. De inmediato alguien me tapó la boca y susurró otra vez:
“Silencio señora… ya le dije que le iba a gustar…”
Una voz diferente, de quien me había metido el dedo, dijo:
“Ya está bastante mojada…” Y los demás rieron…
El dedo volvió a entrar y empezó a moverse dentro de mi vagina, acariciando mi clítoris y volviéndome loca. Mi boca seguía tapada con esa mano y yo no me animaba a gemir por la vergüenza de que toda la gente alrededor supiera lo que me estaban haciendo esos chicos…
El tren seguía avanzando y deteniéndose en las estaciones; mientras yo seguía en ese rincón, atrapada entre esos chicos que me ocultaban a la vista del resto de la gente…
De repente sentí que otra mano abría mi trajecito y desprendía los botones de mi blusa; acariciando mis tetas sin que yo pudiera evitarlo. Mis pezones se pusieron duros en apenas dos segundos. Un dedo seguía jugando con mi clítoris, mientras otra mano distinta me bajaba la tanga hasta la mitad de mis muslos.
En ese momento supe lo que intentaban hacer conmigo y pensé que no era posible: no iban a cogerme allí en ese vagón repleto, rodeados por tanta gente…
A esa altura yo seguía inmovilizada y con la boca tapada; ya ni siquiera podía ver si el vagón seguía lleno de gente como al principio.
Entonces sucedió lo que yo temía… Sentí una verga bien dura que empezaba a entrar en mi concha dilatada y chorreante; poco a poco, deslizándose despacio. Sentí un increíble placer, disfrutando de la gruesa verga de ese pendejo hijo de puta que me estaba cogiendo tan bien.
Por otra parte, alguien comenzó a pellizcar mis erectos pezones; añadiendo todavía más placer al que me daba esa pija enterrada en mi concha.
Para darles todavía más tiempo a los chicos, de repente el tren se detuvo entre dos estaciones, en la oscuridad de un largo túnel. Las luces titilaron, se apagaron y volvieron a encenderse de manera más atenuada.
El chico que me había empalado aprovechó entonces las penumbras y comenzó a moverse con más ritmo, sosteniéndose de mis caderas y dándome verga al máximo. Una mano seguía en mi boca, ahogando mis gemidos y otras manos recorrían mis tetas y mis piernas; lo cual me hacía excitar más todavía…
Involuntariamente empecé a moverme al mismo ritmo del chico que me estaba cogiendo. Otros dedos comenzaron a acariciar mi clítoris por delante y eso me volvió loca.
Sin aviso previo me llegó un orgasmo que me sacudió por completo. Unos segundos después, sentí que ese chico acababa en mi concha, llenándomela de semen caliente.
Sin perder tiempo intercambiaron lugares y otro chico se ubicó a mis espaldas. Sentí el roce de su verga rígida pero en mi entrada anal…
Quise evitar que me diera por el culo, sabiendo que no habría mordaza que pudiera amortiguar mis alaridos al sentir una verga sodomizándome. Pero al notar mi reacción, entre todos redoblaron sus esfuerzos para inmovilizarme y pronto entonces sentí esa pija traspasando mi estrecho esfínter y abriéndose paso de manera implacable a través de mi canal rectal…
Grité como una loca, pero nadie pudo oírme, pues mi boca seguía tapada.
El chico que había estado siempre frente a mí, de repente sacó su verga y haciéndome retroceder un poco, me obligaron a doblarme por la cintura y lograron que metiera esa enorme cosa en mi boca. El chico me tomó por la nuca, marcándome el ritmo de la mamada…
El que me estaba sodomizando acabó dentro de mi estrecho culo justo en el momento en que el tren arrancaba otra vez. Sentí su descarga dentro de mi cuerpo y eso me provocó otro intenso orgasmo. No pude gritar, porque el otro chico no me permitió sacarme su verga de mi boca.
Sabiendo que el viaje se había reanudado, los chicos se fueron turnando con cierta urgencia para cogerme; por la concha o por el culo. Apenas uno terminaba conmigo, otro chico tomaba su lugar; de tal manera que yo no tenía descanso. Perdí la cuenta de cuántos lo hicieron realmente; pero tanto mi vagina como mi culo comenzaron a arderme después de tantas salvajes penetraciones…
Cuando llegamos a la estación terminal las puertas se abrieron y el vagón repentinamente se vació; los chicos que me habían cogido desaparecieron mezclados entre la marea de gente.
Me senté en un banco vacío para acomodarme la ropa. Alguien se había llevado mi tanga empapada como recuerdo. Me limpié como pude el semen que se deslizaba desde mis muslos hasta mis tobillos. Había perdido todos los botones de mi blusa y lo peor de todo, era el intenso ardor que sentía en el fondo de mi cavidad anal, después de tantas penetraciones que había sufrido…
Bajé del subte trastabillando un poco, ya que el intenso ardor me impedía cerrar las piernas y caminar derecho. Al pasar frente a una vidriera pude ver lo despeinada que me habían dejado esos pendejos.
Llegué a mi casa, encontrando que mi adorado Víctor todavía estaba en su oficina. Aproveché el tiempo para darme un buen baño de inmersión.
Me sumergí hasta el cuello en el agua tibia y abrí bien mis piernas; separé mis labios vaginales y comencé a acariciar mi todavía inflamado clítoris, buscando otro nuevo orgasmo.
Al acabar, por fin pude aullar y gritar mi clímax por todo lo que no había podido gritar en manos de esos pendejos atrevidos.
Más tarde recibí a mi esposo, que estaba contento de darme una buena noticia; uno de sus amigos me ofrecía un puesto en su estudio.
Era un trabajo mejor pago y con horarios muy flexibles; pero lo malo, según mi adorado Víctor… tendría que viajar todos los días en subte…

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