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Una parada en medio de la ruta

Una noche Ana y yo regresábamos de una ciudad cercana, después de haber visitado algunos amigos. Era una cálida noche primaveral y a esa hora la autopista estaba casi vacía.
Anita parecía distraída sentada a mi lado, pero su mano derecha estaba ocupada moviéndose debajo de su falda. Le pregunté si se encontraba caliente y por toda respuesta me pidió que nos detuviéramos en una estación de servicio que se veía en el horizonte.
Mi esposa salió del auto y me ordenó que la siguiera. Entramos al baño de damas y ella me susurró que esa noche ella estaba muy, muy caliente…

Nos encerramos en una de las cabinas y cogimos como nunca. Estuvo divertido, con Ana tratando de apagar sus gemidos para que no la oyeran otras mujeres que entraban y salían del lugar.
Cuando terminamos, regresamos al auto; pero Anita me dijo que necesitaba algo más. Me pidió que la esperara allí afuera y ella entró a la cafetería del lugar. Pude ver que conversaba con algunos hombres.

Enseguida regresó sola y me preguntó con una mirada muy sensual:
“Puedo traer a alguien…?”
Le respondí que yo no tenía problema en compartirla con otro hombre.
Ana sonrió y regresó a la cafetería, para volver unos instantes después.

El hombre elegido nos esperaba atrás, en una zona arbolada donde había una especie de recreo con mesas y asientos de piedra. El lugar estaba bien oscuro y desierto a esa hora. Nos acercamos caminando y desde lejos pudimos ver al hombre esperando, recostado contra un frondoso árbol.
Era un tipo bastante fornido; se veía que era rubio a pesar de la oscuridad. Tenía un cigarrillo en los labios y ambas manos descansando a los costados. Al acercarnos, vimos que llevaba la bragueta abierta y su enorme verga erecta apuntaba hacia nosotros. Era una cosa bastante grande.

Ana dejó escapar un suspiro de aprobación apenas vio lo que ese desconocido tenía para darle.
Ella miró en la oscuridad hacia todos lados, para asegurarse de que no había nadie más cerca de allí y luego se acercó al hombre.
El tipo la tomó por la nuca y la obligó a ponerse de rodillas frente a él.
Metió la punta de su verga entre los labios rojos de mi esposa, diciendo:
“A ver puta, si es verdad que te gusta tanto chupar pijas…”

Enseguida comenzó a mover sus caderas, metiendo y sacando su endurecida verga de la delicada boca de Ana.
Mientras lo hacía, me miró de manera desafiante; pero todo lo que yo podía hacer era observar a mi esposa devorándose esa verga enorme.

El hombre me dijo: “Qué tipo de suerte… con semejante esposa tan puta…”
Tomó a mi mujer por la nuca y se zambulló más profundo todavía.
“Quién te enseño a chupar así, perra… el cornudo de tu marido??”
Yo apenas sonreí, sin dejar de mirar a Ana tragándose esa pija.
“Vas a dejar que me coja a tu mujer aquí mismo, frente a vos…?

Ana seguía ocupada con su boca; pero yo podía ver que sus propios dedos ahora entraban y salían furiosamente de su concha. Parecía a punto de acabar en un orgasmo, cuando el hombre la tomó por los cabellos y le hizo soltar la verga.
La miró directo a los ojos diciéndole:
“Te voy a coger ahora, aquí mismo, delante de este cornudo…”

Ana le suplicó: “Sí por favor, ahora mismo…”

El hombre entonces empujó a mi delicada esposa contra una mesa cercana y le hizo apoyar el pecho contra la piedra fría. Arrebujo la falda de Ana a la cintura, exponiendo su pequeña tanga de color negro.
El tipo dio un silbido de aprobación y, con un rápido manotazo, desgarró ese pequeño pedazo de tela que cubría los humedecidos labios vaginales de Anita. Los restos de la tanga fueron a parar al bolsillo de sus pantalones.

Mi esposa levantó un poco sus caderas y tomó esa verga enorme entre sus dedos, para ayudar en la penetración. Al tipo no le costó nada de esfuerzo entrar entre esos ya lubricados aunque estrechos labios vaginales.
“Ahhh…” Suspiró Ana al sentir la invasión de esa ponderosa verga detrás de ella. Giró su cabeza para mirar al hombre y decirle:
“Quiero que me cojas bien duro… no importa si grito como una loca…”

El tipo sonrió en la oscuridad y le dio un duro golpe de caderas a mi esposa, que salió lanzada hacia adelante con tanta violencia; gritando con todos sus pulmones como ella mismo había previsto…
Con cada violento embate, el tipo cada vez se enterraba más en la concha de Ana; haciéndola gemir, aullar y gritar como a una verdadera perra.

Mi esposa gritó y gimió con cada orgasmo que tuvo. Perdí la cuenta de cuántos fueron en total, pero estoy seguro de que ella gozó muchísimo.
El hombre me miró mientras le bombeaba la concha de manera furiosa:

“Hace rato que no me cogía una perra así… tan puta como tu mujer…”

Ana volvió a gemir y a acabar cuando sintió que el tipo se vaciaba dentro de su enfebrecida concha. Después él se quedó sobre ella, con la verga todavía enterrada a fondo en su concha. Permanecieron muy quietos los dos; solamente podía oírse el sonido de su respiración.

De repente se la sacó con suavidad y Ana intentó levantarse de la mesa. Pero el hombre la tomó por el cabello y la hizo seguir apoyada boca abajo.
“Adónde vas, puta… todavía te falta entregarme lo mejor…”
Quedé helado; no me imaginé que este tipo iba a querer sodomizar a Ana.

Ella también se alteró e intentó debatirse, pero el hombre la tenía bien sujeta. Avancé hacia ellos, pero entonces me encontré encañonado por una pistola que apenas se veía en la oscuridad.
“Tu mujer tiene una concha muy caliente… ahora quiero probar su culo…”

No me quedó otra opción que presenciar cómo ese hijo de puta se dedicaba a romperle el culo a mi esposa. Ana intentó zafarse, pero el tipo la sujetó de tal manera, que ella no pudo hacer nada.
Me hizo retroceder unos pasos a punta de pistola y entonces pude oír el grito lastimero de Ana al sentir la intrusión anal. Ella siguió gritando todo el tiempo, porque ese turro realmente le maltrató el culo a su antojo.

Me pareció que esta vez Anita se quejaba de veras; no estaba gozando con semejante cogida anal. El tipo era demasiado brutal, parecía que quería castigarla mediante sus tremendos golpes de pija en su estrecho ano.

Finalmente él tensó su espalda y se vació dentro del ano de mi delicada esposa, poniendo fin a su tormento. Se salió enseguida y se acomodó sus ropas. Luego me miró con desprecio y me dijo con cierta sorna:
“A tu mujercita le encanta que le den bien duro por el culo… lo sabías?”

Ana siguió apoyada sobre la mesa de piedra, mirando el suelo, aunque parecía estar con los ojos cerrados. Sus muslos abiertos dejaban escapar un reguero de semen que se deslizaba hasta sus tobillos.
“Los espero el viernes a esta hora… vendré con un par de amigos…”

Diciendo esto, el tipo despareció en la oscuridad y yo me acerqué a Ana.
Ella abrió los ojos y me preguntó con una muy débil sonrisa:
“A qué distancia queda este lugar de nuestra casa…??”

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