UNA MUJER ME METE LA MANO EN EL METRO

Beatriz se acercó al borde del andén, traspasando la línea amarilla. No había mucha gente en la estación, pero sabía que el metro vendría lleno de lo que había recolectado en su recorrido. De alguna manera, sabía también que tratar de ganar una mejor posición para entrar al vagón era casi absurdo, de todas formas iría como sardina una vez adentro. Sin embargo era algo que no podía evitar y no iba a resistirse a su instinto ganador.

Al sentir el ruido del tren acercándose, dobló su cuerpo hacia delante y sacó la cabeza sobre los rieles; al fondo del túnel venía el metro. Se enderezó y a medida que el tren se detenía intentaba hacer puntería con una puerta que tuviera las condiciones perfectas.

Las condiciones perfectas eran básicamente un espacio donde pararse entre la puerta de vidrio y alguna mujer. De esa manera se aseguraba el no tener a un hombre detrás que, además de oler mal ya entrada la tarde veraniega, podría sacar partido de la presión reinante.

Una puerta perfecta se abrió frente a su cara y entró.

Beatriz llevaba puesto un vestido largo de algodón blanco sujeto por dos delgados breteles. Su pelo amarrado en un nudo casual detrás de su cabeza, atravesado por un palillo chino de madera negra, dejaba descubierto su alto cuello sobre el cual caían algunos mechones no sostenidos por el amarre. Sólo cargaba un pequeño bolso que sostenía siempre con ambas manos por delante.

Al entrar alcanzó a dar un par de pasos antes de quedar frente a frente con una mujer joven con traje de ejecutiva. Entonces dio media vuelta mientras las puertas se cerraban para quedar casi pegada a éstas. Tendría, pues, un viaje seguro.

La estación de intercambio estaba a seis paradas desde allí y sabía que hasta entonces, nadie bajaría del vagón. Además, al pegarse a la puerta daría la falsa impresión de que ya nadie podría subir por ahí.

En la primera parada su teoría demostró ser infalible. Nadie entró. Nadie salió.

La segunda detención fue un golpe a la cátedra. Casi al detenerse, notó que las personas se acomodaban forzadamente en clara señal de que alguien se acercaba a la puerta. La mujer que tenía detrás fue empujada suavemente sobre el cuerpo de Beatriz.

“Perdona, me empujaron.”

Aunque no pudo voltearse del todo, esbozó una sonrisa de aceptación que debió ser percibida por su vecina.

“Está bien, no te preocupes.”

La mujer había quedado totalmente pegada a la espalda de Beatriz.

El tren se detuvo y por la puerta bajó dificultosamente un escolar con una enorme mochila verde.

“Que mal gusto…” murmuró Beatriz y sintió que su protectora rió con el comentario. La casual complicidad hizo que Beatriz respondiera con otra sonrisa, de nuevo dando el perfil.

El tren partió otra vez. Pero la mujer no volvió a su lugar, se quedó pegada a Beatriz. Podía sentir los muslos de la mujer a cada lado de su pierna izquierda y la respiración pausada rebotando sobre el mismo hombro.

Beatriz se quedó paralizada.

Pensó en un primer momento darse vuelta forzadamente y encararla, pero cuando lo iba a hacer, la mujer habló:

“Por favor discúlpame si te estoy apretando mucho, pero por acá parece que alguien se acomodó. Te juro que a mí están empujando también… cosas de metro ¿no?.”

Beatriz no supo que decir. No le pareció del todo convincente la explicación, pero tampoco correría el riesgo de quedar como una histérica fuera de lugar. Tal vez era cierto. Además la mujer tenía un tono amable y, de alguna manera, confiable.

“Si po`, cosas de metro…” respondió resignada.

Después de partir de la tercera estación y sin ningún cambio de posiciones, Beatriz comenzó a relajarse. Podía percibir que la mujer era más o menos de su altura y más bien delgada, según sus piernas que todavía envolvían una de las suyas. Por el rabillo del ojo había notado que tenía el pelo largo, negro y ondulado.

La cercanía era tal, que podía incluso sentir la presión de sus pechos en la espalda.

“¿Silicona?” pensó divertida y no pudo dejar de sonreír por su ocurrencia.

“Ningún pecho natural es tan duro” y volvió a sonreír.

Pero entonces la mujer hizo un movimiento que cambió el color de las cosas. Delicadamente abrió la chaqueta que vestía sobre una diáfana blusa y Beatriz pudo entonces sentir claramente la presencia de dos duros pezones que la marcaban.

Su pulso se disparó. Una fuerte corriente eléctrica la recorrió desde los pies a la cabeza. Sus pupilas se dilataron y comenzó a respirar por la boca. Estaba en shock.

La mujer entonces, disimulada por el vaivén del vagón, comenzó a mover sus pechos circularmente sobre Beatriz. Sus pezones eran dos gotas bailando una danza casi imperceptible y controladamente lenta.

No cabía duda alguna. Estaba siendo acosada.

Beatriz se pegó lo más que pudo al vidrio de la puerta, pero el frío cristal no hizo sino endurecer sus propios pezones. Aunque la rigidez era de un origen distinto, la coincidencia le pareció demasiado íntima. Su condición física y mental se presentó imprevistamente en su mente con una palabra: Morbo.

La ordenada Beatriz estaba en medio de una situación de indiscutible morbosidad. Y eso era definitivamente nuevo.

Tal vez esa novedad, sumada a la imposibilidad de salir de la situación con lógica y dignidad, hicieron que Beatriz no saliera del carro al llegar a la cuarta estación.

“Dos estaciones más y se acabará todo”.

Cuando el tren volvió a andar, la mujer continuó con su caricia encubierta. Beatriz se había separado ya del vidrio helado de la puerta, pero sus pezones seguían erectos. Tanto que el contacto de éstos con el algodón de su vestido se convirtió en una inobjetable sensación de agrado.

“El puto vidrio” pensó intentando proyectar su cada vez más frágil culpa. “no soy yo, es el frío”.

Sin embargo la rápida multiplicación de la sensación, ahora en toda su piel, echó por tierra su última tabla de salvación moral.

La sensación no era sino placer. Un placer que galopaba sobre el miedo.

Y Beatriz lo supo.

La mujer entonces apoyó su mano derecha en la cadera de Beatriz. Primero muy sutilmente casi sólo con las yemas de los dedos, para luego llenar toda su palma con la curva que divide la cintura de sus piernas. Allí se detuvo.

Poco a poco deslizó la mano en diagonal, por debajo del pequeño bolso, hacia el sexo de una concentrada Beatriz, quien estaba atenta a los movimientos de su invasora, tratando de encontrar el punto exacto en que la haría detenerse en el camino a su entrepierna.

Cada vez que avanzaba, Beatriz juraba que la detendría en ese instante.

Pero no lo hacía. Como queriendo aguantar una prueba de resistencia autoimpuesta, dejaba que invadiera cada vez un poco más. Y otro poco. Y otro más.

Extrañamente, no era el sexo de su compañía lo que la inquietaba, sino la explosiva intimidad a la que había dado cabida. La posibilidad de que aquello fuera bueno poco a poco se iba apoderando del rastro fugaz que dejaban sus acelerados pensamientos. Estaba confundida. Por primera vez en su vida, estaba totalmente indefensa.

Una enorme conmoción la había invadido, tomando por asalto la sensibilidad de su piel. Aquello sí era grato. No la conocía; ni siquiera había visto su cara. Pero aquello era grato. Sin duda tenía miedo, pero sobre el miedo venía aquello que ahora debía reconocer como placentero. Le gustaban las caricias que esos pezones endurecidos podían brindarle. Le gustaba el calor de esa mano avanzando como un incendio.

“Me gusta.” Reconoció por fin en su cabeza.

Perdida en sus pensamientos, Beatriz echó inconcientemente su cabeza hacia atrás. La mujer se acercó a su oído. Beatriz, sorprendida por su propio avance, estaba a punto de quitarle su mano del vientre cuando la mujer le dijo con la voz entrecortada:

“Bájate ahora… por favor”.

Y retiró la mano.

En ese momento el tren comenzó a detenerse en la quinta estación.

Beatriz comprendió de inmediato que de alguna manera ella misma había sido la invasora; que su presencia cobijada había sido la trampa para alguien más. Un sentimiento de delicada compasión lo transformó todo de golpe. Su morbo descansó entonces en la ternura; una ternura que acalló de golpe los últimos ecos de la culpa de su tacto y que abrió la memoria al recuerdo de ese momento.

Las puertas se abrieron. Beatriz salió con los ojos cerrados. Dio dos pasos y se detuvo. Se dio media vuelta justo cuando las puertas se cerraban. Miró hacia dentro a través de la ventana y clavó sus ojos en los de la mujer. Brillaban como el vidrio helado.

Todo duró menos de un segundo.
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