Una larga noche maniatada

Esa noche de sábado estaba otra vez sola en casa y había aceptado la invitación de Helena y Camila para acompañarlas a un boliche de strippers.
Haríamos una noche de “sólo chicas” pero prometimos portarnos bien. Helena se lo aseguró a Jorge y Camila a su amante de entonces…
Fuimos en mi propio auto. Las chicas me designaron como conductora responsable para el regreso, por lo tanto, yo no podría beber alcohol… El lugar estaba interesante. No había strippers en realidad. Pronto nos dimos cuenta que era un boliche perfecto para el levante.
Bailé con mis dos amigas, rebotando entre las tres a varios candidatos que se animaron a acercarnos. Yo esa noche no me sentía tan caliente: con Víctor habíamos tenido una inusual semana de sexo y habíamos estado cogiendo de manera salvaje durante los últimos días. Esa noche solamente quería divertirme con mis amigas.
Consumimos bastante alcohol entre las tres y yo me sentí un poco mareada; ya no podría manejar de regreso. Las chicas me acompañaron a la mesa; pero pronto ambas aceptaron la invitación a bailar de unos pendejos bastante interesantes…
Estaba mirando a mis dos amigas moverse sensualmente en la pista de baile, cuando un galán algo maduro se sentó a mi lado, sin siquiera pedir permiso. Me miró de una manera, que sentí mi concha humedecerse…
Me invitó una copa y nos pusimos a conversar.
Cuando desperté, me encontraba en un lugar oscuro y con un tremendo dolor de cabeza. No era posible que hubiese perdido el conocimiento solamente con unas pocas margaritas. El dolor no era una simple resaca…
Intenté moverme pero no pude. Entonces, a pesar de la oscuridad, supe que estaba boca arriba sobre una cama, desnuda y atada de pies y manos.
De repente un resquicio de luz se abrió en la oscuridad y alguien entró.
“Qué pasa aquí?? A qué estamos jugando??” Pregunté a los gritos.
“No es ningún juego, nena; simplemente desde ahora estás en mis manos y voy a cogerte de todas las formas posibles que se me ocurran…”
“Por favor, te lo pido… puedo hacer todo lo que quieras, pero así no…”
“Silencio, perra… ya te dije lo que voy a hacer contigo…” Respondió.
“No voy a dejarme, hijo de puta… no te será tan fácil” Dije muy furiosa
“Bueno, eso ya lo veremos, perra…” Me contesto riéndose.
Pude oír con claridad los sonidos que hacía ese tipo al quitarse la ropa.
Unos segundos después y sin nada de preliminares, me penetró brutalmente la concha, montado su cuerpo sobre mi vientre.
Aullé de dolor por la violenta intrusión y lo insulté; sabiendo que era inútil pedir auxilio. Nadie me oiría en esa habitación oscura.
La cama comenzó a chirriar al ritmo del movimiento de nuestros cuerpos desnudos, mientras ese hombre me violentaba con su tiesa verga. Mis muñecas seguían firmemente atadas al cabezal de la cama y mis tobillos también estaban bien separados y atados, permitiéndole a ese turro una profunda penetración sin que yo pudiera resistirme…
Unos minutos después, el dolor dejó paso al placer. Mi mente decía que eso estaba mal; pero mi cuerpo entero decía todo lo contrario…
Jadeos, sudor, arriba, abajo, más, más, placer total. El ritmo frenético lo marcaba mi atacante desconocido; pero de pronto, sin casi darme cuenta, comencé a responder a su misma velocidad, ya no podía decir que no.
Su verga dura entraba y salía de mi cuerpo sin que yo pudiera controlar la situación, cada vez más rápido, más rápido y más profundo.
“Hijo de puta… me vas a hacer acabar…” Susurré mientras mi dolorido cuerpo me seguía traicionando, comenzando a preparar el primer orgasmo.
La habitación estaba muy bien insonorizada y el eco de mis aullidos y gritos se multiplicaba como si hubiera cientos de voces en una gran orgía…
De repente exploté en un muy intenso orgasmo y mientras aullaba de placer, sentí que el tipo me llenaba el vientre con su semen caliente.
Los dos quedamos exhaustos y bañados en sudor; yo temblando y agitándome sin poder mover brazos ni piernas. El desconocido jadeando y tendido sobre mi cuerpo, agotado y con la respiración entrecortada.
Y de nuevo la oscuridad absoluta… Esta vez en forma de un pañuelo en mi nariz y boca; un olor penetrante e intenso y nada más.
En algún momento volví a despertar. Todavía podía sentir los escalofríos de mi primer orgasmo. Esta vez la posición era distinta; estaba boca abajo, otra vez mis muñecas y tobillos asegurados a los extremos de la cama.
Cerré los ojos en plena oscuridad y esperé por otra visita, que no tardó demasiado en producirse.
Esta vez ya ni siquiera intenté razonar con el tipo. Ambos sabíamos lo que venía a continuación. Y de pronto sentí mi ano atravesado lentamente por algo metálico y frío, que en seguida comenzó a vibrar…
Lo notaba entrar y salir de mi estrecho ano, poco a poco y cada vez con mayor intensidad y velocidad. Era demasiado doloroso y le pedí que se detuviera, diciéndole que me estaba lastimando con ese aparato.
Pero antes de que el tipo hiciera algo, otra vez pude notar la tremenda excitación a lo largo de mi cuerpo. Para hacérmelo todavía más difícil, una mano experta se desplazó entre mi cuerpo tendido y las suaves sábanas de raso para llegar hasta mis labios vaginales.
Fricción salvaje por delante y por detrás. De repente ese tipo jadeó de placer y acabó sobre mi espalda, solo por el hecho de verme sufrir y gozar al mismo tiempo. Yo no aguantaba más con su doble toque y le pedí; le supliqué a los gritos que no se detuviera…
Me hizo acabar entre sus dedos, con ese vibrador todavía encendido dentro de mi ano. Cuando dejé de temblar y agitarme por segunda vez, retiró el aparato de mi dolorido ano y enseguida me lo volvió a dilatar metiéndome su verga nuevamente tiesa hasta el fondo.
Grité como una loca, pero ya no me interesaba. Ahora solo quería que me cogiera y me sodomizara sin piedad, como un salvaje, bien a lo bruto…
Por tercera vez me hizo acabar, mientras me rompía el culo y me acariciaba suavemente el clítoris entre sus dedos. El muy turro sabía coger y hacer disfrutar bien a una mujer y lo había demostrado con creces…
Después de sodomizarme, me liberó las ataduras y me obligó a levantarme de la cama. Luego amarró mis manos a mi espalda y él se sentó en una silla, haciéndome cabalgar sobre su cuerpo, empalada sobre su dura pija…
El cuarto polvo y mi cuarto orgasmo fueron de esa manera. Luego de dejarme tendida sobre la cama para reponerme; salió y un rato después volvió a entrar; para ponerme a cuatro patas sobre el suelo y sodomizarme nuevamente sin misericordia; mientras yo gritaba de dolor y placer…
Perdí la cuenta de todas las veces que salió de la habitación y volvió a entrar. Después de partirme la cola por última vez, volví a sentir sobre mi nariz un trapo con un penetrante olor ácido, que me provocó una oscuridad absoluta dentro de mi cabeza.
Desperté con los primeros rayos del sol. Estaba sentada dentro de mi propio auto, en el estacionamiento del boliche donde había estado bailando con mis amigas.
Sentía una tremenda resaca en mi cabeza y pensé que todo había sido un mal sueño; pero entonces, un agudo dolor en mi vagina y mi ano, me recordó una vez más el abrir y cerrar de esa puerta en plena oscuridad…

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