Una larga noche con swingers

Mi amiga Camila me había recomendado un boliche de intercambio de parejas, donde todo estaba permitido y, por supuesto, la idea me había gustado y excitado mucho…

Una noche finalmente pude convencer a Víctor y entonces fuimos a ese lugar. Los dos comenzamos a bailar con otras personas y después nos sentamos a una mesa, para ver cómo se desarrollaba la acción alrededor.
Desde allí podíamos ver las parejas mezcladas bailando y también a varios tríos y cuartetos que iban desfilando hacia las habitaciones oscuras del fondo, que daban cierta privacidad para tener sexo.

De repente se acercó Willy, que había sido mi pareja de baile un rato antes y se lo presenté a mi esposo, quien lo invitó a sentarse. Yo quedé sentada entre ambos hombres, sintiendo los muslos de ellos sobre los míos…

Un ligero calor embriagador subió a mi cabeza. Willy felicitó a mi esposo por la clase de hembra que tenía, según él yo era una perra perfecta y quería saber si luego Víctor le permitiría cogerme en su presencia…

A medida que lo escuchaba, yo me iba calentando más y más. Muy despacio abrí mis piernas y tomé la mano de Willy para llevarla entre ellas. Enseguida sus dedos acariciaron el interior de mis muslos y pronto encontraron mis labios vaginales bien humedecidos; los cuales comenzó a acariciar a través de mi diminuta tanga de seda negra.

Después corrió la tanga a un lado y dos de sus dedos invadieron mi vagina, comenzando a jugar con mi clítoris. Yo comencé a gemir por la placentera sensación e ser tocada por un extraño frente a mi propio esposo.
Víctor me miraba y disfrutaba también de mi placer. Se inclinó a besarme y me susurró al oído que esa noche estaba absolutamente todo permitido…

Mientras mi esposo me besaba, mi mano llegó a la bragueta de Willy, para abrirla y sacar una magnífica verga ya bien endurecida. Mis dedos comenzaron a masturbarlo, mientras miraba a Víctor fijamente a los ojos.

Antes de que esa hermosa verga explotara entre mis dedos, Willy me pidió que volviéramos a bailar. Accedí sin dudarlo y Víctor sonrió, diciendo que nos esperaría en la mesa.
Hasta llegar a la pista me acarició la cola por debajo de mi breve vestido, diciéndome al oído que después me iba a dejar sentir su dura pija bien a fondo en mi estrecho culo… Eso me hizo mojar del todo…

Bailamos entre toqueteos; tanto de Willy como de otros hombres alrededor; ya que, al tener mi vestido levantado casi hasta la cintura, todos aprovechaban para rozarme el culo con sus dedos. En un momento sentí que mi calentura ya no tenía límites.
Le pregunté a Willy si había puesto algo en mi bebida para hacerme excitar más de la cuenta; pero él sonrió, diciendo que mi calentura era algo natural…

Estaba realmente muy excitada. Mis fluidos vaginales se deslizaban casi libremente entre mis muslos; a tal punto que le urgí a Willy me llevara a un cuarto oscuro, donde pudiéramos coger libremente y sacarme las ganas.
Nos acercamos a Víctor y entonces Willy le dijo que podía venir con nosotros, pero solamente para mirar, sin participar de la acción.
Entramos a una habitación, donde solo había una amplia cama en el medio.

Sobre esa cama estaban en plena acción una mujer y dos hombres jóvenes. Ella estaba en cuatro, recibiendo una verga por la cola, mientras lamía y se tragaba la del otro hombre.

Willy me hizo recostar boca arriba en un extremo libre de la cama y me abrió las piernas, apoyando mis tobillos sobre sus hombros. Enseguida sentí con alivio y placer que invadía mi concha empapada con su gruesa verga. Me la metió entera de un solo golpe y no le costó mucho, gracias a la tremenda lubricación que mi calentura me había producido…

Pegué un agudo grito de satisfacción y empecé a gemir; viendo que Víctor estaba de pie a un costado y se masturbaba observando cómo me cogía otro macho…

Willy me bombeó con frenesí durante un buen rato, hasta arrancarme tres orgasmos bien audibles. En sus manos me sentía una perfecta puta, mucho más puta de lo que hacía sentir mi propio esposo cuando me cogía…

Willy finalmente explotó en mi interior y pude sentir su semen hirviente invadir mis entrañas. Mientras, la mujer que a mi lado, me tomó una mano y comenzó a lamer mis tetas, lo que agregó una nueva dosis de calentura a mi satisfecho cuerpo.
Mi macho se vistió; luego conversó unos instantes con Víctor y se retiró, dejándome en manos de la mujer y sus dos acompañantes.
Yo seguía bastante caliente y comencé a acariciar a la mujer, mientras los dos tipos se dedicaban a tocarme a mí, metiendo sus dedos en mi vagina empapada y en mi estrecha entrada trasera.

Víctor se desnudó y se sumó al grupo, para dedicarse a la mujer desnuda que se le ofrecía con sus largas y torneadas piernas bien abiertas.

Me dediqué a lamer esas dos magníficas pijas erectas que los dos hombres jóvenes me ofrecían, mientras miraba a mi esposo de reojo; que estaba con su cara metida de lleno entre los muslos de la mujer.

En un momento la mujer, que se llamaba Muriel, sugirió ir a su casa, que se encontraba bastante cerca. En el estacionamiento le ofrecieron manejar a Víctor, sentándose junto a él entonces Muriel. Por supuesto, los dos machos me apretaron a mí entre ellos en el asiento trasero.

Apenas el auto se puso en movimiento, David me quitó el vestido por sobre los hombros y me hizo sentar sobre su tiesa verga, clavándomela hasta el fondo de mi ardiente vagina. Su amigo Marcos enseguida me hizo inclinar sobre él, ofreciéndome su verga para que se la pusiera dura a lengüetazos…

David me provocó casi enseguida un buen orgasmo, silenciado por la verga de Marcos metida hasta el fondo de mi garganta. Unos instantes después pude sentir su descarga caliente en el fondo de mi concha; casi al mismo tiempo que Marcos me llenaba la boca de semen.

Al levantar mi cabeza luego de semejante doble cogida que me habían dado, pude apreciar que Víctor manejaba de manera muy relajada, mientras Muriel le devoraba la verga bien endurecida.
Llegamos al edificio de Muriel y entramos directamente al estacionamiento subterráneo. Mientras esperábamos el ascensor, los dos chicos me franelearon a gusto, metiéndome sus dedos en mis dos orificios. Me dilataron el esfínter anal hasta con cuatro dedos, haciéndome delirar de placer y gusto como una loca…

Mi esposo estaba muy ocupado con Muriel; metiéndole sus dedos en esa también dilatada y empapada vagina.
En el ascensor cabían solamente tres personas; así que entramos los dos chicos y yo en el primer viaje. Muriel dijo entonces que ella y Víctor esperarían dentro del auto estacionado en un rincón bastante oscuro…

Los dos pibes estaban más calientes que yo y antes de llegar al último piso, me levantaron en andas y me penetraron al mismo tiempo por mis dos orificios bien abiertos y lubricados. Al llegar, Marcos se salió de mi culo y abrió la puerta. David avanzó conmigo ensartada sobre su dura verga…

La sorpresa mayor la encontré adentro, al aparecer Willy sentado y disfrutando de un vaso de whisky. David apoyó mi espalda contra una pared y me siguió bombeando violentamente como lo había hecho dentro del ascensor, hasta hacerme acabar en un tremendo y muy sonoro orgasmo. Luego me desprendí de su abrazo y él me dejó descender hasta el piso.

En ese momento llegaron Muriel y Víctor. Ella estaba completamente desnuda y sus muslos brillaban con la mezcla de sus fluidos y el semen de mi esposo.
Me sonrió con cara de perra y avanzó hacia Willy; a quien besó apasionadamente. Recién entonces pude entender que eran una pareja.
Los chicos me arrastraron a uno de los dormitorios. Marcos se acostó en la cama boca arriba, con su verga bien erguida apuntando hacia el techo. Yo lo cabalgué entre mis piernas, descendiendo sobre su dura pija, que mi dilatada concha se tragó sin ofrecer ninguna resistencia.

Comencé a balancearme sobre Marcos y enseguida pude sentir que la verga de David intentaba entrar por mi puerta trasera. La tenía bastante gruesa y me hizo aullar de dolor.

Pronto los tres encontramos el ritmo justo para que sus vergas entraran y salieran al unísono de mi cuerpo, provocándome ello oleadas de placer que terminaron en varios orgasmos muy intensos.

Finalmente los dos chicos se vaciaron dentro de mi cuerpo casi al mismo tiempo y quedaron rendidos sobre la cama.

Regresé al living, encontrando que mi adorado esposo estaba sodomizando a Muriel, ante la complaciente vista de su propio marido.
Ella gemía y lloriqueaba despacio, mientras Víctor se hundía hasta el fondo de su estrecho culo, entrando y saliendo sin detenerse nunca…

Willy sonrió al verme desnuda y con semen deslizándose entre mis muslos.
Se acercó a mí, susurrando a mi oído su promesa de hacerme sentir su verga endurecida dentro de mi culo…

Le sonreí y sin decir palabra me acomodé junto a Muriel en el sofá grande, ofreciendo mi trasero levantado a mi nuevo macho.
Enseguida pude sentir la enorme verga de Willy abriéndose paso dentro de mi ahora bien dilatado ano y mis aullidos de dolor y placer se mezclaron con los de su esposa, a quien mi marido no le daba tregua.

Ella giró su cabeza y buscó comerme la boca con sus labios, logrando así acallarme un poco. Nuestros esposos acabaron casi al mismo tiempo, llenando nuestros traseros con semen bien caliente.
Los dos hombres se sentaron a recuperar el aliento, mientras Muriel y yo hicimos un sesenta y nueve en el suelo frente a ellos, para lamernos las conchas y dejarlas bien limpias de todo rastro de semen.

Cuando yo ya pensaba que podíamos regresar a casa; Muriel advirtió que todavía faltaba el plato principal. Pregunté intrigada cuál era y justo en ese momento golpearon a la puerta.
Me quise morir. Allí de pie estaba un hombre negro gigantesco, con un tremendo cuerpo trabajado y una mirada realmente matadora, que me hizo volver a humedecer…

Atiné a mirar a Víctor y mi adorado esposo asintió con su cabeza.
El negro enorme se desnudó frente a todos y me mostró su tremenda verga ya casi erecta. Le dije que eso no cabría en mi cuerpo; mi vagina se desgarraría si intentaba apenas meterme la punta…

Pero todos me alentaron, incluso Víctor; así que finalmente me animé a probar. Me agaché para tratar de ponerla más dura con mi boca; pero el negro me dijo que la metería directamente en mi concha.
El negro, colocó mis piernas sobre sus anchos hombros; luego apoyó su glande entre mis labios vaginales y lentamente lo fue metiendo, sin detenerse hasta llegar al fondo de mi concha…

Sentí que me partía en dos; pero el goce era superior al dolor. Lentamente fue invadiendo mi cuerpo, provocándome un intenso orgasmo apenas unos segundos después de haberme llenado por completo.

Su tremendo mete y saca me llevó al éxtasis otra vez en pocos instantes. Cuando el negro estalló finalmente dentro de mi cuerpo, yo ya había perdido la noción de mis orgasmos.
Nos sentamos en el suelo con el negro y comenzamos a tocarnos con suavidad. Pronto su tremenda verga negra estaba otra vez lista para la acción y esta vez me propuso darme por el culo.

Aunque mi ano estaba bastante dilatado, me asusté un poco, porque su pija era realmente muy gruesa y me podía destrozar el ano.
Finalmente me convenció Willy, diciéndome que no me dolería, mientras me dilataba la entrada trasera con sus dedos. Muriel trajo un gel lubricante y, tanto mi cola como el glande del negro, quedaron bien embadurnados.

El negro me hizo ubicar en posición de perrito y apoyó su monstruosa pija contra mi delicado esfínter. De un solo un empujón me enterró su cabeza, que me hizo aullar de dolor, sintiendo que realmente me desgarraba el orto.
Me sentía empalada a fondo y eso me provocó una tremenda calentura.

Tiré mi cuerpo hacia atrás, permitiendo que su pija se deslizara dentro de mi recto todavía un poco más. Ya el dolor se iba convirtiendo en goce. Aprovechando el momento, el negro hizo presión y metió su serpiente hasta el fondo. Entonces descubrí que mi calentura ya no daba para y exploté en orgasmos uno atrás del otro.

Cuando el negro por fin eyaculó dentro de mi ano, sentí que lo tenía realmente destrozado. Al sacármela me provocó tal vacío, que comencé a llorar, pidiéndole que siguiera cogiéndome.
Pero entonces intervino Víctor, diciendo que ya era suficiente y que no quería terminar la noche en la guardia de un hospital…

Mi esposo me ayudó a levantarme del suelo. Casi no podía cerrar mis piernas y mucho menos caminar en forma derecha. El semen del negro se deslizaba entre mis piernas y llegaba al suelo; tal era la cantidad que ese macho había derramado en mis dos orificios…

Por unos cuantos días tuve la entrada trasera en llamas, casi no podía sentarme sin sentir dolor. Pero una semana después encontré en mo bolso el número de teléfono de ese negro, quien ni siquiera me había dicho su nombre y… no pude resistir la tentación de llamarlo…

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