Un paseo por las caballerizas

Unos amigos de Víctor nos habían invitado a pasar el fin de semana en su estancia. En realidad era una especie de haras donde se criaban caballos de polo; un hermoso lugar en el campo, a un par de horas de Buenos Aires.

Luego del almuerzo comencé a aburrirme durante la charla que tenía mi esposo con algunos de sus amigos y decidí salir a recorrer el lugar; llegando hasta donde se encontraban las caballerizas, bastante apartadas del resto de las instalaciones…
Mientras observaba esos magníficos ejemplares, vi un hermoso potro de cuya ingle sobresalía un tremendo pedazo de verga de color negro brillante; rematado por una cabeza, aún más enorme e impresionante.

Grande fue mi sorpresa y lo único que hice en los próximos minutos fue observarlo detenidamente, acercándome un poco más. No podía dejar de admirar ese tamaño de pene, imaginando lo que dolería tenerlo adentro de mi vagina…

Me concentré tanto en esa increíble visión, que no me percaté de la presencia de uno de los peones que me observaba extrañado. Cuando me di cuenta de que estaba allí cerca y mirándome, me hice la distraída y le pregunté cómo regresar al casco de la estancia, diciéndole algo absurdo como que me había desorientado…
El hombre había notado mi evidente fascinación por el miembro descomunal de ese potro y se acercó con una sonrisa socarrona:
“No se haga problema, Señora, acá en el campo es común que la gente de la ciudad se asombre con esas cosas, sobre todo por el tamaño que tienen esos potros…” Y agregó: “Quién pudiera tener algo así… no?.
Me pareció un comentario algo desubicado de su parte, así que solo me limité a asentir con la cabeza, mientras no podía apartar la mirada de la pija del potro. Ello fue lo que impulsó al peón a proponerme algo más osado:
“Quiere verlo más de cerca, Señora, no hay peligro, es un potro manso”

El hombre abrió la puerta del box y me invitó a pasar. Yo no sabía qué hacer. Por un lado mi cabeza me urgía a salir corriendo de allí; pero por el otro mi cuerpo me exigía seguir adelante para inspeccionar de cerca esa magnífica verga equina…. Sin pensarlo mucho más y viendo que el peón mantenía la puerta abierta y me sonreía, entré temblando de pies a cabeza.
Ya adentro el potro pareció ponerse nervioso y se movió hacia atrás. Yo me quedé pegada a una pared y el hombre lo acarició, calmándolo enseguida.

“Este ejemplar está en la época de celo, por eso anda tan alterado” Explicó el peón, mientras lo acariciaba para tranquilizarlo. Yo seguía sin hablar, asentía con mi cabeza los comentarios del hombre; pero mientras tanto podía apreciar que esa verga enorme seguía dura y palpitante. Ahora la veía más de cerca y podía adivinar la piel sedosa y llena de venas que recubría esa verga.
Ante mi sorpresa el peón me dijo de repente con una amplia sonrisa:
“Quiere tocarlo, Señora?

Ya no me importaba lo que podía pensar ese tipo; así que me agaché y acerqué mi mano, tocando ese gigantesco miembro. El contacto me provocó una sensación de placer nunca experimentada, sentí que mi vagina se humedecía al instante…
De a poco me fui soltando; sin pensar en la presencia del peón y comencé a pasar mi mano por toda la longitud de la pija de ese magnífico potro, para lo cual ya me había puesto en cuclillas, con mis piernas algo abiertas…

Pude ver de reojo que el peón se tocaba el bulto bastante prominente por encima de sus pantalones y esta vez se mantenía en silencio.
De repente me sobresalté por unos ruidos cercanos. Solté esa descomunal verga, me incorporé de un salto y salí corriendo de ese lugar, mientras el peón cerraba la puerta y sonreía divertido…

Sin mirar atrás llegué al casco de la estancia, donde Víctor seguía conversando con sus amigos. Me dijo que lo habían invitado a presenciar un remate de hacienda en otra estancia vecina y me preguntó si quería acompañarlo. Le dije que estaba algo cansada y que me quedaría a hacer una siesta en nuestra habitación.

Nos despedimos, diciéndome que regresaría antes del horario de la cena y yo me recosté un rato en la cama. No podía dejar de pensar en esa verga tan enorme que había tenido en mis manos. Comencé a dar vueltas en la cama, presa de una tremenda excitación.
Un rato después decidí darme una ducha para aplacar el calor interior, pero sin resultado alguno. Después de mucho pensarlo, me vestí otra vez y decidí volver a esas caballerizas. Trataría de evitar que me viera otra gente, en especial ese peón tan atrevido…

El lugar había quedado casi desierto. Parecía que todo el mundo había ido a ese remate cercano con mi esposo.
Ya casi al llegar a esas caballerizas pude oír voces y risotadas provenientes de un galpón cercano; por lo que cautelosamente me fui acercando tratando de no hacer ruidos que delataran mi presencia. Pude ver a tres hombres que disfrutaban de un asado; por su estado, deduje que habían consumido más vino tinto que carne…

Contrariada ya que no esperaba encontrar a nadie me di la vuelta para regresar a la estancia; pero entonces me encontré de cara con el peón que había estado conversando conmigo más temprano.
El tipo me miró de pies a cabeza, desnudándome con la mirada. Agarrándome abruptamente del brazo me llevó para adentro del galpón, adonde estaban los otros tres hombres, quienes se acercaron divertidos. .

El que me tenía agarrada del bazo les dijo:
“Aquí está la puta porteña de la que les hablé… parece que a la señora le gustan las pijas bien grandes…” Se rió sin soltarme el brazo.
“Así que le gustan grandes? Venga entonces, que le vamos a enseñar…”
El que había hecho ese último comentario se me vino encima y me empezó a manosear todo el cuerpo; especialmente mis tetas, mientras el otro más joven me metía sus manos entre las nalgas desde atrás.

Yo les gritaba que me dejaran ir; pero con mi estado de calentura, esa situación de estar atrapada por cuatro hombres bien viriles dispuestos a todo, se convirtió en algo morboso. La cosa empezó a gustarme y se notaba porque pronto mis esfuerzos por resistirme fueron menguando…
“Parece que a la señora le gusta que la toquen así…”
Entonces me encontré diciéndoles, casi rogándoles:
“Está bien, muchachos; hago lo que ustedes quieran, pero despacio, no quiero que me destrocen la ropa ni me lastimen o grito por auxilio…”

Entonces, ante la mirada sorprendida de los cuatro, me desprendí la pollera, que cayó al suelo, arrebujada a mis pies. La visión de mi diminuta tanga los volvió locos. Quisieron arrancarme la blusa a manotazos, pero los calmé y terminé quitándomela yo misma.
Uno de ellos alargó su mano y desgarró la tanga, diciendo que ya no la necesitaría. Llevó los restos de tela a su nariz para oler mi esencia y luego con una sonrisa maliciosa se los guardó en un bolsillo como recuerdo.

Me encontré completamente desnuda en medio de esos cuatro hombres, vestida solamente con mis sandalias de taco alto.
Así como estaba me hicieron arrodillar y me rodearon para que les chupara las pijas de a uno; aunque con la calentura que tenían casi no querían esperar su turno y me metían dos vergas juntas en mi boca.
Justo cuando mi mandíbula comenzaba a dolerme por el esfuerzo; uno de ellos me empujó hacia atrás y quedé tendida de espaldas en el suelo.

Sin darme tiempo a nada, se acomodó entre mis muslos abiertos y sin demasiadas contemplaciones me metió su endurecida verga hasta el fondo; provocándome un agudo grito de dolor. Los demás festejaron esa brutal embestida y dos de ellos se arrodillaron frente a mi cara, para que yo siguiera comiéndome sus vergas entre mis doloridas mandíbulas…
Entre los tres se fueron turnando para cogerme en la posición del misionero; llenándome la concha de leche. Los tres hombres estaban muy bien dotados y sus gruesas vergas me provocaban más dolor que placer. Pero no tenía otra alternativa que dejarlos hacer conmigo lo que quisieran.

Mientras ellos me cogían con salvajismo y sin piedad, el cuarto peón; el joven que había estado conmigo dentro de la caballeriza, observaba todo a un costado y solamente se masajeaba la verga para mantenerla dura…
Cuando sus compañeros quedaron satisfechos conmigo, ese peón joven avanzó y con una mirada diabólica me dijo que él iba a darme por el culo…

Me incorporé mirando su enorme verga y le dije asustada que no lo hiciera; me iba a desgarrar con semejante tamaño. Pero entonces volvió a sonreír, diciendo que el potro la tenía mucho más grande y que, si yo me resistía, entonces el desgarro de mi culo iba a ser provocado por ese magnífico ejemplar equino, que estaba tan alzado como todos ellos.
Sus amigos festejaron la ocurrencia con sonoras risotadas y parecieron distraerse; así que me levanté de un salto y traté de ganar la entrada del galpón para escapar. Pero no llegué demasiado lejos.

Me atraparon en el aire y me arrojaron al suelo de tierra otra vez. El peón se arrodilló a mi lado y me tomó por las caderas, haciéndome voltear boca abajo. Me ordenó que me pusiera en cuatro y me relajara, para que los dos pudiéramos disfrutar lo que se venía.
Apenas terminé de adoptar la posición, cuando sentí que sus garras me aferraban por las caderas y la gruesa cabeza de su verga comenzaba a pugnar para invadir mi estrecha entrada trasera.

Giré mi cabeza para rogarle que me lubricara un poco; pero todos se rieron y el hombre me dijo que a las hembras había que tratarlas así, como a las yeguas.
Abrí mi boca para protestar, pero entonces un tremendo dolor atravesó mi cuerpo, mientras ese bruto comenzaba a sodomizarme sin compasión.
Su enorme verga recorrió mi apretado ano por completo, provocándome un dolor tan intenso que pensé que iba a desmayarme. Enseguida comenzó a bombearme con extrema brutalidad, como si realmente quisiera partirme el culo en dos mitades.
Sus amigos aprovecharon mi posición sobre mis rodillas y manos; entonces se acercaron y fueron metiendo de a uno sus vergas entre mis doloridos labios. Con ello lograron silenciar mis alaridos de dolor.

El intenso bombeo en mi trasero pareció durar una eternidad, hasta que por fin el tipo se tensó en mi espalda; se quedó quieto y aferró mi cintura, llenándome el culo de semen hirviendo. Los otros tres hombres me habían cogido con todo, pero no me habían hecho acabar en ningún momento.
Este último hombre, rompiéndome el culo sin ninguna consideración, logró arrancarme el único orgasmo de la tarde; empalada en esa terrible pija.

Después de dejar toda su leche dentro de mi cuerpo, el tipo se salió y cayó hacia atrás. Los demás rieron a carcajadas y uno de ellos me preguntó:
“Ahora entiende, Señora, por qué le decimos “Caballo” a nuestro amigo…?
Siguieron manoseando mi cuerpo ahora sucio de tierra y semen. De repente el “Caballo” que me había sodomizado comentó a los demás:
“Me parece que esta puta vino aquí por otra cosa…”
Yo ya estaba totalmente entregada, después de lo que me habían hecho.
El peón tenía razón: me había entregado a ellos, pero en el fondo había venido por otra cosa. Me levanté del suelo y así desnuda como estaba me dirigí al box del potro en cuestión.

Los hombres me siguieron, con una expresión algo divertida en sus miradas. Entramos al box mientras ellos no dejaban de toquetearme, lo cual me calentaba todavía más.
Mi magnífico amigo parecía no estar tan excitado como la primera vez. Su miembro viril estaba un poco alicaído; pero apenas comencé a acariciarlo, fue recuperando ese increíble tamaño y dureza…

Me agaché debajo de su cuerpo y tomé esa verga enorme entre mis manos, tratando de metérmelo en la boca; lo cual fue una tarea imposible…
Al potro parecía gustarle. Relinchaba y se movía hacia adelante y atrás, mientras yo lo pajeaba entre mis manos y lamía toda la longitud de su miembro enorme y caliente.

A mi lado se pajeaban los cuatro peones. Uno de ellos se acomodó entre mis piernas y comenzó a comerme la concha entre sus labios. Eso me provocó una serie de orgasmos incontenibles, mientras yo no dejaba de acariciar y lamer a mi amigo el potro…
Los otros tres comenzaron a acabar y dirigieron los chorros de semen caliente directamente a mi cara. De repente el potro también descargó todo lo que tenía que descargar entre mis manos. Traté de tragar algo, pero casi me ahogué con tanta cantidad de líquido seminal…

Salí de abajo del potro y los hombres me llevaron a una especie de baño para que pudiera lavarme y quitarme los restos de semen de mi cuerpo. Después siguieron manoseándome y quisieron cogerme nuevamente, pero estaban tan cansados que solamente el “Caballo” pudo lograr una erección para metérmela otra vez por mi dolorido trasero…

Finalmente me dejaron ir. Regresé a nuestra habitación y me preparé un buen baño caliente de inmersión. El culo me ardía de una manera terrible y mi mandíbula me dolía por tanto esfuerzo al chupar todas esas vergas enormes, incluyendo la de mi nuevo amigo…
Mi adorado Víctor llegó un rato antes de la cena, como había prometido y me pidió perdón por haberme dejado sola toda la tarde. Me preguntó si me había aburrido y le respondí que no había tenido tiempo para ello…

Mi esposo entonces me miró asombrado, sin entender mis palabras, pero entonces le expliqué que había conocido un magnífico potro en las caballerizas y había estado montando toda la tarde.
Por supuesto, omití el pequeño detalle de que en realidad cuatro brutos me habían estado montando a mí durante su ausencia…

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