Un matrimonio diferente

Enaida caminaba hacia su casa con paso rápido pero torpe y nervioso.

¡¿Qué había hecho?!

Hacía días, sintiéndose sola, pues su marido andaba de viaje, había salido de su casa; pero no de cualquier manera. Se había puesto uno de los vestidos que su propio cónyuge le había comprado, uno de esos que la hacían ver como una sexy-servidora. Aunque ella ni siquiera tomaba consciencia de ello, para Enaida aquel vestido simplemente la hacía verse atractiva, la hacía sentirse bien, pues nada más ponérselo y salir a la calle era foco de atención de varias miradas masculinas.

Todos aquellos hombres la miraban con deseo y ella se sentía especial, valorada. Una sonrisa le crecía en el rostro.

Ni siquiera se había imaginado que su esposo Crispín le había comprado tal atuendo inspirado por las varias prostitutas con quienes cogía mientras estaba lejos de su esposa.

Pero Enaida había salido así, no porque buscara a alguien para encamarse con él mientras su marido andaba chambeando, no, lo único que pasaba por su mente era ser vista y adulada. Obtener uno o más piropos es a lo más que aspiraba. Enaida quería sentirse deseada, necesitada.

No obstante, uno de aquellos observadores, de quienes había ganado su atención, pensaba: “Esa pinche güila quiere ser culeada.”

Se trataba de Esteban García. Para él, el que ella se vistiera así era muestra innegable de que ella lo pedía a gritos.

Esteban, al igual que Crispín el esposo de Enaida, era un joven artesano que se ganaba la vida vendiendo muebles en distintas poblaciones. Varias veces había compartido viaje con Crispín para ir a vender sus trabajos, por lo que sabía del gusto que éste tenía por las damas de alquiler.

Esteban aprovechó este conocimiento y la ocasión. Sabiendo que Crispín andaba de viaje, se le acercó a la Señora y la sedujo.

A la vez de irle con el chisme, supo enamorarla y engatusarla. Le llenó la cabeza de malas ideas.

Días más tarde, la Señora había ido a casa de Esteban por su propio pie, pues aquél la había convencido de que se vengara de las infidelidades de su esposo:

—¿Ya está grabando? —ella le preguntó.

—No, hasta que tú me digas, como quedamos —él le mintió, pues el aparato ya estaba capturando lo que ahí sucedía.

—Entonces ¿me vas a grabar desnuda?

—Pues yo digo… ¿no quieres hacer sufrir a aquel cabrón?

Enaida, con cierta inseguridad, se comenzó a bajar los jeans, sin saber muy bien si quitarse la ropa interior también en ese momento.

Luego hizo un torpe ademán con su mano, señalando la cama cercana.

—Pues vamos —dijo ella.

Pero Esteban no pensaba igual.

—¡Véngache pa´cá! —le dijo.

La hizo hacia sí, tomándola por la espalda y la comenzó a calentar. La agasajó y le encascó el bulto formado por su erecto miembro justo en medio del amplio trasero que poseía Enaida.

Sus toqueteos y caricias dieron resultado. Enaida no sólo se dejó hacer, sino que se entregó en cuerpo y alma en ese momento, como tantas veces antes lo hizo con su esposo. Hasta paraba bien la cola pegándola al sexo del muchacho. Más allá de la venganza, la hembra deseaba hombre, no había duda.

Rápidamente se giró, lo abrazó y lo besó. Fue ella misma quien desabrochó el pantalón de éste y lo desnudó totalmente.

Sin tocar siquiera la cama, es decir, ahí parados, el macho penetró vigorosamente a la dama, sabiéndola casada con otro hombre. Parecía que el saber eso le parara aún más la verga pues sus arremetidas fueron casi profesionales.

Por su parte, ella paraba bien rico su trasero, disfrutando del placer recibido. Sin embargo…

A Enaida le vino la culpa y, repentinamente, frenó aquella cópula. Se sintió tan avergonzada que incluso buscó consuelo en el pecho del hombre que la había penetrado sin ser su marido, el mismo que la había incitado a pecar.

Esteban le insistió pero era un hecho, Enaida estaba verdaderamente arrepentida. Así que él se portó como un caballero (por lo menos a los ojos de Enaida): le acercó la ropa y le ayudó a vestirse. No le recriminó nada, pese a que no le permitió vaciarse. Ella le correspondió abrazándolo y besándolo con afecto.

Al parecer habían terminado como buenos amigos.

Ella se retiró sin saber que el aparato electrónico sí que había estado encendido, guardando una prueba fidedigna de su entrega. Fue por ello que no pasaron ni dos semanas y ya se había corrido el chisme por todo el pueblo.

Todo el mundo hablaba mal de Enaida a sus espaldas, calificándola de infiel; facilota; putilla y cosas peores.

No tardaron en llegar a oídos de Crispín esos rumores.

—Oye, ¿es cierto lo de tu mujer? Que se las dio al Esteban. Caray cabrón, si la prestas yo me apunto a ver para cuando me toca a mí —le dijo otro de los artesanos que iba en el mismo viaje que Crispín.

Crispín se encabritó, aunque creyendo que sólo lo estaban jodiendo. Sin embargo le entró la duda.

Regresó antes de tiempo, esperando encontrar a su mujer en la mera maroma. Con temor, se acercó a su casa, ya se imaginaba a su Señora bien entrepiernada con uno o quizás hasta dos hombres a la vez. Con esa sola imagen su miembro se le puso bien tieso. Al notarlo se sintió avergonzado de sí mismo.

Al abrir la puerta sólo halló a su mujer, sentada a la mesa muy pensativa.

—Crispín, tenemos que hablar —le dijo en un tono decidido que jamás él antes le había escuchado.

Unos minutos más tarde, Enaida continuaba hablando:

—Mira, la mera verdad sí… lo hice. Pero no te atrevas a levantarme la mano sin escucharme primero. Te juro por lo más sagrado que sólo a ti te amo. Y si lo hice fue sólo con él, no como andan diciendo por ahí que con quién sabe cuantos…

—Hija de la chingada, pero ¿y eso qué? Pa’ mí que sea uno o que sean mil me da lo mismo.

—Ah, pero a mí no —le interrumpió—. ¡Y yo sé muy bien que tú sí que me has puesto los cuernos con varias, fíjate…!

—¡¿De qué carajos hablas?! Yo no…

—¡No mientas Crispín! No mientas que ya lo confirmé. Tú te vas con las putas cada que sales de viaje. Lo sé y yo no te he reclamado nada, ¿y sabes por qué? Porque te amo.

Crispín guardó un silencio culposo.

Pasaron los días. La pareja se mantenía distante, casi no se hablaba pero tampoco recriminaba nada, pese a los chismorreos de la gente.

Finalmente Crispín y Enaida tomaron una decisión inteligente, la mejor que pudiera tomar matrimonio alguno: “que los demás digan misa, nosotros nos entendemos y eso es lo que importa. Nos aceptamos así como somos, nos amamos.”

Así no sólo salvaron su matrimonio sino que lo hicieron honesto y verdadero, más que muchos otros:

—Mira amor, esta es Isabel, la invité para que comiera con nosotros, ¿cómo ves?

—Mucho gusto —dijo la jovencilla y extendió la mano.

Su apariencia inocente la hacían ver aún más chica de lo que era.

Poco después, la jovencísima Isabel fue iniciada en los caminos del placer por la pareja. En poco tiempo, la chica ya le lamía el pitote al esposo de Enaida mientras ésta la miraba sonriente.

Como Isabel aún se mostraba avergonzada e inexperta, Enaida acudió a ayudarle. Una a lado de la otra continuaron lamiendo el erecto y cabezón miembro de Crispín dejándolo bien parado y brillantemente ensalivado. En ese momento, Crispín estaba satisfecho de haber aceptado la oferta de su esposa, y así instruir a la chiquilla.

Las dos mujeres se sonreían; una más experimentada, la otra nerviosa y novicia, pero ambas cómplices en el placer miraban con coquetería al hombre que acostado las veía.

—Quiero ver cómo te la coges —dijo de repente Enaida.

Isabel tragó saliva, un tanto sorprendida y si bien temerosa, aceptó lo que vendría.

Crispín no podía estar más satisfecho con la Señora que tenía.

—Oye, pero ponte condón, ¿no…? —dijo la chica, al ver que Crispín ya estaba por proceder a introducir su miembro desnudo en el virginal agujero.

—No, mejor al natural, al fin es tu primera vez, no pasa nada.

—¡¿Cómo que no pasa nada…?! —dijo a su vez Enaida, pero no hizo cambiar de parecer a su amado quien sin hacer caso se la metió hasta el fondo.

—¡Vaya que estás bien apretadita! —dijo Crispín a Isabel, aunque miró a su esposa al final de su comentario como si le diera las gracias por llevarle a tan buena amiga; sin embargo, su esposa aún se notaba preocupada, al igual que la propia Isabel—. No se inquieten, antes de que me venga la sacó y lo escupo fuera.

Luego los tres copularon. Isabel montando al macho prestado, Enaida brindándole su jugo a su amado. Ambas mujeres, una frente a otra se sonreían y reían mientras gozaban lo que la vida les brindaba.

—¡Jijo… ya se vino, tu esposo ya se vino! —gritó de pronto Isabel.

—¡No manches…! ¡Crispo, ¿qué hicistes?! —gritó a su vez Enaida.

El otro ni pudo hablar, teniendo a su esposa sobre su boca. Fue hasta que ella se desmontó de la cara de su marido que éste dijo algo.

—No se agüiten, no pasa nada —dijo con toda la boca ensalivada.

—Bueno, nomás la embarazas y te la traes a vivir con nosotros, pero tú la mantienes, eh… nomás te digo —le dijo Enaida y luego rió.

Fue así como Enaida rompió la tensión y los tres rieron.

Aquella pareja era de las más dichosas en varios sentidos. Enaida y Crispín tenían un matrimonio abierto, airado y por consecuencia sano.

Crispín, incluso, fue dejando su faceta más machista y posesiva:

—¿Qué te parecen mis primos? —le preguntó una ocasión a su Señora.

—¿Cuáles? —le inquirió ella a su vez.

—Mario y Arturo; los conocistes en la boda… ¿no te acuerdas?

En pocos días, Enaida estaba a punto de ser empalada por ambos jóvenes morenos.

Uno por arriba, le apuntaba su estaca de pura carne maciza justo hacia su ano, mientras que el más joven estaba bajo ella dispuesto a entrar a su vagina.

Enaida, con el rostro más bello que jamás antes le había mirado su marido, levantó su mirada y le dijo:

—Gracias… mil gracias amor.

Crispín quien estaba sentado en la cama, justo frente a ella le sonrió en respuesta. Y no es que no sintiera nada al ver que su mujer daba placer a otros, pero era más grande su satisfacción de verla así de feliz que sus celos de hombre.

Crispín tomó uno de los senos de su mujer; de su amada; al mismo tiempo que sus primos la empalaban.

Pasaron los días; los meses y el matrimonio siguió gozando, hasta que un día.

—Crispo, tengo algo que decirte —le dijo, al regreso de su último viaje—. Estoy encinta.

Ambos permanecían en silencio, minutos más tarde, sentados en torno a la pequeña mesa de la cocina.

—¿Así que no estás segura? —le inquirió su marido.

—No… la verdad, no. Ya ves que lo he estado haciendo contigo, pero también están tus primos y ese tal Tomás que me presentaste hace un mes. Y ya ves que tú insististe en que no usáramos condón.

La expresión en el rostro de Crispín estaba colmada de preocupación. Sólo la angustia en la cara de Enaida le rivalizaba.

De repente…

—No importa… no me importa nada… —dijo Crispín muy serio.

A Enaida se le escaparon un par de lágrimas sintiendo el peor vacío.

—…sea como sea este hijo es mío. Es nuestro —completó por fin.

Las manos de Crispín cobijaron las de su esposa y fue así como le brindó seguridad y respaldó sus palabras.

Ahora Enaida lloró de felicidad. Sintió tal alegría al sentirse respaldada de su amado esposo que ya nada temía.

Al final de ese día, hembra y hombre, marido y mujer, hicieron el amor como nunca antes, sabiéndose enteramente completos. Pues amándose en esa cama, los que allí estaban, eran ya una familia.

FIN

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