UN LARGO Y CÁLIDO VERANO

Pasó hace años, mi amiga Carlita y yo éramos dos ventarrones rodando en nuestras bicicletas por el balneario. Dueñas del viento y el mar de aquella lejana Bahía de San Blas, una península perdida en el sur de la Provincia de Buenos Aires. Mis padres habían venido a veranear todo un mes a ese bello y agreste lugar. Mi madre y yo nos quedábamos todo el mes y mi padre venía los fines de semana desde Bahía Blanca donde trabajaba en un banco. Carlita y yo, dos niñas, apenas mujeres, gozando de la libertad de no tener horarios ni controles, con toda la calle, sol y viento para nosotras.

Montadas en nuestros corceles de dos ruedas nos creíamos las reinas de la península. Carlita era algo mayor que yo y vivía con su abuelo el panadero del balneario, nos habíamos conocido el verano pasado, las dos apenas mujeres, quemadas por el sol y curtidas por el salitre.

Yo flaca de piernas largas y pocas cuervas ya sentía en mi cuerpo las comezones de la pubertad. Pero poco sabíamos de sexo a nuestra edad en un tiempo que no tenías a quien preguntar lleno de tabúes y represiones.

Era un mundo de aventura y sensaciones que nos llamaba y atraía y nosotras compartíamos conocimientos, ojeando unas revistas con mujeres desnudas y deseos ocultos por los muchachos del balneario entre risas y toqueteos. Yo había empezado a explorar mi cuerpo, a acaríciame los pechitos y jugar con el manguito de un cepillo de pelo por la noches, lo lubricaba con cremita y lo metía suavemente en mi conchita o mi cola fantaseando con que tres obreros de la construcción rudos y musculosos me arrastraban a una casa abandonada y me violaban reiteradamente, o que mi profesor de matemáticas me manoseaba detrás del pupitre mientras movía el cepillo en un mete y saca placentero, hasta que permanecía quietita semidormida con el cepillo de chupete para sentir el sabor de mi conchita que quedaba hinchada y colorada de tanta fricción. A mi desde esa edad me gustaban los hombres mayores. Es un viejo me decía Carlita cuando me veía absorta mirando el bulto de algún veterano.

Me daba cuenta que los muchachos y los hombres empezaban a mirarme con ojeadas lascivas de deseo y eso me producía una extraña sensación de ser ultrajada que hacía que realizara cosas sin pesarlo, como acortar mi pollerita, usar pantalones cortos cada vez más cavados, caminar contoneando mis caderas, o la ropa interior cada vez más metida en mi rajita. Estaba sonriente y
atenta a las sensaciones que provocaba y a las actitudes de los hombres.

Carlita me enseño a masturbarme y juntas lográbamos unos deliciosos cosquilleos. Ella había saboreado con un amigo situaciones más avanzadas que las mías porque me contó que había tenido su pene en las manos y se encontró acariciándolo hasta que le salió un líquido blanco como leche que le ensució las manos y la ropa. – Es el semen que largan los machos cuando se calientan – me enseñaba.

Me gustaba por las tardecitas comprar un helado de frutilla, en la panadería del abuelo de Carlita, sentarme en el banco de la vereda a la sombrita y saborearlo, que era para mí chuparlo bien despacio, metiéndolo todo en mi boca y sacarlo, darle lengüetazos mientras mis labios iban quedando coloraditos.

Sentía como los padres que venían a buscar los bizcochos de la tarde me observaban boquiabiertos con placer y oscuros deseos maliciosos y las viejas se espantaban, mientras murmuraban una me llego a decir – nena estas chica para andar de calienta braguetas – lo que me causó mucha gracia porque todavía lo recuerdo.

Aparentemente ajena a lo que pasaba, inocente devoraba mi palito o un chupetín para estirar la situación por un rato mientras llegaban los vecinos que más me gustaban y me miraban sin disimulo, es más, había uno que estoy segura, ahora con mucho mas vida, se masturbaba todas las tardes frenéticamente en su auto.

El abuelo de Carlita un señor de unos sesenta años, gordito y con una barba blanca se había convertido en mi cómplice, me observaba con una mirada como diciendo -sé que lo haces a propósito putita- y los dos nos sonreíamos de mi provocativa e inocente diablura. Así pasaba la primera semana de veraneo.

Pasó un día. Fui a la siesta a buscar a mi amiga, como llamé y no me respondió nadie entre por la puerta del costado a la cuadra de la panadería y llegué al comedor. En el dormía el abuelo de Carlita. Penumbra, un ventilador prendido y roncaba boca arriba plácidamente en el sillón.

Cuando me fui acercando despacito para no despertarlo me percaté que estaba en calzoncillos y un enorme bulto marcaba su entrepierna. Me fui aproximando sigilosa y pude ver como salían los enormes testículos y la punta de esa boa que tanto hinchaba.

Me temblaba el pecho, no podía ni imaginar sin abrigar escalofríos ese enorme
pedazo de miembro dentro de una hembra y menos en mi interior en mi vaginita chiquitita y apretadita.

Absorta, paralizada de curiosidad y miedo me fui acercando en puntillas. Dios. Nunca había visto un pene tan de cerca, creo que estaba a quince centímetros, de rodillas extasiada con la visión. Mis pupilas dilatadas y traspirada. Me maravillaba la enorme cabeza que me hechizaba en su contemplación.

Mi corazón parecía que se me escapaba del pecho, un rubor sacudía mis cachetes y yo hipnotizada me acercaba inexorablemente, como bichito a la luz, su olor, el miedo y el deseó me saeteaban y me clavaban a su contemplación.

De pronto el abuelo se movió, y con la mirada cómplice que compartíamos y casi sin abrir los ojos me preguntó – quieres tocarla Martita – Tembló mi cuerpo, creí que me moría, de vergüenza y terror.
Con una mano liberó su verga mientras me susurraba – shssssssss tranquila nena, tranquila – y con la otra me acariciaba el pelo y el cuello en forma tierna pero intimidante. – Acaríciala¡¡ – me ordenó, tomando mis brazos y envolviendo el cilindro con mis manitas.

Por primera vez tenía un miembro entre mis manos – eso putita me decía el – apretando y moviendo mis manos refregando su boa que se estaba poniendo dura y tiesa – eso mamita eso – murmuraba y me acariciaba el pelo. Mis manos se aferraron aquella verga con devoción, me subían calores y mi conchita empezó a palpitar, el gemía y yo también gemía. – Eso nenita puta, eso, vas a ser una buena putita Mmmmmm – y yo le correspondía con gemiditos de placer…

La visión de ese pedazo de carne que crecía y palpitaba a escasos centímetros de mis ojos, su aroma extraño, la saliva y esa cabeza que iba apareciendo fuera de su vaina me dejaron a su merced, ese soñado momento se había dado de esa forma tan casual y natural, yo era a pesar de mi edad una hembra sedienta de sexo.

Empujo suavemente mi cuello y la cabeza queda refregándose en mis labios, los abro como flor en primavera que se da a la vida y va entrando lentamente en mi boca… – Eso putita eso, vas a ser una buena chupapija – me decía entrecortado mientras respiraba agitado el abuelo – eso yegua, como haces con el heladito todos los días puta –

Yo chupaba con placer le sonreía y sentía por primera vez el ser una mujer teniendo sexo con un macho. Sin necesidad de más ordenes guiada por el apetito de complacer y solo armada del instinto y el llamado de mis entrañas, lo lamí, lo babosee y me lo incrusté hasta la garganta al ritmo de sus gemidos.

Le encantaba salvajemente al veterano cuando me la ensamblaba hasta la garganta – eso Martita, eres una chupa pija perfecta, nenita mmm me decía – la embutía tanto que me hacía hacer arcada y casi vomitar.

Llenos los dos de placer sus manos se entretenía apretado mis pechitos, mi espalda y yo acariciaba sus genitales peludos y lanzaba gemiditos cuando podía respirar ante tanta invasión.

Pero él no podía imaginar el goce que sentía yo, lo feliz que me consideraba con su miembro en mi boca. Me alzo entre sus brazos y me acostó en el sillón, su boca succionaba mis botones con fuerza mientras me susurraba cosas groseras y tiernas al oído.

Aparto mi bombachita y su boca se posó en mi conchita los labios se fueron separando despacito al ritmo de su lengua y las aspiradas y yo sentía un deseo misterioso de tenerlo dentro mío. MMMMMM¡¡¡ por favor papi no te detengas, le susurraba yo enloquecida bajo su cuerpo que me apretaba en el sillón, oleadas de encanto, ese hombre caliente y sacado de sí mismo, babeante por
el deseo, me ensalivó la conchita, poso su verga en mi rajita y comenzó a presionar con su cabeza en al puertita…
Que placer Dios, que regodeo… – Te voy a coger putita decía, te voy a coger… -mientras con una mano acomodaba su verga y la otra me apretaba los pechos hasta hacerme chillar de dolor. Sentí mis labios ceder por el empuje, y el miembro como un ariete entrar en mi cuerpo derribando los muros como un tronco de vida. Me estremecí de padecimiento y delicia, pero le alcancé a gritar: por favor despacio y enseguida como aflojo un poquito no te detengas, dame, dame¡¡¡ por favor quiero ser tu hembra.

Mi canal se abrió y se dilató, tenía la verga incrustada en mi cuerpit6o hasta los huevos, me palpitaba lo concha y el corazón, los dos gemíamos y murmurábamos cosas incomprensibles entre ternuras, groserías, ahogados murmullos, cuando mi macho entendió que estaba dilatada y no me quejaba del dolor empezó a moverse en mi interior en un mete y saca divino, como un arrullo en mis entrañas.
Dolor, placer, grite y llore, pedí y suplique sentía eso como una estaca en mi interior. El dolor pasó a ser un picor delicioso y fue dejando paso a oleadas de placer cuando la verga salía y entraba en mi cuerpito hasta que le fue dando un ritmo frenético que parecía me iba a partir en dos. Me rajaba por dentro.

Hay Dios, había soñado con ese momento, lo esperaba e imaginaba, y ahora estaba siendo poseída por un macho, un viejo me estaba dando toda su energía en mi cuerpo y yo lo estaba disfrutando hasta la locura y él no podía entender el manjar que le daba la vida de a su edad desflorar una guacha calentona.

Si taladro se estremecía en mi interior, cuando pujaba sentía un dolorcito de la cabeza en mis entrañas horadando mi socavón, pero cuando retrocedía un milímetro tenía más necesidad de ella, y más quería el arpón en mi interior.

Comencé a delirar, de placer, de dolor, de deseo y tuve el primer éxtasis de mi vida. Una oleada de encanto que de dejó sin fuerzas en un grito y con convulsiones de electricidad en todo mi cuerpo.

Sublime. El viejo no aguanto más, sentir su pija dentro mío el estar cogiendo una hembra obediente que estaba perdiendo con el su virginidad que se retorcía en escalofríos de placer lo llevo a punto de eyacular.

Se venía. Profirió un grito de placer salvaje y me apretó contra su cuerpo con violencia, sus venas se crisparon tuvo un temblor y sacando su verga de mi vagina dolorida me la zampó en la boca hasta la garganta y yo como una marioneta inerme por el intenso placer del orgasmo apenas atiné a abrir mi boca lo más grande que pude y tragar esa pija sucia de mis jugos su esperma y mi convulsa.

Pude apreciar el desplazamiento de un torrente de energía que escapaba de sus testículos y salía disparada por la cabeza de su pene cuando entraba en mi boca, y saltaba como un chijete en mi cara y mi garganta. Su esperma, bendito semen se había adueñado de mi boca. – Hay divina, – exclamó mientras me besaba viendo que yo sedienta me tomaba hasta la última gota que había escapado de mi boca, pasándome la lengua por los dedos y los labios – eres un manjar para los dioses, una traga leche, vas a ser toda tu vida una puta gozadora – Nos quedamos abrazados por unos momentos que me parecieron eternos reponiendo energías, yo estaba segura de que en la ecuación el viejo, había ganado, quizás el momento más feliz de su vida y que jamás lo olvidaría.

Se fue apaciguando poco a poco, me acariciaba con ternura, me miró a los ojos y me dijo – Martita no te imaginas el placer que me has dado, eres de esas hembras nacidas para ser gozadas y dar placer a los hombres, bendita sea María Marta –

Gracias a ti le dije arreglándome la ropa y despidiéndome con un beso en la mejilla, cuando me iba, desde la puerta me di vuelta, corrí a sus brazos y le di un beso con toda mi lengua, y arrodillándome le di un último lenguazo a su boa que me había prodigado su néctar.

Me subí a la bicicleta y salí sin rumbo, Que divino, ni puedo explicar lo que las sensaciones me dejaban, por primera vez había tenido sexo de verdad. Su leche de macho viril se había derramado en mi boca, me dolía la vagina que me había sangrado un poco y estaba muy hinchada del roce de mucosas, las tetitas machacadas pero me sentía mujer, había despertado al sexo.

Supe en ese momento que sería toda mi vida una chupa pija, de la mema de niñita había pasado a necesitar otra mema, el pedazo de un hombre palpitando en mi boca eso me hacia feliz, poderosa. Esa necesidad en todo momento de consentir al macho y de ser anhelada. Idolatro los líquidos seminales dejándolos pasar por la garganta tratado de saborear ese jugo blanco, pegajoso y dulzón que da vida. Supe mi signo. Que mi vida iba a ser un derrotero de apetito y sometimiento. Eso me da el imperio de ser dueña del semen y el brío de mi macho. Sería una fémina solícita. La niña se convirtió ese día, en una mujer impresa por el deseo. Ese largo verano me hice una gozadora y me marco la vida para siempre.

Regrese a casa dolorida y pegajosa de semen que choreaba por mis muslos. Antes de entrar me duche con la maguara del jardín y me fui a mi cuarto, pero todavía tenía el olor del macho en mi cuerpo. Era mujer.
María Marta.

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