Trío en el subte

Esa tarde de verano salí de la oficina y caminé unas cuadras hasta llegar al subterráneo. Hacía realmente mucho calor, la temperatura era insoportable. Ansiaba llegar a casa para poder darme una buena ducha refrescante.

Llevaba una falda corta y una blusa muy liviana, pero el calor y la humedad hacían que se me pegara al cuerpo, marcando mis formas…
En el túnel del subterráneo el vaho cálido era todavía peor. No veía el momento que llegara el subte; al menos el vagón estaría un poco más fresco por dentro, gracias al aire acondicionado.
Pero no me imaginaba lo que me iba a pasar allí adentro durante el viaje…

Al llegar la formación pude ver que estaba atestada de gente. Bajaron dos personas y subimos cinco, entonces la cosa iba de mal en peor.
Conforme avanzaba el trayecto y se bajaba gente, los de la entrada nos desplazábamos hacia la mitad del vehículo para dar cabida a los demás. Estábamos demasiado apretados y yo en un momento quedé encajonada contra los cristales de las ventanas.

Apretados contra mi cuerpo viajaban una mujer mayor que yo, un muchacho joven, una chica casi quinceañera y un hombre corpulento, quien con su enorme espalda me tapaba la visión del resto del vagón.

Pronto comencé a sentir presión por parte de ese hombre gigantesco parado detrás de mí. Parecía un roce normal, así que no le presté mayor importancia. Pero entonces algo más sucedió: la mano del joven que estaba a mi lado comenzó a tocarme y de repente se posó en mi cintura.
Di un respingo y me coloqué erguida, dándole a entender que me había dado cuenta de su roce. Eso llamó la atención de la mujer madura que tenía de pie frente a mí.

Con los ojos muy abiertos ambas nos miramos, mientras el chico ahora había empezado a masajear mi vientre. Ella entonces giró apenas la cabeza para mirar al chico, quien lejos de asustarse, siguió tocándome, hasta el punto de poder colar una mano entre mi falda y la blusa.

Comenzó a acariciarme el vientre sin pudor, rozando con sus dedos el elástico de mi tanga, mientras yo sentía crecer el bulto de su entrepierna contra mi trasero. Me deshice en un suspiro cuando sus dedos alcanzaron mis pechos desnudos bajo la blusa, rozando mis pezones y provocando que se endurecieran al contacto.

La observadora enfrente no perdía detalle, atónita. El suave contacto de esos dedos me estaba excitando de una manera increíble. Ya comenzaba a sentir cierta humedad entre mis muslos. No podía hacer nada para evitar que ese joven me toqueteara así. Cerré mis ojos e incliné mi cuello hacia adelante, como si estuviera en trance…

Me sacó de mi estado su nuevo gesto, con su otra mano libre. Pensé que no podía ser verdad lo que sentía: había levantado mi falda hasta mis caderas. Algo me rozó el muslo desnudo desde atrás y supe que era su verga erecta…
Sin abandonar mis tetas, su otra mano se encaminó a mi entrepierna, acariciando mi pubis desde atrás. La mirada de la mujer madura ahora estaba puesta en la verga del chico, que rozaba mi muslo por el costado y casi la tocaba también a ella… Yo sentí que mi vagina se mojaba del todo.

De mis pensamientos me sacó un pellizco que me propinó ese hombre. Mientras sus dedos acariciaban mis pezones, su otra mano muy despacio comenzó a deslizar mi tanga hacia abajo por mis muslos. La mujer ahora se mordía el labio inferior mientras no le quitaba la vista a mi tanga.

Dejé escapar un largo suspiro al sentir sus dedos bajo mi tanga acariciándome hasta llegar a mis labios mayores. De pronto sentí que otros dedos se sumaban al del hombre. Era esa mujer quien me estaba tocando. Bajé la mirada y entonces pude ver que sus largos y delicados dedos entraban y salían de mis labios vaginales. Ella sabía cómo tocarme…
Mi acosador por detrás me tenía fuera de mí. Quería escapar a su abrazo, pero por otro lado quería que me cogiera allí mismo, rodeados por toda esa gente que no había notado nada.

El chico dejaba caer su aliento en mi nuca mientras yo iba a su encuentro con mi cabeza y empezaba a mover mis caderas acompañando sus movimientos pélvicos.

De repente sentí la punta de su verga rozar mis labios muy húmedos ya por el accionar de la mujer. El tipo me mordía el cuello, pellizcaba mis pezones y ahora paseaba su mástil tieso entre los pliegues de mi concha enfebrecida. Sentía su vientre contra mis nalgas desnudas, hasta el momento en que él se retiró levemente. Apretó con suavidad mis tetas a la vez que apuntaba su glande a la entrada de mi vagina.

Me di cuenta que mi propia mano ahora estaba a la altura de la entrepierna de la señora, rozándola. Ella lejos de escandalizarse me miró y abrió sus piernas en señal de aprobación. Poseída por la lujuria empecé a acariciar su labia por encima de su bombacha de algodón.

En ese mismo momento sentí la embestida de mi amante desconocido desde atrás, penetrándome hasta el fondo; haciendo que mis piernas flaquearan y mi boca se abriera buscando aire.
No pude gritar; los labios de esa mujer sellaron los míos, mientras mis dedos buscaban con desesperación entrar en su humedecida concha…

Ella me besó profundamente y luego se separó de mí, pero dejó que mis dedos siguieran hurgando bien a fondo dentro de su vagina.
Yo sentía que la verga del chico se abría paso dentro de mi cuerpo, llenándome totalmente. Comenzó a bombearme con suavidad, sujetándome por la cintura. Se retiraba y volvía a empujar, haciéndome sentir una y otra vez lo mismo que en la primera embestida.
Mi dedo pulgar acariciaba el clítoris de esa mujer, que se había inclinado un poco para facilitarme las caricias. Las penetraciones desde atrás ahora eran cortas y muy seguidas; esas embestidas me volvían loca…

En medio de mi propio orgasmo escuché que la mujer madura también gemía de placer bajo la presión de mis dedos en su concha. Eso hizo que mi placer se intensificara por la lujuria de ese momento. El gemido apagado de ella dio paso al mío contra el cristal de la ventana, empañándolo con mi aliento, mientras sentía explotar mi entrepierna atravesada por su verga…

Suavemente acompañé sus últimas embestidas con mis caderas. Disminuía el ritmo en señal de que lo que hacíamos era dar los últimos respingos de nuestros respectivos orgasmos. Su poderosa pija fue saliendo lentamente de dentro de mí, acompañada de un espeso semen que me inundaba la vagina.

Acomodé mi tanga mientras todavía sentía salir su leche entre mis labios vaginales. El chico luego bajó mi falda y por fin liberó mis duros pezones.

En ese momento el subte llegó a una estación y las puertas se abrieron. El chico me pellizcó la cola por sobre la falda, pasó por delante de mí y tomó a la mujer madura por la mano. Le sonrió y ambos salieron del vagón.
Ella se volvió hacia mí, con una amplia sonrisa en su relajado rostro.
Entonces me di cuenta de que su hijo tenía esa misma expresión feliz…

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