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Tratada como una verdadera perra

Esa tarde regresaba del supermercado cargada de bolsas y, al cruzar por la plaza a un par de cuadras de mi casa, decidí sentarme un instante a descansar mis brazos de tanto peso.

Estaba tranquilamente disfrutando del paisaje alrededor, cuando un enorme perro estilo ovejero alemán se me vino encima, ladrando como loco.
Intenté defenderme levantando mis brazos, pero fue peor. El bicho se sintió atacado y entonces alcanzó a darme un tarascón en mi pantorrilla, desgarrando apenas la piel.

Segundos después llegó corriendo su dueño, preocupado por mi estado y pidiendo perdón por su descuido en dejar suelto a su perro.
Era un tipo de edad mediana, bastante apuesto. Me dijo que su nombre era Gerardo y que su perro Bronson era normalmente muy apacible.
Era verdad; allí estaba el bicho sentado a mi lado, mirándome con amor y con una apariencia totalmente inofensiva.

Mientras Gerardo hablaba, comencé a fijarme un poco más en él. Tenía los ojos verdes, un cuerpo atlético y una voz sensual, bastante profunda.
Me invitó a su departamento, que quedaba frente a esa plaza, para convidarme un café y ver si podía curarme la lastimadura que me había hecho Bronson. Acepté encantada; de paso, me ayudaría con mis pesadas bolsas del supermercado…
A esa altura el susto por el ataque del perro se me había pasado y algo me decía que su dueño podía ofrecerme algo interesante. Yo no tenía apuro en regresar a casa, estando mi esposo de viaje fuera de la ciudad…

Me llevó a su departamento, ubicado en el último piso y fuimos directamente a la terraza, donde había unas muy cómodas reposeras. Me tendí allí y Gerardo enseguida trajo un botiquín de primeros auxilios. Me hizo arder la herida con algún líquido que vertió, pero enseguida la cubrió con un vendaje. El contacto de sus suaves manos con mi pantorrilla me provocó una ligera excitación. De repente me sentí humedecida…

Me ofreció un gin tonic y acepté encantada. Mientras conversábamos, me di cuenta que había cierta mirada de deseo en sus ojos.
Finalmente Gerardo ya no se pudo contener más y me espetó de golpe:
“Estás buenísima, Ana, me dejarías echarte un polvo antes de irte…?”
Casi me atraganté con mi copa, pero sentí que en ese instante mi concha se humedecía del todo y, sin casi pensarlo, acepté la mano que me ofrecía para llevarme a su habitación.

Sin demasiadas vueltas, me quitó el vestido, me bajó la tanga hasta los tobillos y me empujó sobre la cama. Me hizo colocar en cuatro y sin perder tiempo me la metió desde atrás. Me embistió con su verga que tenía un tamaño bastante considerable. Me la metió hasta el fondo, haciéndome gemir y jadear a todo volumen. Hacía rato que nadie me cogía así tan duro; ni siquiera mi adorado Víctor…
Tuve un primer orgasmo con su verga empalada en mi humedecida vagina. Gerardo lo notó y me la sacó muy suavemente. Se acostó de espaldas y me pidió que yo lo montara a él. Lo cabalgué como una salvaje y pocos minutos después tuve un segundo orgasmo, muy audible, mientras Gerardo me llenaba al mismo tiempo mi enfebrecida concha con su semen.

Me salí de él y gateé a cuatro patas buscando su verga todavía endurecida. Me la metí en la boca, tratando de lamer toda su leche.
Entonces sentí el primer lengüetazo en mi concha y después otro y otro…
Después sentí cómo me intentaban montar desde atrás. Intenté girar mi cabeza, pero Gerardo enredó su mano en mis cabellos y me obligó a seguir concentrada en su verga delante de mí.
“Tranquila, Ana… yo siempre comparto las perras con Bronson…”

Su perro estaba intentando montarme desde atrás. Chillé, diciéndole que nunca me había dejado coger por un perro, me parecía algo muy sucio…
“Nunca lo hiciste? Te va a encantar… a todas las perras les gusta…”

Intenté rebelarme, pero Gerardo me sostuvo por la cintura y el peso de su perro me aplastaba hacia abajo. Me sentía muy extraña, pero no podía decir que no me estuviera gustando, ser montada por un perro con una verga bastante dura y grande mientras yo se la comía a su dueño.

Finalmente me dejé hacer. Moví un poco mi culo, intentando acomodarlo, colaborando con los movimientos de Bronson, que me buscaba con ganas.

Mientras su perro me cogía, Gerardo volvió a acabar en mi boca y después me sostuvo sobre su cuerpo, para ayudar a que su fiel amigo terminara bien lo que estaba haciendo…

Bronson me estaba clavando bien duro; se movía sin parar. Sus patas delanteras arañaban mis caderas y eso me provocaba una excitación extra. Podía notar mis muslos chorreando; me imaginé que sería por esa cantidad de semen interminable que sueltan los perros. Sentía mi concha rebalsando de líquido; haciendo ruidos graciosos mientras Bronson me montaba…

Yo misma comencé a aullar como una verdadera perra al notar que Bronson me agarraba con más ímpetu, parecía que quería enterrarse por entero dentro de mi vagina. Sentí un placer indescriptible y mi concha pareció llenarse de esa verga canina que había crecido de manera increíble. Yo solamente podía aullar y gritar al tiempo que más leche me inundaba las entrañas.

De repente los movimientos del perro se hicieron más rápidos; yo tenía la sensación de que ese bicharraco me iba a destrozar por dentro con su tremenda verga; pero me estaba volviendo loca de gozo…

Entonces Bronson se separó un poco de mí, se dio la vuelta y dejó su culo junto al mío. Intenté separarme de él, pero no pude. Estaba enganchada a su verga hinchada y él seguía derramando más semen dentro de mi vagina.
Gerardo me acarició la cabeza y me dijo que me quedara tranquila; por un rato permanecería así abotonada a la pija del perro y luego saldría sola.

Mientras seguía a cuatro patas, todavía enganchada a Bronson, notando como a cada rato me echaba otra cantidad impresionante de leche en mi vagina; Gerardo me preguntó si podía él darme por el culo.
Le dije que entre los dos me iban a matar de dolor y que ni se le ocurriera: Pero entonces noté que se movía sobre mi espalda y enseguida un dolor punzante recorrió mi cuerpo desde mi esfínter.

El muy hijo de puta me sodomizó, aprovechando que yo casi no podía moverme enganchada a su perro. Grité como una loca, de dolor y placer, mientras Gerardo me rompía el culo y su perro permanecía tranquilo, descargándose de a poco dentro de mi dolorida concha.
Justo cuando Gerardo acabó en mi ano, su fiel amigo se salió de mi concha. Caí hacia adelante, totalmente abatida; pero con ganas de que siguieran cogiéndome entre los dos…

“Cuando quieras, Ana, mi amigo y yo podemos darte otra sesión así…”
Dijo sonriente Gerardo, mientras yo lamía los restos de su leche que habían quedado en su verga todavía tiesa.
“Volveré en un par de días… ahora que soy una verdadera perra…”

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