Te confieso, mi amor, por qué lo hice Parte III

(Continuación de Te confieso, mi amor, por qué lo hice Parte II)

-¿Ya está?¿Me puedo ir?-dijiste con la voz entrecortada.
-Depende de vos-respondió Roque-¿Vos te querés ir?
-Ya mismo.
-¿Y tu conchita piensa lo mismo?

Recién había acabado por segunda vez, pero los intentos de mi pija por resucitar estaban empezando a dar resultados gracias a esa pregunta.

-Obvio, me quiero ir ya.
-Entonces, estás completamente seca, porque no te calentaste en ningún momento.
-Por supuesto, todo lo que hice fue por miedo, ya me quiero ir.
-Demostrame que no estás caliente y te vas.
-No, basta, ya fue suficiente.
-No te olvides que te puedo tratar bien pero igual sigo al mando, ¿entendiste?

En ese momento Roque, seguro de sí mismo, te desabrochó el pantalón y lo bajó. Te quedó a la altura de los tobillos, y la tanguita negra era lo único que lo separaba de tus agujeros.

– ¿Qué hacés? Preguntaste sin mucha convicción.
– Te voy a preguntar sin que puedas mentir. Dijo y acercó la mano a tu concha. Estás caliente?
-No.
-¿Y por qué está ardiendo? Mi mano siente el calor aunque no te toque.
-Basta, por favor?
-¿Y por qué se empapó? Me vas a decir que tener tres tipos chupandote y manoseandote las gomas no te calienta? ¿Que no te mojaste exhibiendote para nosotros? Que no querés que entren vergas…

No aguantaste más. Te entiendo. Le agarraste la mano gruesa y la acercaste a tu concha, y te empezaste a mover sobre ella. Me mataste.

-Así me gusta, putita, ahora nos entendemos. Pero si no me pedís por favor, no voy a mover un dedo.

Seguiste un poco más, sin hablar, pero tu respiración empezó a cambiar, eran casi jadeos. Recordé que Roque me había prometido que vos misma le ibas a pedir que te hiciera las cosas que yo tanto deseaba ver. Reconozco que no lo había tomado tan en serio.

-¿Te gustaría que tu marido estuviera viendo? Que se pajeara mientras ve cómo otros hombres te tocan, te chupan, te meten sus lenguas y sus vergas por todos lados? ¿Que mire fijo una lengua que golpetea tu clítoris mientras varias manos se pelean por tus gomas?¿ No te gustaría eso, putita?

-Ahhhh,siii-respondiste en un tono casi inaudible.
-No te escuché, putita, respondé bien.
-Sí, sí-y cerrando los ojos le agarraste la mano y la metiste adentro de la tanga. Roque sacó la mano suavemente.
-Escucháme bien, putita, si querés algo de mí me lo tenés que pedir. Tus pezones durísimos y tu concha bien mojada y abierta me lo están pidiendo, sólo me falta escucharlo de tu boca-dijo, y metió un dedo en ella. Tu respuesta automática fue empezar a succionarlo. Te lo sacó bastante rápido. Y ahí no pudiste más.
-Bueno, dale, hacéme lo que quieras, pero basta, no puedo más.
-No es lo que yo quiera, es lo que vos querés.

Con los pies te sacaste el bodoque de pantalón, medias, zapatos y te sentaste en la mesa. Lo único que lamenté es que me dieras la espalda. Vi cómo mandabas una mano para adelante, seguramente para correr la tanga, cuando estás muy caliente te gusta que te penetre con la tanga puesta, que te roce un poco la tela también.

-Metémela-le rogaste.

Roque peló la verga que ya había usado para acabarte en la cara en su taxi, pero para vos era nueva. Lo agarraste de la cintura y el con una mano te tiraba del pelo y con la otra, se notaba, te retorcía las gomas. Tus gritos y gemidos me mataban, gozabas como una burra, pero no podía ver tu cara. Roque te tuvo un rato así, y después dijo:

-Tengo una sorpresa, ¿la querés?-y esas palabras de Roque me asustaron, pero nuevamente me apresuré a pensar mal.
-Sí, dame más, hijo de puta.
-Pero tengo que sacártela.
-Que venga él-señalaste y miraste al parrillero. Era obvio que te estabas muriendo por él, solo porque no había participado.

El parrillero lo miró a Roque, que le hizo una seña para que se acercara. Llegó hasta el otro lado de la mesa, quedó vestido y solo sacó la pija para afuera. Roque te la sacó, y el parrillero te tomó de los brazos para que te dieras vuelta hacia su lado, y por ende hacia el mío. Ahora sí podía verte la cara.

Se ve que no tenía tanta cancha como Roque, porque no tenía una erección. Pero vos no podáis esperar, así que te bajaste de la mesa, te arrodillaste y le empezaste a hacer una turca con esas gomas tremendas que tenés, y cada tanto se la chupabas. No parabas de mirarlo, ni yo de ganarme un dolor de muñeca para meses. Cuando se sintió seguro, te volvió a tomar de los brazos, y no te subió a la mesa, sino que te hizo apoyar las manos contra la puerta, donde yo estaba, y empezó a darte desde atrás, con mucha violencia, como para vengarse de su momento de impotencia anterior. Era poco lo que podía ver, por la cercanía, pero sentía toda la furia contra la puerta y todos tus gritos a centímetros. Y, lo mejor, el golpeteo de tus tetas contra la puerta.

-Ah, parece que la están pasando bien-gritó Roque cuando entró-traje las sorpresas.

No veía nada porque me tapaban vos y el tipo que te cogía, pero cuando se corrieron un poco pude ver que entraban los dos que se habían ido antes con una lona verde, como las que usan los camiones pero más chica. La pusieron a una buena distancia de la puerta, para que pudiera ver bien.

-Pibe, ¿trajiste los forros y el lubricante?
-Sí-dijo el más joven-pero no parece que haga falta, ¿no?
-No entendés nada, un poco vaya y pase, pero ahora todos se ponen y vos, de castigo?, acostala acá y lubricala toda

(continuará)

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