Ricardo, su primera vez con una travesti

Conocí a Ricardo en un chat. Me pareció simpático y entablamos una buena conversación de inmediato. Estuvimos cerca de dos horas charlando, de tonterías, de banalidades y, por supuesto, de sexo. Divorciado hacia poco tiempo, nunca había estado con una travesti y tenía curiosidad por estar con una. Yo acababa de cumplir los 20 años y no hacía demasiado tiempo que me vestía de mujer. Su sinceridad y sus maneras al teclado me hicieron sentirme bien, a pesar de que tenía 30 años más que yo. Quedamos al día siguiente.

Vivía en una población a 45 minutos de mi casa. Metí mi ropa en una mochila y pedí prestado el coche a mis padres. Habíamos quedado que cuando entrara a la población le enviara un SMS y él bajaría a esperarme a la puerta. Pasé con el coche frente a su domicilio y le vi esperando en el portal del bloque de pisos. No me gustó nada lo que vi. Bajo, con poco pelo, una barriga prominente y un rostro tirando a feo que decía que tenía más de 50 (con el tiempo supe que tenía cerca de 60). Pero su expresión de bondad me pudo. Siempre me han atraído los hombres maduros, y los gorditos y feos despiertan en mí mi lado más tierno. No siento deseo sexual pero sí algo maternal, por decirlo de alguna manera. Así que dejé atrás la primera intención de dejarlo plantado y aparqué en la acera de enfrente.

Al verme salir y dirigirme hacia él se quedó sorprendido. Le saludé y le tendí la mano, que aceptó un poco a desgana. Al momento supe que se debía esperar verme ya vestida. Aun así, me hizo pasar dentro y pulsó el botón del ascensor. Ahí me confirmó mis sospechas. Le dije que no salía vestida a la calle, pero que si me daba 5 minutos podría ver a la sensual Ana. Su sonrisa me ganó de nuevo. Quizás sea la mejor persona que he conocido nunca. Me dijo que estuviera tranquila, que ya que había venido como mínimo nos tomaríamos algo juntos.

Entramos en su piso, muy amplio y de decoración minimalista. Me dijo si quería tomar algo y abrió la nevera. Sacó un botellín de cerveza y asentí con la cabeza. Nos sentamos en el sofá y empezamos a hablar del tiempo. Yo era muy tímida y él más. Apuré la cerveza de un trago, sopesando si debía vestirme o no. Al verlo sentado allí, con su buena barriga y lanzándome un par de miradas furtivas a mis piernas (llevaba unos vaqueros raídos), decidí que debía obsequiarle al menos con la presencia de Ana. Le pregunté dónde estaba el lavabo y que me dejara 10 minutos. Me puse un vestido negro que se ceñía a la perfección a mis curvas. Unas medias de rejilla y un tanguita de hilo negro. Me calcé unos buenos tacones y me maquillé sin demasiada aparatosidad. Alisé con rapidez mi media melena con una plancha de viaje y le di el toque final a mis labios con un carmín rojo pasión. El reloj decía que había pasado un cuarto de hora. Salí del lavabo…

Ricardo seguía sentado en el sofá, aunque se había quitado la camisa y los zapatos. Esperaba ver toda la barriga y el pecho llenos de vello pero no fue así. No se rasuraba pero no tenía excesivo pelo. Sólo un reguero entre sus pezones, un caminito sensual que llevaba hasta el ombligo y de ahí partía otra hilera que se perdía en el pantalón. Sus brazos se veían fuertes y no sé por qué pero me sentí excitada. No sé si fue al sacar a Ana o verlo semidesnudo, pero lo cierto es que por primera vez pensé que podría haber sexo. Quizá la gota que colmara el vaso fueran sus ojos. Brillaban. Y su expresión embobada acabó por desarmarme. Noté cómo me deseaba. Observé que acababa de empezar su segundo botellín de cerveza, pero este quedó a mitad del camino a su boca. Me di la vuelta y él cambiaba la mirada de mi culo a mis piernas. Me senté a su lado y crucé las piernas.

─Bueno, ¿qué te parece?

─Ana estás… ─titubeó─ Estás para comerte.

Observé un bulto en su pantalón que antes no estaba. Eso acabó por excitarme. Se levantó, fue a la cocina y me trajo otro botellín. No lo sabíamos, pero no llegaría a dar ni un sorbo. Volvió a sentarse, esta vez más cerca de mí, y puso una mano en mi muslo. Me agradó el contacto. Encendió la tele y nos quedamos mirando un documental sobre pájaros. Era tan tímido que daban ganas de comérselo a besos. Puse una mano encima de la suya y me sentí como una mujercita al lado de su hombre. Normalmente, cuando sacaba a Ana, lo que sentía era un deseo sexual tremendo. Esta vez era diferente, también había ternura.

─Oye, Ana…

─Dime, Ricardo.

─¿Te gusto…?

Dejó la pregunta flotar en el aire. Lo miré de arriba abajo y pude ver su vulnerabilidad. Tenía miedo al rechazo. Pero a mí ya me tenía ganada. Acerqué lentamente mis labios a los suyos, hasta que se encontraron. Fue un beso suave, casto, casi sin respuesta de él, por lo sorprendido de mi reacción. El segundo beso fue mejor, incluso escapándosele un suspiro. En el tercero noté su lengua abriéndose paso en mi boca. Ardía y era húmeda. La recibí con gusto. Estábamos como dos adolescentes, sentados en el sofá y cada uno girando la cabeza hacia el otro, estriando un poco el cuello para besarnos. Quise superar mi timidez y me levanté. Dejé el botellín intacto en la mesa y el sonido de mis tacones en el suelo me hizo sentir sexy y poderosa. Me arrodillé frente al sofá. Desabroché el cinturón y le bajé la cremallera del pantalón. Le miré a los ojos, como pidiendo permiso. Su respiración estaba agitada y se levantó un poco para bajarse los pantalones. Unos slips blancos mal escondían un buen bulto. Los bajé. Me saludó una tremenda verga erecta. Mientras me maquillaba había pensado que probablemente no se vería la polla con la barriga. Pero no era así, lo acababa de confirmar y sentí una profunda excitación. Había tenido ya tres o cuatro experiencias con hombres, pero aquella era la más grande que había visto. Una herramienta de unos 20 centímetros, gruesa y coronada por un capullo enorme. Estilo seta, había oído decir alguna vez por los chats. La imagen me quedó clara en aquel momento. Al momento se dio cuenta de mi cara y una sonrisa brotó en sus labios. Lamí el enorme glande, despacio, como si fuera un helado. Lo envolví con mi boca, sin intentar meterla. Dejó escapar un gemido. Hice resbalar mis labios por su tronco, llegando hasta los huevos, gordos y duros, para luego volver a subir. Estaba fascinada con su virilidad. Bajé de nuevo y lamí sus huevos, a lo que él respondió con un gemido más alto. No conozco a ningún tío que no reaccione así. Pasé entonces a intentar metérmela en la boca. El enorme capullo costaba de tragar, pero pude con él. El resto de la polla no. Sólo entraba hasta la mitad, pero no era problema para su disfrute. Por sus ruidos noté que en el gran glande se concentraba más su placer, así que me dediqué a él un buen rato sin prisas. Sin ninguna prisa.

Temía que se corriera rápidamente, pero también parecía tener buen aguante. Disfruté como una loca de la mamada, mientras mi pequeña pollita, que parecía ridícula a su lado, ya estaba erecta. Ricardo estaba muy excitado. Me separó de su miembro con dulzura y con un hilo de voz me dijo que fuéramos a la cama. Acepté y le cogí de la mano, dejándome guiar hasta su habitación. Allí, junto a la cama, había una butaca de estilo victoriano sin brazos. Se sentó en ella y me hizo ademán para que me sentara encima. Con la excitación ni pensé en el lubricante ni en el preservativo. Sólo hice lo que me pedía. Con manos torpes intentó meterla y empecé a notar su presión al lado de mi agujero. Le aparté las manos con delicadeza y pasé a clavármela yo misma. La presión se intensificó y solté un gritito de dolor. Era como si se hubiera rasgado algo. El dolor se intensificó y le dije que parara. Tras unos segundos pasó y entonces él me dijo que me estirara en la cama. Sacó un bote del cajón de la mesilla de noche y lo dejó a mi lado. Se puso encima de mí y empezó a besarme en la boca, fue bajando por mis pechos, por encima del vestido, llegó a mi ombligo y entonces subió el vestido. Apartó el hilillo del tanga y subió mis piernas, aguantándolas en la parte posterior de las rodillas con sus manos. Empezó a lamerme el culo, haciéndome gemir ahora. Su lengua pasaba arriba y abajo, jugueteando en algunos momentos de pausa en mi agujero. Tras un par de minutos, abrió el bote y puso lubricante en mi ano y en su capullo, que palpitaba de emoción.

─Relájate, cariño ─me susurró.

Ansiaba tenerle dentro. Su glande empezó a abrirse paso, despacio, con ternura… Ni rastro del dolor. Sólo un tremendo placer de sentirme penetrada por un miembro tan grande. Empezó a moverse despacio, dejando caer su pesado cuerpo sobre el mío y besándome mientras daba cortas embestidas. Nos mirábamos a los ojos. Por primera vez estaba haciendo el amor. Me sentía una mujer de verdad. Su mujer. Empezó a moverse más rápido, lo que arrancó mis gritos de placer. Él se reía al escucharlos.

─¿Te importa? ─le pregunté.

─No, me excita saber que te gusta.

─¿Y los vecinos?

─¡A la mierda los vecinos! Tú disfruta.

Y disfruté, ¡vaya si disfruté! Me estuvo haciendo el amor en la postura del misionero durante más de un cuarto de hora. Me sentía llena. Llena de él. No quería que se acabara. Pero entonces paró. Pensaba que se iba a correr pero no. Me dio la mano para ayudarme a levantarme. Me dijo que me pusiera a cuatro patas en la butaca y él se colocó detrás de mí, besándome en la nuca.

─¿Quieres más? ─me dijo.

─Sí, fóllame…

La excitación sacó esas palabras de mi boca. No sé si fueron las palabras o la propia excitación, pero el Ricardo reprimido, el Ricardo en letargo, salió a la luz. Primero noté un enorme azote en mi nalga derecha, que me dejó un escozor un buen rato. Luego me cogió del pelo con la mano, tirando mi cabeza hacia atrás, y me la clavó de un golpe. La dejó dentro, en el fondo, mientras un grito se ahogaba en mi garganta.

─Ahora, zorra ─dijo remarcando esta última palabra─ vas a saber lo que es follar…

Empezó a taladrarme sin piedad. Sus embestidas eran terribles y el placer pareció desaparecer. Los tirones del pelo, algún que otro azote y su polla clavada dentro de mi ser no me dejaban disfrutar como antes. Quise decirle que parara pero estaba desatado. Poco a poco, la velocidad de su polla entrando y saliendo me trajo nuevas sensaciones. Estaba a su merced. Me estaba follando, haciéndome su puta. Estos pensamientos me excitaron y volvió el placer, intensificado. Volví a gemir y al sentirme su ego se vio recompensado. Hacía disfrutar a su zorra y noté como su polla parecía crecer de tamaño, en el mismo instante que reía casi a carcajadas. Cuando pensaba que no podría sentir más placer, paró en seco dejándola dentro de mí. La sacó muy despacio para hundirla de un golpe cuando estaba a punto de salir del todo. Repitió la operación tantas veces que no recuerdo, dejándome en un estado de éxtasis total. Nunca había gozado tanto analmente. Mi culo debía estar ya muy dilatado.

─Ven aquí, puta ─me dijo mientras se sentaba en la cama.

Esta vez entró sin problemas. Me senté en su gran polla, con los pies sobre la cama y empecé a cabalgarlo con ansiedad. Él me mordió el cuello y se reía viendo cómo me hacía disfrutar. Mi pollita goteaba del placer. Un hilillo de líquido preseminal caía sobre su oronda barriga. Se levantó, cogiéndome por sorpresa su fuerza y me volvió a poner a cuatro patas en la cama. Entró sin compasión y empezó a alternar embestidas veloces con entradas y salidas lentas de mi ano. Sentía que no podía más. Estaba acabando conmigo y no duraría mucho más pudiendo tenerlo dentro. Como si lo supiera, bajó el ritmo, haciendo embestidas más lentas pero más profundas, parando en mi interior para moverse en círculos. Algunos dirán que fue el punto G, yo la verdad es que no lo sé, pero algo tocó en mi interior que me hizo correr sin siquiera tocarme. Cuando acabé, la sacó de golpe y caí rendida sobre mi propia corrida.

─Perdona por haberte manchado la cama.

─Tranquila, lo vas a compensar ─dijo sonriente, mientras me cogía del pelo y me ponía de rodillas delante de él.

Sin soltarme el pelo empezó a masturbarse rápido, con la verga a pocos centímetros de mi cara. Nos mirábamos a los ojos. Nunca había probado el semen, pero era algo que fantaseaba siempre y que me excitaba ver en videos porno. Noté que gemía con más fuerza y abrí la boca esperando el delicioso, o eso creía, líquido. El primer chorro pasó de largo rozando mi pelo. Ahí cayó el segundo, también muy líquido. Luego llegaron 4 o 5 más espesos, repartidos por mi cara y mi boca. Hasta el último que cayó encima de mi ojo izquierdo. Noté que me escocía pero no podía dejar de disfrutar del sabor de la esperma de macho. La saboreé en mi boca y me la tragué, sin dejar de mirarlo a los ojos. Luego se la chupé despacio, para dejarla bien limpia. En cuanto acabó su poderosa corrida, desde entonces siempre me río de las mías ridículas, volvió el agradable Ricardo, guardando al macho cabrío en lo más profundo de su mente. Trajo una toalla del baño, me ayudó a limpiar su corrida de mi rostro y mi ojo y nos duchamos juntos, en un agradable silencio mientras cada uno frotaba el cuerpo del otro.

Fue la primera de muchas placenteras sesiones de sexo, donde convivían el Ricardo sensible y el salvaje, siendo siempre una sorpresa cuál de ellos me encontraría en la cama. Por desgracia, una terrible enfermedad se lo llevó prematuramente, poco más de un año después de conocerlo. Nunca estuve enamorada de él, pero perderlo fue una tristeza más grande que cualquiera del resto de rupturas de mi vida. Allá donde estés, Ricardo, te envío un gran beso y este recuerdo de una de nuestras maravillosas tardes.

Siempre tuya, Ana.

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