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Regresando sola de noche a casa

Esa noche me había quedado sola en casa; ya que Víctor estaba de viaje. Me dejé convencer por mis amigas Camila y Helena para una salida “de solteras” y allí fuimos; a un boliche donde estábamos seguras que había buen levante.

Yo no estaba de muy buen humor, ya que había discutido con mi esposo antes de irse y eso me había dejado bastante mal. Pero mis amigas estaban enloquecidas con la idea de pasar la noche lejos de sus maridos, así que decidí acompañarlas.
A las cuatro de la mañana, luego de haber mezclado varias cervezas con unas cuantas margaritas, me di cuenta de que Camila y Helena ya no estaban en el boliche. Un par de horas antes había visto a ambas enredadas con sendos mocosos y se me hizo evidente que ahora estarían revolcándose con ellos en otro lugar mucho más íntimo.

Luego de buscar a mis amigas en los baños y los reservados me convencí de que estaba sola. Lo peor era haber confiado en que Helena manejaría su auto al regreso; así que ahora estaba completamente sola…
Salí del boliche y encontré que en esa zona no había ningún taxi disponible. Me puse a caminar en las calles oscuras, buscando alguna avenida algo más iluminada y concurrida.

Maldije a mis amigas, que además de haberme abandonado, me habían hecho vestir bien sexy, con un vestido negro muy breve y unos tacos altos que me dolían al caminar por esas veredas mal mantenidas en esa zona.
Me preocupaba un poco la oscuridad; realmente era una boca de lobo…
Apenas había caminado a los tumbos un par de cuadras, un poco por mis tacos y otro tanto por el exceso de alcohol en mi cuerpo, cuando presentí que alguien me seguía en la oscuridad…

Giré mi cabeza pero no pude distinguir nada. Unos pasos más adelante, alguien me tomó con firmeza por un brazo. Me susurraron al oído.
“Estás apurada, nena?… podríamos pasarla muy bien vos y yo…”

Intenté f***ejear y escapar de sus garras, pero el hombre me sostuvo con mucha firmeza y me dio un tirón hacia él.
“Hmmm rico perfume… de puta francesa… huele muy bien…”
Dijo el hombre, olfateando mis cabellos y tirando su aliento en mi oreja.

Me empujó contra una pared de una casa oscura y puso una de sus manos sobre mis tetas, mientras con la otra hurgaba debajo de mi corto vestido. Intenté zafarme de él, pero me agarró las dos muñecas con una mano y las apoyó en la pared, sobre mi cabeza.
Su otra mano siguió recorriendo mis piernas, hasta que llegó a mi diminuta tanga y empezó a acariciarme los labios vaginales por encima.
Me sentí húmeda al instante, pero de todas maneras, intenté rechazarlo.
“Por favor, no me lastimes, quiero irme a mi casa…” Le supliqué.
“No nena, aquí tenemos algo pendiente vos y yo… vas a disfrutarlo…”
Miré hacia abajo y vi un enorme bulto en su entrepierna.
“Ya estás bien empapada, putita… esto te está gustando…”
Me dijo, mientras sus dedos corrían mi tanga a un lado e invadían mi concha; que ahora pedía a gritos una buena verga…

Al ver a ese tipo tan caliente y al palo, un escalofrío había recorrido todo mi cuerpo y me sentía totalmente mojada.
Sus dedos empapados de repente salieron de mi vagina y vinieron a mis tetas. Me bajó los tirantes del vestido y mis tetas saltaron libremente hacia sus dedos humedecidos. Los pasó acariciando mis pezones, que se endurecieron en dos segundos…
“Entonces, putita… estás diciendo que no, pero tu cuerpo dice que sí…”

Tenía razón. Una vez más intenté debatirme, pero su mano mantenía con firmeza mis muñecas arriba y su cuerpo ahora empujaba el mío contra la fría pared.
En la oscuridad noté su lengua pasando por mi cuello; bajando poco a poco a mis tetas, lamiendo mis pezones hasta dejármelos a punto de explotar.

“Ahora viene lo mejor, putita…” Susurró a mi oído muy suavemente.
Entonces desabrochó sus pantalones y pude sentir su tremenda verga apoyándose sobre mi tanga contra mis labios vaginales. Eso terminó de empaparme del todo. Ya no aguantaba más. Ahora quería que me cogiera con todo…

Noté que mi flujo comenzaba a deslizarse entre mis muslos.
Su enorme mano deslizó mi tanga hasta mis tobillos.

Hice un último intento por resistirme, cerrando mis piernas, pero él me obligó a abrirlas metiendo su rodilla entre ellas…
“Vamos perrita… me encanta tu conchita bien mojada y así depilada…”

Apoyó su gruesa cabeza sobre mis labios vaginales y comenzó a restregarla contra ellos, intentando abrirlos.
“No sigas, por favor… te lo pido…” Le supliqué casi sollozando.
Pero el tipo siguió adelante, decidido a cogerme sin piedad. Rozó la punta de su verga sobre mi inflamado clítoris, dándole pequeños golpes.

Se separó y volvió a restregar toda su pija por toda mi raja, hasta el ano. Esto fue demasiado para mí y volví a gemir. Al escucharme, él se detuvo frente a mis labios vaginales y me penetró de un solo golpe.
Gemí de placer y el hijo de puta sonrió…

Soltó mis muñecas y puso sus dos manos en mis nalgas, arremetiendo contra mi cuerpo en cada embestida.
Comencé a estrujar su espalda con mis uñas; hundiéndolas en su carne mientras sentía que su verga me hacía gemir, sollozar y aullar como loca.

“Vamos nena… te siento a punto de acabar sobre mi verga…”
Sentí un intenso estallido en mi interior y acabé a los gritos, pidiéndole más y más. Noté mis flujos rebalsando de mi vagina y empaparme los muslos.

Le grité que siguiera cogiéndome, pero él se detuvo de golpe y me la sacó.
Me hizo poner en cuclillas y me jaló por los cabellos, pasando su glande entre mis labios y ordenándome que abriera mi boca. Apenas lo hice, zambulló su gruesa cabeza hasta mi garganta.
Pude notar que se hinchaba todavía más dentro de mi boca.

Yo quería que me acabara adentro; quería tragarme todo su semen; pero cuando estaba a punto de acabar, volvió a sacarla y apuntó a mis tetas…
Empezó a masturbarse delante de mí, lo que me dejó otra vez muy loca.
Su semen saltó a mis tetas y él sonriendo pasó un dedo recogiéndolo todo.
“Vas a tragártelo de todas maneras, putita… te va a gustar el sabor…”
Dijo, metiendo su dedo entre mis labios…
Después de tragarme toda su leche me hizo levantar del suelo. A pesar de la oscuridad, pude ver que su verga seguía tan erecta como al principio…

“Date vuelta, perrita… ahora quiero disfrutar esa cola…” Me ordenó.
“No por favor… por el culo no… lo tengo muy dolorido…”
Era verdad: la noche anterior me había masturbado en mi casa y se me había ido la mano con un juguete incrustado hasta el fondo en mi ano…

“No voy a repetirlo, ni quiero escuchar quejas, perra, ya me oíste…”
Volvió a aferrar mis muñecas por encima de mi cabeza y me obligó a pegar mi cara contra la fría pared. Enseguida comenzó a deslizar su verga dura sobre mi raja; deteniéndose en mi estrecha y algo dolorida entrada trasera.
Empujó un poco y supo que no entraba; así que sin previo aviso me la hundió por la concha, para lubricarse con mis jugos.

Volvió a apoyarla sobre mi ano y esta vez aullé de dolor al sentir que me perforaba sin compasión y me traspasaba empujando en un solo embate.
“Silencio, perrita, te dije sin quejas… ya estoy bien adentro…”

Me metió la verga un poco más, ahora empujando despacio para no lastimarme. Aun así, el dolor era insoportable; su pija era muy gruesa.
Me bombeó a ritmo lento, disfrutando su verga dentro de mi estrecho ano.
Soltó mis muñecas y una mano bajó a acariciar mi clítoris, mientras la otra pellizcaba mis endurecidos pezones. Enseguida el dolor dejó paso al placer y dejé de jadear y quejarme.

Sentí que iba a tener otro tremendo orgasmo y se lo advertí.
Entonces sacó su pija de mi culo; me hizo girar de frente a él y se arrodilló, hundiendo su cara en mi pubis. Su lengua invadió mi vagina, al mismo tiempo que yo aullaba de placer al sentir mi orgasmo explotar otra vez a lo largo de mi cuerpo.
El tipo mientras me lamió y succionó la concha con gran maestría, haciéndome acabar todavía una vez más con su lengua.
Después se incorporó y me levantó en andas, volviendo a enterrar su verga tiesa hasta el fondo de mi culo. Yo me abracé a su cuello, sintiendo que él resoplaba junto a mi oído.

Así me bombeó un par de minutos, hasta que sentí su semen caliente descargándose en el fondo de mi ano.
Cuando acabamos se salió de mi trasero y me dejó en el suelo, mirándome a los ojos en plena oscuridad.
“Te encantó putita… yo te lo había advertido…”

No le respondí, pero sonreí mientras me agachaba para colocarme la tanga que llevaba arrollada en un tobillo. Al enderezarme, mi amante desconocido había desaparecido.
Algo decepcionada comencé a caminar; con más dificultad que antes, ya que, además de los tacones, un intenso ardor en el ano me impedía cerrar los muslos y mantenerme derecha.

En la esquina se detuvo un auto rojo cerrándome el paso.
Una voz ahora conocida susurró en plena oscuridad:

“Te llevo hasta tu casa, putita… hay gente muy peligrosa en las calles…”

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