Paseos

Salió como cada tarde a dar un paseo por su ruta habitual. Era una tarde dorada de otoño en las que el viento arranca las hojas de las ramas que caen con una danza lenta y hermosa; los rayos de luz se colaban entre las ramas como cascadas de oro líquido que estallaban en el suelo.

Entró en el camino que antaño fue una vía de tren y miró al frente decidido a caminar una vez más. Colocó sus manos en las caderas y suspiró. Pronto estaba caminando con la música resonando en sus orejas, un latir secundario que hacía que su corazón se moviese más rápido. Pero todo eso no impidió que su cabeza comenzase a ignorar el ritmo y dejase paso a los pensamientos que suelen acechar desde las sombras del inconsciente.
Hacía varios días que había conocido a una chicha por internet en una página de contenidos para adultos. Quedó prendado por del perfil de ella. Su mente comenzó a recrearse en los pechos de aquella chica, grandes y voluptuosos… Sin darse cuenta su pene comenzó a moverse dentro de sus pantalones. No podía parar de imaginarse así mismo comiendo de aquellos pechos de forma escandalosa y húmeda. Su mente se apagó y comenzó a divagar…

Era una estancia oscura. La lluvia golpeaba contra los paneles metálicos que conformaban el techo con un estruendo que hacía el lugar aún más claustrofóbico. Del techo caían unos pilares de acero pintados en rojo que formaban filigranas en el aire que recordaban a una gran enredadera; el suelo era de un cemento rugoso con el color de la arenisca. Una mujer yacía vestida y maniatada en el centro de la estancia. Caminó hacia ella creando una sinfonía de pasos que reverberan como un requiem que anunciaba el Final de los Días. Una vez más cerca de ella observó el trapo que cubría su boca dejando entrever sus dientes. Balbuceaba y trataba de hablar con nefastos resultados que caían goteando hasta el suelo. No pudo reprimir la punzada de placer que le recorrió el pene al verla de aquella manera. Se agachó para hablarle al oido.
— ¿Has tenido que esperar mucho?
— ¡Mphfff!—dijo ella.
Le acarició el pelo para retirárselo de la cara y ver su rostro; con un dedo recorrió su mejilla hasta sujetarle la barbilla y levantársela para obligarle a mirarle a los ojos. Ella tenía los ojos ensanchados con un grito sordo atrapado en el ámbar de sus iris que le empujaba a uno a saltar al abismo de terror de sus pupilas. Él sonrió levemente. Se inclinó hacia ella para pasarle las manos por detrás de la cabeza y retirarle el trapo con delicadeza.
—¿Qué vamos a hacer contigo? ¿Eh? —le sujeto los carrillos con la mano para obligarle a abrir la boca y le ladeo la cabeza para susurrarle al oido— ¿Darte unos azotes? —enderezó su cara y le escupió dentro de la boca— ¿O quizá debería colgarte boca abajo toda la noche?
— Eres un cabrón.
— ¿Cómo has dicho?
— Que eres un cabrón —él le azotó la cara—, eres obvio hasta más no poder —le tiro del pelo para obligarle a mirar.
— Veo que no podrá ser por las buenas.
Se incorporó y comenzó a dar vueltas alrededor del delicado cuerpo como un tiburón, calculando su siguiente golpe. Se colocó detrás de ella y sujetándola de la frente la incorporó hasta dejarla de rodillas. Estaba con las manos atadas a la espalda y sólo vestía un camisón blanco; largo y ancho. Sus pechos miraban al frente y el frío resaltaba sus pezones bajo aquella tela de una manera vaga. Ella le buscaba moviendo la cabeza como un pequeño pájaro.

Se quedó sin aliento mientras un gran cubo de agua se derramaba sobre ella sin previo aviso. El frió bajo por su espalda mientras sus pulmones comenzaban a pesarle más debido a que el aire en su interior también había bajado de temperatura; sintió el agua colarse por entre los pliegues de su cuerpo a la par que comenzaba a boquear para conseguir respirar y la tela se pegó como si estuviera hecha de algún material viscoso. Le dolían los pezones que ahora se podían apreciar en la cima de su turgencia. Él sonrió.
Desgarró el camisón para dejar sus pechos al aire. Puso sus labios detrás de una de las orejas y le susurro:
— Así que has estado hablando mal de mi.
— Eso no es verdad, yo nunca… —él le pellizcó un pezón con fuerza— ¡Ay! ¡Joder!
 — Con que no…
— No sé quien te ha podido decir algo así.
— ¿Has hablado mal de mi? — Le sujetó un pecho con una mano para poder dejar el pezón a la altura de una vara de madera que sujetaba con la otra mano.
 — No —la vara descendió unos pocos centímetros, pero con la suficiente rapidez como para mandar un torrente de dolor hasta el cerebro que le hizo gritar.
— ¿Has hablado mal de mi?
— No —dijo con firmeza, pero no impidió que esta vez la velocidad de la vara fuese menor.
— Podría estar así todo el día, pero puedes colaborar —dijo mientras mordía ese pezón, primero suavemente, y luego cada vez más fuerte.
Ella cerró los ojos tratando de evadirse del dolor pero su cerebro le mandaba órdenes de gritar de manera desesperada y rendirse al dolor, pero no podía dejar que aquel cabrón se saliese con la suya.
— No sé quien ha hablado contigo pero seguro que lo ha hecho para joderme.
— Oh vamos, esa excusa no me vale… —retorció el otro pezón mientras que volvía a morder el que tenía entre sus manos.
Ella no pudo soportarlo más, y temiendo que terminase por arrancárselo, cedió.
—¡Está bien joder! Sí, hablé mal de ti. Pienso que eres un cerdo por como te comportas en la oficina.
Satisfecho con la respuesta, introdujo el pezón en su boca con suavidad tratando de infundirle todo el calor que pudo. Lentamente lo rodeó con la lengua en pasadas amplias que calentaban los doloridos nervios, fue cerrando el círculo mientras succionaba lentamente, llenandose la boca con él. Aunque estaba cabreada, no pudo evitar sentir un cosquilleo agradable que flotaba en el fondo de su cabeza. Cuando comenzaba a recrearse en la sensación, de pronto, un chasquido le trajo de vuelta y comenzó a sentir un ardor terrible en el pezón cuando la vara volvió a golpear.
—Ya tienes lo que querías, ¿Qué coño te pasa?
—Ahora he de castigarte —le golpeo la mejilla con la vara—. No volverás a hablar mal de mi —le golpeo los pechos—, y por supuesto, si eres buena chica, puede que te deje pasar un buen rato. Pero por ahora, ya vasta de cháchara.

Empujó una mesita con ruedas que hasta ahora había estado oculta a la vista de la chica y donde colocó la vara de madera. Ella no podía ver la parte superior de la mesa ni su contenido, pero trataba de estirar el cuello lo máximo posible a la vez que f***ejeaba con las ataduras en vano ya que la cuerda estaba bien atada y mover las muñecas le hacía daño. Él asintió y se giró para mostrar el artilugio que había elegido. Era de nuevo una vara, pero esta vez parecía de plástico con una punta de color rojo, algo que a ella le pareció poco original, ya que volvía a la carga con el mismo castigo. Patético. El esgrimió la varita delante de ella como si fuera una espada mientras reía. Se bajó los pantalones y sacó su pene. Era largo y grueso y se bamboleaba sobre su escroto mientras caminaba hacia ella. Lo cogió con una mano y se lo colocó en la cara tapándole la mitad.
—¡Quitame esto de la cara! —dijo ella.
La vara de plástico se acerco a su costado. De pronto perdió la noción de la realidad al sentir un calambre que le subía por la espalda dejándole una m*****a quemazón y los pelos del brazo derecho de punta. Le había dado una descarga eléctrica.

— Abre la boca —ella se negó lo que le brindó otra descarga—. Abre la boca —se volvió a negar y esta vez la descarga fue en un pezón. Abrió la boca—. Buena chica.
Puso su glande dentro de su boca lentamente, una sensación tibia y agradable, los labios se fueron cerrando a su alrededor y cuando su pene estaba por la mitad, lo volvió a sacar lentamente. Ella le mordió. Lleno de ira comenzó a electrocutarle en la parte baja de la espalda con varias descargas que la hicieron caer al suelo. La sujetó del pelo y la hizo incorporarse. Le azotó la cara con su pene y se lo metió en la boca.
—Eso está muy mal —le tapó la nariz mientras le llenaba la boca obligándole a respirar por la boca como podía—. ¿Ves? ¿Te vas a portar bien ahora?
 — Hjjsí… —dijo ella.
—¿Cómo dices? —le dijo liberándole la boca.
— Sí.
— Sí ¿Qué?
— Sí, señor —le volvió a meter el pene en la boca.
Siguió así mientras las babas comenzaban a caer por el pecho desnudo de la maniatada mujer y de ahí hasta el cemento. Tras un rato el volvió a la mesa para coger el siguiente instrumento. Esta vez era un garfio metálico acabado en bola. Lo ató al extremo de una cuerda y el otro extremo a una argolla que tenía a la altura del techo que pendía de una cuerda de acero. Le terminó de desgarrar el camisón mientras la colocaba a cuatro patas con la cara apoyada en el suelo, dejando sus genitales al aire, lo que le permitió comenzar a lamer su ano. Lubricando el esfínter mientras masajeaba la zona, la punta de su lengua dibujaba el contorno con suavidad, comenzó a aletear de arriba abajo.
Después de las sacudidas eléctricas, confusa por el dolor, aquella sensación le resultó reconfortante, y se relajó. Dejó que la humedad que sentía entre sus nalgas le recorriera la piel hasta la punta de su lengua y la comenzó a mover lamiendo el aire al ritmo que le lamían el ano. Él cogió el garfio y lentamente se lo introdujo en el ano. Ella dejó escapar un pequeño grito de dolor y se mordió los labios con fuerza. Sentía aquello duro y frió en su interior, ajeno y repentino. Trató de relajarse en un intento vago de alejar el dolor pero él pulsó un botón y la cuerda se recogió un poco, elevando a ella también. El dolor aumentó ahora, aunque de forma curiosa, era el suficiente como para no perder la cabeza y desmayarse.

Pudo ver como aquel hombre estaba en la mesa de nuevo. Se dio la vuelta y tenía una pala. Con ella en la mano se puso detrás de ella y se colocó de rodillas. Con la ayuda de una mano colocó su pene de tal manera que jugueteaba con los labios vaginales mientras dejaba caer una larga gota de saliva sobre él. Comenzó a masturbarse mientras poco a poco comenzaba a penetrarla, y cuando lo introdujo por completo o dejó allí para saborear el momento. Sujetó sus nalgas mientras contemplaba su pene dentro de ella. La sacó despacio para sentir cada pliegue además de la esfera metálica del conducto contrario que apretaba su pene ligeramente. Aumentó el ritmo poco a poco moviendo su cadera de tal manera que se deslizase suavemente por el interior, recorriendo cada centímetro. Sintió como los músculos vaginales comenzaron a apretarse a su alrededor de forma tímida. Aunque el dolor del garfio le había hecho perder la concentración, aquella sensación de ser penetrada mientras estaba colgada como un cerdo comenzó a excitarle.
El dolor anal comenzó a ser una leve m*****ia que llegaba a la frontera donde el dolor pasa a ser placer y el placer pasa a ser orgásmico. Sin poder resistirlo, dejó escapar un gemido. Él paró de forma brusca y se levantó.
—Así que te gusta que te fallen como a una perra. Pero no te lo mereces todavía —con la pala le golpeó con fuerza una de las nalgas haciéndola gritar—. No te lo mereces, te has portado mal, te gusta hablar más de la gente ¿Verdad? —le golpeo con mayor fuerza la otra nalga.— ¿Verdad?
—Sí, me encanta hablar mal de la gente.
—Y por eso ahora te estoy follando como a una perra.
—Me encanta, fóllame como a una perra.
—¿Cómo has dicho? —le golpeó el interior del muslo con la pala.
— Fólleme como a la perra que soy, señor.
—Eso está mejor.
Se colocó detrás de ella mientras volvía a penetrarle, esta vez con fuerza y una rabia contenida que golpeaba en sus caderas haciéndola bambolearse hacia adelante y hacia atrás mientras el garfio se movía en su interior. El placer le comenzó a invadir y sentía como su cerebro se rendía al placer más que al dolor y la humillación. Su lengua le caía por los labios jadeando de placer mientras notaba el orgasmo cada vez más cerca. Aquella esfera en su interior le estaba haciendo llegar a lugares que nunca antes había llegado. <> pensó.
—¡Me corro! ¡Me corro!—un fuerte golpe en sus nalgas le hizo gritar de dolor. El había parado y ahora estaba de cuclillas frente a ella.
—¿Acaso te he dado permiso?
— No, señor.
— Te correrás cuando yo te lo ordene. ¿Vas a ser una buena chica?
—Sí, señor.

Se incorporó y se volvió a poner detrás de ella. Esperando el momento de sentir como su pene volvía a llenarla de placer, sintió que la bola de acero dejaba su ano para dejarla caer por completo al suelo. De detrás de la mesita esta vez él hizo pivotar una mesa con ruedas forrada en cuero. Tenía unas argollas a los lados. Cogiéndola como a un saco de patatas la colocó allí y la maniató. De la mesita recogió una bandeja con varias pinzas de madera. Una a una las colocó en sus pechos cubriéndoles por completo con una macabra linea de presión. El dolor era muy intensos y no podía casi soportarlo. Expuesta como estaba, cuando acabó de poner las pinzas, volvió a penetrarla.
Con los pulgares separaba sus labios para observar como se glande se enterraba entre sus piernas y poder ver de donde procedía aquel inmenso placer. Mientras la mente de ella trataba de decidirse por el dolor o el placer, él cogió más pinzas.
—Te gusta, pero has sido mala —colocó una pinza en uno de sus labios mayores mientras su pene seguía su recorrido rítmico, como siguiendo los jadeos de dolor y placer que salían de la boca de ella—. Sólo gozarás cuando se te permita —otra pinza—, y todavía no ha llegado el momento—, otra pinza.
Su vulva quedó rodeada de pinzas. Se movían a la par que él y las terminaciones nerviosas que recorrían la espina dorsal de ella ya no podían más. Su mente estaba dividida y al borde del abismo de la locura. Las oleadas de sensaciones le invadían de arriba abajo queriendo explotar por todos sus poros. El vigor de su pene comenzó a aumentar y sentía el placer empujando contra sus sienes tan fuerte como lo hacían las pinzas. Él hizo moverse una de las pinzas del pecho con la mano y grito de dolor mientras el placer que surgía en oleadas de su vientre lo mitigaba. Un choque de titanes en su interior.
—¡Deje que me corra señor! ¡DEJE QUE ME CORRA POR FAVOR!

Él retiró las pinzas una a una, despacio, mientras no bajaba el ritmo de sus caderas. Mientras el dolor de las pinzas desaparecía cada movimiento de cadera le inyectaba placer que recorría sus venas en trombas de jadeos y sudor, sus manos y pies trataban de romper las argollas que la sujetaban y con las caderas trataba de seguir el ritmo de su polla. Cuando la última pinza desapareció, su mente comenzó a fallarle. El placer tomó el control y ya no podía ni hablar. Sólo balbuceaba incoherencias propias de una poseída mientras la cabeza le daba vueltas en un torbellino de lujuria.
—Correte —dijo él.

Los espasmos comenzaron poco a poco a mandarle impulsos que adormecieron su cara, la punta de sus dedos y arquearon sus dedos de los pies; los muslos le temblaban al ritmo que su esfínter se abría y se cerraba con vibraciones que se unían a las de su vientre que expulsaban oleadas que rompían contra su razón haciéndola añicos en una inconexa voz que emergió de su garganta como el grito de un a****l salvaje y primigenio.

Él soltó las argollas para dejarla gozar en paz y satisfecho se retiró para buscar una nueva herramienta para amordazarla al suelo y correrse sobre ella. Recorrió con la punta de los dedos los aparatos que aquella mesa escondían mientras su mente maquinaba alguna nueva tortura.
Entonces todo se volvió borroso y cayó de rodillas.

Sintió como le ataban las manos con una cuerda y que le obligaban a tumbarse boca arriba. Ella lanzó el garfio que había sido inquilino de su ano en otro momento que ya parecía lejano y se rió.
—Ahora te tengo yo cogido por los huevos.
Se acercó a la mesa para ver las herramientas. Entre las cosas frías y alargadas encontró lo que buscaba y sonrío de forma pícara. Se dio la vuelta para ver al guiñapo que antes se hacía llamar señor y sonreír con las incoherencias que su mente enturbiada por el golpe trataban de decir. Cogió uno de sus testículos y le coloco una pinza. Cogió el otro y le puso otra. Gateando sobre él colocó la entrepierna en su cara y comenzó a frotar.
—¿No te gusta? Ahora estás bajo mis pies y tendrás que comer un poco también. ¿No tienes hambre? Después de tanto sexo… Quiero que comas —abrió las piernas un poco para ver que él trataba de zafarse—. Oh, ¿Es que ahora no te gusta? Pensé que estas cosas te excitaban…
Giró el cuerpo para coger una caja negra que colocó a un costado. Allí conecto unos cables que salían de los extremos de las pinzas. Cogió un mando y reguló la intensidad para que no fuese letal, pero sí convincente.
—No te apetece comerme el coño, veamos si esto te convence —apretó el botón para liberar una descarga eléctrica en los testículos de su antiguo “Señor” y ver como se retorcía—. ¿Y ahora quieres? ¿No? —pulsó otra vez.
Poco a poco el f***ejeo entre sus piernas disminuyo y notó como una lengua comenzaba a bordear su entrepierna. Despacio la punta de la lengua lamía de arriba abajo sus labios sin rozar el clítoris. Era como si la lengua tuviera vergüenza de saludarlo. Los fluidos manaban y poco a poco mojaban la cara de aquel antiguo amo. De vez en cuando movía la cadera adelante y hacía atrás para restregarle el coño por la cara. De repente notó que la punta de la lengua se paraba en su clítoris sin moverse. Sólo parado ahí, esperando. Alzó la cabeza y dejó escapar un gemido.
—Abre la boca… buen chico… —colocó su entrepierna dentro de la boca para que él pudiera succionar— chupa… vamos…

Cuando no pudo soportarlo más, se hecho hacía atrás para cabalgar sobre su polla. Tenía que dominarlo por completo. De cuclillas colocó la punta de su pene contra su vagina y se dejó caer de golpe. Necesitaba correrse otra vez, pero esta vez llevando el control. Le sujetó los costados con las piernas y dejó que su pene entrase hasta adentro. Se sentó sobre sus caderas y comenzó a mover adelante y atrás. Pronto estaba cabalgando con un frenesí sin sentido. Con su polla cada vez más dura y caliente, estaba llena de placer. Su boca comenzó a quedarse lánguida y sus ojos se tornaron blancos al sentir oleadas de placer subir por sus terminaciones nerviosas, haciendo fallar todas las sinopsis de cordura que le quedaban. Hundió sus uñas en el pecho de su esclavo mientras el aire desgarraba sus pulmones al salir en aullidos de placer que le hacían perder la cabeza aún más. En un frenesí sudoroso sintió el paroxismo orgásmico explotar entre sus piernas mientras bajaba hasta las puntas de sus dedos como millones de hormigas en procesión, sintió perder la sensibilidad de sus manos y su espalda restalló de convulsiones eléctricas que hacían que sus músculos rodeasen su pene con fuerza mientras ella se sentía cada vez más despejada y liviana.
Resopló mientras se incorporaba dando tumbos con unas piernas temblorosas que casi no le sostenían en pie. Él seguía en el suelo.
—No te has corrido verdad cabrón. Pues te jodes.
Mientras reía y se ponía los jirones de lo que había sido el camisón, no se dio cuenta de que él había conseguido liberarse de sus ataduras. Era demasiado tarde cuando él la cogió de las muñecas y le empujó contra la pared. Le mordió la oreja mientras con su pene buscaba como loco. Por fin la penetró y comenzó a follar como un perro en celo. Gruñía mientras su pene trataba de ir cada vez más adentro. Loco de placer le soltó las muñecas para sujetarle por la cadera y poder controlar mejor sus movimientos. Ella se sujetó en la pared con una sonrisa y se agachó un poco más para que él pudiera gozar yendo un poco más adentro, mientras su propio cuerpo gritaba de placer al sentir su polla como una piedra de nuevo agujereando su mente. Cayeron al suelo y ella se tumbo boca arriba. Él se acercó frenético y sujetando sus tobillos, le levantó las piernas para penetrarla de nuevo. Sus piernas descansaban en los hombros de aquel toro que le follaba salvajemente. Esa postura le permitía profundizar más, sintiendo que cada golpe de cadera también taladraba su cerebro.
Pronto él comenzó a dar golpes secos de cadera que soltaban un chorro caliente en cada contracción, ella sintió como su pene se contraía en un esfuerzo de lanzar su semilla cada vez más lejos. Con su voz gruñsiendole en la oreja, abrió las piernas, le rodeó las caderas y acompañando sus espasmos, ella se unió al momento orgánico que los dejó exhaustos en el suelo.

—¡Oiga! ¿Está usted bien?
El chico volvió a la realidad del camino que antes había sido una vía de tren. Un señor le estaba zarandeando y él estaba sentado en el suelo apoyado contra la pared. Debía de haberse caído mientras fantaseaba. Notó una humedad que chorreaba dentro de sus pantalones y comprendió que había eyaculado en sus fantasías. Se incorporó de un salto y se alejó con paso rápido mientras el hombre que lo había traído de vuelta a la realidad se preguntaba qué demonios le pasaba a la juventud de hoy en día.

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