Paseos

Su nuez de Adán subía y bajaba haciendo un ruido constante mientras el agua se acumulaba en su interior. Bajó la botella mientras suspiraba saciado, y con el puño trataba de sujetar su pecho al eructar. Llevaba caminando ya más de dos horas y el calor era abrasador. Pero merecía la pena. Caminó hasta la sombra donde se sentó en uno de los bancos que recorría el camino. Descansar un rato era lo que necesitaba.

Todavía sumido en el placer del descanso momentáneo una mujer apareció por el fondo del camino con paso firme y decidida a batir su propio record. Sus pechos botaban mientras caminaba haciendo que su contenido pareciesen dos deliciosos cuencos de miel que estuvieran a punto de derramarse. Sus pantalones ceñidos dejaban ver sus caderas mientras daban golpes arriba y abajo con cada zancada, con unos glúteos firmes que sujetaban aquella escultura de la naturaleza.

Entreabrió los ojos al notar los pasos que se acercaban. Aunque no tardó en cerrarlos de nuevo cuando su imaginación comenzó a tomar las riendas de su mente como si fuera el cochero al mundo de los sueños.

La habitación era pequeña. Tenía un sofá en medio que tapaba una alfombra vieja y descolorida por el sol. Una mesita sujetaba los restos de un cuenco lleno de maíz que no había explotado en el júbilo del microondas, esos cuerpos vegetales abandonados a la suerte de la basura. Pequeños destellos de una luz azulada salpicaban la pared mientras un murmullo susurrado por Morpheo flotaba desde una caja negra al fondo de la estancia. En el sofá una mujer voluptuosa disfrutaba de la sesión palpitante que aquél aparato le brindaba.

Un hombre se unió a la fiesta portando cuatro cuencos llenos de agua de lavanda que dispuso por las cuatro esquinas. La esencia comenzó a embriagar a los dos habitantes del lugar con un leve cosquilleo que partía de la nuca y acababa en los dedos de los pies.

Se sentó en el suelo junto a ella y bajó sus dedos despacio por sus rodillas… arañando el pantalón mientras alcanzaba los tobillos. Metió su mano por debajo de los pies y ejerció una ligera presión mientras se movía hacia sus dedos. Realizó el camino contrario y al subir apretó con firmeza sus gemelos tratando de liberar el cansancio de un día duro. Luego se centró en ellos un rato mientras se colocaba en una postura cómoda para trabajar los pies. 

 Cogió el pie izquierdo y con los dientes retiró uno de los calcetines, mirándole con una sonrisa pícara mientras la tela se deslizaba suave hasta quedar colgando de la boca. Repitió el proceso con el otro pie. Sus pies desnudos le llenaban las manos mientras los acariciaba suavemente, evitando causarle cosquillas. 

 Cogió los pies de ella y los apoyó en sus rodillas mientras cogía un aceite de olor dulzón de un cuenco que había colocado cerca de él. Dejó caer aceite en sus pies y lo aplicó como si quisiera proteger de los elementos los delicados pies. 

 Sujetó el pie derecho con ambas manos mientras realizaba círculos de presión por la planta del pie con los pulgares. Amasó la zona con vigor tratando de que el placer aumentase en cada gesto, aliviando el cansancio y el estrés, haciéndole morderse los labios tratando de ahogar un gemido que resonaba en su garganta. 

 Poco a poco fue agarrando sus dedos uno a uno y tirando suavemente, hacerlos crujir al igual que el chocolate. Pasó sus pulgares por la base del talón haciéndolos coincidir en el tendón que venció al héroe y volvió hasta los dedos rodeando el tobillo.

Pasado un rato hizo lo mismo con el otro pie, pero esta vez se metió el dedo gordo del otro pie en la boca, rodeándolo con los labios, aplicando una ligera succión que ella gozó con una sonrisa que se transformó en una mirada de placer. 

 Él se incorporo a la vez que recogía los pies de ella encima del sofá y se sentaba detrás de la mujer para sujetar su espalda. Separó su pelo del cuello acercándose lentamente haciendo que su aliento dilatase sus pupilas mientras sus labios se cerraban en torno a su piel. Despacio mordisqueó el cuello y abrió los labios dejando escapar un gruñido. Con su lengua subió hasta su oreja y mordió su lóbulo con una sonrisa. Mientras el cuello de ella se sumía en un placer latente, él cogió su camiseta mientras seguía mordiéndole la oreja y se la quito dejando sus pechos al aire. 

 Ella se quitó el sujetador mientras se tumbaba boca abajo. 

 Él se sentó sobre los muslos de la Venus sintiendo los glúteos contra el pene. Disfrutó de la sensación mientras recogía el cuenco de aceite y salpicó su contenido sobre la espalda. Apoyó las manos sobre los hombros y con firmeza comenzó a trabajar sobre los músculos de la cansada diosa… Las manos se abrían desde la base del cuello hasta los hombros y volvían… iban y volvían… iban y volvían…

 Los pulgares comenzaron a estimular la zona inmediatamente inferior a los hombros abriendo el círculo más y más hasta terminar bajando por la espina dorsal y de ahí al final de la espalda. Con un frenesí que era cada vez mayor sujetaba sus músculos como si fueran masa fresca y trató de separarlos de los huesos para que la tensión y el dolor se fuesen. 

 Al final, le arrancó los pantalones y con ellos las bragas. Con las manos aceitosas agarró los glúteos bajando por sus curvas hasta las rodillas. Giró las muñecas para volver hasta su entrepierna moldeando la parte interior del muslo, recorrió la base de sus glúteos y volvió a sujetar su culo con firmeza. 

 La belleza de lo que estaba viendo hipnotizaba al hombre; un efecto que junto a la lavanda del ambiente le hizo enloquecer. 

 Las manos le ayudaban a ver lo que escondían sus muslos, con un aroma aún más embriagador que el de las flores… 


 Le dio la vuelta para mirar sus ojos que parecían derretirse ante el calor que emanan los de él y la besó apasionadamente. Las lenguas se frotaban en un baile húmedo y oscuro que hacía que sus almas se agitasen. Sus pechos hacían que sus manos pareciesen pequeñas mientras trataban de abarcar su tamaño. 

 Sin dudarlo comenzó a bajar por el cuello hasta el centro del pecho, donde hizo que su cara quedase sepultada en ella. Su boca buscaba un pezón que morder mientras los dedos pellizcaban con delicadeza el otro ya duro y sensible. 

 Pero las manos de ella le empujaban aún más abajo. Con los pies le cogió la cabeza y le lanzó hacia el cálido flujo que manaba entre sus piernas.

— ¿A qué coño estás esperando? Porque este ya está listo…

 Puso sus pies en los hombros de él mientras él se acercaba con la boca a esos labios rojos, llenos de un placer contenido que palpitaba hasta el cerebro. Sacó su lengua para cubrir todo lo que pudo mientras un lametón ascendía por la entrada de la vagina, metiéndose entre los labios… pero sin rozar el clítoris aún.

Con una ligera succión se metió sus labios menores en la boca hasta que se soltaron por si solos, para luego juguetear con ellos con la punta del carnoso músculo que trabajaba la zona. Se movía frenético en un paroxismo de aromas que despertaban su lado salvaje. Endureció la lengua para penetrarle y sentir su interior rugoso llenándole la boca de un elixir divino digno de los Dioses. 

 Por fin, la lengua fue en busca del clítoris. Pequeño y tímido entre las carnes estaba duro, lleno de un placer que quería explotar a los cuatro vientos dejando un río orgásmico a su paso. Lentamente jugueteó con la punta de la lengua como tratando de convencerle a bailar un tango con su boca. Los labios comenzaron a encerrarse alrededor creando una pista de baile a la luz de los brillos de los flujos que su boca y el interior de ella creaban para los dos.

Mientras trataba de chupar su alma a través de su coño las caderas comenzaron a marcar el tempo de un baile tan antiguo como el tiempo. La lengua giraba en círculos, azotaba, golpeaba, lamía, empujaba… 

 Sus gemidos eran cada vez más sonoros…

Sus ojos se pusieron en blanco…

Sus manos sujetaban su cabeza mientras su cuerpo le golpeaba la cara…

Los espasmos de su cuerpo acompañados de un rugido gutural le hicieron saber que su cuerpo estaba gozando de un agonía dulce, una pequeña muerte que le llenaba la boca de pulsaciones orgásmicas… 

 Se incorporó de repente sobre el banco que ya casi estaba al rojo vivo y se dio cuenta de que la mujer le saludaba con una sonrisa deseándole las buenas tardes. Avergonzado le devolvió el saludo mientras trataba de disimular una erección palpitante bajo sus pantalones ya manchados.

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