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Noelia, una mujer muy sacrificada

Noelia es una mujer que pese a ya ser abuela todavía dan ganas de culeársela, pues no es demasiado mayor; lo que pasa es que se metió muy joven con su ahora marido Pancho, y luego su hijo mayor hizo lo propio con su novia; una chamaca de lo más bajo y nada atractiva (la suegra está mejor, me cae); pero en fin, así fue como Noelia se llenó de nietos muy pronto.

La muy trabajadora mujer tiene una tienda y se esmera en ella con gran esfuerzo. Es muy chambeadora la Señora, de eso no hay duda; lo malo es que su hijo mayor le dejó a la mujer con todo y nietos. Según veo, es como si Noelia hubiese parido más chamacos pues, dado su edad, en vez de nietos parecen sus hijos.

La Señora, más luchona que su esposo, comenzó a mejorar su hogar pese a poseer una propiedad muy reducida. Mientras el otro empina el codo, la Señora se parte el lomo diariamente.

A Noelia lo que le hacía falta (además de una buena metida de verga) era tener un lugar para guardar la camioneta del esposo (única pertenencia de valor del mentado Pancholote). Pues tan reducida era su casa, que diariamente la dejaba en la calle, y a la señora le daba miedo que un día se la robaran. Para ello Noelia le pidió a mi madre, que era su vecina, le vendiera un cacho de terreno, pero ella no cedió.

Noelia, no obstante, se la quiso granjear para conquistarla así que, cuando podía, se mostraba muy amable con mi jefecita. Pobre Noe, ni en cuenta tenía que a mi madre no le caía nada bien; no era santa de su devoción, como dicen.

A mí, sin embargo…

Como ya dije, la Señora no estaba tan mal de carnes. Me llevaba pocos años y no es que fuera una finura; mal hablada, carente de educación, pelada y un tanto fodonga, con todo me había entrado un morbo por meterme entre las carnes de la esposa del Pancholote; con tal de ponerle los cuernos a ese buey (y así enfatizarlo). Pues el pinche pendejo no es más un borrachín sin remedio con quien diario batallo, ya que deja su pinche camioneta justo frente a la puerta de mi cochera.

Así que un día me acerqué al negocio de la “dama” con particular malicia.

—Hola Noe, ¿cómo le va?

—Bien José Luis —me contestó—. ¿Tú qué tal? ¿Qué se te ofrece?

—Me da medio de jamón y dos melones —le dije y me le quedé viendo de sus colgantes ubres.

“Caray”, pensé. “Eso mero me quiero comer.”

Mientras ella buscaba lo que le pedí también le vi el trasero, ‘ora sí que estaba checándole la mercancía.

—Así que quiere un pedazo… un pedazo de terreno, Noe —le inquirí.

—Sí, ¿ya te platicó tu mami? Le dije que se lo compro a buen precio pero…

—Pero ella nomás no acepta.

—Pues sí. Y mira que yo le ofrezco pagárselo “al chaz chaz”.

—A que mi ma’.

—Sí, oye, tú no podrías convencerla. Anda, échame la mano.

Me la quedé viendo y pensé: “Pues eso mero quiero, echarle no una, sino las dos y así agarrarle ese par de cachetes que usted seguramente llama nalgas pero que debería saber se llaman atrapa mocos, pues para eso mero son… va usted a ver, yo mismo le voy a enseñar cómo se usan. Pinche Pancholote, evadiéndose de su realidad en el alcohol el muy pendejo en vez de almorzarse; merendarse; comerse y cenarse ese reverendo trasero.”

—Pero no se preocupe Noe, yo le hago la valona. Hablo con mi jefa y voy a tratar de convencerla. Usted no se apure.

A la Señora le brillaron los ojos.

—¿De verdad? Te lo agradecería mucho. Sí, dile que yo sólo quiero una tirita para meter la camioneta. Sólo eso, dile que me conformo con una tripita de terreno.

“Tripita…”, pensé. “Tripita es la que te voy a ensanchar cuando te la meta por el chiquito, nomás pa’ que me recuerdes con cariño, pinche Noelia”.

Total que, después de dos semanas de andarla visitando, Noe entendió mi mensaje. Yo le prometía convencer a mi madre y, si acaso no lo lograba, yo mismo le daba la palabra de venderle un “pedazo” de terreno nomás me fuese heredado. Así que aquello era cosa segura (como le dije), nomás que a cambio…

—¡Pedazo de cola que te cargas, me cae! —le dije, sinceramente, mientras se daba sentones sobre mí, tuteándola por primera vez. Yo siempre le había guardado respeto.

Pero en ese momento yo no la respeté. La hice como quise. La puse de perrito en su sillón; la nalgueé; le di a mamar mi verga y la coloqué sobre el pretil de su ventana en cuatro para que desde la planta alta de su casa (donde estábamos) les gritara a sus nietos que ya dejaran de chingar, pues entre sus gritos y chillidos estaban haciendo que perdiera la concentración.

Pinches chamacos tan más castrosos, me cae.

—De veras que tú marido es un pendejo —le comenté, cuando ya me sentí con mayor confianza.

—¿Por qué dices eso? —Noe me respondió.

—Pues nomás mira… este pedazo de… —dije y le agarré sus morenas carnes—. En vez de estar empinando el codo te debería estar gozando y haciéndote gozar. Poco hombre. No te merece.

—¡Oye, pero tú qué te crees! —me increpó mientras aún estaba sobre mí—. Si Paco es un buen hombre. Gracias a él tenemos esta casa. Además se mata trabajando para darme el gasto y…

Puta… total que me soltó una serie de mentiras que ni ella misma se debería creer, pero bueno. Eso de que “Paco”, como ella le dice, estaba pagando las mejoras a su casa no se lo creé ni la suegra. Todo mundo sabemos lo borrachín que es y que cuando tiene dinero en la bolsa todo se lo gasta en la bebida.

Ya no le dije nada nomás por no hacer corajes. No la quise contradecir pues ya se me estaba bajando la excitación y no quería desperdiciar la oportunidad así que la dejé que se engañara sola, total a mí qué. Le llevé la corriente mientras me la seguía bombeando, haciendo cornudo al tal cabrón, y ella hablándome maravillas de su “Paco”. No cabe duda que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

FIN

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