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No que no

No que no comadre —le decía Eulogia a Trini, mientras caminaban alejándose de la fábrica tras una (especialmente larga) jornada laboral.

A Trini se le veía cansada, fatigada. Su cuerpo lo traía molido.

Hacía días que la propia Eulogia se lo había advertido:

—Ten cuidado comadre, yo sé lo que te digo. Ese tipo te trae ganas y cuando a aquél se le antoja una trabajadora…, uy comadre, ni te cuento lo que les hace. Lo digo porque eres casada, si estuvieras sola pues la cosa sería diferente. ‘Ora que si se te antoja pues…

—No, qué se me va a pasar por la cabeza algo así. Cómo crees —Trini respondió indignada.

—Pues siendo así, lo mejor que puedes hacer es pedir tu cambio. Deberías irte pa’ la fábrica de Naucalpan. Allá estarías a salvo de ese malandrín. Hasta estarías más cerca de tu casa.

—Pero es que no es tan fácil que me den el cambio. Hay que meter permuta y luego ver si hay alguien de por allá que se quiera venir pa’ cá —le respondió Doña Trini.

—Pues hazlo, que no te dé flojera. Todo queda en ti comadre. Piensa que también pones en peligro a Gumaro. Ya ves cómo es —concluyó Eulogia.

Al oír esas palabras, a Trini le vino a la mente su esposo. Eulogia tenía razón, Si Gumaro la veía siendo “cortejada” por el Jefe de personal, poco le importaría su cargo y su trabajo. De seguro Gumaro se le iría directamente a los golpes al sinvergüenza. Y, quizás, hasta a ella misma por dejarse.

Pero qué podía hacer para que aquel patán la dejara en paz. Tan sólo se le caía la cara de vergüenza al pasarlas canutas cuando tenía la mala suerte de toparse con Sánchez Medina. El Jefe de personal aprovechaba cualquier encuentro para expresarle sus lascivos deseos a la Señora, y, a veces, sin necesidad de palabras. Como cuando ambos coincidieron en aquel estrecho pasillo de los servicios. “¡Qué horrible fue!”, pensó Trini. Sánchez Medina procuró que colisionaran y el hombre no dudó en sacar lo mejor de la situación dándose tremendo roce de cuerpos. Bien que le acomodó el bulto.

Trini no dijo nada. Ella nunca decía nada, mucho menos a su esposo. No quería que, por soltar la lengua, aquél se viera metido en problemas.

No sólo estaba en juego la integridad física de su marido, sino que un evento así pondría en riesgo sus trabajos, ya que ambos laboraban en la misma empresa.

Pero el actuar de Doña Trini no parecía ir con el rumbo correcto, por lo menos si lo que quería era alejarse de las intenciones de Sánchez Medina. Ella nomás no le ponía un alto y siempre callaba.

—“Ay” va ese pinche barbero de Sánchez Medina —comentó Gumaro a su esposa una ocasión que le estaba revisando la máquina de coser, pues se le había estropeado —. Hasta parece que le encanta olerle los pedos; pinche lambiscón, siempre anda detrás del patrón.

—Ay, tú ni te metas. No te vaya escuchar y… —le dijo Trini.

—¿Y qué…? ¿Crees que le tengo miedo? —le respondió en tono brusco su esposo.

A Gumaro le había dejado realmente disgustado la actitud de su esposa. Parecía que (según su forma de ver) a Trinidad le m*****aba que se dijera algo malo del Jefe de personal. Aquello le levantó sospechas. “¿Por qué defendía a ese tipo? ¿Acaso le gustaba?” Ese pensamiento horadó su juicio a lo largo del día, mientras continuaba reparando el equipo de la fábrica.

Por su parte, Trini cumplía con su jornada laboral bien metida en su quehacer hasta que:

—¿Qué tal Trinidad, cómo te va? —dijo una voz masculina sobre el hombro de la trabajadora.

Trini volteó y, mirándolo cual alto era, vio al Jefe de personal justo a su lado.

El hombre estaba bien proporcionado. De varonil aspecto, más joven que ella, su sola presencia producía reacciones químicas en el cuerpo de la mujer quien no lograba comprender aquello. Apenas si cayó en la cuenta de que su corazón se le aceleraba.

—Pues bien Don Beto —le respondió bajando la vista.

—Oye. Ya casi es hora de comer y me preguntaba si aceptarías acompañarme. He notado que tu esposo y tú no siempre comen juntos y hoy está muy atareado. Parece que podemos acompañarnos. ¿No te parece?

—Pues sí pero yo, pues… lo esperaré.

—Anda, no me desaires. Si quieres, después de acompañarme, lo acompañas a él. Yo te cubro y así tendrás dos horas de comida en vez de una.

Dado el carácter de Trinidad, al final no pudo negarse más. Por fortuna, en efecto, Gumaro estaba tan ocupado que no vio a su señora saliendo acompañada del Jefe de personal.

Sánchez Medina la llevó a un restaurante bastante agradable. Trini, acostumbrada a comer en el humilde mercado cercano, salió completamente de lo convencional. El lugar se veía de buen gusto; limpísimo y hasta tenía música en vivo. Los alimentos a la carta eran de considerable precio pero su acompañante le aclaró que él pagaría la cuenta.

Trinidad se sintió extraña allí. Tuvo la sensación de estar siendo cortejada por un pretendiente que se esforzaba por complacerla. Su propio marido nunca la había llevado a un sitio así. Claro que no contaba con los recursos como para hacerlo de manera frecuente, pero…

“…de vez en cuando… una vez al año, ya de perdis”, pensó Trini.

La mujer degustó de pescado y mariscos mientras que el hombre comió un corte de tipo argentino.

Sánchez Medina tuvo el buen tino de no m*****arla a la hora de degustar los alimentos y la única conversación que hubo entre plato y plato sirvió para que el Jefe de personal conociera mejor a la Señora que tenía enfrente, pues discretamente le preguntó sobre su pasado.

—Así que ya tienen más de once años de matrimonio —comentó Sánchez Medina—. ¿Y cuántos hijos?

—Tres. Dos en la primaria y mi niña que aún está en el kínder.

—Ah, pues me gustaría un día conocerlos. De seguro la niña es tan bonita como tú —le dijo él con una confiada sonrisa al final.

A Trini se le vino la sangre a las mejillas por el comentario. Se sintió incómoda. Lo dicho por Sánchez Medina la volvió a poner en alerta.

—Creo que ya es hora de irnos —dijo Trinidad.

La mujer se dispuso a sacar dinero para pagar pero su compañero le insistió que él invitaba y no le permitió hacer pago alguno.

Mientras regresaron a la fábrica, Trini pensó que, después de todo, Alberto Sánchez Medina no era tan mal tipo. Es decir, más allá de su atractivo físico, el hombre sabía escuchar e, incluso, sintió que realmente se interesaba en ella. Sí, le pareció buena persona.

Después de toda una vida de casada, Trinidad volvía a sentirse una mujer deseada, y en su interior eso le agradaba.

La jornada continuó, afortunadamente Trini no se topó con su marido. Supuso que había salido a comer, así que siguió cumpliendo con su labor pero, de repente, se sintió algo somnolienta. Fue a los servicios con el fin de lavarse la cara y así obligarse a despabilarse.

Cuando levantó la cabeza y se miró en el espejo se sintió como en un sueño. Su propia imagen no la podía ver con claridad. Luego, suavemente, se desvaneció.

Al volver en sí, Trinidad se descubrió desnuda. La cabezona punta de un falo, notablemente hinchado, patinaba lúbricamente por la hendidura vertical de su sexo, como amenazando por entrar. Y su sexo estaba… ¡Su sexo estaba depilado!

Trinidad nunca se había depilado de allí en su vida. ¡¿Qué había pasado?!

Ella no lo supo en ese momento pero, Alberto Sánchez Medina, la había llevado a comer con plan con maña. El muy cabrón le había incluido una droga en la bebida, gracias al mesero que los atendió, previamente sobornado. Luego sólo esperó a que el medicamento surtiera efecto. No tuvo problema en seguir a la mujer al sanitario y, una vez cayó inconsciente, la llevó a la bodega donde se dio gusto.

Antes que nada, ya teniéndola tendida, le puso su mano sobre el vientre. Le agradó la calidez que la mujer desprendía. Animado, presionó más su palma contra el cuerpo femenino al mismo tiempo que con la otra se asía de una de las tetas de la empleada. Poco a poco, la piel y el músculo que masajeaba se aflojaron respondiendo así a sus caricias. Alentado por ello, trasladó su masaje al área púbica, presionando los genitales femeninos aún por sobre la ropa.

Trini, inconscientemente, comenzó a reaccionar. Su bajo vientre se movió de forma espasmódica como en respuesta a la manipulación masculina.

Como a la vez la besaba desde detrás de la oreja, hasta bajarle por el cuello, Alberto la escuchó gemir. Él comenzó a frotarse el miembro desnudo en una de las piernas de ella y éste se le puso duro, enderezándosele al máximo.

Posteriormente procedió a retirarle las pantaletas. Acariciándola de los muslos, subió sus manos descubriéndole la piel que, por lo general, no estaba a la vista.

Una vez tuvo ante sí el velludo sexo, literalmente, se le hizo agua la boca por probarlo. Con todo y pelos lo lamió. Pero eso no le era suficiente al Jefe de personal de aquella factoría. Sintiéndose con la confianza total (había mandado al esposo de Trini a reparar unas máquinas a otra nave industrial), Sánchez Medina se tomó el tiempo para rasurarla de ahí. Quería sentirla depilada y recién lavada; suave como tersura de bebé. Y así fue. Tras haberle quitado el excedente velludo, el jabón usado le había dejado un agradable olor a la vagina de la inconsciente señora.

Aquél relamió a la mujer pero ésta no despertó, sólo gimió. Luego la dedeó, dilatando así la cada vez más jugosa gruta vaginal. Pero aún con eso no despertaba.

Terminó por encuerarla por completo y él mismo se retiró también la ropa.

Pese a que su contraparte aún permanecía en el limbo, Alberto hizo contacto sexo con sexo por vez primera con la Señora. Trinidad estaba a su merced.

Cuando él deslizaba juguetonamente la brillosa cabeza por aquellos labios que parecían saborearlo cual boca de niña a dulce paleta, ella despertó.

No fue fácil aceptar lo que le estaba sucediendo como realidad. Trinidad creyó por un segundo que se trataba de un sueño, o quizás una pesadilla. Luchó por encajar todo; por darle sentido. Estaba en un lugar oscuro. Su cuerpo, pese a su desnudez se sentía acalorado. Su espalda descansaba sobre algo mullido.

Cayó en cuenta, por fin, de que estaba sobre retazos de tela. Aún estaba en la fábrica. Se hallaba en una de las bodegas y tenía como única compañía al Jefe de personal. Al Jefe de personal totalmente desnudo sobre ella y a punto de penetrarla sexualmente.

¡A punto de…!

—¡Nooo! —exclamó Trini. Pensando más en su marido que en sí misma.

Pero Alberto no le hizo caso. Con las yemas de los dedos de su mano izquierda, inclinó su propio miembro masculino para guiarlo a la entrada sexual de la trabajadora.

Fue así como aquella abertura recibió y tragó el pedazo de carne masculina. Carne que, por primera vez en su vida, no se trataba de la de su marido. Lo que tenía adentro, en ese momento, era sin duda un falo de mayores dimensiones que el de su cónyuge, y Trini lo sabía, era consciente de ello.

Alberto Sánchez Medina se abrió paso a través de la casada señora. Dado el tamaño de su miembro, Sánchez Medina la sintió estrecha, pese a ya haberla dilatado bastante; más de lo que Gumaro jamás podría, pues él no se esmeraba particularmente en ello. Pero al Jefe de personal siempre le importaba que la receptora estuviera preparada a recibirlo, y eso era ponerla a punto antes de la penetración. Era importante pues, sólo así, la acción fluía bien para ambos.

Y era verdad, el brillo que podía verse a lo largo del fuste de Alberto (mientras entraba y salía), no era otra cosa que el lubricante natural de la propia Señora Trinidad. Percibiendo la temperatura, movimiento y grosor del invasor, el cuerpo de Trini expulsaba aquellos jugos de forma espontanea, reaccionando de acuerdo al placer recibido.

«No», aquel negativo monosílabo se repitió varias veces más, pese a ya estarse tragando tal calidad de carne en embutido. Y mientras que la boca de Trini expelía aquello como negativa, su organismo era un estallido de sexualidad y sensualidad. Su vibrante reacción a cada arremetida, parecía invitar a una fricción más constante y vigorosa.

A diferencia de lo que la boca superior decía, la inferior estrechaba con aceptación y deseo al miembro acogido, abrazándolo contra las paredes del túnel que le quedaba estrecho.

Pasando unos minutos, Trinidad por fin dijo:

—…buuueno —casi en un suspiro, como aceptando su destino.

Admitiendo también, y de buen grado, el placer recibido.

Entonces los dos parecieron convertirse en una máquina de “coger”. Así como, a unos cuantos metros, las máquinas de la factoría no paraban de coser con su traquetear productivo, así ellos mantenían un continuo movimiento rítmico y acelerado. Diferente pero igualmente coordinado. Cada uno se ocupaba del movimiento que le correspondía, ejecutándolo diestramente; restregándose uno contra el otro entre suspiros y jadeos; moviéndose constantemente; chocando sus vientres y meneando febrilmente sus caderas; siguiendo un compás marcado por su naturaleza humana. Lo único que ambos deseaban en esos momentos era consumirse en el fuego sexual que los devoraba.

Cuando por fin llegó el tan anhelado orgasmo para Trini, la sudorosa mujer se abrazó a su amante quien, sin embargo, aún la siguió horadando. Para él aquello no había terminado. Mientras la Señora se dejaba llevar al mismísimo cielo, el varonil macho aún seguía entero. Alberto estaba lejos del clímax, pero supo darle su espacio a la mujer para que ella disfrutara de su momento en el paraíso. Tras breve pausa, la puso en cuatro y así continuó bombeándola.

“Es infatigable”, pensó la mujer mientras era traspasada por aquél macho de nuevo y sin descanso.

Alberto la embestía con una pasión que nunca le viera a Gumaro, su esposo. En ese momento, Trinidad tuvo plena consciencia de que aquel hombre en verdad la deseaba. Cada choque de su pelvis masculina contra su trasero femenino, y el agarre de esas fuertes manos en sus caderas de donde se afianzaba, se lo demostraban. Trini relajó aún más su cuerpo y sólo se dejó hacer.

El macho que tenía detrás suyo la tomó de la cintura para conseguir un mayor agarre y arremetió con una mayor contundencia. La entrada y salida de su miembro se volvió violento, bestial. Tan rápida fricción, le produjo un calor intenso en la vagina a Trini que llegó a ser ardoroso.

—¡Aaaayyyy….! ¡Para, para! ¡Me duele, me arde! —gritó ella.

Pero el hombre no cesó. La cópula se había vuelto terriblemente violenta y como remate de ello, Sánchez Medina usó sus manos para cachetearle varias veces las nalgas a la señora que tenía enfrente.

Los terribles manotazos pronto rompieron vasos capilares que le confirieron un tono más oscuro a las morenas carnes de Trinidad.

Alberto, de improviso, tomó a Trini con tal velocidad y dominio que, como si de un hilacho (justo como los que estaban bajo ella) se tratara, la meneó de tal manera que, mientras él ahora se recostaba en la cama improvisada, ella quedaba sobre él a horcajadas.

Había colocado a la Señora así para que lo cabalgara.

La mujer hizo lo que estaba en su naturaleza; sin necesidad de mayor instrucción. Movió sus caderas como si su vida se le fuera en ello y, batiéndose sobre el poste de carne que tenía resguardado, lo meneó con la mayor fuerza que salía de sus entrañas.

Terrible montada brindó aquella mujer casada. Más violenta y desesperada que cualquier otra que hubiese hecho sobre su marido.

Sin embargo, no satisfecho con ello, Sánchez Medina; el Jefe de varias empleadas y el mejor catador de ellas; sacó aún más de la mujer. Tomándola de las pantorrillas deslizó las piernas de Trini hacia el frente, haciendo que ella quedara en cuclillas y así la conminó a que, en vez de cabalgarlo, se diera unas buenas sentadillas a partir de allí.

El único apoyo de la Señora, que la resguardaba de no caer al perder el balance de su cuerpo en medio del sube y baja, eran las manos del propio Alberto, quien entrelazaba sus dedos con los de ella. No obstante, pronto le retiró tal sostén pues Sánchez Medina usó sus manos para pellizcarle los oscuros pezones. Esto, de forma extraña, brindó un doloroso placer a la mujer. Luego, sujetándolos con fuerza, los meneó provocando el temblor de las dos mamas de la Señora. Sus tetas jamás habían padecido tal tipo de trato.

Todo su cuerpo vibraba; el sudor la recorría desde la cabeza para deslizarse por el surco de la espalda y llegarle al canalillo de su trasero. Trinidad Gómez Hernández se sentía consumida de placer y consumada como mujer.

Se dejó caer sobre el hombre que en ese momento la poseía y ambos amantes se abrazaron de forma, por demás, apasionada. La cópula, sin embargo, no acabó; no aún.

Fuera de sí, de su convencional ser, Trinidad se halló mamándole el masculino apéndice al Jefe, mientras éste le metía dedo justo en el apretado anillo que en otro momento le sirviera de conducto de salida para sus excresencias. Pero ahora, aquella salida, se convertiría en entrada; aunque Trinidad aún no lo sabía.

Sin dejar de dar tan particular masaje, Don Beto (como habitualmente le llamara Trini) procedió a darle similar trato al área clitoral. Con dedicación y tiempo, logró poner en marcha la propia lujuria de autosatisfacción en la dama. Trinidad, por propia mano, siguió acariciándose el clítoris, mientras que el hombre, colocándose detrás suyo, manipuló su propio miembro hasta que éste estuvo al límite de su rigidez. Llegado a tal punto, Alberto Sánchez Medina se colocó en posición de “sapito” sobre el trasero de la dama y con su verga sostenida con una de sus manos escupió con buen tino el orificio anal. Esto dio aviso a la mujer de que aquél pretendía…

—¡No, por ahí no! —gritó.

Pero era inevitable. Con una fuerte cachetada en una de las mejillas traseras, Alberto anunció su inminente arribo. Luego procedió a incrustar el miembro fálico en el oscuro huequito.

La mujer chilló; fue como si volviera en sí después de un placentero sueño. El dolor la volvía a la realidad. Trató de detener a su invasor pero no pudo.

Pronto, Alberto parecía hacer sentadillas con la particularidad de estar conectado con la Señora vía fálica — anal. La talega testicular daba constantes chasquidos, pues golpeaba sin cesar la zona genital de la mujer que penetraba.

Pese a que aquella intromisión anal le doliera tremendamente, Trinidad no podía zafarse.

Sánchez Medina la tomó de ambos brazos para cruzarlos tras la espalda de ella, haciendo que ésta cayera directamente sobre su cara en la cama de retazos de tela.

El hombre siguió por varios minutos así, haciendo placenteras (por lo menos para él) y vigorosas sentadillas. La dama, dolorosamente, continuó recibiendo macho por el ano.

Las mujeres, allá afuera, trabajaban, sacando la jornada del día; algunas sabiendo o teniendo idea de lo que le estaba ocurriendo a Trini, pues no eran tontas. Al no verla, ni a ella ni al Jefe de personal, y conociendo las mañas de éste; ya fuera por experiencia propia o sólo por chismorreo; se dieron los habituales cuchicheos.

Eulogia también lo notó y, cuando llegó la hora de la salida, como buena amiga, en vez de irse a su casa decidió esperar a Trini afuera de la fábrica.

Pasados unos minutos, Trinidad por fin salió.

Se le notaba embotada; cansada.

—¡¿Qué pasó comadre?! —le inquirió preocupadísima Eulogia.

Pero Trinidad se quedó en silencio, no contestó y como una autómata caminó alejándose de la fábrica. Su comadre la siguió.

—No me digas que aquel pedazo de… ¿Te violó? ¿Abusó de ti? —insistió Eulogia.

Trini, negó débilmente con la cabeza.

—¡¿Entonces…?! —expelió Eulogia.

Y tal cuestionamiento inició una ola de pensamientos en Trini. Todo aquello le parecía tan confuso. A decir verdad, no podría decir que no quiso impedirlo. Pero, por otra parte, llegado el momento, no podría negar, tampoco, que lo disfrutó. Por lo menos hasta cierto punto; cuando menos hasta que…

Apenas se habían alejado unos metros cuando el Jefe de personal, Alberto Sánchez Medina, salió de la fábrica. Trinidad lo volteó a ver. Eulogia vio la expresión en la cara de su amiga, entonces creyó entenderlo todo. Dio por juzgada la situación.

—Ah… ya entiendo —dijo Eulogia.

Al oír a Eulogia, Trinidad la miró a los ojos, como ofendida por el tono de lo dicho.

—No que no comadre —terminó por decir Eulogia.

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