Mónica

Era el verano de 1971/1972, yo tenía 13 años y vivía en esa época en el barrio de Barracas. Como típico barrio de aquel tiempo, toda la vida familiar y social pasaba por el barrio. La escuela primaria y mis compañeros, los amigos de la cuadra o de la plaza, los vecinos, algunos parientes, etc.

Mi vieja tenía una amiga que vivía a unas 4 cuadras de donde estábamos nosotros. Era una amiga de su infancia que a pesar de vivir en otro barrio diferente a cuando comenzaron a cimentar su amistad, las vueltas de la vida las volvieron a encontrar varios años después, en otro barrio, casadas y con hijos. Una tarde por semana mi madre me llevaba a visitarla y de pronto redescubrí (mi pubertad hacían que mis hormonas estuvieran en ebullición) a Mónica, la hija de la amiga de mamá.

Mónica tenía la misma edad que yo, y de alguna manera me sentía atraído hacia ella. Me parecía que ese sentimiento era mutuo. El tema era que mientras las dos madres se la pasaban charlando y jugando a la canasta en el comedor durante gran parte de la tarde, nosotros jugábamos y pasábamos la tarde juntos en la terraza de la casa.

Una terraza bastante grande que tenía el tanque de agua de la casa y una especie de habitación construida con maderas y chapas en donde se guardaban innumerables herramientas y cosas que, según me contó Mónica, eran muy viejas y nadie quería tirar. Fue en esa terraza donde jugábamos al Ludo-matic (un juego de ludo que lo único “automático” era el cubilete de dados), al Costa Azul (una pista de caballitos de carreras), varios juegos de mesa más (que ya no recuerdo), y leíamos infinidad de revistas de historietas. Depende la temperatura ambiente y la época del año, nos quedábamos jugando al rayo del sol, o nos cubríamos del mismo debajo del tanque de agua, o con frío o lluvia en esa habitación. Fue en ese lugar donde nos besamos por primera vez.

Una tarde, mientras leíamos historietas sentados en el suelo, comenzamos a jugar de manos. Todo comenzó debido a que mi rapidez para la lectura. Yo siempre fui un ávido lector, lo cual hacía que en el tiempo que yo ya había leído dos revistas, ella todavía no había finalizado la primera. Cuando yo ya había finalizado todas las lecturas, ella todavía no. Entonces, como para que me prestara algo de atención, comencé a m*****arla intentando darle vuelta las páginas o tapando con mi mano lo que estaba leyendo. Ella empezó a empujarme y tratar de alejarme, y yo le devolvía el empujón. Los empujones se fueron transformado en manotazos suaves, y estos últimos finalmente en intentos de atraparnos las manos mutuamente. Nos pusimos de pie y fue allí en que pude dominarla tomándola de ambas muñecas y llevándola contra una de las paredes de la terraza.

Al llegar a la misma, ambos estábamos agitados y casi sin habla. Ella deja de hacer fuerza y se quedó apoyada en la pared reponiéndose de la “lucha” y entonces aproveche para besarle los labios. Recuerdo que estaba esperando un sopapo o un grito, pero ella no solo permitió que la besara sino que además me tomo con sus brazos de la cintura, me atrajo hacia ella y pegó mucho más sus labios a los míos.

Me di cuenta que ambos estábamos calentándonos sin darnos cuenta. Mi pequeña verga se endureció casi al instante y ella la sintió contra su cuerpo, al tiempo que yo sentía endurecerse sus pezones contra mi pecho. Inmediatamente tomamos conciencia de lo que nos estaba pasando, y dejamos de besarnos y apoyarnos mutuamente cuando recordamos que nuestras madres se encontraban abajo. Sin soltarnos la mano ella me dice:
– “Veni, vamos a la habitación de las herramientas.”

Nos sentados en el suelo y nos acurrucamos debajo de una especie de mesada de carpintería. Tenía ganas de volver a besarla pero no sabía cómo volver a encararla. Mónica me pregunta:
– “¿No te gusto el beso?”
– “Si, me encantó.”
– “¿Y qué esperas para seguir besándome?”

Tome la iniciativa y volvía a besarla. Ella correspondía los besos y así nos pasamos el resto de la tarde. Nos habíamos besado tanto que nuestros labios estaban hinchados y enrojecidos. Ese primer día de besos fue solamente eso. Besos, besos y más besos. Solo labios contra labios, y a lo que más llegamos fue a besar y apretar con ambos labios el labio inferior del otro, en un sinfín de oportunidades donde cada uno le daba la oportunidad al otro de repetir lo mismo. Demás está decir, que ese día, cuando nos despedimos, ambos sabíamos que la próxima semana sería mucho mejor.

Durante la semana intente averiguar que otras clases de besos se podían dar. En el Parque Herrera (ya no existe, se lo “comió” la AU 9 de Julio) en el que solía jugar con mis amigos, cuando atardecía aparecían parejas a besarse y toquetearse. Hasta ese momento nunca les había dado demasiado importancia a lo que hacían, pero a partir de allí empecé a ver para poder aprender. Y vi lenguas meterse en la boca del otro, vi manos tocando tetas, vi manos manoseando pijas, y aunque nunca pude ver una concha, se notaba cuando una mano bajaba hasta ese lugar.

A la semana siguiente, no hubo juegos ni lecturas de ningún tipo. Directamente fuimos a acurrucarnos debajo de la misma mesada de la semana anterior. Ni nos hablamos. Nos miramos y empezamos a besarnos. No pasaron ni cinco minutos que intente meterle mi lengua dentro de su boca. Ella se sorprendió y me dijo:
– “¿Y eso, quien te lo enseño?”
– “Nadie. Lo vi el otro día en el parque. Una pareja se estaba besando así.”
– “Enseñame, porque me gusto mucho cuando me metiste la lengua.”
– “No es muy difícil, yo meto mi lengua dentro de tu boca y después vos haces lo mismo con tu lengua dentro de mi boca.”

Enseguida nuestras lenguas se enroscaron una con la otra dentro de cada una de nuestras bocas. Esto, más las “chupadas” del labio inferior, nos pusieron a ambos muy calientes. Le dije:
– “También vi otras cosas.”
– “No me lo digas, no pierdas tiempo, haceme lo que viste.”

Fue el mejor “piedra libre” que pude escuchar. Nos seguimos besando pero empecé a tocarle las tetas que sobresalían en su vestido. Le acariciaba los pezones y notaba como se le endurecían. Mónica comienza a toquetearme el pecho y mi espalda, pero yo quería que me tocara la pija. Me daba cuenta que ella repetía casi como un calco en mi cuerpo, lo que yo hacía en el cuerpo de ella. Entonces tome coraje, y sin dejar de besarnos, mi mano que estaba apoyada en sus tetas la comienzo a bajar hasta levantarle el vestido y acariciarle la conchita por encima de su bombacha rosa, que ya estaba un poquito húmeda.

Ella me empieza a copiar y su mano empieza a bajar por mi pecho hasta llegar a mi pantalón y a mi pija que estaba durísima. Ella se sorprende de la dureza y me la sigue acariciando, primero por sobre el pantalón, y luego hurgando dentro del calzoncillo hasta dejar libre mi verga. No sé cuánto tiempo estuvimos besándonos y tocándonos, pero casi al mismo tiempo a ella se le mojo la conchita y a mí me salió una leche casi transparente de mi pija. Ella me dice:
– “¿Qué pasó? ¿Qué es ese líquido que te está saliendo? ¿Es pis?”
– “No, ¿no ves que no tiene el color del pis? Es leche, leche de mi verga”

En realidad era el líquido pre-seminal. Ella se moja la punta de sus dedos con el fluido que brotaba de la punta de mi verga, juega con él entre su dedo pulgar y su dedo índice percibiendo su viscosidad, y finalmente se chupa los dedos.
– “Hmmm, es rica tu leche.”
– “Tu bombacha esta toda mojada. ¿Qué te paso?”
– “No sé, pis no es, pero últimamente me mojo ahí abajo cada vez que estoy caliente”

Se corre la bombacha y por primera vez le puedo ver su concha. Me mojo los dedos con su flujo y me los meto en mi boca.
– “Es muy rico.”

La madre de Mónica desde la planta baja nos llama para que bajemos, ya que mi vieja dice que es la hora de irnos. Nos arreglamos como pudimos, para que ellas no sospecharan que fue lo que realmente estuvimos haciendo. Cuando bajamos la escalera, nuestra mirada cómplice nos decía que nuestros próximos encuentros serían inolvidables.

A partir de allí cada encuentro fue mejor que el anterior. Fuimos experimentando en cada nuevo encuentro. El chupar con nuestros dedos los jugos del otro, nos fue llevando de a poco a que yo me animará a chuparle la conchita y beberme todos los juguitos que de allí emanaban. Ella a su vez se animó a meterse mi pija dentro de su boca y chupármela hasta llenarse de leche su boca, que ella se la bebía sin ningún problema.

Nunca cogimos, porque eramos unos pendejos que no sabíamos demasiado de todo eso, pero siempre nos besabamos, nos toqueteabamos y nos chupábamos mutuamente. Llegó un momento en que los besos quedaban para el final de la jornada, porque no bien nos encontrábamos yo le chupaba la concha y ella me chupaba la pija. Hacíamos unos 69 espectaculares. Quedábamos tan agotados, que lo único que repetíamos hasta el final de la jornada eran los besos que habíamos aprendido. Un día me dijo que una amiguita le advirtió que si se tomaba mi leche podía llegar a quedar embarazada. A partir de allí me la siguió chupando, pero solo dejaba que le mojara los labios con mi leche.

A fines de 1972 mis padres decidieron que nos mudáramos de barrio. Nunca más la volví a ver a Mónica, pero siempre la recuerdo con mucho cariño.

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