Mi primera noche con maria

Hace unos años andaba con mi prima y unos amigos de fiesta por Torrelavega. Harto de ver a mis colegas tirarle el viaje a mi prima mientras ella se reía de ellos, decidí cambiar de local e irme solo en busca de almas errantes. Tras pasar por dos o tres pubs sin ganas de entrar en ninguno, crucé la mirada con una chica morena que me hipnotizó. Sus grandes ojos traviesos me miraban divertidos, invitándome a jugar. Sin saber muy bien qué hacer me acerqué sonriente

– No sé si te ríes de mí o eres tan simpática como pareces, me llamo Jorge, ¿y tú?
– Soy María y sí, me río y soy simpática. Te he visto dando tumbos aburrido y me ha echo gracia, si andas así tan pronto…
– Estaba con mi prima y unos amigos andan a ver si se la llevan a la cama, me cansé de limpiar babas y salí a buscarte…
– Jajaja, pues me encontraste, aunque precisamente no busco ir a la cama a estas horas, prefiero bailar un rato.
– Si te apetece, podemos bailar juntos y tomar algo, no tengo prisa por llevarte a la cama.
– Vaya, pensé que ibas a salir corriendo, está bien, podemos tomar algo, aunque déjame decírselo a mi novio, quizá prefiera quedarse con mis amigas… Es broma, ven que se lo digo a las putonas estas y nos vamos.

Aún sin saber si seguía riéndose de mí o le había gustado mi torpe intento de ligar con ella, la seguí como un tierno corderito y aguanté las miradas y risas de sus amigas.

Marchamos de aquel antro y fuimos a un pub pequeño y medio vacío donde pensé que nadie nos m*****aría y podríamos seguir hablando tranquilos. María pidió dos cubatas de ron sin preguntarme y pagó haciendome un gesto, dejando claro que esa noche ella llevaría la voz cantante en todo.

Ella se puso a bailar mirándome y la observé detenida y

descaradamente; María, además de sus bellos ojos, tenía una cara fina, preciosa, de las que parece que no han roto nunca un plato hasta que la miras a los ojos y descubres fuego e ironía. Una larga y lisa melena negra resbalaba por su espalda hasta llegar casi a un precioso y perfecto culo respingón, cubierto por un pantalón blanco ajustado que parecía compadecerse de mí, diciendo “jódete que estoy tapando eso que nunca tocarán tus sucias manos”.

Por delante, un busto aparentemente sublime; dos pechos de tamaño medio que, por su movimiento, parecían estar en su posición natural, no como algunos, ahogandose tras las garras de un sujetador 2 tallas más pequeños. El top que llevaba puesto dejaba a la vista un sugerente escote que no enseñaba mucho pero insinuaba todo, así como su tripa, lisa y engalonada con un piercing diminuto en su ombligo. Unas largas piernas junto con sus pies completaban un cuerpo que casi sin darme cuenta había desnudado con la mirada y la mente.

María me sacó de mis sueños y me cogió de la mano invitándome a bailar con ella, algo que no se me daba mal, aunque tampoco demasiado bien, para ser sinceros.

– Por la forma en que me mirabas deduzco que te gusta mi cuerpo.
– Te mentiría si dijese que no te estaba imaginando desnuda… eres preciosa María.
– Gracias, no me quejo. Espero conservarle muchos años, no es muy meritorio lucir palmito con 19 años ¿no crees?
– Quizá, aunque yo tengo 21 y mi barriga empieza a flojear, esta ligera curva no la tenía yo hace un año.
– Jajaja, espero que a mi no me pase, aunque no sé de qué te quejas, estás muy bien.

– ¿Y quién te lo quiere poner dificil?
Sin mediar más palabras, sus labios se apoderaron de los míos y sentí su calor que de una manera extraña llegó a mis pulmones y mis venas se ocuparon de trasladarlo al resto del cuerpo.

Fue un beso largo, caliente, morboso. María estaba dispuesta a calentarme y pasaba sus manos por mi cuerpo, aprendiendo sus bastas formas, mientras yo avanzaba temeroso, primero la espalda, al rato las caderas, su culo prieto… Cuando estaba decidido a notar la dureza de sus pechos, María se apartó sonriendo:
– ¿Sabes? He cambiado de opinión, creo que la cama es una buena idea. ¿Por qué no te vienes a dormir un rato? Vivo a 2 minutos.
-Eeeeh, como quieras, pero no sé yo si te dejaré dormir.
– Tú no te preocupes, que si te portas mal te llevo al cuarto de invitados. No creas que vas a hacerme lo que quieras.

Acompañé a María a su casa igual de extrañado que al principio. No sabía si dar saltos de alegría por la oportunidad que se me brindaba o echar a correr antes de oir sus tortuosas risas ante mi inocencia.
Al llegar al portal me hizo un gesto, y, cuando pensaba que llegaba el final de un sueño imposible, María me agarró de la mano, me besó de nuevo y me “obligó” a subir.

Ya en su piso, puso dos cubatas del mismo ron que habíamos tomado anteriormente y se sentó en el sofá, lo que yo imité sin saber si lanzarme a sus brazos y beberme de un trago el cubata para quitarme de encima unos nervios que amenazaban con joderme la noche.

Ella, como en toda la noche, volvió a tomar la iniciativa besándome una vez más y acariciándome mi pecho.Pensé que había llegado el momento de ser más atrevido y palpé sus senos, duros como imaginaba. Es tos y el sostén no lograron ocultar cómo sus pezones respondían a mas caricias endureciéndose. Y mi polla, a la que en los últimos meses la tenía insatisfecha comenzó a demandar aire libre.

– Vaya, parece que no me vas a dejar dormir tan pronto. He de reconocer que estás empezando a ponerme cachonda. Te advierto que no te va a ser fácil dejarme satisfecha.
– Creo que correré el riesgo. No creo que sea el día adecuado para acabar con los huevos doloridos.
– Vamos a la cama machote, deja las palabras para otra ocasión, que hoy tu lengua va a prestar otros servicios.

La seguí a su cuarto, donde ella se quitó el top y el pantalón, quedándose sólo con un conjunto de tanga y sujetador negro. Comenzó a desnudarme quitándome la camisa mientras me besaba el pecho, bajando por mi tripa al tiempo que desabrochaba los botones del pantalón. Cuando me dejó únicamente con los gayumbos, volvió a lavantarse, momento que aproveché para besar su cuello a quitarle el sostén, dejando a la vista aquellas maravillosas tetas que, como había imaginado, no notaron la gravedad, mostrándose ajenas a ésta. Las acaricié y chupé los pezones, notando que realmente la excitaba, y mucho, mi juego con ellas. Seguí besando y acariciando aquellas tetas junto con su cuello, guiándome por su respiración, haciendo incapié en aquellas zonas que sus gemidos denotaban más placer: sus pezones y la garganta. María comenzó a acariciar mi polla por encima del calzoncillo, jugando divertida y poniéndome más cachondo, si es que existía un grado de calentón aún mayor.

No sé cuántos minutos pasaron así, yo jugando con sus tetas y Maria sobando mi polla, yo estaba encantado y ella embriagada. De pronto, María me separó, sonrió y me dejó totalmente desnudo. -Demasiado tiesa tienes la polla, veremos si pasas la prueba- Susurró casi al tiempo que ví desaparecer de un golpe toda mi verga en su boca. Fue una mamada espléndida, María succionaba con ímpetu, lentamente su boca absorvía el falo para dejarlo salír una y otra vez a la vez que acariciaba mis huevos, exprimiéndolos cada poco.

Agarró mi polla y comenzó a pajearme bestialmente, pasando su lengua por mi hiperinflamado glande. Ap punto estuve de correrme, de explotar con su juego cruel, pero no era buen momento y acertó María en pausar la paja brutal, dando respiro a mi verga, para entonces con pensamiento propio y fijo: dedicar a María la mejor de las corridas.

– Creo que ha llegado la hora de que me demuestres que no me equivocado al traerte a casa. – Tranquila, después de esta noche suplicarás por repetir experiencia. – No estés tan seguro, no te va a ser fácil dejarme satisfecha. No quise seguir con la guerra dialéctica: ahí María me daba mil vueltas. La tumbé en la cama y quité el último trocito de ropa que aún quedaba en su cuerpo. El tanga estaba empapado. Sorprendido por la cantidad de flujos que habían emanado ya de se coño, “bajé al pilón” ansioso de saborear aquel néctar que María me daba la oportunidad de probar. Comencé besándola alrededor del coño, escuchando su respiración entrecortada,
sabiéndola ansiosa por el roce de mi lengua, sin prisas…

El clítoris de María, desafiante e hinchado, apareció entre los pliegues de sus labios cuando los separé con mis manos. Pasé mi lengua por él, despacio, y María gimió placentera. Poco a poco mi lengua fue dibujando el abecedario completo y, cuando estaba terminando la z, María se corrió como una perra: era el presagio de una noche para recordar…

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