Mi hermana me la mete por el culo 2ªparte

Olía a café.

Café con leche, rebanadas de pan recién hecho, mantequilla y mermelada de naranja amarga. Siglos a que no tomaba este desayuno, el de las monjas le llamábamos porque era el que tomábamos cuando íbamos de convivencia a donde las monjas. Como pasa el tiempo y con él los recuerdos. Eran otros tiempos.

Mi hermana me dio un beso de buenos días.

– ¿Cómo estás hoy?

– ¿Qué quieres que te diga? Cuando empezamos a jugar pensé que te acabaría follando, y vas tú y me dejas el culo como una flor.

– Pues no parecía que te lo pasaras mal, además, esto acaba cuando tú quieras. Tu mismo. Y espero que cuando te decidas no me defraudes. Quiero al menos el mismo nivel de dedicación que yo. No me quiero poner a medias. Eso ya lo tengo. Ahora me voy, llego tarde al trabajo. Te veo a la noche. A ver cómo me sorprendes.

Me quedé de piedra, me la habían cambiado. Y yo sin saberlo.

Me dispuse a terminar el apartamentito, ya solo quedaban dos días para volver a casa.

Y me fui de compras. Quería preparar una buena cena. Hoy le cocinaría yo.

Unas gambas rojas, a la plancha, están para chuparse los dedos. Unas otras, para hacer boca. Algo verde, unos espárragos, de los cojonudos que dice el rey. Para postre un chocolate a la costra. Y para regarlo una botella de vino blanco de Malvasía, ligeramente afrutado, como recordaba que a ella le gustaba.

No tenía ni idea de cómo sorprenderla, pero la cena le gustaría. Siempre le gustaron los bichos de la mar. Preparé la mesa en el patio interior. Muy bonito, una mesa y unos butacones de mimbre. La mesa ligeramente baja y los butacones de los de respaldo ancho, muy cómodos. El aroma a jazmín llegaba desde el seto. Unas antorchas de mecha, de las de Ikea, para dar ambiente. Una plancha de piedra para las gambas. Una cama de hielo picado hacía descansar a las almejas. El limón, troceado, listo para escurrir sobre las almejas. En una bandeja los espárragos de Navarra, una vinagreta aderezada con huevo duro para acompañas al gusto.

El vino en la cubitera, que entra mejor bien frío.

Llegó a las 7.

– Oye, que creo que me pasé contigo anoche. No quiero que pienses que soy una buscona.

– A buenas horas mangas verdes. Esto ya lo empezaste, ahora tendremos que acabarlo. Cámbiate, la cena ya está lista, cenamos en el patio de los jazmines.

– A ver cómo me sorprendes, me ducho y estoy contigo.

Me dispuse a encender la plancha y a sacar las copas del congelador. Para cuando nos sentáramos estarían en su punto. Encendí las mechas.

Estaba a gusto y esperaba que la cena fuera un placer para ambos.

Salió con una falda plisada, sobre las rodillas, azul, como la que llevaba cuando iba al colegio de monjas. La blusa, blanca, abotonada por delante. No todos los botones abrochados. Y no llevaba sujetador. Marcando pezones. Si llevaba o no bragas no lo podía saber.

– Bueno hermanito, ya estamos. ¿te gusta cómo voy? Es como cuando me llevabas a las monjas y teníamos que llevar uniforme.

– El sujetador es parte del uniforme y tú no llevas.

– Durante un tiempo no era parte del vestuario. Esto era hasta que empezaron a crecer sin parar. Me sorprendía, y me gustaba, cuando me sujetabas por la espalda y me las apretabas. ¡tetona! Me decías. Y yo no entendía tu cambio de actitud en esa época. Lo entendí al tiempo.

– Es que después de tener en casa a una nadadora, de repente aparecieron esos bultos que crecían casi a diario. Creí que nunca dejarían de crecer. Pero pararon y yo me fui fuera, ya sabes, quería conocer mundo. Pasaron años hasta que volvimos a vernos. Y siempre que nos encontrábamos eran tus tetas lo primero que mis ojos miraban.

– Bueno, dejémonos de nostalgias. ¡menudo montaje! Ojo que el marisco es afrodisiaco.

– Yo creo que está en la mente.

– Qué bueno este vino, ojo que sube rápido.

– Es porque frío entra sin darte cuenta y al final coges una moña.

Tomé una ostra, la abrí, un chorrito de limón, y se la pasé.

– Bien empiezas. Um, que buenas. Me gusta cuando la dejas caer en la boca y te llena toda. Y ese sabor a mar y limón. Con esto ya tienes puntos ganados.

– Sabe como a un coñete, pero sin el limón.

– Ya, pero es que el limón escuece, mejor con crema de leche.

– Jajaja, nunca me los comí con crema de leche.

– ¿las ostras o los chochetes?

– Las ostras no, y lo otro tampoco. Nunca e estado con una mujer, a eso no llego.

– Nunca digas, “de esta agua no beberé y este cura no es mi padre”.

– Oye pon las gambas en la plancha. Qué buena pinta.

– Y como huelen. Es un olor que siempre me gustó. Déjame que te las pele.

– Ya sé que tienes experiencia en pelarlas.

– Tú que sabrás…

– Lo sé, te espiaba cuando te la cascabas. Todo un morbo ver a tu hermano mayor jala que te jala. Y la cara que se te quedaba después de correrte. Jajaja.

– ¿desde donde mi espiabas?

– Sabes que tu cuarto compartía pared con la alacena. Y en su momento tuvo una puerta, bueno el hueco. Y que estaba tapado con tu armario. Pues empujé un poco el armario para dejar una rendija y verte.

– Jaja, que bruja.

– Y así pude ver cómo mientras te pajeabas te pellizcabas los pezones y que te metías un dedo por el culete. Me ponía como una moto. Yo te imitaba. No lo de jalármela, pero si lo des pezones y el culo. Aprendí mucho de ti. ¿Has tenido sexo con tíos?

– No, nunca. No me ponen los hombres. Eso no quita que tenga el culo sensible, y los pezones, y el interior de los labios. Debe ser la parte de mujer que tiene todo hombre. Igual que la mujer tiene su parte de hombre. Tu anoche te portaste como tal. Parecía que no era la primera vez.

– No, no lo era. Ya ves, cuando a tu hombre no se le levanta hay que meter mucha imaginación. Tienes que cambiar las reglas. A él no le gustaba al principio, pero aprendió que yo me corría mientras me lo follaba. Luego el me regalada con una comida que saben a gloria.

– A gloria tienen que saber estas gambas. No, no te manches las manos, yo te las pelo.

Y se la día comer directamente en la boca. Ya estaba cachondo y me apetecía jugar. Poner imaginación. Ella no decía nada, masticaba con los labios húmedos y una sonrisa pícara.

– ¿tú no comes?

– Se me olvidó preparar una salsa para ellas, me gustan más mojadas con una salsa ligeramente agria.

– Eso lo podemos arreglar…

Se levantó la falda, y no, no llevaba braga. Cogió una gamba que recién había pelado y se la llevó a su sexo, la recorrió por sus labios. Creí que me correría en los pantalones. Me la llevó a la boca. Uf, increíble. La moto ya estaba acelerada.

– Te gusta así ¿o la quieres con más salsita?

Decía mientras introducía otra gamba dentro de su vagina. La metía y sacaba, como si se estuviera pajeando. Me la llevó a la boca. Creí que corría.

– Esto lo tienes que probar.

Cogí la gamba con los dedos y se llevé a donde la salsa. Recorrí los labios compartiendo gamba y dedos a la par. Y sujetándola con dos dedos la fui metiendo dentro, buscando unos centímetros cerca del borde, justo detrás de donde está el clítoris. Donde dicen que está el punto G.

– Dios, vas a hacer que me corra.

– ¿Y no quieres?

– Sí, sí quiero.

– ¿quieres que saque los anillos?

– Cabrón, como saques algo te capo. Uf, no pares. Es la gloria.

– Metí la gamba hasta el fondo, ¿es aquí donde te gusta?

– No me jodas, atrás, donde antes. Sí, sí, dios me corro, me corro. Ougggg

La saqué y se la llevé a la boca. Mi miró con su cara roja, cachonda. La besé y compartí la gamba en su boca. Tomé otra gamba y se la metí en el coño, y luego otra y otra. Acerqué mi lengua a sus sexo, recorrí mis labios con sus labios húmedos. La besé suave en su pepita. La lengua buscaba sacar las gambas. Intentaba hacer cuchara con la misma. Ella se retorcía en la butaca. Logré sacar una y sujetándola con los dientes la llevé a su boca. Volvimos a comer juntos. Fui sacando una a una y cenado al tiempo, boca con boca, lengua con lengua. Y ya no quedaron más. Y como tenía la boca seca decidí abrir el grifo. Volví a bajar al moro. Me lo fui comiendo al tiempo que metí dos dedos buscando el punto. Sabía que lo encontraría, no era la primera vez. Leyendo un libro aprendí a encontrarlo. Los libros saben muchas cosas. Practiqué con una compañera de la universidad y a fe suya que saqué nota.

No la quería defraudar. Era un momento mágico.

Los dos dedos formando cuchara, la palma de la mano ligeramente apretada sobre la zona del clítoris. Apenas unos centímetros dentro y a buscar la pepa. Lo estaba encontrando, se le formaba un bulto, como de una almendra y que iba creciendo al mismo ritmo que aumentaba los quejidos de mi hermana. Notaba sus líquidos corriendo por entre mis dedos.

Se corrió, se corrió como una desesperada, con cada movimiento de la cuchara sacaba un chorro fuera de sus labios. Y al tiempo sus ruidos guturales, salvajes, primitivos. Paré. La miraba como resbalaba al suelo mientras se revolvía entre estertores.

– Dios, dios,…

– Salió la religiosa.

– Que pasada, tengo la falda toda mojada. Nunca me corrí de ese modo. Que pasada.

Descansamos tomando vino y retomando la respiración. Nos mirábamos y no decíamos nada.

Tomé un esparrago, lo llevé a sus labios. Los de la boca. Le pasó la lengua, como si fuera un pene, una polla vamos. Se terminó de desabrochar la blusa y tomando otro esparrago se lo pasó por los pezones, grandes, enhiestos, duros. Le hizo una cubana al vegetal dejándolo llegar hasta la lengua sacada de la boca. Yo jugaba con el otro. Al final ella llevó el suyo a mi boca.

– Cómetela.

Recorrió el interior de los labios. Terminaron los dos espárragos desbarataos. Nos los comimos. Y mientras con la otra mano fue bajando la cremallera de mis pantalones y sacó el botón. Acarició mi paquete.

– No llevas calzoncillos guarrete.

– Te quería poner las cosas fáciles…

– Fácil o difícil tenía claro que quería mi postre..

– Espera, también tengo postre para ti. Ahora vuelvo, lo tengo en la cocina.

Ya en la cocina saqué el cuenco con chocolate, estaba en su punto aún. Con una brocha lo fui esparciendo por mi pene, que seguía empalmado. Así de esa guisa llevé el postre a la mesa.

– Um, me encanta el chocolate.

– Pensé que una porra de chocolate te vendría bien, dicen que es afrodiciaco…

No dijo nada, me dejo repantingado en la butaca y empezó a lamer. Me ponía choto al verla mirarme desde abajo mientras la capa de chocolate se difuminaba.

– Ya, ya me corro -dije haciendo intención de sacarla para no correrme en su boca.

– Dame, dame tu lechita.

– Auggg, redios.

Tragó todo. No dejo ni rastro del chocolate ni de la nata. Aún no bajaba, seguía empalmado, demasiado para el cuerpo.

– Ven

Me dijo agarrándome la polla, me llevó hasta el sofá, se puso de a cuatro sobre la cheslón. Piernas abiertas, dándome sitio y mostrando la capilla junto al frontón. Su cabeza ladeada mientras me miraba.

– Ven, dámelo.

No me lo pensé. Le recorría los labios mojados con el capullo. Metía unos centímetros el cabezón, lo sacaba y lo volvía a meter. Le puse una mano en su espalda, aplastando su pecho en el sofá. Me erguí para poder clavarle de arriba a abajo. Buscando poca penetración y golpear cerca de entrada. Cuando estaba en el sitio, busqué su reacción. Otra vez el a****l, su gruñidos. Y le di duro, golpeaba sin piedad y temí que los vecinos la oyeran aullar. Pero no, estábamos en el campo y no hay vecinos. Notaba mis huevos mojados.

Lloraba, lloraba de gusto cuando paré. Pero aún no la saqué. Empecé a jugar con mi dedo gordo en su ojal. Un lento mete y saca en su coño y su culo al tiempo. Ella no decía nada.

Tenía el culo amplio, se notaba que era frecuentado. Cambié de hoyo. Como en el golf. La dejé entrar despacio. Quería hacerlo despacio. Ella jugaba con su clítoris. Noté como me apretaba la polla con el esfínter, como pajeandome. No me pude aguantar, dejé salir todo lo que llevaba dentro. Las piernas no aguantaron y me deje caer sobre su espalda. Me temblaba todo el cuerpo. Estábamos en silencio. Y en silencio nos fuimos a la cama. Era tiempo de descansar. Mañana sería otro día y yo tenía que volver a casa.

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