MI compañero de piso

Llevábamos conviviendo apenas un mes y medio en un piso de alquiler por la zona de Moncloa. Era un buen chico y estudiaba lo mismo que yo, Ciencias Empresariales. Yo había faltado a algunas de las clases por asuntos familiares y me dijo que me prestaba los apuntes de esos días. Por eso fui a su habitación. La puerta estaba abierta. Me acerqué sin hacer ruido y me asomé con cierto temor a entrar, por poder despertarle, aunque suponía que él estaría dormido como un tronco. Así era, a través de la persiana entraba un poco de claridad y pude verlo tumbado boca abajo, dormido. La sábana le cubría las piernas y el culo, pero dejaba su torso desnudo al aire. Por debajo se podía intuir que el resto de su cuerpo también estaba desnudo. Deseaba quedarme ahí, más cerca, y mirarlo durante más tiempo. ¡Cuántos y días y cuántas noches había pensado en verle así! Abandonado y solo para mis ojos. El corazón comenzó a latir con fuerza. Tenía miedo a que pudiera despertarse. Y eso que ya lo tenía programado: la noche anterior, a en mi pecho. Al acostarme la noche anterior, había puesto el despertador un poco antes de la hora habitual, tenía que entrar a recoger los apuntes y, además, quería tener un tiempo extra para observarle mientras dormía; sin que, por ello, se me hiciera tarde para ir a clase.
Finalmente me atreví a traspasar el umbral de la puerta. Cuando había dado un par de pasos, Esteban, así se llamaba mi compañero de piso, comenzó a darse la vuelta, poniéndose boca arriba. Fue uno de esos movimientos involuntarios que hacemos al dormir. Yo me quedé paralizado pensando que se iba a despertar y se iba a llevar un susto de muerte al verme allí de pie frente a él. Pero no sucedió nada, el chaval siguió respirando pesadamente como en un profundo sueño. Al darse la vuelta, había bajado la sábana un poco y, ahora, podía ver parte del vello de su pubis desnudo. Me acerqué un poco más y comencé a mirarlo. Sentí la dureza de mi carne dentro del pantalón, pugnando por salir, reclamando algo de atención. No pude reprimir agarrarme la verga por encima de la tela y restregármela un poco. Pero nada más podría hacer en ese momento, salvo recrearme con ese magnífico cuerpo semidesnudo de mi compañero. Tenía un cuerpo increíble, musculado, proporcionado. Jugaba al rugby en el equipo de la universidad y se notaba su entrenamiento diario, era un tipo fuerte, un tipo duro. ¡Cómo me estaba poniendo el dichoso Esteban! Deseé en ese momento echarme encima de él, pero tuve que conformarme con verle así unos minutos. Quizás, y eso era algo que me corroía, no volviera a tener otra oportunidad como ésta para admirar su cuerpo casi desnudo.
Di unos cuantos pasos más y alargué mi mano para recoger los apuntes que me prestaba de encima de la mesa. Estaba tan cerca de él que con alargar mi mano podría haber acariciado su torso y su vientre. Inmediatamente, reprimí el gesto, le contemplé con la boca abierta, deseando tirar de la sábana para dejar el resto de su cuerpo – su verga, sus huevos, su culo…-expuestos a mi vista. Con una mano sobre su pecho, subiendo y bajando al ritmo de su respiración y la otra estirada a lo largo de su cuerpo, parecía disfrutar de una serenidad que a mí me faltaba por segundos. No sabía qué hacer, bueno sí, dar media vuelta y salir de allí, pero no quería. De repente, como en sueños, hizo un gesto involuntario: metió una de sus manos por debajo de la sabana y se rascó, se acarició los huevos y la verga. Yo sudaba de la tensión, no me atrevía ni a moverme. Su sexo se marcaba con claridad en la tela de la sábana. ¡Qué delicia!
Tuve miedo a que se despertase y salí de allí. Casi no podía andar de la tremenda calentura con la que había salido de aquella habitación. Tampoco podía ir a la mía a desahogarme: era la hora de clase y no podía perder más tiempo. Había estado casi diez minutos contemplando a mi compañero desnudo. El tiempo había volado. Si se hubiera despertado, mi situación hubiera sido muy comprometida, y nada más lejos de mi intención que perder a este magnífico compañero de piso. Esteban era muy educado, colaboraba en la limpieza y orden de la casa; a veces, algo tosco y seco en el trato, pero no daba ningún tipo de problemas, ni ruidos, ni escándalos. Una joya de compañero comparado con los de otros años.
Me fui a la universidad, fotocopié los apuntes y pasé la mañana en clase, sin poder quitarme de la mente la hermosa visión que había tenido esa mañana, sin poder quitarme la calentura. Ardía de deseo, de excitación y de rabia.
Al volver a casa por la tarde, él no estaba. Estará entrenando, pensé. Siempre lo hacía por las tardes. Fui a mi habitación y me desvestí en un santiamén, me agarré la polla con una mano, pensando en las nalgas de mi compañero, en el paquete que formaban sus ajustados pantalones, en las partes de su cuerpo que había tenido tan cerca y tan inaccesibles a la vez. Me palpitaban las sienes pensando en él y tumbado sobre la cama, abierto de piernas, no pude evitar imaginar al jugador de rugby, cachas y fuerte, delante de mí, acercándose con su verga erecta dispuesta para que disfrutara de ella. Mi excitación era extrema con estos pensamientos. Decidí llevar uno de mis dedos a mi culo para presionarme el esfínter, sin llegar a introducírmelo, pensando que ese dedo era su verga. Diciendo su nombre entre susurros, me corrí copiosamente sobre mí vientre. Fue una paja rápida, tensa, llena de un deseo obsceno, de la más rabiosa excitación por no poder tenerlo a mi alcance.
Descansé un poco, no tenía nada que hacer y me dormí, hasta que el frío hizo que me diera cuenta de que estaba sobre la cama y me tapé con la sábana. No había dormido suficiente la noche anterior y el sueño post-masturbatorio tuvo un efecto reparador. Desnudo y sucio, me levanté y me dirigí al baño para darme una ducha,
Cerré la puerta para evitar sorpresas, aunque de sobra sabía que a esa hora el causante de mis desvelos estaría en el campo machacándose contra otros compañeros de equipo o en la biblioteca estudiando (era muy bien estudiante, ¡joder lo tenía todo!). Después de ducharme, fui a mi habitación, me puse un pantalón de deportes y una camiseta y me puse a leer un rato tumbado sobre la cama. Al principio estaba un poco distraído, pero, en cuanto me metí de lleno en la lectura, me centré en lo que leía y, por fin, me olvidé de él, de mis deseos más calientes y de todo lo que estuviera al margen de la historia que el libro contaba…Un ruido inesperado me sacó de mi ensimismada lectura. Era la cerradura de la puerta de la casa. Miré el reloj. Era pronto para que fuera él. Habitualmente no llegaba hasta casi las diez de la noche y apenas eran las siete de la tarde. Me extrañó.
Salí de mi cuarto y allí estaba. Entrando con su bolsa de deportes. La arrojó al lado del sofá y me miro.
– Vienes muy pronto… -le dije- ¿Te ha pasado algo?
– ¡Oh, no nada… hoy no podía concentrarme en el entrenamiento, estaba muy distraído y el entrenador me ha mandado descansar… -alegó
– Mejor, así no estoy solo como todos los días…
Nos sentamos en el sofá, estaba de muy buen humor y muy dicharachero. Nunca le había visto así. Charlamos largo y tendido sobre nuestras vidas, nuestras aspiraciones, nuestros deseos de futuro… Me vino bien la charla, porque hizo que me relajara un poco, suavizó la tensión acumulada durante todo el día y la noche anterior, con unas expectativas que me había creado, sin ningún tipo de referencia a la que agarrarme. Yo mismo había elucubrado historias e insinuaciones que no parecían existir. Así, todo volvía a su cauce, a una situación más sencilla y real fuera de comeduras de coco. Me alegré por ello. Respiraría tranquilo y me ceñiría a verle como un compañero más de piso.
Pasamos como una hora hablando tranquilamente. En un momento se levantó y entró en el baño mientras yo lo seguía discretamente con la mirada, se acercó a la taza, se desabrochó el pantalón y comenzó a orinar. Desde donde yo me encontraba lo veía de espaldas y no pude evitar mirarle durante la operación. Otra vez vino a mi mente los recuerdos de esa mañana, de sus nalgas redonditas y respingonas, bien duras y fuertes, muy apetecibles. Había intentado eliminar de mi mente mis deseos hacia él por salud mental y, ahora, volvían como un torrente. ¡Dios, qué lío! Además, temía meterme en problemas si Esteban se daba cuenta de que lo deseaba ardientemente.
No pude evitarlo. Mi imaginación voló. Mentalmente me acerqué a él, por detrás, y lo abracé apretando mi paquete contra su trasero, restregando mi verga contra su culo y agarrando la suya para masturbarlo…
Perdido en esos pensamientos, absorto en ellos, no me percaté que Esteban giró la cabeza y me miró a los ojos. Fue un segundo nada más, lo que tardé en mirar para otro lado, rojo como un tomate, mientras en mi entrepierna sentía que mi miembro había cobrado vida propia sin poderlo evitar. Se sacudió con parsimonia la verga y volvió a abrocharse el pantalón. Al acercarse me miraba divertido. Se sentó de nuevo y sacó del bolsillo trasero de su pantalón un papel, que me tendió. Era el folio que por la mañana me encontré sobre los apuntes que me dejaba para fotocopiar, no recordaba haberlo dejado en la habitación.
– Carlos, te has puesto rojo. ¿Te pasa algo?
Lo dijo tocándose el paquete de forma un poco descarada, mientras yo seguía rojo y erecto sin atreverme a mirarle a la cara. Pero no pude evitar observar los movimientos de su mano sobre la tela del pantalón.
– No me digas que te da vergüenza ver a un hombre desnudo o masajeándose la verga.
– No, no me da vergüenza, cada uno hace con lo suyo lo que le apetece… Además, no estás desnudo.
– Cierto, ahora no, pero esta mañana mientras dormía sí. ¿Sabes dónde he encontrado este folio?
Tragué saliva, no quería ni imaginarme dónde, aunque, a esas alturas era una obviedad, Miré sin querer hacia su habitación, que tenía la puerta abierta, como por la mañana. Él asintió ahora más serio, yo sentía arder mis mejillas.
– Claro, me lo he dejado esta mañana cuando he ido a recoger los apuntes… – balbuceé, a punto de desmayarme. Respirando con dificultad trataba de encontrar una explicación razonable lo más rápido posible…Pero no me salían las palabras, entre otras cosas porque no me salían los pensamientos tampoco.
– ¿Solo a recoger los apuntes? Pues has estado un buen rato mirándome…querías ver algo más, ¿no? – me dijo, con un brillo particular en los ojos.
– ¿Ver qué? – pregunté ingenuamente.
– ¿Qué va a ser? Esto que tengo entre manos. ¿Lo quieres ver ahora?
No sabía dónde meterme. Estaba despierto cuando yo creí que dormía y se había dado cuenta de mis miradas…
– Responde, ¿quieres verlo ahora? -insistió
Y seguía acariciándose despacio el paquete con su mano. No contesté y me limité a seguir mirando su maniobra. Estuvimos los dos unos segundos en silencio. A mí me parecieron eternos, mientras mi mente trataba de calibrar si lo que había dicho iba en serio o me estaba tomando el pelo. No me atreví a contestar; sin embargo, deseaba ardientemente acercarme a él y abrazarle. En mi entrepierna, la erección era muy evidente. Ya no trataba de disimularla, al contrario, quería exhibírsela en todo su esplendor.
Levanté la mirada y la dirigí directamente a sus ojos tratando de clarificar en ellos la verdad de su pregunta y tras unos segundos moví la cabeza afirmativamente en un gesto que intenté fuera lo más impreciso posible. Esteban sonrió levemente y bajó la mirada a su entrepierna, que también empezaba a estar un poco más voluminosa que minutos antes. Luego, separó sus piernas en un gesto que me pareció una invitación a acercarme a él.
Me puse de pie y anduve los dos pasos que me separaban del sitio donde se había quedado plantado. Me seguía mirando a los ojos mientras sus manos descansaban sobre sus piernas, entre las que me había colocado.
No hablábamos, solo nos mirábamos con expresión seria y dubitativa. Yo ya había demostrado con mi avance que estaba dispuesto a seguir y pensé que él lo entendería y que ya no había vuelta atrás. Me agaché un poco, tragué saliva y lentamente, pero con firmeza, acerqué mi mano derecha hasta tocar su paquete. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, lo sentía palpitar como una pequeña bomba a punto de estallar.
Pasé mi mano por encima de la tela sintiendo por primera vez la carne de Esteban debajo. Apreté un poco. Noté su verga bastante hinchada. Mientras hacía esto, seguí mirándole a los ojos. Él solamente sonreía. Estuvimos así unos minutos, mis caricias se fueron haciendo más atrevidas, más decididas. Con cada movimiento de mi mano en su paquete, notaba que su polla se ponía más tensa; a cada segundo que pasaba, su verga se endurecía y crecía más y más. Acerqué mi otra mano y comencé a desabrochar su cinturón, despacio, con calma, no quería arruinar el momento con algún movimiento brusco. Una vez salvado el cinturón, desabroché el primer botón de su pantalón. Poco a poco desabotoné los restantes, abriendo la tela, que quedó como una uve. Su blanco calzoncillo quedó al aire mostrando un delicioso bulto, pasé mi mano por él y no solo lo sentí duro, sino muy caliente.
No era demasiado lo que la tela abierta del pantalón dejaba ver, pero el contraste del blanco del calzoncillo de Esteban con el moreno de su piel, hacía que destacara de una manera muy excitante, separé mi mano y le contemplé lleno de deseo. Me atraía, estaba deseando destaparlo, pero ya más tranquilo, quise recrearme con el espectáculo.
Le miré de nuevo a los ojos, buscando en nuestras indefinidas miradas un punto de conexión. Estaba tranquilo. Con la cabeza hizo un gesto de aprobación. Me volví a acercar y traté de bajar un poco su pantalón. Al ver mi intención, me ayudó levantando arqueando sus caderas hacia adelante para que pudiera deslizar la tela por detrás. Quería verlo solo con el calzoncillo puesto. Era un bóxer blanco, hinchado por delante, con una verga dura que se marcaba y dibujaba en la tela elástica. Acerqué mi mano y la volví a palpar. Realmente estaba muy dura. Con las dos manos acaricié el espacio de sus piernas que dejaba libre el pantalón y acercándome por el interior de sus muslos, metí mis dedos por las perneras del bóxer hasta sentir su vello púbico y el tronco de su verga, luego bajé los dedos hasta rodear sus huevos.
– Vamos a la habitación -me dijo. Parecía que no había oído su voz desde hacía siglos.
Se subió de nuevo el pantalón, se abrochó el último botón, me tomó de la mano y me hizo seguirle hasta la habitación. Al llegar junto a la cama, se agachó y comenzó a desabrocharse las zapatillas. Yo le imité y nos las quitamos dejándolas a un lado. Nos quedamos uno frente al otro de pie, descalzos, erectos, excitados. No hablamos, solo nos mirábamos a los ojos, fueron nada más unos segundos. Entonces, se acercó a mí, me rodeó con sus brazos y me apretó contra su cuerpo, susurrándome al oído:
– Llevo todo el día con la verga durísima pensando en ti.
Yo no respondí, tan solo le imité una vez más y le abracé apoyando mi cabeza en su hombro en un gesto de emoción desbordada. Podía sentir su paquete haciendo presión contra mi cuerpo y eso me excitaba aún más.
Subió su brazo izquierdo hasta que con su mano me sujetó la cabeza por detrás y con la otra mano bajó por mi espalda hasta llegar a mis nalgas y me atrajo con fuerza hacia él. Restregándose un poco contra mí, giró la cabeza y buscó mi boca que le esperaba entreabierta. Su lengua se hizo paso dentro de mí en un largo y húmedo beso que me hizo sentir en la gloria. Yo, mientras, recorría su espalda con mis manos, queriendo sentir toda su piel. La ansiedad y la excitación que sentía hacía que lo abrazara más y más fuerte.
Nuestras manos recorrían el cuerpo del otro, investigándonos mutuamente. Pasados unos minutos, Esteban comenzó agarró mi camiseta y tiró de ella hacia arriba. Le facilité la maniobra subiendo mis brazos. Luego, agarró el elástico de mis pantalones de deporte y me los bajó de golpe. Por mi parte hacía lo mismo con él. Los dos nos despojamos de nuestras ropas con prisa, mientras nos besábamos con pasión hasta que finalmente nos quedamos en calzoncillos, con toda nuestra ropa dispersa por el suelo, a nuestro alrededor.
Me tiró en la cama literalmente de un empujón. Se tumbó sobre mí. Con sus manos me sujetó los brazos, manteniéndolos por encima de mi cabeza, mientras me besaba y restregaba su paquete por mi cuerpo. Me besó toda la cara y en el cuello con prisa, con furor. Su piel morena era tersa, fuerte, caliente, me tenía totalmente subyugado y excitado. Todo lo que estaba ocurriendo era tal como lo había soñado. En ese momento me parecía mentira que pudiera estar sucediendo. Pero era real, era cierto, lo sentía en mis carnes, sentía el calor que emanaba de su cuerpo, sentía cómo su dura verga se restregaba contra mi cuerpo y contra mi paquete. Ambos estábamos enfrascados en un brote de lujuria y plena excitación.
Me soltó las manos y pude abrazarme a él suspirando de emoción al recorrer su piel. Sentí mis dedos recorriendo su espalda hasta llegar al elástico de su calzoncillo, metí ambas manos dentro de la tela y acaricié sus nalgas. Levantó su cabeza para mirarme y me sonrió.
– Todavía no te he visto…- me quejé
– Eso lo dirás tú, que esta mañana bien que te has quedado mirándome.
– ¿Sabías que te estaba mirando?
– ¿Qué si lo sabía…? – contestó – Llevas semanas mirándome y desnudándome con la mirada. ¿O crees que no me había dado cuenta? Por eso he venido hoy más temprano.
Yo no salía de mi asombro.
– No sabes cómo te pones cuando me ves rondando por el salón o la cocina con mi pantalón corto de deportes. Tenías que verte la cara y el bulto que se te marca entre las piernas…Algún día vas a romper tus pantalones …Jajaja
– ¿Así que te dabas cuenta? -Yo estaba un paco pasmado.
– Claro, chaval, y eso me ponía a cien… Solo que no sabía cómo abordarte. Así que esta mañana cuando te vi llegar a la habitación, me hice el dormido para comprobar si era cierto lo que yo intuía o si solo eran imaginaciones mías.
– Ya… – me disculpe – Esta mañana, estaba aterrado, pero no he podido evitar quedarme observándote al entrar. Era una oportunidad idónea.
– Bueno pues aquí me tienes, antes me has dicho que querías verme y aquí estoy.
Me puse de rodillas en medio de sus piernas y lo contemplé, debajo tenía el cuerpo que más había deseado en las últimas semanas. Al verlo allí delante, tumbado ante mí, me sentí dichoso, sobre la tela blanca se marcaba su verga en plenitud, pugnando por salir fuera de esa contención de algodón. La escena me ponía todavía más caliente, me demoré mirando su cuerpo músculo a músculo, acaricié mentalmente su duro torso y sentí también en mi imaginación sus fuertes brazos rodeándome. Los ojos de Esteban brillaban producto de la excitación del momento. Me mantuve en silencio, acerqué mis manos a su cintura y lentamente bajé el elástico del calzoncillo, deslizándoselo por sus piernas hasta quitárselo del todo. Tenía una polla magnífica, sin circuncidar, pero mostrando parte de su capullo fuera del capuchón. Estaba tensa, con las venas bien marcadas, palpitante. Se quedó apuntando hacia su vientre. No quise tocarla. Me quité el calzoncillo y me tumbé sobre él para besarlo de nuevo. Fue una sensación increíble. Sentí su cuerpo cálido y fuerte debajo del mío, mientras nuestros sexos quedaron aprisionados y juntos entre nuestros cuerpos. Nuestras vergas se saludaban mutuamente, se daban la bienvenida, se besaban entre sí, dándose calor la una a la otra, pugnando por ocupar un sitio entre nuestros vientres.
Comencé una cadena de besos, fui bajando por su pecho hasta llegar a su pubis. Lo olí. Él me acariciaba la espalda y la cabeza, acompañándome en mi descenso. Por primera vez agarré su verga con mi mano. Pude sentir su dureza y su calor contra mis dedos y mi palma. La levanté y la mantuve un rato apuntando al techo, mientras la miraba. Quería contemplarla en todo su esplendor. Tiré de su capullo y su glande apareció reluciente al completo. Era una magnífica bellota de color púrpura. Abrí mi boca, saqué la lengua y la pasé por este hermoso fruto. Lamí su glande por un lado y por otro; luego me lo metí dentro de la boca para saborear con dulzura. No era muy grande ni muy gorda, simplemente era preciosa. Del tamaño justo para ver cumplido todos mis deseos. Quería saborearla, sentirla dentro de mi boca, notar su textura, su dureza, su calor… Abrí bien los labios y fui comiéndomela poco a poco, hasta que chocó con el fondo de mi garganta. No podía meterla más. Puse mis labios sobre mis dientes para no herirle e inicié un movimiento circular lento, en uno y otro sentido de las agujas de un reloj. Sé que eso excita mucho más que hacer un movimiento de sube y baja, aunque sea parsimonioso. Esteban suspiraba y lanzaba algún que otro quejido, animándome a seguir. Pasados unos minutos la saqué de mi boca y con la lengua recorrí sus velludos huevos. De la garganta de Esteban salían ahora una especie de gruñidos que me excitaron aún más. La cosa iba por buen camino.
Volví a su verga. Sus manos ayudaban en esa labor apretando mi cabeza contra la base de su polla y empujando con su pelvis para que llegara hasta lo más profundo de mi garganta. Sin sacarla de mi boca, me giré y puse mi cuerpo en sentido contrario al suyo, acerqué mi verga a su boca e iniciamos un deliciosos sesenta y nueve. Aquello fue de lo más sublime. Sentir mi polla en su boca, casi me hace correrme al instante. No sé cómo pude contenerme y no eyacular en su boca. Sentía su lengua recorriendo mi glande, sus labios succionar mi licor seminal, su boca tragándose todo mi sexo… ¡Uuuufff, qué locura! Menos mal que en un momento se olvidó de mi polla y se centró en mis nalgas. Las abrió con sus manos para pasarme uno de sus dedos por mi esfínter rozándome apenas. Una especie de descarga eléctrica me recorrió todo el cuerpo. Tenía que contenerme, no quería por nada del mundo terminar tan pronto. Me centré de nuevo en comerle la polla lo mejor posible, pasando mi lengua una y otra vez por la unión de su prepucio con el glande, como si degustara un helado. Chupaba, lamía, saboreaba las pequeñas gotas que emanaba su sexo… No pude seguir, me paré en seco al sentir las caricias de su lengua en mi culo. Me estaba volviendo loco. Disfruté de estos lengüetazos, notando como mi esfínter se humedecía y dilataba por momentos. Pero volví a la carga: bajé mi boca a sus huevos, me los metí uno a uno dentro, los chupé, los lamí, los saboreé, dejándolos empapados con mi saliva.
Él volvió a meterse mi verga en su boca. Eso me animó a seguir bajando con mi lengua por debajo de sus huevos. A duras penas, desde mi postura, podía llegar más abajo. Esteban intuyendo lo que yo pretendía me facilitó la labor. Abrió más las piernas y levantó sus rodillas hasta casi llevarlas a su pecho. Eso me facilitó el acceso hacia sus nalgas. Con mi lengua fui recorriendo el espacio que separaba sus huevos de su ano. Y llegué adonde quería. Vi el rosetón marrón de su esfínter, lo lamí varias veces, puse mi lengua tensa y la introduje un par de centímetros en él. Pude oír cómo aumentaban sus gemidos, cómo se contorsionaba, cómo intentaba ayudarme para que pudiera llegar más adentro. Al tiempo comenzó a jugar con su dedo húmedo en mi propio esfínter metiéndolo y sacándolo, más y más dentro.
Estuvimos un buen rato dilatándonos mutuamente, suspirando y gimiendo ambos. Decidí cambiar de actividad, me bajé de encima de él y me tumbé a su lado en la cama. Él se colocó encima de mí besándome de nuevo y restregando su durísima verga contra la mía. Su lengua me buscaba salvajemente, recorriéndome la boca por dentro. Yo le acariciaba la espalda y la cabeza. Suspirando de excitación, abrí las piernas dejándolo en medio. Me sonrió y con sus ojos me preguntó lo que era evidente por mi gesto. Yo asentí con morbo y lleno de excitación.
– Hazlo -le dije- quiero ver y sentir cómo me penetras…
Sonrió.
Flexioné las piernas y llevé mis rodillas al pecho. Él metió dos o tres dedos en mi boca para que los ensalivara. Me besó al tiempo. Y se mantuvo besándome mientras su mano llegaba hasta mi esfínter. Yo me dejaba hacer loco de excitación, y con ganas de más, de mucho más. Me besaba mientras con sus dedos lubricados trataba de dilatar mi agujero.
Tomó mis piernas y las levantó colocándolas sobre sus hombros. Le miré a la cara. Hizo un gesto como preguntándome si estaba preparado y yo le respondí con un movimiento de cabeza afirmativo (lo estaba desde que le vi por primera vez). Permanecí expectante. Colocó la punta de su verga sobre mi esfínter y mirándome a los ojos empujó lenta pero firmemente. Sentí cómo su polla se abría paso dentro de mí, Noté cómo mi esfínter cedía a la presión de su resbaladizo glande. En unos segundos, supero la entrada, pero no siguió delante. Se detuvo para ver mi reacción. Espero unos segundos para que mi agujero fuera relajándose, se acostumbrara a la dureza y grosor de su verga. Mientras me acariciaba el pecho, pude ver en sus ojos una expresión de pura excitación, de lujuria contenida y de morbo. Tras esta pausa, hizo fuerza de nuevo y comenzó a meterme su verga poco a poco. Sentí cada centímetro de su polla abriéndose camino en mi sonrosado agujero. Sin prisa, pero sin pausa noté que entraba dentro de mi sin remisión. Mi ano fue dilatándose ante el grosor de este cálido ariete. No sentía dolor, tan solo la sensación de que mi culo se abría y dilataba ante su empuje. El placer era indescriptible. Mi polla se puso más dura aún. Cuando quise darme cuenta, sentí que no podía entrar más, sus huevos estaban ya acariciando mis nalgas. Gemí. Mi corazón estaba a cien, mientras notaba su cálida polla ocupando todo mi ser. Me había relajado para no sentir dolor y lo estaba consiguiendo. Mis gemidos se hicieron ahora entrecortados con mis ojos clavados en los suyos. Un suave bufido se escapaba de su boca y sus ojos eran como dos ascuas incandescentes.
Lo sentía entero dentro de mí, rompiéndome, invadiéndome, abriéndome la carne y llenándome de la suya. La dejó enterrada hasta el fondo, en lo más profundo de mi ano, durante varios segundos. No se movía, pero podía sentir su polla palpitando en mis paredes. Me miraba y sonreía. Yo estaba en la gloria, me encantaba esa sensación de estar lleno, de sentir el calor de sus piernas contra mis muslos y mis nalgas. Me invadía un inmenso placer, mientras dejaba que mi cuerpo se acostumbrara a la dureza de su carne. Bajó su cabeza y me besó, su lengua se abrió paso dentro de mí buscando la mía. Nos besamos durante unos minutos, mientras sentía su polla enterrada en mi culo, sin moverse. Me miró y dijo:
– ¿Era esto lo que querías?
Yo solo pude lanzar un gemido de placer y un gesto con mi cabeza como signo de aprobación, mientras con mis manos llegaba hasta sus nalgas apretándolo contra mí. Me gustaba, me gustaba mucho. Pero me gustaba más porque no me sentía utilizado, sino porque, contra todo pronóstico, Esteban estaba dando muestras de una ternura desconocida. Yo que le había imaginado rudo y violento al ser jugador de rugby, ahora me sentía empalado por él, pero abrazado por su tierna mirada. Una mirada lúbrica y caliente.
– Uuummm… – era todo lo que salía de mi boca, mientras cerraba los ojos para sentirlo.
Con lentidud, poco a poco, fue sacando su verga de mi culo. Antes de llegar al final, volvió a meterla despacio hasta el fondo. De nuevo, la volvió a sacar para enterrarla ahora con un grado más de intensidad. Yo no quería tocarme porque sabía que en cuanto pusiera mi mano sobre mi polla explotaría sin remedio y no deseaba que esto ocurriera tan pronto. Esteban fue acelerando las embestidas, haciéndolas cadenciosamente profundas y cada vez más rápidas. La sacaba casi hasta su glande y antes de que mi esfínter pudiera expulsarle, la volvía a enterrar con mucha más fuerza. Notaba la profundidad de sus embestidas al chocar sus huevos contra mis nalgas. Cada choque era una pequeña explosión en mi esfínter. Acerqué mis dedos a mi agujero para palpar ese trozo de carne me estaba metiendo, para sentir ese hierro candente entrar y salir de mí. Más que acelerar el ritmo de sus entradas, las hacía más fuertes y profundas, tomándose su tiempo para disfrutar de cada golpe de cadera. Lo estuvo haciendo por espacio de casi diez minutos, podía ver en el despertador de su mesita como corrían los minutos. Yo le miraba disfrutar y al mismo tiempo estaba disfrutando como nunca.
Algunas veces cerraba los ojos, eso me hacía centrarme en el roce de sus embestidas; centímetro a centímetro notaba cómo se hundía en mí, cómo sus huevos me golpeaban el culo y su abdomen llegaba a chocar con mi sexo al apretarse contra mi cuerpo; otras veces, los abría para ver su cara de felicidad mientras notaba su esfuerzo por darme placer y hacer que ese suplicio tan exquisito no acabara nunca. Veía su pecho sudado y lo acariciaba con mis manos tirando de sus tetillas; veía su cara de concentración para controlarse, mientras intentaba sonreírme; veía en esos momentos cómo mi compañero cerraba sus ojos en las embestidas más profundas y yo me sentía entonces desfallecer de placer. Las notaba tan dentro de mí que sentía que se unía y se fundía con todo mi ser, dedicándose por entero a mí, dándome toda su energía. Me encantaba. A estas alturas de la follada, mi esfínter era ya como un chicle, dúctil y maleable, su polla resbalaba dentro de él como un niño en un tobogán. No oponía ninguna resistencia, ni podía comprimir su polla para evitar que saliera. Las entradas y salidas eran más fáciles para él y más placenteras para mí. Con cada golpe de cadera, su mástil se abría paso con una fuerza arrolladora, con un calor abrasador. Me rompía y me abrasaba por dentro. Y al mismo tiempo que me poseía: yo era suyo y él era mío, ¡solo mío…!
Al cabo de un rato paró sus movimientos y se salió de mí. Quedé un poco desilusionado al notar que se salía de mi cuerpo. Luego se agachó, me besó y me dijo al oído:
– Ahora te toca a ti.
Se colocó de rodillas con sus piernas a ambos lados de mi cuerpo, a la altura de mi pecho. Yo me quedé debajo de él, en medio. Metió sus dedos en mi boca para que los lamiera. Volvió a lubricarse los dedos con mi saliva y los llevó a su esfínter. Se lo humedeció él mismo. Agarró mi verga con su mano y mientras la mantenía hacia arriba fue pasando el glande, totalmente húmedo por el líquido pre-seminal, por su esfínter y sus alrededores. Cuando tenía bien mojado todo su canal, sujetó mi polla fuertemente, la puso en la entrada de su agujero y se sentó poco a poco sobre ella. Noté la presión de mi glande sobre su entrada. Su esfínter se fue dilatando despacio. Mi glande se ocupaba de ello. Lo sentía duro como el acero y erecto como un garrote. La presión hizo que los músculos de su esfínter cedieran de repente y mi enorme cabezota se coló en su interior. Sentí una deliciosa argolla de carne aprisionándolo. Luego fue bajando, deslizándose sobre mi polla y ésta acabó más y más adentro, hasta que noté que sus nalgas descansaban sobre mis caderas. Mi verga había desaparecido de mi vista, estaba alojada en su interior, en lo más profundo de su ser.
Se detuvo ahí y con una mano me revolvió un poco el pelo, sonriendo. Yo le acariciaba las piernas y le devolvía la sonrisa. Y estaba alucinado. Pasados unos cuantos segundos se alzó un poco y volvió a dejarse caer sobre mí. No me podía creer que estuviera follándome a Esteban, a este macho alfa, alma del equipo universitario de rugby. Aunque yo estaba quieto y todo lo hiciera él, sentía su trasero tragándose mi polla, abrasándomela con su calor. Lo tomé por la cintura, no por ayudar, si no por sentir su piel en mis manos, para acompañarlo en sus movimientos
– Eso es fóllame, fóllame con fuerza, destrózame el culo y dame toda tu leche -me decía, mientras aceleraba sus movimientos.
Yo me movía desde abajo siguiendo el ritmo, el interior de su culo me abrasaba la verga y sentía ardiendo todo su cuerpo. De su pecho resbalaban unas pequeñas gotas de sudor. Su polla bailaba encima de mi barriga, hinchada y crecida al máximo. Se la agarré y empecé a masturbarle al tiempo que él cabalgaba sobre la mía a galope tendido. Sus bufidos se aceleraron.
Pasados unos cuantos minutos, y sin haber llegado a corrernos ninguno de los dos, Esteban, volvió a hacer lo mismo: se paró de repente. Otra vez me quedé un poco desconcertado, yo quería seguir así. Pero no, sacó mi polla de su culo, se bajó de mí y se volvió a colocar entre mis piernas. Me las cogió y se las puso de nuevo sobre sus hombros, su glande se posó en mi esfínter y presionó sobrepasando de nuevo mi entrada. El muy cabrón me la ensartó de un golpe y con firmeza. Yo gemí de placer al sentirla otra vez dentro. Este cambio de rol me entusiasmó. Aullaba de placer al tiempo que le pedía que me la metiera bien hondo, que me follara con fuerza, que me matara de gusto.
Aceleró sus embestidas al máximo. Ahora eran más duras y profundas que la primera vez; se notaba que estaba más excitado. Aceleró como un bólido sus movimientos, más…, más…, más… Me agarré la polla y comencé a masturbarme fuertemente, sintiendo que no aguantaría mucho más. En nada de tiempo iba a correrme.
– ¿Te gusta? ¿Eh? -me decía, con la respiración entrecortada, fruto de su esfuerzo – Pues toma verga, tómala es toda tuya…
– Aaarggg…., aaarggg…. – yo no podía hablar, sólo gemir y gemir.
Esteban me estaba dando por el culo con todas sus fuerzas y yo sentía que con cada golpe de su pelvis me abrasaba entero, sus huevos chocaban contra mis nalgas con tanta fuerza que podía oírlos como sonoras y cachondas bofetadas. El ritmo se convirtió en frenético al tiempo que aumentaron las obscenidades que me susurraba al oído acompañando sus arremetidas.
Esa lascivia verbal me calentaba aún más. Le pedía que me diera fuerte, más fuerte, que me poseyera, que era todo suyo, que mi culo, mi verga, mis huevos y todo mi ser le pertenecían.
– ¿La sientes? -me preguntaba una y otra vez- ¿sientes mi polla dura en tu culo? Aaahh, aaaahh -salía de su garganta cada vez que me penetraba
Ya lo creo que la sentía, estaba en la gloria y quería que no terminara nunca.
– Me voy a correr -casi me gritó sacudiendo mi culo como un pistón a un cilindro, a toda velocidad, acelerando y llegando a lo más profundo de mí.
– No te salgas -le dije entrecortadamente- quiero sentirte dentro, quiero que te corras en mi culo… lléname con tu leche…
Y aceleré el ritmo de mi mano sobre mi propia verga intentando terminar al mismo tiempo.
– Ahhhh, ahhhhhhhhh cabrón, que rico culo tienes… -jadeaba, mientras las gotas de sudor recorrían su cara y pecho.
En ese momento, sentí que su polla se tensaba, presionando mi esfínter y a continuación, el primer trallazo de semen inundándome por dentro. Casi al mismo tiempo, mi verga disparó un cañonazo de semen contra mi pecho. Con cada una de sus embestidas notaba un latigazo de su leche caliente en mi interior. La sensación de estar corriéndome sobre mi vientre mientras él me llenaba con su semen el interior de mi culo, me hacía gemir como un loco, convulsionándome con cada chorro que brotaba de nuestras pollas. El culo me ardía deliciosamente, dentro de mí sentía el calor de la lava de un volcán inundándome todo.
Después del último estertor, Esteban se dejó caer sobre mí, suspirando y buscando mi boca con la suya, yo bajé mis piernas poniéndolas rectas y abiertas con él en medio. Le abracé, tratando de sosegar mis latidos, de bajar mi ritmo cardiaco y de recuperar la respiración. Fue un momento de pura extenuación por el placer vivido.
Estuvimos así un buen rato, hasta que la erección de Esteban fue bajando y se salió de mí. Me miró, con las dos manos sujetó mi cara y me besó. Me besó largamente hasta que nos quedamos dormidos. Estábamos exhaustos tras esta magnífica sesión de sexo. Tan inesperada como deseada por los dos.
Entre sus brazos no tenía ya nada de qué preocuparme, él estaba conmigo y yo con él. No quiero ponerme romántico, pero me sentía plenamente satisfecho y relajado mientras escuchaba su respiración normalizarse y a punto de caer en los brazos de Morfeo. Hasta ese momento no me di cuenta de que estaba completa y totalmente enamorado de mi compañero de piso. Y en ese momento, él rompió mis pensamientos diciéndome en un susurro:
– Te quiero.
Me abracé más a él dándole con mi cuerpo una respuesta a esa pregunta nunca hecha. Ahora los dos sabíamos que sentíamos lo mismo. Y así, abrazados, nos dormimos.
Después de ese día, nuestras vidas darían un giro que ninguno hubiera pensado al conocernos en septiembre.

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