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La oficina y mis jefes

Una tarde finalmente me dejé convencer por mi nuevo jefe y terminé arrastrada por él hasta la cama de un hotel.
Había comenzado a trabajar en ese estudio de abogados apenas un par de meses antes. Durante todo ese tiempo, mi jefe, un tipo de casi mi edad y muy pintón, no había hecho otra cosa que tratar de llevarme a su cama…
El día llegó por fin y no la pasé nada mal.

Con mi adorado Víctor estaba en problemas; él regresaba cansado de la oficina y teníamos poco sexo por las noches. Yo terminaba con mi calentura encerrada en el baño, ahogando mis gemidos mientras me masturbaba como loca.

Esa tarde mi jefe me dio la primera de las muchas cogidas que me daría en los siguientes meses. Una andana de fuertes palmadas que repentinamente cayeron sobre mi cola me hizo estremecer y entonces abrí los ojos. Los grandes espejos adosados al techo de esa habitación reflejaban mi imagen desnuda en brazos de mi jefe que groseramente metía profundamente sus dedos en mi concha, a la vez que descargaba una seguidilla de azotes en mis nalgas que pronto enrojecieron…

El primer polvo había sido demasiado rápido, casi urgente; dejándome con gusto a más… Yo necesitaba mucho más que eso…
Descubrí que su manoseo vulgar y sus azotes me excitaban Ese trato denigrante y perverso al que me sometía me provocaba un placer inusitado.

Mi jefe me había lanzado sobre la cama apenas entramos a esa habitación y yo me había desnudado para él con movimientos sensuales, mientras él me mostraba la enorme verga erecta que tenía para darme.
Luego me había hecho poner en cuatro sobre la cama; sin nada de compasión, me había enterrado su verga hasta el fondo de mi caliente vagina, sin darme tiempo a nada. El bombeo fue muy intenso…

Pero todo había sido muy rápido: mientras yo apenas estaba calentando, sentí de repente que mi jefe se vaciaba dentro de mi cuerpo. Algo frustrada, me abracé a él y un rato después me desperté con sus azotes…

El trato humillante que me daba también había hecho efecto en él. Su enorme pija estaba otra vez bien dura y apuntando hacia el cielorraso.
Me pidió que volviera a adoptar la posición de perrito sobre la cama. Esta vez fue todo más suave y placentero para mí. Comencé a temblar apenas me penetró. Podía ver en los espejos laterales ese poderoso pedazo de carne dura húmedo y brilloso por mis propios jugos entraba y salía sin pausa de mi dolorida pero insaciable vagina. Yo separé aún más las rodillas para recibir en toda su dimensión a esa formidable verga que ocupaba todo mi vientre dándome un inusitado placer que me descontrolaba totalmente.

Tan caliente estaba que separaba con mis propias manos mis nalgas cada vez que mi jefe metía sus dedos en mi estrecho trasero.
Esa primera tarde me comporté de manera muy sumisa. Después de hacerme acabar en un tremendo orgasmo muy gritado a todo pulmón, dejé que mi jefe me sodomizara, para premiarlo por ese orgasmo increíble que me había provocado.
Su verga era enorme, pero mi estrecho esfínter la aceptó con gusto…

Llegué muy tarde a mi casa esa noche, con el culo bastante dolorido, pero satisfecha por los cuatro orgasmos que me había arrancado mi jefe.

Los días siguientes transcurrieron sin novedad en la oficina.
Hasta que por fin, mi jefe volvió a la carga. Una mañana entré a su despacho para hacerle firmar unos papeles y me ordenó que cerrara la puerta con llave.
Luego me hizo quitar la pollera y mi tanga. Entonces me tomó por las caderas y me hizo cabalgar sobre su verga dura. Me comió la boca a besos y me manoseó las tetas a través de mi blusa; mientras me susurraba al oído palabras soeces…
Me hizo acabar a los gritos y tuvo que taparme la boca con su mano, para que nadie afuera pudiera oír mis aullidos y alaridos de placer.
Mi jefe no alcanzó a acabar conmigo; así que desmonté de su tremenda verga todavía bien erecta y caí de rodillas, dispuesta a que descargara su leche en mi boca. Comencé a lamer y a chupar esa pija enorme, que apenas cabía entre mis labios bien abiertos. El tipo seguía sentado y observándome, diciéndome que yo era una secretaria perfecta y una verdadera puta, dos condiciones ideales para todo jefe…

Desde ese día comenzó a cogerme en su despacho. Cada vez que lo hacía, me provocaba un placer inusitado. Mi jefe era un verdadero perverso: algunas veces, mientras me tenía doblada sobre el escritorio con su verga enterrada en el fondo de mi concha, me hacía llamar a Víctor, para obligarme a hablar con él mientras me bombeaba desde atrás sin piedad. Yo tenía que reprimir mis gemidos para que mi esposo no notara lo que sucedía. Si me quedaba callada o tapaba el auricular mientras gemía, entonces el muy turro se detenía o me sacaba su verga de repente, dejándome más caliente y loca todavía…

Otras veces abría las cortinas de los amplios ventanales en su oficina y me cogía mirando hacia la calle, con mis manos y mi cara retorcida de placer apoyadas en los vidrios; para que cualquiera pudiera verme desde afuera.

El colmo de su morbosidad sucedió en una ocasión cuando Víctor pasó a buscarme. Mi jefe lo hizo esperar en la antesala, mientras él me sodomizaba doblada en dos sobre su escritorio. Tuve que morder mi mano para que mi esposo no oyera los alaridos de placer que me provocaba la verga de mi jefe enterrada a fondo en mi culo…

Otras veces me ordenaba irme a casa sin mi bombacha, con su semen todavía corriendo entre mis muslos. Por supuesto, me ordenaba que no cogiera con mi esposo durante las noches.

Me dejaba siempre la concha muy dolorida, porque sus embistes eran realmente furiosos y hasta casi violentos. Pero a mí eso mismo me calentaba por demás…
Un día de repente me informó que lo iban a trasladar a una oficina en el interior; así que hicimos una buena despedida en un hotel. Me dejó mis orificios bien abiertos, enrojecidos y llenos de semen caliente…

Su reemplazo fue una bruja gruñona; insoportable para todos excepto para mí, que descubrí enseguida su costado lésbico…
Con ella comencé a gozar de unas buenas sesiones de sexo y mi vagina entonces empezó a doler menos…

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