La matiné del viernes

Ese viernes por la tarde salí del trabajo más temprano de lo acostumbrado. Mi esposo ya me había avisado que regresaría muy tarde esa noche y, como ya tenía de antemano preparado todo lo necesario para la cena, decidí ir a un cine cercano donde proyectaban una película que hacía rato me interesaba ver…
Mientras retiraba mi entrada, me di cuenta que la película ya había comenzado un par de minutos antes. Me adentré a los tumbos en la oscuridad de la sala, ya que, encandilada por la luz exterior mis ojos no se acostumbraban a ese lugar tan negro como una boca de lobo.
Para no entorpecer a otras personas, me senté en la primera butaca que conseguí ver que estaba vacía.
Poco a poco mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad y entonces pude notar que solamente éramos tres los espectadores en esa función. Los otros dos eran una pareja que justamente estaba sentada en la fila anterior a la mía; a la misma altura de mi asiento.
Estuve a punto de levantarme y buscar otra butaca, pero ya me había acomodado y me dio un poco de vergüenza que me vieran alejarme de ellos como si fueran leprosos.
Durante la primera media hora ni recordé que esa pareja estaba ahí.
Me encontraba muy concentrada en la acción de la película, que trataba sobre una complicada relación debido a una situación de intercambio de parejas y sus consecuencias.
De repente me encontré presenciando una alta carga sexual en la pantalla.
Ante mi sorpresa, detecté que la butaca de la mujer sentada adelante comenzaba a moverse con un ligero vaivén. Mi imaginación estaba en aquel momento muy calenturienta por efecto de la película, pero mi vista no me estaba engañando.
La mujer estaba incrementando de a poco su movimiento acompasado y vi el brazo de él que se movía hacia ella.
En una primera reacción, pensé de nuevo en alejarme de ellos; pero algo en mi interior me lo impidió; de repente sentí que mi entrepierna se humedecía mientras trataba de observar qué estaba sucediendo en esa fila delantera. Fui abandonando mi interés por la película y mis sentidos se centraron en mis vecinos espectadores…
Por lo que pude llegar a ver, ambos estarían rondando los treinta años.
El hombre parecía ser bastante fornido, con anchas espaldas y brazos musculosos. La mujer era rubia, con sus largos cabellos recogidos en una cola de caballo.
Asomándome discretamente por el hueco que dejaban las butacas, pude ver de forma clara que ella llevaba una falda corta con amplio vuelo y la mano de él se perdía entre sus piernas, las cuales se encontraban separadas en un ángulo de más de noventa grados.
Los movimientos de la mano del hombre eran todavía suaves y discretos, al igual que los zigzagueos de cintura de ella; me sorprendió que no se miraran, seguían absortos por las imágenes eróticas del film y comprendí que estaban combinando la excitación producida por la película con la que ellos mismos se daban.
En ese momento sospeché que quizás hubiese otro factor de excitación adicional: que alguien les estuviese observando. Yo estaba segura de que ellos me habían visto entrar y sabían que yo estaba allí, dándome cuenta de todo lo que pasaba entre ellos…
Todas estas ideas que pasaban por mi cabeza, junto con los apagados gemidos de ella, de pronto me provocaron el deseo de tocarme. Así que, sin casi pensarlo, mis dedos desabrocharon los botones de mi blusa y comenzaron a acariciar mis endurecidos pezones a través del corpiño.
De pronto comenzaron a mezclarse en mis oídos los sollozos de la actriz principal en la pantalla y los gemidos entrecortados de mi vecina de butaca.
La película seguía su curso y la pareja de desconocidos seguía en lo suyo. Ambos estaban con la mirada fija en la pantalla y yo observando la mano de él enterrada bajo la falda de ella, que ya comenzaba a jadear sin control aprovechando que el sonido de la película estaba bastante alto.
Mi otra mano que hasta ahora yo había tenido libre, se deslizó directamente a mi entrepierna. En un segundo, tenía el cierre de mis pantalones bajado y mis dedos llegaron sin dificultad a tocar mi tanga.
Como ya lo había advertido, estaba totalmente mojada.
Volví a mirar a mi pareja desconocida; no quería que ellos pararan, necesita verlos como se estremecían juntos hasta el orgasmo, mientras mis manos seguían masajeándome arriba y abajo, intentando sincronizarme con ellos.
Mi respiración se hacía cada más entrecortada y ya no paré, ya no podía y ahora con mi tanga corrida a un lado y un dedo dentro de mi concha mientras seguía frotándome con ahínco, alcancé un orgasmo intensísimo que tuve que ahogar con mi otra mano para no ser descubierta.
Mi cuerpo empezó a convulsionar en temblores, para ir poco a poco recuperando la normalidad. Tenía mis pantalones por las rodillas y esa visión me hizo excitar otra vez.
Ellos seguían con su inocente juego de masturbación; pero ahora él había dejado de acariciarla y ambos se movían frenéticamente ocupados cada uno de sí mismo. El hombre tenía agarrada su verga erecta desde la base y ambos se miraban fijamente a los ojos, como si buscasen el momento justo en el que explotaran de placer al unísono…
Mientras miraba la mano del hombre subir y bajar por esa verga dura, tuve un estremecimiento y de nuevo sin pensarlo, metí otra vez un par de dedos en mi concha, frotando con frenesí mi clítoris bien inflamado.
Ellos no tardaron demasiado. Primero ella se sacudió de forma violenta y con espasmos en el asiento sin reprimir un prolongado grito de placer…
Segundos después, él, gruñendo con una embestida potente dejó escapar todo su semen, que cayó por su mano hasta el suelo.
Y en esa reacción en cadena yo fui la tercera en acabar, todavía con la visión de ambos retorciéndose y gimiendo de placer delante de mí. En ese segundo orgasmo me fue imposible contener un intenso gemido de placer; lo que hizo que mis compañeros giraran sus caras sonrientes hacia mí.
Entonces ella me preguntó sin rodeos si yo quería unirme a ellos hasta el final de la función. Les agradecí la propuesta, pero me acomodé mis ropas lo más rápido que pude y abandoné la sala, sintiendo mis flujos deslizándose entre mis muslos.
Al sentarme en mi auto otra vez me bajé los pantalones hasta mis rodillas, corrí la tanga a un lado y, en la soledad del estacionamiento, me masturbé como una posesa, gritando y aullando como una perra en celo.
Un rato después llegué a mi casa. Estaba con los cabellos revueltos, la cara arrebatada de sudor y lo peor, con olor a sexo en mis dedos. Mi adorado Víctor pudo notar mi estado inusual, pero se imaginó que se debía a mi condición de calentura natural de un viernes por la tarde.
Para justificar mi desastrosa imagen, le dije que había estado en el cine pero había errado el programa, mirando una película demasiado violenta y escabrosa, que me había alterado demasiado…
Víctor sonrió sin creerme nada y dijo que le habían recomendado una película con una temática sexual interesante; era ideal para ir a verla de a dos y aprovechar para hacer cosas cochinas en la oscuridad de la sala…

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