Inocencia

Desde que te vi en el micro, sentada junto a tu mamá, me quedé prendado, lo sabes, ¿verdad?

Tu obvia belleza; la complexión fina de tu cuerpo y cara; la suavidad evidente de tu piel y esa pequeña boquita tuya me atraparon la mirada.

¿De qué conversaban ustedes dos? No lo sé, pero mi atención se volcó totalmente en ustedes, o mejor dicho en ti.

Supongo que lo notaste, pero te lo digo de todas maneras, no dejaba de ver tu reflejo en el espejo del chofer, tratando de que tu mamá no se diera cuenta; tú te me antojabas. Temí que me creyera un pervertido. Yo mismo me sentí así, hasta que supe tu edad y me tranquilicé al saber que ya no eras una niña.

Claro, no iba a abordarte estando tu mamá presente. Lo que sí es que puse atención en dónde se bajaron. Bajé poco después y las seguí. Fue así que supe donde vivías.

Pocos días después, no dejé de frecuentar tu calle periódicamente, esperando que salieras de tu casa sola, sin la compañía de tu mamá o alguien más. Eso tardó un rato, vaya que tardó, pero la verdad me tenías atado. Por las noches no dejaba de pensar en ti y le daba vueltas a lo primero que te diría.

Por fin, cuando finalmente tuve la oportunidad de abordarte, lo primero que me salió preguntarte fue tu edad. Me habrás tomado por un tonto, pero así me di cuenta que contabas con la adecuada para poder entablar relación contigo. Tal vez me recuerdes un tanto ansioso, si bien traté de controlarme, pero todo tu cuerpo me ponía así, vibrante, deseoso por tocarlo.

Lo que pasó después no puedo calificarlo menos que como los mejores días que había vivido junto a mujer alguna. Sé que nuestros pensamientos eran distintos; nos llevábamos algunos años. Distábamos de gustos, sin embargo, por ti, fui a ver esas películas infumables y melosas, no me importó. Hasta te regalé música que yo jamás hubiese escuchado de ninguna otra manera. Y los peluches; no sé qué le dirías a tu madre sobre quien te daba todos esos obsequios, o cómo los conseguías, pero agradezco que nunca se enteró de mí.

La primera vez que nos besamos… ¿sabes? Fue lindo, como acariciar una flor pétalo a pétalo, tratando de no estropearla. Tus besos fueron tan suaves e inocentes. Tan naturales. Envolverte toda tú, todo tu rostro entre mis manos era maravilloso.

Y la primera vez que aquellos labiecillos tuyos tocaron mi verga… ¡uy, qué rico! La mera verdad, te confieso, sentí venirme de inmediato, pero aquello hubiese estado muy mal de mi parte. Aguanté dolorosamente, no tanto por no pecar de precoz, sino porque mancharte en ese período se me hacía una deshonra. Ya llegaría el momento, lo sabía, pero no en ese día.

La primera vez que tus delicados labios tocaban aparato masculino alguno; la primera vez que tenías falo ante ti, debía ser especial. Un momento gustoso, digno de evocación y no algo mundano, ni repugnante. Tú, chiquilla, estabas por volverte mujer y eso debía ser gozoso.

Así es, yo estaba muy consciente de que te sometería a una serie de experiencias que te convirtieran en mujer, y quería con verdadera ambición hacerlo. Estaba decidido, no sólo a saborearte, sino a hacerlo de poco a poco y con un bien mayor como máximo interés y objetivo: Cambiarte; evolucionarte; madurarte; transformarte, eso quería yo. Ser parte de tu crecimiento.

A eso le llamé el Proceso.

Primera etapa: durante ésta fuimos novios de manita sudada. Como bien recordarás. No sé que les dijiste a tus amigas de mí, yo solo me daba cuenta de sus risillas cuando las abandonabas a ellas para irte conmigo, que ya te esperaba al otro lado de la calle.

A diferencia de los púberes novios de tus amigas, yo podía complacerte en los más caros de tus caprichos; eso no me importaba. En quién más invertiría lo bien ganado sino en aquella persona quien más me hacía feliz. Supongo que te envidiaban, ¿no es así? Lo sé, lo sé; no era por mí sino por lo que les presumías que yo te compraba.

Aunque esos regalos no eran nada. Lo que más me interesaba era el conocimiento que trataba de transmitirte. Quería que tú crecieras más que tus compañeras, no sólo en lo sexual, sino también de manera intelectual. Deseaba que vislumbraras un horizonte mucho más amplio de lo que tus amiguitas jamás siquiera imaginarían.

El riesgo era alto, ya lo sabía. Y ni tu mamá supondría, si se llegaba a enterar de nuestra relación, que mis intereses, si bien no del todo nobles, sí que pretendían un bien mayor para ti.

Pero aquello bien lo valía: Besarnos en el resguardo de la penumbra de algún rincón; acariciarte de las rodillas hasta deslizarme bajo tu falda entablillada para sentir la suavidad de tus finos muslos y tus exiguas nalgas; introducirme en ti, aún no fálicamente, pero sí con mi lengua. Fueron momentos que aún ahora guardo con grata evocación. Aún recuerdo tu expresión cuando metí mi lengua en tu boca por primera vez. Lejos de aquellos tontos chavales enamorados que cierran sus ojos en una expresión de bisoño éxtasis, yo no dejé de verte mientras nos besábamos, pues quería ver tus reacciones y, dicho esto, traté de introducirte mi lengua hasta la garganta. Fue gracioso ver tus ojos que abriste como platos.

Pero bien, aquella etapa de manita sudada y de jugar al noviecillo colegial tenía que terminar y fue así que…

Segunda etapa: pasamos a un nuevo nivel cuando dejé de esperarte a la salida de tu jornada matutina y llegaste por tu propio pie a mi casa. Diariamente te recibía con un gran abrazo que te levantaba en vilo del piso para hacerte girar en el aire.

Pese a lo bien que la pasamos y lo mucho que nos divertíamos, debo decirte que fue un lapso de gran disciplina no sólo para ti, pues si bien, era muy tentador el hacerte mía teniéndote ahí, solita, sabía que debía contenerme. No, no era el momento.

Aquí, en la privacidad de estos muros, lejos de miradas moralinas y metiches, te daría clases teóricas antes que prácticas, de sexualidad. A diferencia de tus amigas y compañeras, tú sabrías por qué y cómo funciona el cuerpo en esa índole contando con bases para no dejarte llevar sólo por tus instintos. Te haría dueña de ti misma. No quería que el deseo te dominara, como le pasaba a tus amiguitas. Y eso tú misma lo viste, muchas de ellas dejándose engañar por falsos amores, que no eran más que novios calenturientos, terminaban embarazadas y truncaban sus aspiraciones y mayores anhelos. Y eso en el menos grave de los casos, pues, como bien sabrás, en peores escenarios hasta eran víctimas de explotación. Jamás toleraría que alguien te hiciera eso.

Tú debías de conocer mejor que nadie tu cuerpo y eso procuré. Después de repasar los clásicos diagramas procedimos a lo físico, a lo palpable, explorar tus partes femeninas. Así ambos descubrimos qué es lo que más te excitaba, y también que es lo que no te gustaba, o incomodaba de plano.

Luego y de inmediato pasamos al tema de anticonceptivos, pero, de nueva cuenta, no como lo dan en la escuela, sino que procuré que realmente lo asimilaras.

Con gran recuerdo y nostalgia mantengo presente esos momentos en los que probamos cada uno de los métodos anticonceptivos a nuestro alcance.

No puedo mentirte, los que con más entusiasmo disfruté fueron aquellos que me dieron pretexto de meterte algo más que mis dedos en la puchita, para que así tú misma los experimentaras.

Recordarás que exploramos desde los óvulos vaginales hasta el diafragma, no olvidando el DIU, que bien supiste resguardar dentro de ti por un día completo sin que tu mamá se enterase. Ups, es cierto, así rompimos tu himen de forma accidental. Lo siento, créeme. Pero te portaste muy valiente al haber tolerado aquello sin entrar en pánico y te lo reconozco.

Ja ja, y la vez que procedimos con el condón. Nunca olvidaré la cara que pusiste cuando viste un pene por primera vez en tu vida. En relación a tu cara parecía enorme. Sí, aquella vez no pude resistirme y te di unas cachetadas con él, ja ja. Luego te pedí que me lo besaras. Te lo introduje en la boca con gran placer pues la carne es débil y no permanecí indemne ante esa boquita tuya. Conociste así su textura y esponjosidad; su dureza y flexibilidad. La magia que hay en la erección masculina.

Y una vez enfundado, calificaste mi pene de salchicha empaquetada; “empaquetada para su venta individual…” Algo así dijiste.

Cómo disfrutamos aquella tarde.

Tercera etapa: Para este momento ya había franca interacción sexual entre nosotros, aunque sólo se limitaba a lo oral. Yo te metía lengua en aquel hueco virginal y tú me lo mamabas, ya con cierta destreza.

Para esos días, ya aventajabas a tus compañeras en muchos aspectos, y no hablo sólo del sexo, pues eras notablemente más listilla que cualquier otra.

Mientras más conversábamos más notaba tu crecimiento, ya no hablabas con la simpleza de antes.

Las conversaciones sobre cómo estuvo tu día; sobre aquél pesado maestro o aquella maestra insufrible, eran ya de una persona adulta; capaz de hacer una crítica con razonamientos y no sólo emociones. Oírte era totalmente disfrutable, gozoso. Y no sólo porque conversábamos mientras hacíamos el sexo, sino porque nos gozábamos en más de un aspecto. Era des-estresante para ambos tenernos el uno al otro, presumo.

Podíamos darnos el gusto de disfrutarnos físicamente, a la vez que yo te brindaba algún consejo de cómo resolver cierto proyecto, y así fuiste, la más de las veces, la cabecilla del equipo escolar más aventajado de tu generación; la chica del cuadro de honor por excelencia.

Para ese tiempo ya me atrevía a hacerte chupetones en todo el cuerpo, aunque sin descuidar que no fueran del todo evidentes. A ti no te importaba rasguñarme y morderme, maliciosa gatita en celo (como así te decía).

Qué rico cachondeábamos y nos revolcábamos desnudos en la cama, sin necesidad de penetración. Tu cuerpo era tan habilidoso que no había necesidad de ello. Cuántas veces me vine entre tus muslos, después de habérmelos cogido friccionando mi pene entre ambos. Fue realmente hermoso, pese a que a ti te daba repulsión el que te dejara embarrada (“!Giugh… qué asco!”, me gritabas). Yo, en cambio, disfrutaba dejar aquello secar entre nosotros para, después, y ya al separarnos, percibir cómo nuestra piel adherida se despegaba.

Cuarta etapa: Por fin había llegado el momento. Luego de platicarlo y llegar a un acuerdo, aceptaste que me viniera en tu boquita. Cosa que reconozco, a ti te daba aversión, así que te lo agradezco enormemente, pues sabía muy bien sobre las nauseas que originalmente te causaba, pero para mí era importante.

Como te dije, para mí era un acto muy significativo entre nosotros, pues así te compartía mi semilla, parte de mi propia vida que te depositaría para que tú tragaras. Yo formaría parte tuya así como tú ya formabas parte de mí. Ese sería nuestro acto privado de comunión.

Luego de eso, ambos sabíamos lo que vendría: Te introduciría mi falo en tu vagina de muchacha traviesa para convertirte en mujer.

Hice los preparativos. Compré prendas íntimas comestibles; aceites; lubricantes; preservativos ultra delgados y de variados sabores, además de diferentes vibradores para estimular distintas áreas de tu cuerpo al mismo tiempo.

Tenía intenciones de ponerte a punto antes de metértela por vez primera.

Dudé en cómo desquintarte. Es decir, qué posición abordaríamos cuando te lo introdujera por primera vez. Tuve tremendas tribulaciones por decidir si lo haría de frente, con tus piernas bien abiertas y mirándote a los ojos para percibir cada detalle de tu cambio interno, o si tenerte en cuatro, con un espejo justo frente a ti para mirar la expresión de tu rostro. Deseaba ver qué cara pondrías mientras te lamía desde detrás, lubricando el acceso por donde me introduciría. Luego, pensaba darte una paseada de verga por toda tu raja para así dártela a desear.

Ya podía ver todas las expresiones de tu rostro que tu inocencia podría brindarme.

Pero, ¿qué pasó entonces?

Hablaste conmigo muy seriamente. Te habías enamorado de alguien más. “No, no es sólo un flechazo puberto y pasajero”, me dijiste. Estabas verdaderamente enamorada.

Y yo verdaderamente encabronado, no lo negaré. Me puse furioso, encabronadamente furioso, si puedo enfatizarlo.

Tanto esfuerzo, tanta dedicación y tanta paciencia para esto.

Pero sí. Tú me lo hiciste ver. Ya no eras la misma chica que en un principio conocí. Habías cambiado. No sólo dejaste de pensar ingenuamente, sino que ahora eras una persona con criterio propio y con bases para tomar tus propias decisiones. Descubrí que ya eras una mujer. Toda una mujer.

Y ni hablar, me arrojaste mis propios argumentos a la cara: “Ser una mujer no sólo se trata de haber llegado a cierta edad, sino contar con la reflexión y madurez necesaria para tomar tus propias decisiones…” y sí, tenías todo el derecho para relacionarte con quien tu quisieras. Tenías todo el derecho de amar.

Luego me diste un beso y te vi partir. Sabiendo que se habían acabado nuestros días más felices, o por lo menos los más dichosos para mí, me sentí a punto del llanto, ahora puedo confesártelo. Sin embargo, cuando te volteaste a verme con esa sonrisa de pícara diablilla que iluminaba tu rostro, y te levantaste la falda, me sacaste una sonrisa.

En ese momento supe que, después de todo, había dejado algo indeleble en ti. Nunca me dejarías en realidad, siempre me llevarías contigo y… quién sabe. Tal vez no ha sido el adiós del todo.

Hasta nuestro próximo encuentro.

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