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Hijas del Sol Naciente p1

relato encontrado “Las Hijas del Sol Naciente”

La siguiente historia se desarrolla en un hipotético futuro, en el que la sociedad es completamente diferente a la actual. Ahora son las mujeres las que controlan el mundo, y el hombre ha quedado relegado a un papel secundario; todo comenzó en torno al año 203X, cuando la mayoría de los dirigentes mundiales comenzaron a ser sustituidos progresivamente por mujeres. Pronto la gestión llevada a cabo por éstas se mostró mucho mejor. El hambre y la pobreza desaparecieron de la tierra, y con ellos las guerras. También las enfermedades pudieron ser combatidas con mucha más eficacia, de tal forma que en la actualidad la esperanza de vida en todo el planeta ha aumentado enormemente.
Pero al pasar el tiempo, la mayor influencia de las mujeres se convirtió en una total supremacía, de modo que en la actualidad la diferencia entre ambos sexos es mucho más importante de lo que lo fue en ningún momento de la historia. Los matrimonios entre hombres y mujeres prácticamente han desparecido, y sólo el matrimonio entre dos mujeres se considera socialmente aceptable, mientras que la reproducción por medios naturales ha sido sustituida por sofisticadas técnicas artificiales. Los niños son tratados por igual hasta la pubertad, recibiendo una educación básica, pero después son considerados como inferiores. El hombre se ha convertido en un juguete para la diversión de las mujeres, en un sirviente. La venta de esclavos es una práctica extendida en todo el mundo, pero la ley no permite que una mujer posea más de un esclavo, ya que la población de mujeres es mucho más numerosa.
* * *
Mi tercera ama fue una chica dieciséis años; estuve con ella dos años, pero cuando cumplió los dieciocho decidió casarse con su novia, y ella como condición la obligó a venderme. El mercado más cercano es el de M, así que hasta allí me llevó, con la única compañía de mi documentación, una túnica blanca para cubrirme, y mi correa.
El mercado de M, como cualquiera que haya estado en él sabe, es una gigantesca nave que en otro tiempo fue un importante centro comercial. Cuando éste, como tantos otros, cerró (consecuencia inevitable de la desaparición de la clase media), se consideró que la infraestructura era demasiado buena como para derribar el edificio sin más, así que decidieron convertirlo en un mercado de esclavos, ya que en aquella época había una gran demanda de ellos. Era la primera vez que entraba en él, y la segunda que iba a un mercado.
Entré al servicio de mi primera ama nada más salir de la escuela, y ella me regaló a la segunda como agradecimiento por un servicio prestado, del que yo nunca supe más. Después mi segunda dueña tuvo que irse a vivir a otro continente, y decidió que era mejor venderme que llevarme consigo, y esa fue la primera vez que vi un mercado, y cuando conocí a mi tercera ama. Era una muchacha recién salida de un caro internado, y sus madres la llevaron al mercado para comprar el esclavo que más le gustara. Me eligió a mí, y pasé los dos siguientes años con ella. Era una preciosa chica, con una larga melena lisa y rubia, ojos azules, alta, y de piernas larguísimas. Sólo en una ocasión se me permitió verla desnuda; su piel era clara, sin un sólo defecto, y tenía el cuerpo completamente rasurado. Sus pechos eran de tamaño mediano, redondos, y sus pezones abultados apenas se diferenciaban por su color del resto de su piel. Aquella imagen fugaz fue suficiente como pago a mis servicios por aquellos dos años, y me acompañó durante numerosas noches solitarias en mi celda. Lamenté enormemente separarme de ella. En total seis años de servicio junto a mis diferentes amas.
El caso es que allí estaba yo, en un puesto libre del mercado, y al mirar a un lado o a otro sólo podía ver grupos de mujeres rodeando a los esclavos de los puestos de al lado. También a mi puesto se acercaron varias mujeres interesándose por mí. No obstante, el precio las desanimaba. Yo soy un esclavo muy joven y con mucha experiencia, y creo que soy bastante atractivo, así que mi dueña esperaba obtener mucho por mí. Una de aquellas mujeres incluso llegó a pedir que me desnudara. Por orden de mi ama me deshice de la túnica y mostré mi cuerpo. La mujer de nuevo se marchó al conocer mi precio.

– Yo no me quiero deshacer de tí. – me dijo mi ama – Has sido un buen esclavo, obediente, complaciente, y estoy muy contenta con tu servicio. Pero María no deja que me quede contigo. Es muy celosa, y piensa que me gustas demasiado. Sólo quiere que me acueste con ella.

– No importa ama. Soy tu esclavo, y puedes hacer conmigo lo que más te plazca. He disfrutado mucho sirviéndote.

Así pasó el día. Habíamos llegado al mercado a las 8:30, pero la que sería mi nueva dueña no apareció hasta que fue de noche. En medio del tumulto de la gente, vimos aparecer una comitiva de mujeres trajeadas, que parecían las guardaespaldas de la que iba en el centro de ellas. Esta última iba vestida con un kimono que ocultaba su cuerpo hasta el cuello. Sus manos quedaban escondidas bajo las mangas del kimono, y sus pies estaban calzados con unas sandalias típicas japonesas, que dejaban ver las medias blancas sobre sus pies; así, lo único que se veía de ellas era la cara. Parecía muy joven, como de unos quince o dieciséis años, aunque en su mirada había un aire de dignidad que hacía pensar que fuese de sangre azul. Por lo demás era muy hermosa; su cara era ovalada, y sus ojos, a pesar de los rasgos orientales, eran grandes, de color marrón muy oscuro, casi negro. Su boca era estrecha, pero tenía unos labios gruesos y carnosos, pintados de un color rosa claro, blanquecino. Tenía una nariz muy diferente a lo que suele ser lo normal en las asiáticas, gruesa, achatada, pero de una belleza extraordinaria. Sus cejas estrechas, arqueadas, aumentaban el aire de gravedad de su rostro. El conjunto quedaba completado por una larga melena lisa y castaña, que caía sobre sus hombros lánguidamente. Los únicos adornos que llevaba eran unos largos pendientes de cristales de colores, y un finísimo collar de oro.
A pesar del numeroso séquito que la seguía, fue ella misma quien se dirigió a mi ama, hablando con un acento tan perfecto que hubiera sido imposible adivinar que era extranjera:

– Este esclavo es joven, y hermoso. ¿Por qué te deshaces de él? ¿Acaso es desobediente?

– Al contrario, es muy sumiso, y jamás he tenido que castigarle. Pero estoy a punto de casarme, y mi prometida no quiere que tenga un esclavo. Tiene celos.

– ¿Cuánto tiempo lleva contigo?

– Dos años; fue mi regalo de cumpleaños cuando cumplí 16.

– ¿Sólo dos años? ¿Y antes de ti?

– Tiene experiencia. Es esclavo desde los 16.

– Déjame ver su cuerpo.

– Ya la has oído. Desnúdate.
Obedecí al instante, volviendo a despojarme de mi túnica. La princesa japonesa me observó detenidamente, dando varias vueltas a mi alrededor.

– Está completamente depilado…

– Sí. El mismo se depila todas las semanas. Todo el cuerpo. El pecho, las piernas, las axilas, todo…

– Conmigo lo harás dos veces por semana. Bien. Veremos si eres tan obediente como dice tu ama. Me lo quedo. ¡Makoto!, encárgate de todo el papeleo.
Enseguida una de aquellas mujeres vestidas con traje y corbata se acercó; también era japonesa. Mientras ellas y mi antigua dueña se fueron a parte para arreglar los detalles de la compra, la princesa siguió hablándome.

– Soy hija de una importante mujer de negocios japonesa. Miembro de la nobleza. Yo misma tengo el título de princesa desde que el año pasado cumplí catorce años. Los negocios de mi madre nos van a obligar a pasar cuatro años en este país. Desde ahora eres mi esclavo. Debes obedecer mis órdenes, y contestar siempre “ama”. ¿Lo has entendido?

– Si, ama.

– Bien, en mi país la disciplina es fundamental. Tu anterior dueña me ha dicho que jamás te ha castigado; pero yo soy más dura. Mis normas son más estrictas y mis castigos más severos. Pero también puedo ser muy generosa con mis recompensas.

Una vez finalizados los trámites, mi antigua ama le entregó mi correa a la princesa, lo cuál simbolizaba que era ya de su propiedad. Salí del mercado junto a aquella comitiva, custodiado por dos de aquellas mujeres. Montamos en una enorme limusina negra, y me condujeron hasta una apartada mansión en la misma M***. Era un edificio imponente, en cuya fachada principal llegué a contar hasta 100 ventanas, muchas de las cuales daban a elegantes balcones enrejados. Bajamos del coche, y fui conducido a través de un enorme jardín lleno de flores exóticas hasta la entrada a las casa, una gigantesca puerta de madera a la que se accedía subiendo tres escalones de mármol blanco con forma de media luna. Allí los árboles no estorbaban la vista, y de noche como era pude ver el precioso jardín, con sus numerosas fuentes en cuyos centros se observaban esculturas de mármol de todo tipo. Además de las numerosas flores de todos los lugares del mundo, el verde césped quedaba salpicado aquí y allá por arbustos, árboles, y exquisitas esculturas.
Entramos, y la puerta se cerró tras de mí. Enseguida la guardia se retiró, y quedé en el recibidor acompañado sólo de la princesa y de Makoto.

– En esta casa estarás siempre desnudo. Sólo llevarás ropa cuando se te permita excepcionalmente. Makoto te llevará hasta tu celda. Ella es mi ayudante personal, y mi mujer de confianza. Debes obedecerla en todo como si de mí misma se tratase.

Diciendo esto, se retiró. Makoto desató mi cinturón, y me quitó la túnica. Después tomó mi correa, que la princesa le había confiado, me dijo que me arrodillase, y la ató en torno a mi cuello. Así me condujo hasta mi cuarto, caminando a gatas en pos de ella. Atravesamos el recibidor y bajamos por unas escaleras de mármol hacia el sótano. El suelo estaba helado, y deseé que mi cuarto tuviera moqueta. Llegamos a un largo corredor, y tuvimos que caminar por él hasta el final, donde llegamos hasta una pesada puerta de madera, que Makoto abrió. Me quitó la correa y me hizo pasar, cerrando la puerta con llave cuando hube entrado. Por suerte el suelo era de madera, y estaba a la temperatura adecuada. Eché un vistazo en torno al cuarto. Tendría unos seis metros de ancho por siete de largo. En él el único mueble era una cama muy ancha, cubierta sólo por una sábana y una colcha. Además, la única ventana era una estrecha claraboya demasiado alta como para mirar al exterior, protegida además por una reja. Opté entonces por tumbarme en la cama, y tapándome con la colcha, me dormí.

A la mañana siguiente me despertó el ruido de la llave en el cerrojo de la puerta. Apareció Makoto, vestida con un traje similar al del día anterior, y con mi correa en la mano. Vamos. Ya es la 1. Hora de comer para tí. Había dormido mucho; supongo que estaba cansado del día anterior, cuando me estuve despidiendo de mi antigua ama, luego el viaje hasta M, el haberme ido a la cama tan tarde…
A gatas y con mi correa al cuello, seguí a Makoto deshaciendo el camino del día anterior. De nuevo pude sentir el frío del mármol en mis manos y mis rodillas. Una vez en el recibidor, fui conducido a una sala contigua, donde me esperaba la princesa. Ya no llevaba el aparatoso kimono que lucía cuando me compró, sino que en su lugar cubría su cuerpo una delgada bata blanca de seda, que dejaba ver sus rodillas e incluso parte de sus muslos. También mostraba un generoso escote que insinuaba sus pechos pequeños, erguidos, tersos. Su postura desgarbada sobre el sillón, con las piernas cruzadas sobre el apoyabrazos de éste le daban un cierto aire infantil, acentuado por las piernas un tanto regordetas y las rodillas como las de una chiquilla de aquella niña-mujer. También pude ver por primera vez sus manos; sus dedos eran delgados y alargados, y sus uñas, cortas, estaban pintadas de color dorado. No llevaba anillos, pero sí lucía unas hermosas pulseritas plateadas en su muñeca derecha.

– Es hora de comer.

– Sí, ama.

Inmediatamente apareció una criada pequeñita, que sin levantar la cabeza dejó un bol en el suelo, a los pies de la princesa, y se marchó tan rápido como había venido. Ella me dijo que me acercara con un leve movimiento de su brazo. Miré el interior del bol. Eran espaguetis con tomate.

– Come. – Me dijo. E introdujo sus dos pies en el bol. Metí la cabeza entera, y empecé a comer con ansia, llenándome la boca de pasta. – ¿Vas a dejar la comida que hay junto a mis dedos? – me dijo. – No, ama.- Entonces saqué la lengua, y lamí sus pies de arriba a abajo, luego en círculos. Cogía mi comida con la lengua y la ponía sobre sus pies, luego la sacaba de ellos de largos lengüetazos, para masticarla y tragármela; así vacié todo el plato. Después mi princesa levantó los pies, y pude lamer sus delicadas plantas, pasando mi lengua una y otra vez hasta no dejar ni rastro de comida. Después repetí la operación con sus empeines, y luego con la parte superior, pero dejé el postre para el final. Cuando la mayor parte de sus pies estaba empapada con mi saliva, me introduje sus dedos en la boca, uno por uno, rozándolos con mi lengua, que pasaba después entre sus dedos para meterme en la boca otro de ellos.
El placer que aquello me producía es indescriptible. Podía notar los pequeños dedos de la princesa retorcerse rítmicamente en el interior de mi boca, y su piel suave y caliente dejaba un exquisito sabor salado en mi paladar. Sin osar levantar la cabeza miraba sus delicados tobillos, los veía girar sobre sí mismos, doblarse para estirarse. Mientras tanto mi lengua recorría todos los rincones de aquellos maravillosos pies, buscaba en sus ocultos escondrijos la fuente de todos los placeres, los masajeaba, los saboreaba, casi los devoraba. Podía oir la respiración entrecortada de la princesa, los suspiros que trataban de escaparse desde su garganta, pero que quedaban aprisionados entre sus labios siempre cerrados, con su expresión severa inmutable. Se estaba excitando.
Con un suave gesto la princesa empujó su pie hacia el interior de mi boca, introduciéndolo lentamente en ella hasta casi la mitad. Mi boca se había llenado de pronto con aquel aroma fresco y salado, y ahora mi lengua recorría en círculos la planta de su pie, extraordinariamente suave, llenando con mi saliva aquella piel de seda. Lentamente, con calma, la princesa empezó a sacar su pie para volver a introducirlo inmediatamente, con la misma exquisita suavidad. Así siguió por un tiempo, bombeando su pie dentro de mi boca. Sus movimientos expertos, tan gráciles y refinados eran desde luego impropios de una muchacha de su edad, y dejaban adivinar un enorme refinamiento en su educación.
Cuando se hubo cansado de aquel juego, retiró su pie. Yo bajé la cabeza para mostrarle mi respeto, y quedé a gatas y con la cara apoyada en el suelo. Ella puso su pie derecho sobre mi cabeza y dijo:

– Debes de tener sed. – Y en aquel momento apareció la misma sirvienta que había traído mi comida, y dejo un bol de agua a los pies de mi señora, llevándose consigo el otro, ya vacío. De nuevo se repitió la escena, y bebí de entre sus dedos hasta saciarme, mientras notaba cómo su respiración iba a más. Cuando hube terminado, la princesa se puso en pie, y por primera vez miré hacia arriba. La bata había caído ya sobre sus rodillas, que quedaron ocultas. También cayó más su escote, que ahora dejaba ver la práctica totalidad de su pecho izquierdo, del que sólo un abultado pezón quedaba resguardado de la vista. Su melena castaña le caía sobre la cara, tapando la mitad de su cara, lo que le daba un aire salvaje. Me miró sólo un momento, y dijo: – Makoto, encárgate de él -. Se dio la vuelta y atravesó la inmensa habitación hasta una puerta en un lateral, mientras yo observaba el hipnótico vaivén de sus caderas perfectamente formadas y la redondez de sus glúteos, que la delgadísima bata marcaba por completo. Y quedé a solas con Makoto.

– La princesa ya te explicó ayer que en nuestro país de origen las normas son mucho más estrictas. Tú eres un recién llegado, y debes ganarte nuestra confianza. He recibido órdenes de mi señora de convertirte en un siervo disciplinado. Por eso, hasta que no demuestres ser un esclavo fiel, obediente, y leal, recibirás todos los días diez latigazos que yo misma te daré. ¿Lo has comprendido?

– Si, ama. Gracias por enseñarme.

Me hizo una seña para que me levantase, y me condujo a través del recibidor, por las escaleras, y luego por el corredor que llevaba a mi cuarto, esta vez de pie, hasta otra de las habitaciones de ese mismo pasillo. Una vez abierta la puerta de madera, me hizo pasar y dio la luz. El cuarto era del mismo tamaño que el mío, pero no había ninguna ventana, y las paredes eran de ladrillo. No había ningún mueble, y sólo se distinguían en aquellas paredes un par de argollas en la pared frente a la puerta y un látigo de cuero colgado junto a ellas. Me hizo levantar los brazos, y sujetó mis muñecas a aquellas argollas. Después tomó el látigo y se alejó unos pasos. Oí cómo se quitaba la chaqueta de su traje.
Inmediatamente comencé a sentir los golpes; caían en mi espalda, en mis piernas, en mis glúteos. Pensé que Makoto debía de tener experiencia en ese trabajo. Cada latigazo me producía un estremecimiento, quemaba mi piel; tras el picor inicial que producía cada golpe, entre latigazo y latigazo, sentía un creciente escozor que pronto se hacía insoportable, hasta hacerme gritar. Justo entonces llegaba un nuevo golpe, esta vez en los glúteos, que me causaba un vivo dolor. Makoto estaba empleando toda su fuerza, y era implacable en su trabajo. Por fin acabó mi castigo, y Makoto se acercó, no sin antes volver a ponerse su chaqueta. Noté cómo su lengua acariciaba una de las marcas en mi espalda mientras me desataba. Agotado, me condujo hasta un nuevo cuarto de la mansión, donde una sirvienta curó mis heridas y pude lavarme. Después me volvieron a llevar a mi cuarto, donde descansé hasta la noche…

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