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Goce profundo

¿Quieres probar el goce profundo?
Tu cuerpo está palpitando de deseo, noto tu ansiedad, que no es menor que la mía. Debo controlarme, necesito algo de cordura antes de que el instinto me obligue a abalanzarme sobre ti.

El espectáculo de tus muslos abiertos, de tus nalgas abiertas por tus manos y el oscuro agujero de tu ano, contrayéndose y guiñándome su ojo ciego, hacen que me enardezca, me excite hasta casi olvidar la ternura. Algo en mí desea tomarte con violencia, sin miramientos. Quiere que te penetre sin más, hasta satisfacer salvajemente el deseo que dirige mi entrepierna, que levanta mi pene como el hocico de un depredador, buscando una presa, amenazando un estallido de violencia seguido de silencio y de olvido.

Pero la suavidad de tus costados, la piel perlada de sudor de tu espalda, la mirada que me dirigen tus ojos entre el pelo desordenado, tu boca entreabierta, me dan la clave para que la cordura vuelva a mí. Me hace sentirte como compañero, no como el simple objeto de mi pasión. Y a la vez me desvela tu imagen de hombre anhelante, de hombre deseoso de ser amado.

Te abrazo en el sofá. Te pegas a mis labios como si fuera el último acto que fueras a cometer en esta vida. Nuestras lenguas se enroscan y restallan, nuestras bocas buscan absorber al otro. Te tomo en mis brazos y te levanto, adelantando mi pelvis y pegando mi pene a tu vientre.

Alzas las piernas y rodeas con ellas mi cintura, por encima de mis caderas. Siento la humedad y dureza de tu polla chocando con la mía. La bajo y resbala por el canal de tus nalgas sesteando entre ellas, quizás tocando levemente el botón oscuro de tu ano.

Me muerdes en el hombro y clavas tus dientes sin piedad. Lo que normalmente sería una salvajada mi cuerpo lo analiza como una parte del ritual amatorio y, en vez de provocar un rechazo, reconozco la señal de la pasión que te embarga y me calienta aún más.

Clavo mis dedos en tus nalgas y te alzo más arriba. Giro y camino por el salón llevándote como una pluma. En el pasillo, aplasto tu cuerpo contra la pared y mi pecho se funde con el tuyo, como si quisiera romper tus huesos. En realidad, lo que quiero es fundirme contigo, visceralmente, mi carne, mi piel, mi sexo, la miel de mis entrañas…

Me muerdes otra vez y hasta me tiras del pelo en descontrolado frenesí. Recorres mi cuello con tus labios y buscas mi oreja. Siento tu respiración agitada y ronca. Separo tus nalgas. En mi mente imagino tu ano abriéndose como una flor en primavera, dejando escapar gotas de rocío, de ese lubricante que te he aplicado, que me hn ayudado a dilatarte con mis dedos.

Me vuelve loco la imagen de tu culito. Te llevo por el pasillo, golpeándonos con las paredes, camino al dormitorio. La cama, grande, vacía, con la ropa desordenada, nos espera. Es la meta donde te voy a depositar.
Te dejo caer en ella y el somier cruje por el impacto. De inmediato me tumbo sobre ti y busco tus labios, los muerdo, meto mi lengua en tu boca, repaso tus dientes, lamo la parte interior de tu labio superior… Mientras los dedos de una de mis manos pellizcan tus pezones y con la otra tomo posesión de tu polla.

Un fuerte gemido escapa de tu boca. Tu espalda se arquea y formas un puente en el colchón, los talones y tu cabeza son las únicas partes que contactan con la cama. Mi peso te empuja hacia abajo. La urgencia de mi polla se hace insoportable. Levanto tus piernas, llevo tus rodillas hasta los hombros. Tu pecho se agita por el deseo, tus pezones están erectos y duros.

Ahora tu polla es una invitación prominente. Me la muestras esperando que desee meterla en mi boca. Y lo deseo, vaya si lo deseo. Me miras y tu mirada se vuelve lasciva, invitándome a probar.

¿Te gusta…? – preguntas con voz ronca, y proyectas tu pelvis hacia delante, enarbolando la cabeza casi morada de tu pene al viento.

¿Chuparte o penetrarte? Esa es la cuestión. Deseo amabas cosas por igual, pero hoy me has pedido que te penetre y ese es mi objetivo.

Meto mi pulgar derecho en tu boca. Lo chupas como si fuera una polla. Lo llenas de saliva, tu lengua culebrea en torno suyo. Lo saco y lo dirijo a tu culo. Penetro tu ano lentamente con él. Un gutural gemido escapa de tus labios mientras cierras los ojos…

Podría penetrarte desde atrás, a cuatro patas, pero quiero ver tu cara cuando desvirgue tu ano… quiero penetrarte de frente, quiero ver el capullo de tu polla destilando líquido, quiero ver cómo se tensa y apuntando hacia tu vientre, quiero ver tus huevos colgando sobre tu ano, quiero ver mi polla dentro de ti, entrando y saliendo, quiero que ambos nos fundamos formando un solo cuerpo…

Escupo en la palma de mi mano, pero mi boca está casi seca por la excitación; mi respiración es agitada, como si hubiera hecho un tremendo esfuerzo. Lo he hecho hace un rato, cuando te cargaba por el pasillo, pero te sentía ligero como una pluma. No, no tiene nada que ver con el cansancio, lo sé, sino con el deseo casi mortal que me inunda.

Llevo a mi verga la poca saliva que he podido reunir y cubro con ella la cabeza de mi sexo. Todo el glande aparece muy hinchado, rojo, a punto de estallar.

Te das cuenta de que ha llegado el momento que deseabas. Hay un destello de miedo en tu mirada, pero también de determinación y urgencia.

Pasas las manos por tus corvas y mantienes las piernas alzadas, medio abiertas. Es la postura de las mujeres en el parto. Pero tú no vas a parir, soy yo quien va a penetrarte; voy a recorrer el camino interior de tu culo, desde tu agujero externo hasta a lo más profundo de tus entrañas.

Tomo mi verga y la dirijo a la entrada. Tu ano forma una pequeña “o”, quizás demasiado pequeña para lo que se le viene encima. Apoyo justo la punta y jugueteo con ella, la restregó una y otra vez por la abertura. Trato de dilatar un poco más tu agujero, de relajarlo, de hacerlo más receptivo. Comienza a expeler unos hilillos de líquido viscoso, caliente. Unto tu entrada con él. Presiono levemente. Más, un poco más. El esfínter comienza a ceder, se abre. Noto como mi glande queda aprisionado un momento. Insisto en la presión. ¡Qué placer sentir el beso de tu anillo sobre él! Resbala hacia dentro. Desaparece de mi vista casi en su totalidad. Tu cuerpo se tensa. Es el primer chispazo de dolor y de sorpresa. La invasión continúa muy despacio. Sé que es difícil recibirme, pero sé lo que estás deseando. Una capa de sudor en tu frente y sobre tus labios me dice que te esfuerzas por no gritar. Yo lo hago por no correrme. Cierras tus ojos brevemente y levantas aún más las piernas. Dejas más expuesto y abierto tu ano. Aprietas los dientes y gruñes:

– Entra… sí, entra…, fóllame el culo…

Aprieto un poco más y rompo, al fin, todo tipo de resistencia. El glande está totalmente dentro. Lo ha hecho lentamente, pero ya está ahí. Noto una convulsión en tu recto. Tu esfínter se dilata todo lo que puede (por ahora). Es el momento crítico, lo sé, duele. Ahora es cuando en tu mente una voz pide desesperadamente que salga, que me retire, que la tortura acabe. Tu polla ha perdido ahora toda su tensión. Sin embargo, otra tensión va creciendo en intensidad, es algo que se sobrepone al dolor y al instinto de conservación, algo que pide aguantar. La sensación de estar abierto, con mi polla rellenando tu culo es agradable. Lo vas notando. Te relajas y empiezas a sentirte bien. Te gusta. Lo sé por experiencia. Pronto desearas que el juego continúe, que mi sexo te llene por completo; me pedirás por favor que entierre toda mi polla en tu interior.

Te miro fijamente a los ojos. Espero tu decisión. Y tu mirada me dice… ¡adelante!

Entro un poco más, muy despacio, intentando que tu angosto conducto se adapte a mi volumen. Paro. Me retiro apenas medio centímetro. Noto la presión de colocas tus manos sobre mis muslos para que pare un momento. Unos segundos después, cuando las paredes se relajan, tiras de mí y empujo de nuevo. Un grito ahogado escapa de tu garganta, mitad dolor, mitad triunfo. Te anuncio que más de la mitad de mi polla está ya dentro de ti. La imagen es excitante. Miras para comprobarlo. Noto que te gusta verte así, enculado.

Aún no estás preparado para sentir placer con la penetración anal. Eso lleva tiempo. Pero en este momento puede en ti la aventura y el morbo de estar siendo perforado, de iniciar un nuevo camino en tus juegos sexuales. Quieres probar, sabes que algún un día lo disfrutarás tanto como yo cuando eres tú el que ocupas mi puesto. Yo sé que ahora está doliéndote, más de lo que imaginabas cuando decidiste que lo hiciera. Nos dijeron que esto es sucio; que sólo debe usarse para una función “natural” de expulsión de heces, que sólo las putas y los maricones desean ser enculados, pero lo hemos superado. Tu instinto femenino está triunfando y con una mirada directa me pides más, qué entre más profundo, qué estás superando el dolor…

Tus manos en mis muslos marcan el ritmo. Yo obedezco. Y te penetro, más adentro, más profundo… Mis huevos ya chocan contra tus nalgas. Rebotan contra ellas en cada sacudida.Y salgo de nuevo, para volver a entrar. Sin prisa, sin pausa. Solo se oye el chapoteo y los golpes de mi pelvis contra tu culo, los golpes de mis caderas sudorosas contra tus nalgas.

Suspiras. Gimes. Parece que te falta el aire. Estás gozando.

Acaricio tu polla. Tiro de la piel para poner al descubierto tu glande. Bajo y subo varias veces este capuchón al ritmo de mis embestidas. Vuelve a hincharse poco a poco, a sentirse turgente. En unos minutos, logrará estar más dura y más grande que nunca Y más jugosa y ardiente que nunca.

Tu cuerpo se empieza a mover, muy despacio, reacciona ante los dos estímulos contradictorios: el fuego placentero en tu polla y el fuego lacerante en tu ano.

Ninguno es más fuerte que el otro, son distintos, pero en tu cabeza se están uniendo y ya pierdes la conciencia del origen de las sensaciones. El morbo de sentir tu culo penetrado se engarza sobre el placer que te proporciona tu glande y tu polla, hasta que el dolor en tu ano pasa a un segundo plano. Ahora participas de las embestidas. Empujas tus caderas para que tus nalgas vayan al encuentro de las mías, para que el ya dilatado agujero de tu ano se deslice por el tronco de mi polla, como si de un tobogán se tratara. Un orgasmo pequeñito quiere asomar en tu pecho. Y me pides que te de fuerte, que te folle sin contemplaciones, que no me importe hacerte daño.

Voy a llenarte el culo de leche, cariño, te susurro a la oreja al paso que te muerdo los labios.

Y esta sencilla frase hace rebosar tu instinto de macho caliente. La idea de mi leche llenando tu conducto trasero dispara el resorte. Una vez más la imaginación y el morbo dominan el cuerpo.

Se inicia un baile frenético entre nuestros cuerpos, al son que manda la música de los jadeos y del deseo. Mi verga se tensa, tratando de dar velocidad al baile. Sé que no va a aguantar por mucho tiempo esta coreografía de brazos y piernas retorcidos, de gestos de gozo, de éxtasis supremo por querer y no querer llegar, por querer prolongar al máximo el suplico… Y por fin se rinde, un grito sale de lo más profundo de mi ser y acto seguido deja escapar chorros de semen en tu interior, disparos intermitentes en la oscuridad de tu culo. Me corro y tú te corres, a borbotones, gritando y arañando mis brazos. Nuestras bocas se funden en un cálido beso queriendo absorber el uno el placer del otro. Y mientras nuestros orgasmos hacen que los cuerpos se retuerzan y convulsionen, ajenos a nuestra voluntad, siento la humedad entre nuestros vientres del cálido fruto de tu corrida, señas inequívoca del placer, de la pasión, del amor que estamos viviendo.

Cuando la calma vuelve a nuestros corazones te pregunto qué piensas ahora del sexo anal.

Me miras, me sonríes y me contestas: “quiero que me hagas sentir muchas veces este goce tan profundo”

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