Gemidos al amanecer

Realmente no sé hasta que punto gimo o no cuando follo, pero esto me recuerda una anécdota en la si que recuerdo hacerlo, aunque curiosamente no en el desarrollo de la práctica más dada a ello. A lo tonto he convertido tu pregunta en un mini relato erótico que no se si la contesta, pero me ha excitado mucho escribir…

Recuerdo un verano viajando por Extremo Oriente en el que dí con mis huesos en Japón, un país que siempre quise conocer y al que llegué via Filipinas con la intención de echar un vistazo rápido de unos diez días. Tras separarme de mi compañero de viaje en Tokyo y tras no pocas aventuras incluyendo sexo con japonesas y muchas otras cosas pretendía acabar mi periplo con una última visita en Kyoto, ciudad imperial muy apetecible, antes de desandar el camino via Filipinas y otros países. Una de esas primeras noches en Kyoto conocí a una chica española preciosa de 23 añitos, que estaba estudiando allí todo el año en plan intercambio, y tan solo un par de encuentros y un buen feeling fueron suficientes para citarla una mañana y convertirla en “mi guia” en la ciudad a todos los efectos, durante aquellos pocos días que me quedaban en Japón. Ella tenía novio en España y yo en principio me alojaba por mi cuenta en un ryokan local, pero trabamos amistad bien rápido y sin más dilación comencé a explorar la ciudad en inmejorable compañía.

Una de aquellas tardes de “turismo asistido” visitamos el pueblo de Arashiyama en las afueras de Kyoto, una auténtica preciosidad entre rural y urbano situado en un magnífico enclave entre el rio y las colinas boscosas. Vagabundeamos por allí dejándonos llevar por la tranquilidad del ambiente, disfrutando de la coqueta arquitectura y los preciosos jardines, del paisaje…Hasta que decidimos parar a descansar en un lugar especialmente hermoso, un pequeño campo de cultivo rodeado de colinas que sin ser especialmente recóndito ofrecía cierta intimidad y parecía adecuado para sentarse un rato. Nuestra única compañía era un anciano agricultor que segaba sus cultivos a la manera tradicional a unos metros y parecía no advertir nuestra presencia, así que nos tiramos a relajarnos un rato en tan bucólico paraje. No se si fué mi buena conexión con ella, su cercanía física sentada justo delante mio o el sugerente canto de los insectos en Agosto lo que me hizo ofrecerme a darle un masaje, a lo que ella accedió encantada. Así que me dispuse a trabajar su cuello y hombros con mis manos mientras los sonidos del bosque nos iban envolviendo poco a poco. También masajeé su cabeza y sus sienes con suavidad, quizás inconscientemente activando sus puntos erógenos, para volver de nuevo al punto de partida mientras crecía en mí el deseo de explorar nuevos territorios. Cuando le preguntaba si le gustaba ella contestaba muy bajito que sí, de alguna manera evitando romper el momento placentero que estaba experimentando. La situación me estaba excitando por momentos y ni siquiera el conocimiento de que ella tenía novio en España y yo le sacaba 13 años me hizo reflexionar y dejarla tranquila. En uno de esos momentos críticos en los que puede pasar cualquier cosa, y sin aviso previo, pasé mis manos bajo sus brazos y comencé a masajearle las tetas con toda naturalidad. Unas tetas jóvenes y firmes, probablemente en el mejor momento de su vida y lo suficientemente grandes para llenar mis manos. Comencé a trabajarlas con movimientos suaves y acompasados pero no tardé en aplicar una firmeza creciente mientras lo hacía, dejando a las claras de alguna manera que mis intenciones no eran tan inocentes como pudiera parecer al principio. A medida que me ponía cachondo empecé a mordisquear y chupetear su oreja, aumentando aún más la temperatura interior. Ella no decía nada, más allá de dejar caer la cabeza hacia adelante en actitud sumisa y placentera entrega, mientras yo besaba su cuello y seguía sobándole a conciencia. No hubo ningún tipo de intercambio verbal, solo creciente acción. Mis manos y mi cerebro iban llenándose de sensaciones y la tocaba como si no hubiera mañana, como si no quisiera dejar un solo centímetro sin ser explorado, apretado…La presencia del anciano agricultor y los sonidos de gong en un templo cercano no hacían sino aumentar mí excitación, y para ese momento ya tenía la polla tan dura como el bronce y las pelotas a punto de explotar.

Y entonces paré. No se si fué el hacerme consciente de su juventud, de la existencia de un novio de varios años (aunque tán lejano en la distancia), el respeto por el genius loci del lugar y la prudencia de evitar un numerito, o simplemente la egoísta sensación de que había sido suficiente para ser “la primera vez” y forzar la máquina podía estropear todo el asunto. De forma gradual aflojé la presión sobre sus senos, circunvale sus pezones sobre la camiseta con las puntas de mis dedos, quizás a modo de recordatorio, le dí un besito en el cuello y simplemente comenté;

-”Perdona, no he podido evitarlo.”

Un comienzo sencillo quizás, y casi infantil pensando en lo que nos tiene acostumbrados el mundo del porno. Pero con el tiempo descubrí que no podía haberlo hecho mejor, y que a mi manera había cruzado el Rubicon con esta chica.

La tarde prosiguió de forma tan memorable como había empezado; Comimos unos noodles frios apropiados para las altas temperaturas físicas y mentales, y luego estuvimos observando un estupendo espectáculo de pesca con gavilanes tradicional en el rio, al anochecer, casi por casualidad. Todo tán redondo…Quizás esa noche diéramos una vuelta por la noche en una de esas juergas de Kyoto tan divertidas, no lo recuerdo bien, el caso es que tras unos días de conocerle acabé durmiendo con ella por primera vez. Ella vivía en una pequeña residencia de estudiantes regentada por una entrañable anciana, en un humilde pero coqueto barrio obrero de Kyoto. No estaba permitido que nadie durmiera allí aparte de las chicas pero las reglas están para romperlas, supongo. Tras tomar alguna copa, escuchar algo de música y sobre todo reirnos mucho, ella me preparó un futón junto a su cama, dejando a las claras que aún no me había ganado mi premio del todo. Pero la experiencia de la tarde anterior no hacía más que quitarme el sueño y la visión de su tierno culito bajo las bragas en la penumbra no hacía sino endurecer mi miembro aún más si cabe, y aumentar mi deseo de penetrar a mi linda compañera de una vez por todas. Trás dar decenas de vueltas en la oscuridad, y aún a riesgo de m*****ar, me incorporé a su cama de un salto y me tumbé junto a ella, que me daba la espalda. Supongo que lo intenté de todas las formas pero ella no acababa de rendirse. Quizás la sombra de su novio era demasiada alargada o no quería entregarse tán pronto, quien sabe. Yo a estas alturas había perdido mi caballerosidad del todo y el lobo interior estaba en modo completo. En cualquier caso accedí a sus peticiones de dejarle dormir y poco a poco me entregué a los brazos de Orfeo no sin dificultad, oliendo su cuello y apretando mis durezsa contra su culito a modo de consuelo reprimido y declaración de intenciones. Era todo lo que me estaba permitido, ya que ni siquiera pude repetir el excitante masaje previo. Finalmente mis ojos se cerraron mientras abrigaba su cuerpo en posición fetal.

No recuerdo con exactitud los detalles del amanecer, pero os podría asegurar que mi polla seguía tan dura como la dejé y probablemente hice alguna última intentona mañanera a la desesperada mientras ella se desperazaba, nuevamente sin éxito. Probablemente bajase al 7eleven más cercano a comprar algo para preparar el desayuno a mi nueva compañera. Coemeríamos algo y tomaríamos unos tés para ir despertando, supongo. Aún cachondo como un perro dados los acontecimientos del día anterior, intentaba calmar mis deseos en pos de mantener esta nueva amistad y seguir disfrutando del viaje. Que tampoco soy un monstruo. Ya con el estómago lleno, probablemente cierta resaca y con la tranquilidad que ofrecen los viajes no planeados y sin fecha de caducidad, nos relajamos un rato antes de salir a explorar de nuevo. Ella se tumbó en mi futón de forma distendida y perezosa, apenas vestida con una camiseta y unas braguitas a modo de pijama. Quizás incluso oliera mi almohada mientras se restregaba como un gato, porque aunque la cama improvisada en el suelo apenas había sido usada un par de horas la noche anterior los calores del Agosto hacían sudar horrores. No sé lo que pasó realmente. Yo, de mientras, la observaba embelesado mientras me fumaba mi primer cigarro de liar del día sentado en una silla. Y entonces, como quien no quiere la cosa, ella me dijo, tumbada en el futón;

– “Tócame los pezones.”

Ése momento, ésas tres palabras tan inanes aparentemente, hicieron que algo explotará en mi cabeza con gran luminosidad, y el mundo pareció volverse del revés por un momento. Las puertas se habían abierto como por arte de magia y no pude menos que acercarme a su umbrál sin dudarlo un instante. Me abalancé sobre ella con suavidad, le subí la camiseta y apenás perdí un instante en observar la maravilla de pechos que tenía ante mí antes de llevármelos a la boca con irrefrenable avidez. Esas tetas que habían pasado la prueba del tacto digital con matrícula de honor, erán de repente todas para mí. No solo se me ofrecían en total libertad sin las barreras de la camiseta y el sujetador sino que además podía observarlas en toda su belleza juvenil. No solo se me permitía sucintamente palparlas con mis manos de manera inocente sino que se me exigía explícitamente que trabajara esos pezones a conciencia, que diera rienda suelta a mi imaginación con las manos, con los labios, con los dientes, con la lengua…Que sencillas son las cosas a veces que apenas puedo recordar algo tán excitante como una preciosa jovencita rindiéndose a sus deseos mientras pide a alguien 13 años mayor que juege con sus pezones. Toda la situación en sí, el in crescendo paulatino de mi lobo interior y mis deseos durante días desembocando en ese momento tán mágico;

– “Tócame los pezones.”

Unos preciosos pezones rosas con aureola perfecta culminando unas tetas también perfectas, cuyas puntas no tarde apenas un segundo en poner rojas como el carmin, erectas y duras como una alubia. Aquí es cuando comencé a gemir, a gemir como un lobo hambriento mientras le devoraba los pechos. Élla, tan excitada como yo o aún más, me pedía con voz entrecortada que tratará de no hacer ruido con mis gemidos, ya que mi presencia allí estaba prohibida. Pero su entrega era ya total, y ajena al relativo riesgo de la situación puso su cuerpo a mi total disposición para ser usado en la forma que dictara mi imaginación, que estaba ya absolutamente desbordada. Su novio parecía ya no existir, y como es lógico y normal no deje un centímetro de su cuerpo sin ser explorado por mi, por mis manos, por mi lengua…hasta que su excitación era ya incontenible. Entoces la penetré con violentas embestidas, vaya si lo hice, y me la follé con toda la pasión producto de varios días de tensiones acumuladas fantaseando con ese momento. Sin tapujos, a lo misionero, para no perder detalle de aquella “inocencia mancillada”, de la perversión de su deseo y el agridulce sabor de la traición dibujado en su bonita cara. Gimiendo como un perro sí, a pesar de sus entrecortadas advertencias, apenas balbuceadas entre sus propios gemidos de placer. La corrida, como os podéis imaginar, fué monumental. Épica incluso. Y aunque el objetivo improvisado era correrme sobre sus tetas, que fueron un poco el nudo gordiano de toda esta fantasía llevada a la realidad, la potencia de mi descarga no pudo evitar cubrirle la cara con mi leche en las primeras oleadas, y luego, por fin, las tetas, en las últimas pero todavía abundantes oleadas finales, mientrás ella restregaba mi semén por sus pezones y vientre de forma tan intuitiva como adorable.

A pesar de las advertencias, los gemidos al correrme tuvieron que oirse hasta en Kiyamachi…

Buff. Que gran polvo, creedme, y el primero de tantos con mi nueva compañera. Huelga decir que aquella misma noche cambié la fecha de mi vuelo a Manila y mis 10 días en Japón se convirtieron en 50, durante los que no solo pasé momentos maravillosos en gral. sino que también me proporcionaron experiencias sexuales inolvidables con ella, en los sitios más insospechados…Pero eso forma parte de futuros relatos, supongo.

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