Estrenando una tanga roja

Aquel jueves decidí darle una sorpresa a mi adorado Víctor, haciéndole una visita sorpresa en su oficina.
Era bastante temprano y pensé en darme una vuelta por un gran shopping para comprar algo de lencería erótica.
De repente vi algo en una vidriera que me encantó, Era una diminuta tanga de color rojo, con algunos volados que terminaban en un delgado hilo dental. La compré sin siquiera probármela…
Llegué al edificio de las oficinas de Víctor, Fui hasta el baño de damas y allí me puse la provocativa tanga roja…
Luego subí al cuarto piso y encontré que la secretaria de Víctor había salido a almorzar; entonces aproveché para colarme en la oficina.
Encontré a Víctor sentado frente a su escritorio, hablando por teléfono. Me senté delante de él y crucé mis piernas de manera provocativa; pero mi adorado esposo ni siquiera registró mi presencia.
Lo llamé por su nombre y entonces alzó la vista de sus papeles, tapando la boquilla del teléfono y diciéndome que enseguida estaría conmigo.
Permanecí un buen rato esperando que terminara de hablar por teléfono. Luego se levantó, me besó ligeramente en los labios y me dijo que lo esperara allí mismo, porque debía salir un momento a entrevistarse con sus jefes, pero solamente sería un minuto…
Al quedarme sola en aquel enorme despacho no supe qué hacer. Me levanté, atenué un poco las luces para tener más intimidad y me tumbé en el sofá.
Pasó tanto tiempo que me quedé adormilada boca abajo y sin sentido. Me despertó la puerta del despacho al abrirse y cerrarse de nuevo.
Yo estaba tumbada boca abajo y, creyendo que era mi marido quien acababa de entrar, me incorporé de tal suerte que me levanté la falda hasta la cintura y me puse a cuatro patas sobre el sofá, con lo cual le ofrecí una magnífica vista de mi redondeado trasero y mi nueva tanga roja metida entre mis cachetes.

Al notar que mi adorado Víctor no me decía nada, comencé a ronronear suavemente y le dije con mi tono más sensual de voz:
“Vas a dejar que esta cola pase hambre…?”
Mientras me contoneaba insinuante; continuaba el silencio detrás mío.

Entonces giré mi cabeza para mirar hacia la puerta de entrada.
Y quien estaba allí no era mi marido, sino el director del estudio…

Rápidamente me puse de pie y me bajé la falda, que me llegaba a medio muslo y giré para enfrentar a ese hombre maduro que sonreía.

“Podría mostrármelo otra vez…?”
Me quedé muda, sin entender lo que ese hombre decía…
“Que me lo muestre de nuevo, señora, Usted tiene un cuerpo increíble y me gustaría verlo otra vez…”

Tímidamente me bajé la cremallera del costado de la falda y dejé que resbalara hasta el suelo. Salí de su círculo y lo miré fijamente a los ojos. El hombre me miraba serio y se había acercado un poco a mí.

“Muy bien, señora, ahora gire y agáchese sin doblar las rodillas…”
Obedecí, sin poder entender por qué me encontraba tan sumisa con ese tipo, respondiendo a sus órdenes como un autómata…
Pero él tenía una voz tan sensual que ni pude ni quise resistirme. Estaba muy excitada, y más todavía pensando que mi marido podría regresar al despacho en cualquier momento y encontrarme sin la fada y delante de su jefe. Sentí que mi tanga se manchaba de humedad…

Empecé a humedecerme más y sentí mis flujos vaginales deslizándose por la cara interior de mis muslos…

Entonces el director se acercó a mi, se agachó y tomó entre sus dedos mi tanga roja, corriéndola a un lado. Luego me acarició suavemente el clítoris.

Yo me incorporé un poco para apoyarme en la mesa del escritorio, ya que sentí cómo me comenzaban a flaquear las piernas. Estaba tan caliente que ni me inmuté cuando me dio un par de palmadas en mis nalgas desnudas, todavía con el hilo dental entre sus dedos.

Entonces tomó la tanga por los costados y la fue deslizando hacia abajo lentamente mientras me pasaba la lengua por la raja de mi culo.
Cuando terminó de quitármela, supe que se la había guardado en un bolsillo como un recuerdo. Entonces me giré y, al verlo en cuclillas, con su cara a la altura de mi entrepierna, lo tomé por la nuca y le hundí su rostro dentro de mi pubis depilado y humedecido…

Él succionó mis labios vaginales con ansiedad, sediento, apretándome suavemente con sus labios, besándome y lamiéndome…
Cuando ya no pude aguantar más, lo separé de mi concha y me tumbé en el suelo boca arriba. El hombre se acostó entre mis muslos abiertos y comenzó a besarme el cuello; hasta que yo ya no pude más y le supliqué, entre sollozos, que me penetrara de una buena vez.

Se quitó la ropa, quedando solamente con su camisa entreabierta.
Me penetró con mucha facilidad; un único empujón hasta el fondo de mi ardiente vagina. En pocos segundos sentí que estaba a punto de provocarme un orgasmo; así que me aferré con mis manos a sus nalgas y me impulsé rápidamente con mis caderas… hasta que llegué finalmente al éxtasis.

Permanecí con los ojos cerrados, respirando entrecortadamente…
Fue entonces cuando oí un portazo; la puerta del despacho se acababa de cerrar. Abrí los ojos y vi al director tumbado jadeante a mi lado; pero no había rastros de Víctor. Entonces comprendí que mi marido ya sabía lo que acababa de ocurrir.

Me levanté trabajosamente, con mis fluidos y su semen resbalándome por entre las piernas. Busqué mi falda y me la puse. Busqué mi nueva tanga roja, pero entonces recordé que estaría en el bolsillo de los pantalones de ese hombre que me había cogido tan bien…
Tendría que volver al shopping por una nueva sorpresa para Víctor…

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