Esclava de uno, puta de todos

Hace ya mucho tiempo que mi marido me dijo que le excitaba imaginarme follando con otros. Desde entonces la verdad, es que he tratado de complacerle en todo lo que he podido. Me habré dejado follar por docenas de tíos, de todos los aspectos y edades, por todos los lados y de todas las formas imaginables. Siempre lo he grabado todo para que él lo pudiera ver luego en casa.

Hace una semana me dijo que tenía algo muy especial preparado, el día 15 es su cumple y quería que yo fuese su regalo. Sólo me dijo que el sábado a las 17:30 me vendrían a buscar y ya me dirían. No pregunté más, pero tengo que reconocer que desde ese mismo momento el morbo y la excitación iban creciendo a pasos agigantados en mí.

A las 17:30 exactas sonó el móvil, un whatsapp, “Baje, estamos esperando. Audi A4 negro aparcado en frente” Mi cabeza se revolucionó, me había puesto mona, pero no tenía ni idea de a dónde iba ni a qué. Tampoco con quien. Mientras bajaba en el ascensor, mi cabeza iba a mil por hora, sólo la confianza ciega en mi marido me hacía no echarme para atrás. Noté como las bragas nuevas que me había puesto se humedecían un poco.

Salí a la calle, me acerqué al coche que estaba aparcado tal y como me habían dicho. Un chofer alto, apuesto, con traje y un porte que quitaba el hipo se dirigió a mí: – “¿Señora Alicia Muñoz?” Mientras yo asentía él abrió la puerta me hizo un gesto para que entrara.

El coche era amplísimo por dentro, tenía un pequeño mueble bar del que el chofer me invitó a coger lo que quisiera. En menos de 20 minutos paró, habíamos entrado en una urbanización que no conocía, pero tenía pinta de ser lujosísima por las casas que había podido ir viendo. La finca en la que habíamos entrado era enorme, con un jardín precioso y una casa de lujo.

Me dirigí a la puerta principal siguiendo al chofer, estaba abierta y un hombre de unos 50 años, sonriente y también con traje caro me esperaba. – “Un placer Señora Muñoz. Soy Jorge Arteaga, desde ahora seré su guía en esta experiencia. Adelante”. Entré siguiéndole y me llevó a través de varios pasillos y salones a una habitación enorme en la que había una zona con una cama, un vestidor gigante, con un baño espectacular y otra puerta que estaba cerrada.

Jorge Arteaga me pidió que me sentara en el sofá, empezó a hablarme mientras preparaba un par de copas. – “Mire somos una empresa que organizamos fiestas privadas, donde el único límite lo pone el cliente. Su marido ha querido organizar una sesión muy especial, un encuentro de corte sexual, por supuesto, en el que usted será protagonista principal. Él estará presente, la verá en todo lo que haga, de hecho ahora nos está viendo y oyendo. Pero creo que es hora de que se arregle”.

– “Sígame”. Me llevó hasta el baño. La bañera estaba preparada con espuma y aceites aromáticos que impregnaban todo el ambiente de un olor muy agradable. – “A lo mejor quiere tomar un baño, me dijo. – Está todo preparado”. A continuación me señaló hacia una mesa, y me explicó, – “mire, es necesario que se ponga un enema, en la sesión puede pasar cualquier cosa y debe estar preparada. Cuando acabe vístase, le dejaré lo que necesita encima de la cama”.

Mi cuerpo se soliviantó de arriba abajo, noté como enrojecía por fuera y por dentro, ¿un enema? ¡¡Joder un enema!! ¿Pero esto qué coño es?. Sin embargo había algo que no dejaba de excitarme y de provocar mi pasión.

Me dejó sola, y sin dudarlo ni un instante me dirigí a la mesa, me tomé el laxante y me desnudé por completo, preparé la pera con el líquido. Me notaba completamente enardecida, como si estuviese fuera de mí. Me imaginaba a Luis viéndome por algún sitio y excitándose conmigo y eso me provocaba todavía más. En menos de diez minutos, noté un fuerte dolor en el estómago y corrí al wáter. Casi no llego. Noté cómo mi estómago se vaciaba por completo. Después de limpiar bien mi culo me dirigí hacia la bañera y me metí en ella con la pera en la mano, busqué el agujero y me la introduje. Al apretar, sentí el agua caliente entrando hasta mis entrañas, era una sensación agradable. Inmediatamente comencé a notar como rebosaba de mi culo e iba cayendo por mis muslos, aún estaba un poco sucia, pero creo que a todas luces dejaba claro que estaba preparada. Me senté en la bañera, dejé que el agua me cubriera por completo y me relajé durante unos minutos.

Al cabo de un rato salí de la bañera, me sequé, me peiné, me maquillé y me perfumé. Con el albornoz puesto salí a la habitación. Allí me esperaba el Señor Arteaga, sentado plácidamente en uno de los sillones. Miré hacia la cama. Unas medias negras de encaje, unos zapatos de tacón muy fino, una máscara de latex y un collar de perro. Nada más.

Al ver mi cara de extrañeza Jorge Arteaga intervino: – mire Sra. Muñoz, usted a todas luces es una dama, pero esta tarde esa dama va a dejar paso a la perra más depravada y sucia que se pueda imaginar. Se lo aseguro. Sólo póngase esa ropa, del resto me encargo yo”.

Sus palabras me excitaron aún más de lo que ya estaba. Me puse las medias, los zapatos y la máscara. Me miré en el espejo. Había algo extrañamente seductor en esa figura madura, ya alejada de la juventud, que se asomaba ante mi vista. Arteaga se me acercó por detrás, me colocó el collar de perro en el cuello y colgó de él una cadena, a la vez que me susurraba al oído: – es usted la perra más apetecible que he visto en mucho tiempo.

Tiró de la cadena y me obligó a ponerme de rodillas, me fue paseando despacio por la habitación dirigiéndose hacia la puerta que vi cerrada desde que entré en la habitación, a la vez me fue hablando. – Sra. Muñoz, desde estos momentos solo tiene una misión, olvidarse de lo que quiere, de lo que le apetece o de lo que le da miedo y centrarse en los hombres que la van a rodear. Sólo el placer de ellos es importante. Usted es su perra, su objeto de placer y de lujuria. No puede decir que no a nada, así ha sido pactado con su marido. Ahí fuera hay quince hombres esperando. Se les ha dicho que pueden hacer con usted lo que quieran, sin ningún límite, cuantas veces quieran. Usted no es nada más que una perra en celo que busca dar placer a su jauría.

Mientras caminaba a cuatro patas por la habitación, escuchando sus palabras, sintiendo cómo la mirada de Luis estaba puesta, no sé cómo, sobre mí y sobre lo que estaba pasando, noté como mi coño empezaba a humedecerse y mis muslos a mojarse.

– “Aún hay más dijo Arteaga. Esos hombres está autorizados por su marido a grabar todo lo que quieran de esta sesión con sus móviles”. Cerró las dos ventanas de la máscara encima de mis ojos y quedé completamente oscuras.

Abrió la puerta atravesamos el umbral y se paró. Silencio. Oía algún murmullo, voces quedas, comentarios apenas audibles y resoplidos. Mi ser de dama había quedado atrás, ahora sentía que sólo era una perra deseosa de apaciguar a sus machos.

Arteaga me hizo detener a la vez que empezó a hablar: “Señores, ustedes han sido los quince afortunados elegidos para esta sesión especial de lujuria, placer y morbo sin límites. Delante de ustedes tienen a la perra madura más apetecible que se puedan imaginar. Una perra madura que cada día se pueden encontrar en el autobús, en la oficina, en el colegio de los niños o andando por cualquier calle. Una perra madura de las mejores, un ama de casa, mujer responsable y buena compañera de trabajo, cumplidora y fiel, pero una auténtica zorra dispuesta a todo para ustedes”.

A medida que iba hablando notaba cada vez más calor, notaba la presión agobiante de las miradas de esos hombres deseosos de mi cuerpo, mi excitación crecía y crecía sin fin. Arteaga continuó: “Esta perra está aquí no para su propio placer, sino para el de ustedes. Pueden hacer con ella lo que quieran, las veces que quieran, de la manera que quieran. Ella no está capacitada para decir que no a ninguno de sus deseos, por más oscuros y vejatorios que sean. Pueden grabar todo lo que quieran con sus móviles y después hacer uso libre de todas las imágenes que tomen, según ha manifestado su marido, que está presenciando todo cuanto ocurre”

No podía ver las caras de esos hombres, pero sí podía imaginar su estado de excitación. Yo misma estaba cachonda como una cerda, estaba deseando que empezara el juego, que me llenaran con sus pollas y me inundaran con su leche. ¡¡ Me podía imaginar cómo estaban ellos !!

Alguien tiró del collar y dirigió mi cabeza hacia un lado. Una polla enorme me estaba esperando. No me dio tiempo a pensar si quería chuparla o no, me la metieron hasta la garganta. A la vez sentí como me agarraban por las caderas y me intentaban montar. Tenía el coño empapado, y entró casi sin enterarme. Otras manos me sobaban las tetas, o me daban manotazos en los muslos. No tardaron en empezar a llegar las corridas. En la boca, en la cara, en la espalda, dentro de mi coño.

Me dieron la vuelta y eso me permitió tener libres mis manos, otras pollas empezaron a acercarse para que las pajease, mi boca no paraba, antes de que una polla se corriese, ya tenía otra dentro.A veces me lo tragaba pero otras me era imposible. ¡¡ No daba abasto ¡! Igual que mi coño, la leche de uno servía de lubricante para el siguiente. Alguno se puso horcajadas encima de mí y me apretó fuerte las tetas para hacerse una cubana con ellas. Seguía recibiendo leche sin parar, el sudor, la saliva, el semen de todos esos machos se entremezclaban en mí haciéndome saborear el aroma del sexo en estado puro.

Imaginaba a Luis contemplando esa escena, excitado como un loco, sé la pasión que siente por mí, y cómo disfruta con estas cosas y cuántas veces me ha dicho al oído mientras follamos cuanto le pone verme en los video que le grabo follando con otros. Este momento tendría que estar siendo bestial para él. Estos pensamientos me encendieron aún más y grité como una posesa: “¡¡ joder ¿es que no me vais a reventar el sucio culo de cerda que tengo? ¡¡¡Quiero que todos me jodáis el culo y me lo dejéis completamente destrozado!!!”

Como la mecha que enciende la mascletá, mi culo se convirtió en el nuevo objetivo más codiciado de mi jauría. A cuatro patas, tumbada, dos pollas a la vez, con todos mis agujeros inundados, recibiendo a la vez más y más leche en todas las partes de mi cuerpo, mi boca atragantada con dos pollas perforándola, manotazos, palmadas y golpes. Casi perdí la noción, imposible recordar la sucesión de orgasmos que me inundaron. Jadeos, arañazos, gritos de dolor y de placer mezclados, mi cuerpo chorreando leche por todos lados.

No sé cuánto tiempo estuvieron esos hombres desahogándose conmigo, pero cuando la virulencia de sus ataques empezó a decrecer, no sé, ¿una hora, hora y media después? Jorge Arteaga volvió a cogerme del collar, y como una atracción de feria que ha cumplido su función de divertir al personal tiró de mí hacia la habitación.

Apenas tenía fuerzas para sostenerme en pie cuando me quitó la máscara delante del espejo. Pude ver a una vieja perra despeinada, con el maquillaje corrido por la cara, las tetas enrojecidas, los pezones casi en carne viva, resto de semen por la cara, el cuello, los brazos, los muslos chorreando flujos masculinos y femeninos sin distinción, el culo a punto de estallar, con palpitaciones que aún me hacían retorcer de vez en cuando. Observando esa imagen en el espejo, Jorge Arteaga, se acercó por detrás y me dijo: “¿sabes cuál es la mejor parte vieja zorra? Todos y cada uno de los hombres que estaban ahí, han sido sacados de tu lista de contactos del móvil. ¿Compañeros de trabajo, tus cuñados, los padres de los amiguitos de tus hijos, algún vecino, amigos muy cercanos?

Ten por seguro que a partir de ahora todos tendrán una imagen muy, muy distinta de ti”

Un escalofrío recorrió mi espalda al pensar en cómo mi marido acababa de convertirme en la puta de todos mis conocidos.

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