Entregando a Lorena 34

Una tarde estaba listo para salir de mi oficina, cuando recibí un mensaje de texto de Lorena, diciendo que por fin había llegado el plomero que había llamado para arreglar unas pérdidas de agua en la cocina. Agregó que estaba feliz de que ese hombre hubiera llegado temprano; asó ella podría cocinar sin problema para el horario de la cena

Cuando estaba cerca, mi auto tuvo alguna falla eléctrica. Hubo chispas en el tablero y finalmente se detuvo ya sin poder hacerlo arrancar nuevamente. Dejé el auto estacionado en una calle casi vacía y comencé a caminar hacia mi casa, distante apenas a cinco cuadras.

Ya casi oscurecía al llegar. Me encontré estacionada frente a la puerta de mi casa, una camioneta con el logotipo de la compañía de plomeros en ambos costados. Busqué las llaves en mi bolsillo, pero entonces me di cuenta que las había dejado en la guantera del auto.
Me dirigí por el pasillo del costado, para entrar por la puerta del fondo.

Al llegar a la cocina, de repente pude distinguir unos gemidos que provenían del salón comedor.
Me detuve en la entrada y me quedé con la boca abierta, sin poder creer lo que mis ojos veían.
Sobre el sofá estaba sentado un hombre con sus pantalones arrollados en los tobillos. El trasero de Lorena estaba sobre él. Ella se levantaba sobre el cuerpo del hombre, montando sobre su verga bien erecta.

Me quedé escondido en la cocina, desde donde podía observar toda la acción sin ser visto.

Podía ver el esfuerzo que hacía el hombre para no acabar todavía. La cara de mi esposa denotaba el intenso placer que le daba esa verga enterrada en el fondo de su concha bien humedecida.

De repente el plomero tomó a Lorena por las caderas y la zambulló sobre su pija, haciendo que ella se empalara hasta el fondo. Ella gritó de placer y sorpresa en ese momento, inclinando su cuerpo hacia atrás. Ella siguió cabalgando furiosamente, mientras jadeaba y suspiraba de placer.

Podía ver que las uñas del hombre se clavaban en la delicada piel de mi esposa; por lo tanto, me imaginé que ya casi estaba a punto de perder la batalla y acabar dentro del cuerpo de Lorena…

De repente ella colapsó sobre el cuerpo del plomero y allí quedó temblando, mientras un intenso orgasmo la recorría por completo.
El hombre se relajó un poco y continuó tomando a mi esposa por las caderas, haciéndola subir y bajar sobre su verga, con embates suaves y prolongados.
Finalmente Lorena se incorporó y desmontó esa verga,; que por fin pude ver en toda su magnitud. Era muy grande, algo más gruesa que la mía…

Sin darle ni siquiera respiro, Ana se acuclilló frente a él y comenzó a masturbar esa verga hasta lograr endurecerla otra vez. Mientras, yo podía ver el semen que se deslizaba entre sus muslos abiertos. El tipo había depositado una buena cantidad en el fondo de su vagina…

La verga había crecido bastante y Lorena trató de metérsela dentro de su delicada boca. Primero lamió todo el contorno y finalmente la engulló casi por completo, hasta el fondo de su garganta.

El plomero se inclinó y comenzó a jugar con los labios vaginales de mi esposa. De repente se levantó y tomó a Lorena por los cabellos, tirando de ellos para hacer que mi esposa se reclinara sobre el respaldo del sofá. Luego se ubicó detrás de ella y la penetró con violencia, arrancándole un aullido de dolor a mi esposa.
No podía ver su cara, pero por sus gemidos y jadeos, supe que estaba gozando de esa cogida tan brutal que le daba ese hombre que no le demostraba nada de misericordia.

Podía ver las manos de mi esposa aferradas al borde del sofá, mientras ese tipo la bombeaba cada vez con más ímpetu, haciendo que el cuerpo de mi delicada esposa estuviera a punto de caer al suelo.

De repente el cuerpo del hombre se tensó hacia atrás y se quedó quieto, mientras se descargaba otra vez en la vagina de Lorena. Ella lo sintió llegar y soltó entonces un agudo aullido de placer, mientras otro intenso orgasmo la invadía nuevamente…

El plomero se salió de ella y se deslizó hasta la alfombra, donde quedó despatarrado, tratando de recuperar el aliento. Mi delicada esposa permaneció reclinada sobre el respaldo del sofá, mientras el semen del hombre se deslizaba entre sus muslos abiertos.

Unos momentos después, el plomero se incorporó y comenzó a vestirse. Yo respiré aliviado, agradeciendo que ese hombre no hubiera sodomizado a mi mujercita.

Lorena lo despidió en la puerta y luego se encerró en el baño. Pude oír el ruido del agua corriendo en la ducha. Después subió a nuestra habitación y desde allí me envió otro mensaje, diciendo que por suerte el plomero había solucionado el problema de la cocina.

Agregó que el hombre volvería en unos días, porque también había una pérdida de agua en el baño…

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