Entregando a Lorena 32

Un par de noches después de la tremenda cogida que le habían pegado cuatro hombres en el bar de la esquina, todavía a mi adorada Lorena le ardía la cola y se quejaba de algunos leves dolores vaginales…No habíamos hablado del tema entre nosotros, pero yo estaba convencido de que ella se acordaba de mucho más de lo que quería hacerme creer.

Al día siguiente era sábado y al regresar de hacer unas compras, pasamos por el frente del bar. En ese momento se asomó a la calle el dueño y nos invitó a pasar. Mi esposa aceptó encantada…
Le cedió el paso a Lorena y pude ver que una mano del tipo se deslizaba descaradamente sobre el trasero de mi esposa. Ella no le dijo nada; ni siquiera pareció ofendida por la desfachatez de ese hombre…

Llegamos a la barra; siempre con la mano del dueño plantada sobre el culo de mi mujercita; quien no protestaba en absoluto.
Nos sentamos en unos taburetes altos y Lorena apenas apoyó los pies en el suelo; dejando con su breve falda, lucir sus espectaculares piernas… Hacía mucho calor; así que esta vez el dueño sirvió unas cervezas bien heladas frente a nosotros.
Miré a mi alrededor de reojo, pudiendo verificar que allí se encontraban un par de los tipos que unas noches atrás habían abusado de mi esposa a su completo antojo. Uno de ellos notó mi mirada y el muy hijo de puta alzó su copa hacia mí, como si estuviera brindando…
El dueño sirvió otra ronda y de repente uno de esos hombres ya conocidos se acercó a mi esposa y, sin importarle mi presencia, pasó una mano por las redondas nalgas de Lorena, que se estremeció al contacto. Sonrió dándole un par de palmadas en el trasero y luego se retiró sin decir palabra…

Cuando terminamos una tercera ronda de cervezas, Lorena y yo nos levantamos para irnos. El dueño entonces asió la mano de mi esposa a través de la barra y se inclinó para decirle que esa misma noche habría una cena especial para sus clientes habituales y que ella naturalmente estaba invitada…
Mi dulce mujercita me miró por un par de segundos y luego le sonrió al hombre, diciendo que lo pensaría…

Apenas llegamos a casa Lorena se abalanzó sobre mí y me empujó hacia el sofá del comedor. Me dijo que estaba muy, muy caliente, pero que pensaba reservar sus dos orificios para la noche en el bar. Por lo tanto, yo debería conformarme con su prodigiosa lengua. Me arrancó los pantalones y se acuclilló frente a mi verga erecta, tomándola entre sus labios rojos; mientras me dedicaba una de sus tremendas miradas de perra en celo…

Pasó el resto de esa tarde lamiéndome y chupándome la pija. Me hizo acabar cuatro veces, tragándose todo mi semen sin desperdiciar una gota.
Después me dijo que se vestiría muy sexy para ir a cenar al bar. Cuando salió de la habitación ya lista para salir, me quise morir: llevaba un breve vestido de lamé dorado, que apenas cubría su entrepierna. Un maquillaje perfecto y unos altos zapatos de tacón completaban su look de perra caliente…

Yo sentía un ligero sufrimiento; por una parte deseaba que fuéramos a ese bar y por otra temía lo que pasaría con seguridad allí a puertas cerradas…
El bar estaba en la esquina; pero a mí me pareció una distancia enorme para la manera en que iba vestida Lorena… realmente parecía una puta callejera. Lo peor, era que movía sus caderas como una puta callejera…

En cuanto entramos al bar, el dueño bajó de repente la persiana y cerró la puerta de entrada, para que nadie más pudiera acceder al local.
Lo que vimos adentro nos cambió la cara a ambos. El tipo había invitado a otros siete clientes habituales, según pude contar.
La cara de mi esposa tenía una expresión totalmente lujuriosa. Tal vez no recordaba mucho de lo que había sucedido la vez anterior; pero ahora había entendido que tal quizás la cosa se le había ido de las manos y lo peor era que no teníamos vuelta atrás: la persiana se había cerrado a nuestras espaldas y nadie pensaba abrirla tan fácilmente…

Luego de presentar a sus cómplices, el dueño acompañó a Lorena hasta la mesa que había preparado especialmente para la ocasión. La hizo sentar a su lado y me indicó gentilmente que yo me sentara junto a mi esposa.
La cena transcurrió de una manera muy agradable, aunque la conversación fue subiendo cada vez más en tono sexual y pude observar que el dueño no dejaba de llenarle la copa de vino a mi esposa; cuidando que solamente ella bebiera de esa misma botella. Me imaginé que ese vino llevaba algo especial para animar a Lorena, o para aflojar su voluntad más adelante…

Mi mujercita estaba eufórica, bebía una copa tras otra de vino; pero yo cada vez notaba cómo iba perdiendo la voluntad.
En un momento ella dio un respingo y sus manos se crisparon sobre el borde de la mesa. Miré por debajo del mantel y pude ver que el dueño le había separado los muslos y le estaba estimulando el clítoris, masturbándola suavemente.

No me sorprendió ver que mi esposa no llevara tanga esa noche. Me quedé como hipnotizado mirando los dedos de ese tipo que separaban los labios vaginales y le frotaban la entrada de la concha, no la podía ver directamente, pero, por el brillo de los dedos se apreciaba bien mojada.
El hijo de puta siguió haciéndolo hasta que ella empezó a ponerse tensa, señal de que estaba a punto de acabar. Cuando parecía ya estar al borde del primer orgasmo, el tipo se detuvo de golpe, dejándola a propósito muy caliente a las puertas del mismo.
Entonces se levantó de la mesa, anunciando que ya era hora del postre.

Tomó a mi mujer del brazo y la arrastró hasta el centro del salón. Luego se dirigió a mí con una perversa mirada en los ojos, pidiéndome que hiciera los honores de desnudar a mi propia mujer frente a ellos.
Obediente como un verdadero autómata, me acerqué a Lorena, que se mantenía de pie a duras penas, se balanceaba adelante y atrás y parecía que en cualquier momento se iba a caer de bruces al suelo…

Me puse detrás de ella y comencé a abrir el cierre de su vestido dorado. Lo deslicé hacia abajo muy lentamente y con mucho morbo.
El vestido cayó a los pies de Lorena, que quedó completamente desnuda frente a la mirada lasciva de estos ocho perros que se la iban a coger sin ninguna consideración en mi presencia…

Por último, el dueño me ordenó que le separara las piernas y le pusiera los brazos detrás de la nuca; exponiéndola completamente para ellos…
Al inclinarme pude tocar sus labios vaginales, que estaban completamente empapados y extrañamente dilatados. No podía saber qué contenía ese vino que ella había bebido, pero sus efectos eran tremendos en el cuerpo de mi mujercita.
El dueño se acercó y me apartó de ella dándome un empujón; para luego anunciar a sus invitados que “el postre” estaba servido…
Varios de los hombres se acercaron a mi esposa para comenzar a sobarle el cuerpo. Desde mi lugar no podía verlo con claridad, pero suponía que le estaban metiendo dedos por todos sus orificios y le apretaban las tetas y pellizcaban sus endurecidos pezones. Mientras eso sucedía, Lorena se mantenía haciendo equilibrio con las piernas bien separadas y las manos en la nuca, sin ninguna voluntad, rendida a aquellos hombres.

Uno de ellos pidió permiso para ser el primero.
El tipo tomó a mi esposa por la mano y la llevó hasta una mesa muy pesada ubicada en el centro del salón. Ella lo siguió dócilmente, esta vez parecía mucho más lucida que la anterior; al menos se mantenía en pie y no parecía tener apariencia de desmayarse, por el momento.
El tipo la hizo poner de bruces sobre la misma, con el pecho y el vientre pegado a ella. Luego le separó las piernas todo lo que pudo y fue a buscar algo en una bolsa que estaba en una silla cercana.
Regresó con unos trozos de cuerda, con los que ató los tobillos de Lorena firmemente a las patas de la mesa. También usó otras cuerdas para atarla a la altura de los muslos, dejándola inmovilizada de la cintura para abajo.

Pidió que alguien sujetara a mi esposa por los brazos. Entonces empezó a acariciarle las nalgas y a separárselas dejando a la vista su estrecha abertura anal, bien sonrosada. Pasaba de una nalga a otra acariciándolas con suavidad, hasta que de golpe le dio un rudo manotazo a una de ellas. Lorena se agitó y lanzó un agudo grito, tratando de debatirse; pero estaba completamente inmovilizada y no podía hacer nada…
El tipo siguió acariciándola y alternando manotazos en su delicada cola y ella siguió aullando con cada golpe y gimiendo con cada caricia.
Estuvo dándole ese tratamiento durante unos diez minutos; al cabo de los cuales por fin deslizó sus dedos entre las nalgas, introduciéndolos en la vagina de mi esposa. Los sacó, mostrándoselos a todos: estaban totalmente empapados.
Luego desató a mi esposa y la hizo incorporar, para tumbarla de espaldas sobre la mesa. Pidió ayuda para lograr que el trasero de Lorena quedase fuera de la mesa, con sus piernas abiertas colgando en el aire. Alguien volvió a sujetarla por los brazos.
El tipo entonces rebuscó en su bolsa y sacó una especie de vara de madera flexible, de varios centímetros de ancho. Luego se acercó a ella y, sin previo aviso, le soltó un sonoro golpe con esa vara a la vulva de mi delicada mujercita. Ella se retorció de dolor sobre la mesa y soltó un grito.

La vara tenía el ancho justo para abarcar toda la vulva y su clítoris.
Los hombres sonrieron y sujetaron con firmeza los muslos de mi esposa, haciéndole separar un poco más las piernas.
El hombre limpió la vara con una servilleta y volvió a golpear la vulva; haciendo que Lorena se retorciera de dolor. El hijo de puta le dio unos diez golpes, dejando la vulva al rojo vivo. Luego anunció a los demás que era suficiente por una noche.
Dejó la vara a un lado y tomó entre sus dedos el enrojecido e inflamado clítoris de mi esposa. Lo acarició durante unos segundos y luego lo soltó.

Miró al dueño, diciéndole que mi esposa ya estaba lista para lo que se les antojara hacer con ella…
Entonces este hijo de puta se acercó a Lorena para ocupar el lugar de honor que le correspondía como dueño no solamente del local sino también de mi propia esposa…
Se bajó los pantalones y dejó ver una tremenda erección. Se acercó a mi mujer blandiendo su endurecida verga y empezó a frotar la punta entre los enrojecidos labios vaginales.

Entonces mirándome me ordenó que me acercara, para que lo ayudara a cogerse a mi mujer. Otra vez obedecí sin pensarlo.
El tipo dejó su verga descansando sobre el vientre de mi esposa y se quedó mirándome, para ver mi reacción. La tomé con una mano y la dirigí a la abertura vaginal. Separé entre mis dedos los labios vaginales y froté esa dura pija entre ellos.

Entonces el dueño se impulsó hacia adelante, metiéndole a Lorena esa tremenda verga hasta el fondo, en una sola estocada. Ella se estremeció y abrió la boca, pero no pudo articular ni siquiera un gemido. Estaba con sus ojos cerrados y su expresión facial parecía ser de intenso placer, mientras ese hijo de puta comenzaba a moverse dentro de ella, bombeándola cada vez con más ritmo…
Yo no me aparté en ningún momento, pudiendo apreciar cómo esa verga entraba cada vez más profundamente en el cuerpo de mi delicada esposa.

Luego tomó las piernas y apoyó los tobillos de Lorena en sus anchos hombros, logrando que la penetración fuera todavía más profunda. Luego de un buen rato de resoplar y montar el cuerpo de mi mujer, finalmente la sacó y me ordenó con urgencia que lo pajeara hasta hacerlo acabar.
Apenas la tomé con mi mano, pude sentir las contracciones de esa verga a punto de explotar. Finalmente lo hizo y apunté el chorro de semen caliente al pubis de mi esposa, que ahora parecía estar desmayada.

Me hizo soltar la verga y se retiró, dándose por satisfecho.
Enseguida otro hombre me empujó a un lado y se ubicó entre las piernas abiertas de Lorena. Sin decir una palabra le metió un par de dedos en la concha, haciendo ciertos movimientos de rotación adentro. La estaba dilatando; más todavía de lo que la habían dejado los anteriores…

Sacó sus dedos y me miró, diciendo que prefería darle por el culo a mi esposa. Entre ambos la dimos la vuelta sobre la mesa, quedando su firme y redondo trasero a su entera disposición. Le separó bien las nalgas e intentó meterle la verga por el enrojecido ano de mi esposa; pero se le hizo muy difícil, porque tenía una verga muy gruesa.

El tipo de las cuerdas y la vara le alcanzó un pote de gel lubricante: evidentemente, ese turro había venido preparado para todo…
El tercer hombre se untó generosamente la cabeza de su pija, dejándola reluciente con el lubricante. Acto seguido volvió a apuntarla a la entrada anal de mi esposa y esta vez fue perdiéndose despacio dentro de ese estrecho orificio que yo había dejado de disfrutar en exclusividad…

Anita apenas lanzó un suave gemido al sentir su trasero invadido; como si se le hubiera escapado el aire de los pulmones con semejante embate que le acababan de clavar…
Él le mantenía las nalgas bien abiertas, así que todos podíamos ver cómo su verga entraba y salía del culo de mi mujer, se la sacaba hasta que solo la punta quedaba apuntando a la entrada anal y después se la metía de un solo golpe hasta que sus bolas chocaban contra mi mujer; haciéndola gemir cada vez más intensamente.

El hombre la levantó de la mesa apoyándosela contra su pecho y sin sacarle la pija del culo se giró apoyándose entonces él en la mesa. Las piernas de ella quedaron colgando sin llegar a tocar el suelo, a los lados de las de él.
Esa era toda una invitación a que la cogieran por delante y así fue: enseguida otro tipo se ubicó entre los muslos de Lorena y poco a poco se la fue metiendo por la humedecida concha…

A pesar de que el dueño ya la había dejado bastante dilatada, este otro hombre tuvo demasiadas dificultades para metérsela entera.
El otro se quedó quieto y entonces este último comenzó a darle unos tremendos golpes de pelvis contra el pubis de mi esposa, que se retorcía de placer con esas dos enormes vergas clavadas en su cuerpo.
De pronto, el que le estaba dando por la concha aulló como un loco y perdió el equilibrio, saliéndose de golpe de mi mujercita. Entonces se pudo ver un chorro de leche blanquecina saliendo de su vagina.

El tipo se retiró bamboleante, como si le fallaran las piernas, mientras el otro mantenía su pija dura clavada en el culo de Lorena. La tomó por las rodillas y le levantó las piernas hasta su pecho y ahora sí, todos pudimos ver cómo entraba y salía ese ariete del culo de mi esposa.

En un momento se quedó quieto y gruñó, dando a entender que había acabado en el trasero de mi esposa. La levantó por la cintura como si fuera una pluma y su tremenda verga todavía dura abandonó el ano de ella chorreando a borbotones.
Durante las tres horas siguientes todos se la cogieron por donde se les antojó y como se les antojó. Trajeron un colchón para estar más cómodos y que todos pudieran disfrutar mejor del espectáculo porno gratuito…
A su debido tiempo cada uno acabó en la delicada concha de Lorena; en su estrecho culo o entre sus labios rojos. Le azotaron el culo a palmadas y volvieron a amarrarla, porque cuando a ella se le pasó el efecto somnífero del vino, comenzó a patalear y debatirse, ofreciendo alguna resistencia.

A medida que se cansaban de cogerse a mi mujercita, los tipos se iban yendo. Finalmente solo quedó el dueño, quien se ofreció a acompañarme para llevar a mi esposa hasta mi casa.
El vestido de lamé dorado había desaparecido; alguno de esos pajeros seguramente se lo había llevado como recuerdo. Así que no tuve más opción que cargarla totalmente desnuda por la calle hasta nuestro edificio.

Entramos a nuestro departamento y el tipo me propuso ayudarme para bañar a Lorena, que había caído rendida y ya desde el último polvo que le habían echado, no se había despertado. Me pareció muy amable de su parte y se lo agradecí.
Acosté a mi esposa dentro de la bañera y fui lavando su esbelto cuerpo, tratando de quitar todas las manchas de semen que le habían dejado. Tenía varios moretones; en especial en sus firmes nalgas, que habían recibido un buen castigo durante toda la noche…
Después el dueño del bar me ayudó a llevarla hasta nuestra habitación. La tumbamos sobre la cama y el tipo comenzó a desnudarse. Se subió a la cama matrimonial y le separó las piernas a mi mujer; luego, sin ningún miramiento se la metió de un solo golpe, comenzando a cogerla con furia, de manera rabiosa…

Colocó los tobillos de Lorena sobre sus hombros y de repente la penetró por el culo, hasta el fondo, haciendo que elladespertara y comenzara a gemir y jadear.
El muy hijo de puta me miraba sonriendo con cinismo mientras la sodomizaba, demostrándome lo que era suyo, apoderándose de lo que desde ese momento iba a ser de su propiedad; mi esposa y mi cama…

Estuvo así un buen rato, alternando entre la concha y el culo de Lorena; dejándole ambos orificios más dilatados que nunca. De repente aulló y acabó en la vagina de mi esposa, que otra vez se había desmayado.
Se incorporó y vistió sin decir una sola palabra. Luego se fue sin dignarse a agradecerme que le hubiera entregado mi esposa a él y sus amigos…

Me acerqué a mi mujercita, que seguía boca arriba con sus ojos cerrados, mientras un hilo se semen abandonaba sus labios vaginales y caía sobre las sábanas de la cama, nuestra cama…

La acaricié y ella abrió los ojos, esbozando una débil sonrisa y preguntándome con suavidad cuándo iríamos otra vez a cenar afuera

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