En el baño del patio de comidas

Esa noche Ana y yo habíamos salido del cine y mi dulce esposa me confesó que no tenía demasiadas ganas de cocinar al llegar a casa; así que me propuso quedarnos a cenar algo de comida rápida en uno de los locales del mismo centro comercial.
Pedimos un menú de hamburguesas con papas fritas y nos sentamos en una mesa en medio de la gente.

Pronto pude notar que un chico muy joven sentado muy cerca de nosotros no le quitaba la mirada de encima a mi esposa. Ana se hacía la distraída, pero me pareció ver que intercambiaba algunos gestos disimulados con el pibe y hasta le sonreía cada tanto.
Lo que me incomodaba de aquellas miradas, era que mi mujercita parecía haberse dado cuenta de que yo también lo había notado; pero ella seguía jugando como si nada.

Cuando terminamos de comer, le ofrecí un café a Ana, pero ella lo rechazó, diciendo que necesitaba ir al baño. Se levantó de su silla y, moviendo sensualmente las caderas, se dirigió hacia el fondo del local. Me pareció que, al pasar frente a ese chico en cuestión, le guiñó un ojo. El mocoso sonrió y giró su cabeza abiertamente para disfrutar el bamboleo del trasero de Anita al alejarse.

Me dirigí al mostrador para pedir mi café, pensando que tal vez todo era fruto de mi imaginación, pero entonces observé que el chico se levantaba y seguía el mismo camino de mi esposa…… hacia el fondo…
Apenas terminé mi café, me levanté para no quedarme con la duda.

Entré al baño de caballeros, pero allí no encontré a nadie. Así que, con mucha discreción, me deslicé dentro del baño de damas…
Una de las cabinas estaba cerrada y se oían algunos ruidos; por lo tanto supuse que allí estaba Anita.
Sin hacer demasiado ruido, entré en la cabina de al lado y muy despacio me asomé adonde pensé que se encontraba mi mujercita. No me sorprendió para nada encontrar a ese mocoso allí adentro, besándose furiosamente con Anita, mientras la apretaba contra su musculoso cuerpo.

El pibe le quitó la camiseta de algodón a Anita y se la puso sobre el cuello como si fuera una toalla. Luego le desprendió con habilidad el sujetador y comenzó a acariciarle las tetas. Ana gimió y enseguida sus pezones se endurecieron; mientras el chico se inclinaba para lamérselos…
“Qué buenas tetas, mami…” Le dijo entre lengüetazos. Ella sonrió…

De repente él abandonó esas turgentes tetas y empujó a mi esposa por los hombros, haciéndola sentar sobre la tapa del inodoro. Ella sonrió complacida cuando él se bajó los pantalones y le mostró una verga bastante grande y ya endurecida.
“Te gusta lo que te vas a comer, mami…?” Ana volvió a sonreír…

Ella no dijo ni una sola palabra; simplemente tomó esa verga en su mano. Le pasó un par de veces la lengua a lo largo de todo el tallo y luego se la metió entera en la boca. El pibe cerró los ojos y tomó la cabeza de Ana, obligándola a tragársela hasta el fondo de su garganta. Mi esposa pareció atragantarse mientras ese mocoso la sujetaba por la nuca, marcándole el furioso ritmo de la mamada.
Así la mantuvo durante varios minutos, haciendo que Ana se atragantara con semejante mordaza de carne dura. Le cogió la boca con frenesí, sin dale descanso a la boca de mi sensual mujercita…

Cuando estuvo satisfecho con la habilidad oral de Anita, el pibe la levantó jalándole los cabellos y él se sentó en su lugar. Mi delicada esposa puso una pierna a cada lado del cuerpo de su nuevo amante, alzó su pollera y a mí no me sorprendió ver que no estuviera usando ni siquiera una tanga. Muy despacio fue bajando su cuerpo al encuentro de esa enorme verga erecta, que ansiaba recibirla tanto como ella…

La penetración inicial debió ser dolorosa, porque Ana abrió la boca y dejó escapar un chillido lastimero. Pero enseguida se repuso y siguió adelante, empujando hacia abajo, hasta quedar totalmente empalada en esa verga juvenil. El chico comenzó a hacerla cabalgar sobre él, mientras le sobaba las tetas y le lamía los pezones.

Ana siguió cabalgando y en un momento arqueó su espalda; a punto de tener un tremendo orgasmo y miró hacia arriba, descubriendo mi cabeza asomada por el borde del mamparo…
Lejos de sorprenderse, me lanzó un beso al aire, me sonrió y continuó cabalgando como una desaforada, mientras me dejaba ver su cara de satisfacción y placer con el intenso orgasmo que le provocaba la verga de ese mocoso enterrada en ella.
Abrí la cabina dispuesto a salir; ya había visto suficiente.

Antes de abandonar el lugar pude oír claramente decir al chico.
“Date vuelta contra la pared, mami… quiero darte por el culo…”
Ana pareció negarse en un principio y creí que f***ejeaba con el chico, pero unos segundos después pude oír un alarido desgarrador y supe entonces que ese mocoso había ganado la batalla.

Regresé al mostrador y pedí otro café, para luego sentarme otra vez a la mesa y esperar que el asunto en el baño terminara de una buena vez…

Unos minutos más tarde observé salir al chico del baño. Venía con una sonrisa relajada y todavía se estaba cerrando la bragueta de sus pantalones. Al pasar frente a mí, me miró sin dejar de sonreír y me guiñó un ojo. Estaba a punto de levantarme de mi asiento para agarrarlo a trompadas, cuando noté que Ana se dirigía hacia mí.
Ella notó mi bronca contenida y me sostuvo por los hombros.

Se sentó a mi lado y me preguntó con una sonrisa maliciosa:
“Te gustó lo que viste, amor?
Le dije que no me había gustado la actitud desafiante de ese mocoso.
“Tiene solamente dieciséis años ese nene… por eso es así…”

Yo no podía creer que mi delicada mujercita había sido tan bien cogida y sodomizada por semejante mocoso; pero terminé sonriendo también y preguntándole si lo había disfrutado.
Dijo que el chico le había maltratado bastante la cola, con brutalidad; pero su vagina estaba muy agradecida con sus embates. Había acabado tres veces con esa verga empalada en su cuerpo.

Anita miró al chico alejarse del lugar y sonrió otra vez al preguntarme:
“Qué película podemos venir a ver la semana que viene?… Yo invito…

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