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En el baño de la oficina

En los últimos dos meses había estado provocando a un nuevo compañero de oficina; se llamaba Roberto y parecía estar muy metido con su novia y casi ni me registraba.
Yo trataba de llamar su atención todo el tiempo, pero ese chico nunca se daba por aludido. Aunque yo no me iba a quedar con las ganas de echarme un polvo con él…

El día que más me calentó fue cuando llegó a trabajar vestido con una camisa blanca entallada, en la que se pintaban sus tetillas y sus musculosos brazos, producto de muchas horas de gimnasio. Esa mañana me humedecí al verlo…
No podía dejar de mirarlo, creo que no disimulé y él se dio cuenta de ello.

En un momento de la mañana entró a mi oficina para dejarme unos papeles y entonces terminé de mojarme. Apenas él se retiró, me levanté de mi escritorio y me dirigí al baño de damas. Me senté en el inodoro; levanté mi vestido negro y me quité la tanga, comprobando efectivamente que estaba tan empapada que mis jugos ya se deslizaban entre mis muslos.

Bajé mi mano derecha y comencé a acariciar mis labios vaginales, llegando hasta el clítoris, imaginando que la lengua de Roberto era la que lamía mi concha bien humedecida…
Por unos minutos cerré los ojos y me entregué a la sensación de placer, imaginando que ese macho me poseía, mientras reprimía algunos gemidos para que no me oyera alguna de mis colegas.

Pero con eso no me alcanzaba… Me metí cuatro dedos bien adentro, imaginando que la verga de Roberto sería de ese grosor y me masturbé frenéticamente, tratando de no hacer ruido. Me retorcí de placer allí sentada y finalmente abrí mi boca sin exhalar ni siquiera un suspiro, mientras un explosivo orgasmo se apoderaba de todo mi cuerpo.
Saqué los dedos de mi interior y comprobé que chorreaban empapados con mis flujos.

Después del éxtasis y poco a poco recuperando el ritmo de mi respiración me levanté, decidiendo no volver a ponerme la tanga, para no mancharla más de lo que ya estaba. Me miré en el espejo. Mis mejillas estaban coloradas y mi frente perlada en sudor.

Para darle un toque morboso, elegí no lavarme las manos. El leve aroma de mi sexo quedó impregnado en ellas. Al salir del baño estrujé mi tanga dentro de mi mano u justo en ese momento me crucé con Roberto. Puse mis dedos frente a su nariz.
El tipo se sorprendió con mi gesto; pero alcanzó a oler mi esencia y cerró los ojos.
Entonces lo tomé de la mano y lo arrastré al baño, cerrando la puerta detrás de nosotros. Lo empujé contra una pared y le espeté a la cara:
“Desde hace rato me masturbo pensando en vos…cuando te vas a decidir…?”
Roberto me miró a los ojos como si no entendiera y de repente soltó una carcajada.

Lo desafié y con una voz muy sensual y pasando mi lengua por los labios, le dije:
“Te espero allí adentro”. Avancé hacia una de las cabinas, lanzándole mi tanga a su cara y levantando mi pollera hasta la cintura, para mostrarle mis nalgas desnudas…

Roberto no perdió ni un solo segundo. Cuando entró, yo lo esperaba sentada con las piernas abiertas, mostrándole sin ningún pudor mi concha ya más que humedecida.
“Te gusta así bien depilada?”. Le pregunté con una caída de ojos. Por toda respuesta se desabrochó los pantalones y liberó una verga enorme con una cabeza muy gruesa.

Se acercó y me la metió en la boca sin decirme ni una sola palabra. El sabor de esa pija enorme era tan dulce que no me cansaba de chupársela, no quería detenerme. Sus jadeos me indicaron que mi mamada era excelente…
Paré en seco cuando noté que esa verga se hinchaba a punto de explotar.

Roberto me miró con cara de dolor y frustración, pero era mi turno de gozar. Me puse de pie y lo obligué a que se arrodillara frente a mi pubis depilado. Abrí mis labios vaginales entre mis dedos y él entonces acercó su sedosa lengua.
Cerré mis ojos y me concentré en mi propio placer; sintiendo cómo me pasaba la lengua por el clítoris. Era un experto mamándomela y me hizo chorrear enseguida.

No contento con poner a temblar mis piernas con su prodigiosa lengua; el tipo me metió un par de dedos a fondo, masturbándome expertamente. Ni siquiera mi esposo me había tocado así alguna vez…
Estaba en el momento más alto del éxtasis y casi a punto de explotar, cuando Roberto se detuvo. Me hizo girar para apoyar mis manos contra la pared y pronto sentí su verga dura clavándome desde atrás…

La cabeza de esa pija era tan gruesa, que yo sentía me estaba destrozando las paredes interiores de mi concha. Comencé a sentir un dolor ya insoportable y le supliqué que me cogiera con más delicadeza; pero eso evidentemente lo excitó más todavía, ya que comenzó a bombearme como enloquecido, ignorando mis súplicas.

Me estaba cogiendo con todas sus ganas y me susurraba al oído:
“Esto era lo que querías, perra… te gusta así bien duro, eh?”
Me tironeó de los cabellos con una mano y la otra se dedicó a masajear mis tetas, cuyos pezones inflamados ya también m provocaban dolor…

Sentí que Roberto estaba a punto de acabar: su verga se hinchaba cada vez más dentro de mi castigada vagina. Aullé como una perra sintiendo la llegada de un orgasmo bien intenso; ya sin importarme que alguien me oyera.
Giré mi cabeza hacia Roberto y le pedí a gritos que acabara en mi boca.

Enseguida me la sacó de mi enfebrecida concha; me tiró contra el piso, puso su endurecida verga en mi boca y acabó tensando la espalda; con la boca bien abierta pero sin poder gritar. Me tragué todo su semen caliente, sin derramar una gota.
En todo momento lo miré a los ojos, viendo que él sonreía con una mirada lujuriosa.

Roberto se subió sus pantalones; me ayudó a levantar del suelo y se guardó mi tanga como trofeo. Antes de salir del baño me dijo sonriendo que me la devolvería cuando fuéramos a un hotel; para sodomizarme allí con más comodidad y con algo de privacidad para poder oírme aullar como una perra, mientras me rompía el culo…

Entonces le respondí que no la tendría en su poder por mucho tiempo…

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