Elsa, la madre de mi amigo

Mientras estudiaba en la Universidad, me ganaba la vida haciendo toda clase de trabajos. Uno de ellos me dio varias satisfacciones: el de reparar electrodomésticos, principalmente computadoras hogareñas, incluyendo su instalación.
En una ocasión me llamó un antiguo amigo del barrio, para decirme que su madre había adquirido un nuevo equipo y necesitaba, además de instalarlo, hacerme algunas consultas sobre su uso.

Mi amigo generalmente estaba ocupado durante casi todo el día, pero me dijo que la madre se encontraba en su casa y que yo podría pasar por allí cuando quisiera…

Conocía desde chico a Elsa, la madre de mi amigo. Era una viuda jioven que rondaba casi los cincuenta; una morocha todavía atractiva, que se conservaba bastante bien con naturalidad, ya que, en esa época, las mujeres no asistían a un gimnasio asiduamente; ni se enloquecían por tener un cuerpo perfecto…
Esa interesante mujer tenía unas tetas voluptuosas, como casi todo el resto de su cuerpo: una fina cintura, caderas suaves y unas piernas torneadas realmente matadoras. Varios de mis compañeros y yo nos habíamos hecho más de una paja pensando en Elsa, la madre de nuestro amigo Gerardo…

La tarde que fui a instalar la computadora, Elsa me recibió de entrecasa, vestida solamente con un camisón negro algo transparente, que dejaba traslucir una diminuta tanga que parecía ser de seda negra. Después de saludarla con un beso, sentí que mi verga comenzaba a endurecerse dentro de mis pantalones.

Comencé a instalar la máquina; pero me distraía bastante ver a esa hermosa mujer moverse cerca; jamás la había visto con tan poca ropa.
La miraba de reojo pensando en todo lo que le haría si tuviera la oportunidad; pero algo en mi mente reaccionaba llevándome por otro camino, diciéndome que esa mujer era la madre de uno de mis amigos…

Cuando terminé de conectar los cables, yo me quedé sentado frente al teclado y Elsa se acercó, quedando de pie a mi lado. De repente algo le llamó la atención en la pantalla y se inclinó hacia mí. Entonces pude ver por el escote del camisón, que sus turgentes tetas estaban sueltas y sus pezones bien erectos. La visión de sus areolas bien oscuras terminó de ponerme la pija más rígida que una barra de acero…
Ella seguramente notó mi excitación: yo no podía ocultar el bulto que iba creciendo en mis pantalones. Elsa se inclinó nuevamente para teclear algo y yo no pude resistirlo; tenía que mirar esas tetas de nuevo y lo hice.

La verga se me paró tanto que dejé escapar un suave gemido; pero la madre de mi amigo no dijo nada; o se hizo la distraída…
En ese momento a ella se le cayó un bolígrafo y me agaché a recogerlo. Al levantarme sin querer rocé sus redondas tetas con mi cara. Me sentí morir de vergüenza y me disculpé con ella; no fuera a pensar que yo era un pajero…
Elsa me dijo que no me preocupara; siguió tecleando y yo no pude dejar de mirar sus hermosas tetas, cuyos pezones, seguramente debido al roce, se habían puesto todavía más duros y erectos…

Eso me puso a mil y comencé a carraspear nerviosamente.
La mujer dejó de escribir en la pantalla y me miró desde su asiento; viendo que mis ojos no se apartaban de sus tetas. Entonces se bajó el camisón por los hombros y me las mostró en toda su plenitud. Me quedé con la boca abierta pero al mismo tiempo alargué mis manos para acariciar esas magníficas redondeces.
Pero entonces Elsa sonrió con malicia y apartó mis manos con un golpe seco. Luego se levantó y me dio la espalda, dirigiéndose a su dormitorio.
Yo no entendía nada; pero al llegar a la puerta de la habitación, Elsa se volvió y sin dejar de mirarme deslizó el camisón por su cuerpo, hasta hacerlo caer a sus pies.

Avancé hacia ella y la seguí para entrar al dormitorio. La abracé desde atrás y tomé entre mis manos sus enormes pechos, acariciando sus duros pezones.
Ella gimió y pegó su firme trasero contra mi entrepierna, donde yo podía sentir mi verga a punto de explotar…
Entonces tomó mi mano y la deslizó dentro de la diminuta tanga de seda negra. Mientras comenzaba a rozar su pubis, sentí una delgada tira de vello sobre sus labios vaginales. Se los abrí con mis dedos y empecé a masturbarla suavemente; mientras Elsa comenzaba a gemir y jadear cada vez más y más…

Cerré los ojos para disfrutar el momento y, cuando quise acordarme, mi endurecida verga estaba afuera y mojándose con la saliva de Elsa.
Hasta entonces jamás me habían mamado la pija tan bien, con tanta maestría. Evidentemente, la viudez tenía muy caliente a esa mujer…

No pude aguantar más las ganas de cogerla; así que la hice poner de pie y le pedí que se quitara la tanga. Apenas lo hizo me empujó al borde de la cama. Caí sentado y entonces Elsa se acercó a mí, pasando una pierna a cada lado de mi cuerpo.
Luego fue descendiendo mientras me miraba fijo a los ojos y fue empalándose en su cálida concha, que ya estaba chorreando a mares…

Mi verga bien gruesa entró con mucha facilidad y ella comenzó a moverse de una forma increíble, a ritmos acelerados mientras gemía, jadeaba y suspiraba…

Ambos duramos por un buen rato y finalmente pude sentir que Elsa estallaba en un tremendo orgasmo con mi verga metida hasta el fondo de su ahora dilatada y chorreante vagina…
Por mi parte ya no pude aguantar más y sus movimientos de cadera me hicieron eyacular al ritmo de sus contracciones vaginales. Me vacié dentro de su concha, mientras ella me miraba fijamente a los ojos.
Luego se levantó y enseguida se puso en cuclillas entre mis muslos. Me lamió otra vez la verga hasta lograr ponerla mucho más tiesa que antes…

Entonces se apoyó sobre mi cuerpo y colocó mi verga entre sus tetas. Me hizo una “turca” que no podría olvidar por el resto de mi vida…
Por supuesto me hizo acabar nuevamente y entonces ella deslizó con sus dedos mi semen esparcido por su cuerpo para saborearlo en su boca.

Me incliné para besarla y ella me dijo que mantendríamos nuestro secreto.

Elsa fue al baño para limpiarse los restos de semen en su cuerpo.
Me vestí y regresé a la computadora, segundos antes de que la puerta de calle se abriera y entrara mi amigo. Su madre salió del baño vestida de manera impecable; aunque su sobrio vestido seguía siendo de entrecasa.

Sonrió y besó a mi amigo Gerardo, diciéndole que yo era un genio instalando todo ese equipo y que estaba pensando que ella podría tomar clases de computación conmigo; al menos, unas tres veces por semana…

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