El vendedor

La primera vez que mi esposa me fue infiel se me había caído el mundo en pedazos. La descubrí por un correo que leí en su laptop justo el día en que se había ido a encontrar con aquel amigo de la adolescencia, y aunque ella me juró que esa iba a ser la primera vez y que mi llamada la detuvo a tiempo, siempre me quedé con la duda.

Con el paso de los meses fui perdonándola, claro está, a sabiendas de que yo mismo había sido infiel en algunas ocasiones, solo que ella nunca me había descubierto. Comprendí que mis infidelidades no afectaron el matrimonio, y terminé por pensar que aun que ella me hubiera puesto el cuerno incluso en varias ocasiones, nuestra vida seguía como siempre.

Todo lo había digerido en mi mente, sin embargo, había algo que aun me hacía ruido, y era esa morbosa posibilidad no solo de enterarnos de las infidelidades del otro, sino de cometerlas con el consentimiento del segundo, y aun mejor, en presencia del otro.

A pesar de lo sucedido jamás me animé a proponerle algo asi a mi esposa, quien para no dejarlos con la duda, es una mujer de 38 años, con un rostro algo acabado por la vida, pero un cuerpo delgado que con los años solamente ha acumulado carne en el trasero y los muslos, lo cual la hacen ver aun mejor que cuando la conocí.

En los últimos 3 meses había tenido 3 oportunidades claras de serle infiel a mi esposa, sin embargo, aunque el número no era nada despreciable comparado con las oportunidades que llegué a tener a los 25 o 30 años, esa maldita fijación por la infidelidad en presencia de mi mujer me llevó a desecharlas por no atreverme a proponérselo ni a una, ni a la otra.

Inocente, tal vez hasta estúpidamente, jamás pensé que la primera oportunidad se daría con los papeles volteados… y asi fue como sucedió:

El insoportable calor de la ciudad de Monterrey se hizo presente ese día, y junto con este, la disfrutable sorpresa de ver a mi mujer en un vestidito de una sola pieza, holgado, y no más abajo de media pierna. No me aguanté las ganas de comérmela con la vista cuando me pasó por enfrente, y mientras se sonreía me dijo que desde que se había comprado el vestido sabía que yo haría eso. No pude más que contestarle que me conocía bastante bien, y acto seguido me puse detrás de ella para pasarle una mano alrededor del cuello mientras con la otra le manoseé las nalgas a placer subiéndole el vestido y quitándome la curiosidad del tipo de interior que llevaba debajo.

Como siempre que hacía eso, ella se soltó en carcajadas y comenzó a quitarme las manos de encima, argumentando que el niño estaba en el piso de arriba y temía que bajara para encontrarnos en pleno espectáculo erótico.

A fin de cuentas sacié mi duda y corroboré que siempre que usaba vestidos cortos, se ponía debajo una pantie nueva que seguramente compraba uno o dos días antes del fin de semana que planeaba usarlo, y que generalmente no era tan provocativa como una tanga, pero si dejaba ver bastante de sus nalgas si una corriente de aire decidía regalarle el espectáculo a quien estuviera en el momento y en el lugar adecuados. Nunca le pregunté, pero seguramente siempre lo hacía pensando en que eso pudiera ocurrir y no quedarle mal a la gente luciendo una pantie vieja u holgada.

Ese sábado era nuestro fin de semana libre, pues nos turnamos con mi cuñada para cuidar a los niños de la otra pareja para que cada uno pueda tener un sábado sin cuidar hijos cada 15 días, asi que sabiendo que esa noche habría acción, no me quité de la mente la calentura que el vestidito me provocó y decidí continuar el día planeando en mi cabeza cómo terminaría la noche.

Me pidió, después de dejar a nuestro hijo con su tía, que en vez de ir al cine como cada quince días fuéramos al centro comercial porque necesitaba buscar un par de pantalones de tela delgada para el fuerte verano. La idea no me desagradó, asi que sin poner ningún pero manejé hasta la plaza comercial más exclusiva de la ciudad, donde para mi desgracia económica, mi esposa solía comprarse la ropa.

Sabía a lo que iba, asi que mientras mi mujer daba mil vueltas por el departamento de damas de una tienda departamental, yo salí a dar una vuelta en la plaza para luego regresar a sentarme en un sillón cercano al departamento de damas, y disponerme a jugar en mi teléfono el juego de moda.

Durante varios minutos la veía de reojo pasar de los estantes al vestidor con uno y otro pantalón en la mano. Su contoneo hacía que el vestidito volara de un lado a otro dejando justo lo prohibido escondido debajo de la tela, y en un par de ocasiones, descubrí a dos tipos distintos viendo fijamente su trasero mientras acompañaban a su esposa. Lejos de m*****arme, me sentí halagado, incluso un tanto caliente.

Todo fue normal hasta que me di cuenta de que uno de los vendedores, el mismo que estando yo ya sentado en el sillón le había ofrecido ayudarla con las tallas, perseguía de muy cerca a mi mujer marcando cada uno de sus pasos de un lado a otro de la tienda. Relativamente normal, pues seguramente quería adjudicarse la venta, sin embargo noté un interés excesivo en la mirada del chico, pues lejos de seguirla para ofrecerle más ayuda con sus compras, se dedicaba a mirarla de arriba abajo y a sonreírle cada vez que sus ojos se cruzaban.

No tuve más que levantar las cejas y permanecer asi cuando me di cuenta de reojo de que mi mujer le había contestado la sonrisa en una de las ocasiones, y no solo eso, sino que la sonrisa no se borró de su rostro durante los siguientes segundos mientras hurgaba el estante de los pantalones.

Estaba claro que aquel chico, que cabe mencionarlo debía haber sido unos 15 años menor que ella, le había provocado la satisfacción de que aun despertaba las hormonas de alguien que bien podía haber sido su alumno en la primaria 15 años atrás.

Pasó con 4 pantalones en la mano y fue a meterse al probador, no sin antes dedicarle su mirada al vendedor cuando le pasó por un lado, en esa ocasión, muy cerca de él, lo cual me dejó en claro que ya no solo era satisfacción, sino que estaba dispuesta a provocar al chico, por diversión, o tal vez por la curiosidad de enterarse de qué tanto era capaz aun.

Me levanté del sillón y sin pensar en las consecuencias caminé hasta donde estaba aquel joven vendedor todavía viendo hacia el probador de damas, tal vez asaltado por el pensamiento morboso de ir a meterse junto con mi mujer.

Me paré junto a el, y cuando apenas me iba a preguntar si me podía ayudar en algo, lo interrumpí preguntándole: ¿Que guapa mujer verdad?, ¿Sabes si viene sola?. El chico se destanteó de inicio, luego me sonrió y me confirmó que si era una mujer muy atractiva, y que el tenía ya rato de estarla viendo y aparentemente si estaba sola por la tienda. Le contesté que si yo no fuera un hombre casado ya hubiera intentado un movimiento con ella, y cerré diciéndole que seguramente por su edad él no sería casado, que si yo fuera él, le llenaría de elogios a la dama para ver si era una de esas señoras divorciadas que estaban dispuestas a todo.

El tipo no me respondió de inicio, me miró durante varios segundos, y luego se limitó a contestar: No es ninguna mala idea. Me despedí de el y fui a dar una vuelta por otros departamentos para que no me viera sentarme en el sillón frente a las blusas.

Fueron los 2 minutos más largos de mi vida, paseaba por entre ropa de niños y deportiva mientras pensaba si aquel chico habría sido capaz de caerle con algún piropo a mi mujer, y mayor mi duda, cuando pensaba en la reacción que mi mujer tendría ante eso.

Finalmente entré en el pasillo que me llevaría al departamento de damas. Muy lentamente y tratando de esconderme detrás de los estantes me fui acercando hasta que los tuve al alcance de los ojos.

¡Vaya chico!, había tomado el consejo de inmediato. Mi esposa estaba parada afuera del vestidor con los pantalones que se probó en la mano mientras el vendedor le decía no se qué tantas cosas que tenían a ambos con una tremenda sonrisa en la boca.

La conversación duró un buen rato, tanto que mi mujer comenzó a doblar y redoblar la ropa que traía cargando en clara señal de que algo la estaba poniendo nerviosa, y de pronto, sin dejarle tiempo para reaccionar, el chico se acercó a ella y tomó la ropa que tenía en la mano para ayudarle, y de pasada, acariciarle los brazos y las manos de una manera que estuvo a punto de lograr que yo corriera para caerle a golpes.

El tipejo seguía sonriendo y hablándole cada vez más de cerca, lo cual me hizo tomar la decisión de ir de inmediato a sacar a mi mujer de ese apuro, sin embargo las reacciones de ella parecían ser de agrado al mismo tiempo que de nervios, pues no se retiraba, pero miraba constantemente de un lado a otro como buscando que yo no fuera a aparecerme de pronto y la sorprendiera coqueteando con un vendedor.

Me quedé helado detrás de un estante mirando aquel espectáculo, el chico extendió un pantalón y lo acercó mucho al cuerpo de mi mujer, como probándoselo con la mente, mientras se la merendaba y cenaba con la mirada. Ella se notaba excesivamente nerviosa, pero tampoco hacía nada por alejarse de ahí, hasta que el chico dejó el pantalón sobre el mostrador, quitó la sonrisa del rostro, y comenzó a decirle algo a mi esposa mientras la miraba de pies a cabeza.

No pude saber qué tanto le había dicho hasta antes de ese momento, ni tampoco qué le estaba diciendo con tanta seriedad, pero estuve seguro de que el joven había sacado todas sus armas y posiblemente había ido al grano, pues mi esposa comenzó a retorcer el cuerpo y apretar las manos constantemente. Al final del cuento que aquel chico le hizo, metió su mano a la bolsa y pude ver como iba lentamente sacando su teléfono celular.

De inmediato supuse que me llamaría, asi que quité el sonido del timbre de mi celular y me alejé rápidamente dos o tres pasillos mientras sonaba con vibración.

Contesté en voz baja. Ella me saludó y me preguntó directamente en qué parte de la plaza estaba. Le contesté que estaba caminando por el área de comidas, y rápido le pregunté si necesitaba algo. Debo confesar que me sorprendió la frialdad de mi mujer, pues como si nada estuviera pasando me contestó que no, que estaba probándose ropa todavía, pero que posiblemente tardaría un rato más.

Con un nudo en la garganta le contesté que no se preocupara, que yo estaba a punto de entrar en la tienda de películas, asi que también tardaría al menos media hora en lo que veía las opciones nuevas. Sin titubear ni un segundo, me dijo que cuando se desocupara me buscaba nuevamente, y colgó.

Salí como demonio entre los estantes de ropa para ver a qué era lo que habían planeado, y cuando llegué a un lugar desde donde podía ver, me di cuenta de que ella ya no estaba.

Comencé a mirar a todos lados buscando a dónde se había ido, pero después de un momento me di cuenta de que ahí estaba el vendedor, con la mirada fija hacia dentro del vestidor, y estuve seguro de que mi esposa estaba dentro.

No sabía a qué estaban jugando, pues el tipo no entraba, simplemente miraba y luego nervioso volteaba hacia todos lado como comprobando que nadie se acercara. Tras un minuto entendí el juego. El tipo no paraba de moverse y mirar hacia todos lados, luego regresaba la mirada hacia adentro del probador y descaradamente se acomodaba el paquete por encima del pantalón. Claramente, mi querida y tímida esposa, se estaba probando ropa con la puerta abierta para que aquel chico se deleitara con su cuerpo semidesnudo.

Contrario a lo que pensé que podía haberme pasado, la adrenalina recorrió mi cuerpo y la temperatura me subió de inmediato. Veía en el rostro del joven la desesperación de tener una mujer desnuda frente a el y no poder correr a tomarla, imaginaba a mi esposa agachándose a levantar el pantalón y mostrándole en plenitud aquel carnoso culo cubierto por una pantie recién desempacada, levantándose lentamente y luego poniéndose de frente para que pudiera admirar sus pechos, no lo se, tal vez desnudos.

El vendedor no soportaba más, hacía movimientos como si fuera a correr hacia dentro del vestidor, y luego volvía a mirar a todos lados para ver si nadie se acercaba. Asi fue durante unos segundos más, hasta que a unos metros se vió venir a una señora con dos vestidos en la mano, y mientras el tipo caminaba hacia ella, con la mano izquierda hacía una seña hacia dentro del vestidor.

Aproveché para acercarme un poco más y sentarme de nueva cuenta en el sillón detrás del estante de blusas. Mientras tanto el vendedor atendió a la señora de los vestidos y esperó pacientemente a que mi mujer saliera del vestidor con los mismos 4 pantalones que desde hacía 20 minutos traía en la mano.

El tipejo la abordó de inmediato. Ella miraba al piso mientras el vendedor le decía no se qué tantas cosas. Hasta que de pronto, él dijo algo que la hizo levantar la mirada y verlo fijamente. Pasaron 15 segundos que para mi fueron eternos, y luego mi esposa le contestó algo.

Sin soltar los pantalones ella siguió al tipo mientras este caminaba lentamente hacia una de las cajas al fondo del pasillo. No pude moverme de mi posición para no ser visto, pero me di cuenta de que el tipo entró en una de las puertas que dicen: SOLO PERSONAL AUTORIZADO y la dejó entre abierta. Lo siguiente se lo pueden imaginar, asi que apenas mi esposa desapareció de mi vista y caminé como desesperado hacia la puerta, revisé que nadie me estuviera viendo, y muy lentamente comencé a abrirla.

Me di cuenta que adentro estaba la sastrería, asi que cuando una empleada me preguntó que hacía yo ahí le dije que iba a ver cómo iba el arreglo de mi nuevo traje y se la tragó. No sería una tarea fácil, pues había una importante cantidad de puertas en el pasillo de empleados, y mi mujer junto con su amigo ya no estaban a la vista.

Pasé las primeras tres puertas, abiertas, y pude constatar que en ninguno de los cuartos estaban. De pronto pasé frente a lo que parecía ser una bodega, y el destino o el instinto me hicieron entrar sigilosamente en ella. Me fui despacio y callado pegado al primero de los racks, y como si el destino se empeñara en facilitarme las cosas, escuché un ruido de tropiezo en lo que parecía ser un cuarto aledaño.

No pude evitar que me flaquearan las piernas cuando detrás de unas cajas que estaban a la altura de mi cabeza en el rack pude ver hacia el otro lado. Ahí estaban. Mi esposa estaba apoyada con sus manos contra una pared, con sus ojos cerrados, mientras el vendedor estaba de rodillas en el piso, levantándole el vestido y manoseándole a placer las nalgas por encima de la pantie nueva que más tarde supuestamente estrenaría yo.

El tipo se dio el gusto de su vida apretando y lamiendo las nalgas de mi mujer. Luego, con movimientos torpes y desesperados, comenzó a bajarle el interior. Ella cooperó, no se resistió e incluso le ayudó doblando su pierna izquierda para dejarlo caer el piso. El chico la hizo voltear. Su rajita estaba perfectamente depilada como cada sábado libre, pero en esa ocasión no fui yo el que la disfrutó, pues el vendedor no se resistió y tras pasar sus dedos por entre los labios de mi esposa, se abalanzó con la lengua sobre ella causando que mi mujer levantara el rostro hacia el cielo y mantuviera la boca abierta durante un muy buen rato.

Tuve que detenerme de donde pude para que las piernas no me fallaran. Dentro de mi corrían dos vertientes opuestas, una de ellas me pedía a gritos ir a matar al tipo, y la otra me recordaba que eso era lo que yo había deseado ver desde hacía mucho tiempo. La segunda, la más fuerte hasta ese momento, me fue adentrando en el juego de voyeurismo provocándome que me olvidara de quien era aquella mujer y me entregara a una erección que por momentos ya no pude soportar más.

Mi esposa levantaba la pierna derecha para permitirle mayor libertad al tipo, pero después de algunos segundos tenía que bajarla para no caerse y le atrapaba la cara al vendedor entre sus piernas. Podía ver como ella sudaba y se contorsionaba para no lanzar gemidos de placer mientras un completo desconocido le comía la entrepierna en un lugar semi-público. El chico no cedía en su afán por darle todo el placer a mi mujer, no despegaba su rostro de ella mientras entre los movimientos podía ver como abría su boca para pegarla de lleno en los labios vaginales de mi esposa mientras con la lengua la exploraba hasta donde su longitud se lo permitía.

Sabía cual era el siguiente paso, pues mi esposa jamás permitía que la llevara a un orgasmo con la boca. En los años que llevábamos juntos, siempre me hacía quitar para que terminara de llevarla a las estrellas con el pene y no con ninguna otra parte del cuerpo.

Tal como lo había sospechado, mi mujer no tardó mucho en comenzar a jalar del cabello al tipo para retirarlo de su entrepierna y evitar que la llevara al orgasmo… todavía.

El chico se m*****ó por los movimientos de mi mujer y levantó el rostro para verla fijamente. Ella no permitió que aquello llegara a mayores, pues de inmediato lo hizo levantar y con un movimiento que pareció instintivo llevó ambas manos hasta el bulto del vendedor y comenzó a apretárselo por encima del pantalón causando que el chico se retorciera por la intensidad del movimiento.

Apenas y pudo dar dos pasos atrás para comenzar a desabrocharse el cinto y el pantalón cuando mi esposa dio los mismos pasos al frente para volver a tomarlo en sus manos, pero en esta ocasión, sin tela que se interpusiera entre el contacto de las pieles.

Aquella imagen me hizo recordar los tiempos del inicio del noviazgo con mi esposa, aquellos cuando aun no aceptaba acostarse conmigo, pero me hacía constantemente “favores” en el baño de su casa mientras sus padres salían a comprar la cena. Asi en la misma posición que yo recordaba estaba de nueva cuenta. Con su mano derecha masturbaba rápidamente al chico mirando fijamente su miembro y apalancada de su culo y su espalda.

Ahora fue el vendedor quien levantó el rostro hacia el cielo mientras mi esposa le daba placer, pero contrario a lo que tal vez ambos pensamos, ella nunca se inclinó para terminar el trabajo con la boca. Durante un par de minutos estuvo jalándosela en la misma posición, hasta que la calentura o el aburrimiento, hicieron que el tipo comenzara a moverse intentando que mi esposa lo soltara.

Después de varios intentos mi esposa soltó su juguete nuevo. Debo confesar que a lo lejos no se veía más largo que el mío, sin embargo, si bastante más grueso. Tal vez aquello fue lo que hizo que mi mujer permaneciera unos segundos más mirándolo fijamente.

El momento crítico había llegado. Ambos estuvieron frente a frente sin tocarse durante varios segundos, decidiendo, tal vez tomando valor, para terminar aquello en un encuentro de manos o tirarse en el piso y entregarse al placer de la penetración. Cerré mis ojos y esperé que al volver a abrirlos aquello hubiera terminado ya, no quería, ya no quería ver el espectáculo que tantas veces había imaginado, al menos no ese día.

No escuché más ruido durante unos segundos, asi que poco a poco fui abriendo los ojos.

El tipo no la miraba a ella, tenía sus ojos puestos sobre su miembro que acariciaba y jalaba como dándoselo a desear. Mi esposa había dado dos pasos atrás y miraba como su amigo se tocaba a si mismo, me imagino, decidiendo aun cual sería su siguiente paso.

De pronto vi como las piernas de mi mujer se empezaron a doblar poco a poco y comenzó a dejarse caer hasta quedar de rodillas en el piso. Sentí un tremendo alivio de no verla recostarse y abrir las piernas, pero no me duró mucho el gusto, pues el tipo no dudó en enfilarse hacia ella y mientras mi mujer abría la boca para recibir su miembro, tal vez lentamente como yo siempre lo hacía, el vendedor se lo insertó con tal fuerza y profundidad que fue suficiente para que lanzara un ruido de asco que seguramente se escuchó hasta el pasillo.

Ambos miraron hacia la puerta de la bodega para corroborar que nadie viniera. Y mientras el chico aun vigilaba la entrada, mi esposa tomó su pene con la mano derecha y lo metió en su boca haciendo que el tipo girara de inmediato su cabeza para presenciar en vivo como una cliente casual terminaba haciéndole sexo oral en la bodega.

Igual que lo hacía conmigo, mi mujer tomó suavemente las bolas del tipo con la mano izquierda mientras con la derecha afianzaba la base de su pene y de vez en cuando la usaba para quitarle la saliva que ella misma iba dejando. Sus ojos permanecieron abiertos casi todo el tiempo. De vez en vez succionaba el miembro del vendedor y se lo sacaba de la boca haciendo un ruido como el de un bebé soltando el chupón y lo miraba durante algunos segundos mientras con la mano lo acariciaba suavemente. Pude ver en su mirada la lujuria de no haber tenido un orgasmo, y sabía que estaba haciendo aquello con la esperanza de que cuando terminara el chico ella pudiera disfrutar de un grito de placer.

No tardó mucho aquel tipo, pues calculo que no pasaron ni 2 minutos cuando tomó a mi esposa de la cabeza y la apretó contra su pelvis. Sin embargo ella, como cada vez que yo mismo hacía eso, lo quitó de un empujón para que no terminara en su boca, y con jalones muy rápidos y constantes apuntó su miembro para otro lado y se dispuso a ver como la leche saltaba chorro tras chorro mientras el tipo se retorcía y ahogaba los gritos de placer.

Finalmente el tipo terminó y todavía dando tumbos comenzó a sacudirlo mientras mi mujer se incorporaba poco a poco hasta quedar de pie. ¿Qué seguía?, Era un hecho que mi mujer lo había hecho terminar para que el tipo no quisiera penetrarla, sin embargo se había arriesgado a que la dejaran a la mitad del camino, pues el tipo ya no tenía mucho a qué aspirar.

Intercambiaron un par de palabras que no alcancé a escuchar por la distancia. Ella se sonrió y el levantó sus hombros en señal de ignorancia ante lo que ella le decía, finalmente, tras un comentario que terminó en una sonrisa de ambos, mi mujer caminó hacia uno de los racks y se sostuvo con ambas manos de este dándole la espalda a su amiguito.

El tipo sin guardarse todavía la verga se acercó a ella y primero se la restregó entre las nalgas ya dormida. Pude ver donde ella levantó un poco su culo en señal de agrado ante el contacto, sin embargo, no terminó como yo imaginaba, pues el tipo se alejó y con movimiento lento comenzó a acariciarle las nalgas a mi mujer hasta que poco a poco metió los dedos entre ellas y comenzó a pasearlos por su entrepierna y su culo a placer.

En ese momento ya no pude ver mucho más, pues el cuerpo del vendedor me tapaba la vista hacia lo que su mano hacía con mi esposa. Solamente la pude ver retorcerse durante varios minutos, hasta arquear su cuerpo de una manera impresionante en señal de que estaba teniendo un orgasmo.

Tan amigos como si nada hubiera pasado comenzaron a platicar mientras el tipo se acomodaba la ropa. Ella se peinaba con las manos y después de un minuto se dio cuenta de que su pantie nueva estaba tirada en el piso, revolcada y pisoteada por los movimientos, asi que después de levantarla y enseñársela al vendedor, este le pidió que la acompañara dos estantes más adelante en donde le dio a escoger entre las tallas de una caja de ropa interior con el logotipo de una marca bastante cara.

Mi mujer, como si de pronto tuviera pena después de aquel espectáculo, se escondió detrás del rack para enfundarse las panties que su amiguito le acababa de regalar sin que la tienda departamental supiera nada al respecto. La hizo que la viera por delante y detrás para confirmarle que no tuviera el vestido sucio, esperó a que su amigo dejara la bodega, y como si nada hubiera pasado ahí salió pasando muy cerca de donde yo ya estaba escondido detrás de unas cajas apiladas.

No supe qué más pasó. Pues me mantuve sentado en el piso de la bodega pensando en lo que había sucedido durante varios minutos, y después de salir de la bodega y de la tienda tomando todas las precauciones para no ser visto, recibí la llamada de mi mujer diciéndome que no había encontrado nada que le agradara y estaba lista para irse.

La vi venir por el pasillo principal de la plaza comercial, con una sonrisa en la boca y completamente radiante. Contoneándose de un lado a otro y arrebatando las miradas de los tipos que caminaban en compañía de sus familias ese sábado por la tarde. Me besó en la boca y su aliento olía a pasta dental, luego me dijo que si estaba listo, y nos fuimos.

Esa noche no dejó ni siquiera que me quitara la ropa para ponerme algo más cómodo cuando llegamos a casa. Me detuvo frente al mueble en donde dejo mi cartera, comenzó a manosearme por todos lados, y un minuto después estaba hincada en el piso haciéndome sexo oral.

El sexo fue espectacular a pesar de que en mi mente estaba aun su imagen comiéndose a aquel tipo. Detuvo mi orgasmo 3 o 4 veces y me dejó descansar mientras me besaba por todo el cuerpo, hasta que después de mucho tiempo decidió entregarse al placer y que ambos alcanzáramos el placer orgásmico al mismo tiempo, en nuestra cama, y siendo ella la que me montaba.

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