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El señor Manuel XV

– ¿Le puedo dar un abrazo?

– Como quieras, María.

– Si va a dármelo obligado, mejor no. Solo necesitaba un tierno abrazo. Las mujeres somos así de bobas a veces. Pero le dejo descansar tranquilo.

– Claro que puedes, María, no me entiendas mal.

En ese momento, con la penumbra que apenas dejaba ver nuestras siluetas, me arrodillé en la cama, y con suavidad me eché hacia delante, apoyando mi pecho desnudo sobre su torso algo velludo, pero muy suave. Él se giró ligeramente hacia mí para echar una mano sobre mi espalda, y dejando que mi mano pasara bajo su axila, y pudiera sentir su espalda en mi brazo. Apoyé la cara en su cuello y pecho, mi entras mi mano acariciaba suavemente su espalda, y el señor Manuel hacía lo mismo con la mía, sin bajar más abajo de la cintura. Podía sentir sobre mi cadera desnuda el fino pantalón de pijama, y su miembro que empezaba a tomar tamaño. Tras unos segundos así, me levanté ligeramente, dando por finalizado el abrazo, y le di dos besos deseándole unos dulces sueños, dando por finalizada su tortura y también la mía.

Regresé a mi cama, y me tumbé sobre ella a descansar en el silencio de la noche, apenas a unos metros de nuestro vecino, escuchando su respiración desde mi habitación.

En el medio de tanto silencio, escuché un ruido conocido, el de un paquete de pañuelos de papel que se abría y sacaban uno, con el suave sonido de cuando se estira. Eso me calentó aún más, ya que sabía lo que iba a suceder en ese momento. Mis piernas se abrieron, y empecé a acariciar mi sexo empapado. Podía escuchar un ligero sonido rítmico de su mano subiendo y bajando por su pene tieso, y eso me excitó aún más, y mi respiración comenzó a tomar fuerza. Ahora él me podía escuchar perfectamente. Cada vez estaba más caliente, y sentía como también él iba cogiendo fuerza en su respiración. De pronto su respiración pasó a unos fuertes resoplidos, pudiendo escuchar como disfrutaba y explotaba. Eso fue como un interruptor, y me hizo explotar a mí también, corriéndome y dejándome llevar, sin disimular unos gemidos de intenso placer ante tanta excitación. Sin hacer nada juntos, nos habíamos corrido a la vez.

Ambos caímos exhaustos en la cama tras una noche de tanta excitación, primero él, y luego yo escuchando sus ronquidos.

Estaba plácidamente desnuda, durmiendo, cuando unas caricias empezaron a recorrer mi cuerpo desnudo, no sabía si estaba soñando o era realidad, cuando de pronto abro el ojo, y con la claridad de los primeros rayos de luz, veo que es José desnudo a mi lado. Acababa de llegar de trabajar.

– Buenos días, cariño. ¿Qué hora es?

– Tranquila, es pronto. Acabo de llegar, pero no podía desperdiciar ver la imagen que tengo ante mis ojos.

– Ummmmmmm. ¿Y te gusta?

– Claro que me gusta, me susurró al oído mientras me acariciaba y besaba bajando desde la oreja por el cuello con sus labios.

– Y veo que nuestro vecino también duerme plácidamente semidesnudo sobre su cama.

Mis ojos se abrieron de golpe.

– ¿Semidesnudo?- Por un momento me imaginé su pantalón bajado y su polla fuera de él, habiéndose quedado dormido tras su masturbación.

– Bueno, tranquila, con su pantalón de pijama, no desnudo del todo. Aunque viendo esos ojos, creo que me tienes que contar algo.

Me puse muy nerviosa. No sabía qué decir, así que me armé de valor y le conté todo lo sucedido durante la noche, mientras José estaba desnudo en la cama junto a mí.

Al principio estaba muy asustada, pero al ver que la historia había puesto la polla a mil, y ver también su sonrisa en los labios, me di cuenta que estaba disfrutando al conocer lo sucedido.

– ¿Estás enfadado?

– Para nada. No sabes como me has puesto. Me enfadaría si hubiera sido con otro, pero con el señor Manuel ya sabes que me pone un huevo. Y más me pone que estés disfrutando con esto. Ya sabes que tienes vía libre en este asunto.

Y sin mediar más palabra, me dio un beso en la boca, metiéndose entre mis piernas, y de una sola embestida, entro sin ninguna resistencia hasta el fondo, sacando un fuerte suspiro de mi interior. En apenas un par de minutos pude sentir como llenaba mi interior de su semen, y mi dedo acariciando mi clítoris hizo el resto, llevándome de nuevo al éxtasis aprovechando que su pene continuaba dentro de mí con sus últimos pequeños latidos. Se tumbó a mi lado, me besó de nuevo, y quedó como un angelito dormido tras toda una noche despierto en el trabajo.

Me levanté, bajé la persiana para evitar que el sol de la mañana calentara más el cuarto y la luz le despertara, cogí una camisola, y salí al baño a lavarme.

Al salir del baño, ya con mi camisola, me encontré al señor Manuel haciéndose el desayuno sin hacer mucho ruido. Me acerqué, y le di dos besos de buenos días.

– ¿Qué tal has dormido?- me dijo hablando muy bajito.

– Muy bien. Tras el abrazo, creo que ambos nos relajamos- le dije guiñándole el ojo.

Me sonrió, y se puso rojo como un tomate, mientras cogía la cafetera apartando la mirada de mí.

El resto de la mañana transcurrió como una más. El señor Manuel salió de casa tras ducharse, y no regresó hasta poco antes de la hora de comer, justo cuando José estaba en la ducha, y yo estaba cambiando las sábanas de nuestra habitación. El día transcurrió normal, sin nada reseñable que recuerde, viendo la tele, y dando un paseo antes de cenar, aprovechando que el sol ya no daba con tanta intensidad, tras otro día de bochorno intenso.

José se duchó, mientras el señor Manuel y yo preparábamos la mesa.

Nos sentamos a cenar, mientras hablábamos de todo un poco.

– Vaya calor tan intenso que estamos teniendo- dijo José. Ayer agradecí trabajar en el turno de noche, y la tormenta refrescó más el ambiente.

– Sí, la verdad es que hacía falta que lloviera y refrescara un poco el ambiente.

– Ya me ha dicho María que ayer se tuvo que ir con usted a la cama.

El señor Manuel se quedó lívido. Yo creo que era incapaz de tragar el trozo de comida que tenía en la boca.

– No ponga esa cara. María tiene pavor a las tormentas. Menos mal que usted estaba con ella. Muchas gracias.

Esa frase de José quitó hierro al asunto, y dejó que nuestro vecino tragase con más calma su comida.

– No quiero que pienses mal.

– Tranquilo, Manuel, no se ponga nervioso. Le estoy agradecido de que cuide de María cuando yo no estoy. Además, lo que pase entre dos adultos, es cosa de esos dos adultos. Ya son mayorcitos para saber lo que quieren hacer. No se preocupe, no ponga esa cara, que usted es uno más de esta familia.

El señor Manuel no sabía donde meterse.

En ese momento José se levantó a por fruta al balcón, y yo acaricié con un gesto tranquilizador el hombro de nuestro vecino.

– Hoy creo que también va a haber una buena tormenta. El cielo se está encapotando de nuevo. – Dijo José al sentarse de nuevo-. Así que me alegro de que esté aquí y no deje sola a María.

Acabamos de cenar, y recogimos todo entre Manuel y yo, mientras José se arreglaba para ir a trabajar.

El señor Manuel fue al salón, y yo ayudé a preparar las cosas de mi marido.

Entramos al salón para despedir a nuestro vecino, cuando a lo lejos pareció escucharse el primer trueno de una tormenta bastante lejana.

– Bueno, parece que hoy también va a tener que cuidar de María. Va a haber una buena tormenta.

– Sí, eso parece. Esperemos que refresque algo si llueve.

– Bueno, yo les dejo, que me tengo que ir ya a trabajar. Espero que María me la encuentre tan contenta o más que esta mañana. Disfrutar de la noche, vosotros que podéis.

Y salió por la puerta dejándonos sin saber qué decir.

Aprovechando que ya estaba todo recogido, yo me fui a duchar para irme fresquita a la cama, y el señor Manuel hizo lo mismo en el otro baño. El calor era aún mayor que el día anterior. Había acabado de ducharme, y ya estaba sudando de nuevo. Y nos fuimos a ver la tele con la luz apagada para ver si estaba más fresco dentro de casa.

Cada vez los resplandores eran más intensos, aunque apenas llegaba el ruido de los truenos aún muy lejanos.

Enseguida yo me fui nerviosa a la cama. Es algo que no puedo superar, las tormentas me superan.

No conseguía pegar ojo, la casa en corriente, y no entraba nada de fresco, el camisón se me pegaba y m*****aba el roce de su tela, así que me lo quité, y tumbada en la cama así desnuda tampoco conseguí conciliar. Los ronquidos del señor Manuel ya se escuchaban desde hacía un buen rato.

De pronto el aire se paró, y a los pocos minutos comenzó a llover con fuerza, junto a un rallo que retumbó a pocos kilómetros. Eso me hizo dar un salto de la cama para cerrar las ventanas. Corrí desnuda por la casa cerrando todas las ventanas. Un nuevo trueno sonó más fuerte y cercano, haciéndome cerrar de un fuerte golpe las ventanas del balcón del salón.

– Tranquila, María. Es solo una tormenta.- Escuché decir al señor Manuel.

Y entré corriendo desnuda en la oscuridad de la noche para cerrar su ventana también, sin ver que casi tropiezo con los pies del señor Manuel, que estaba sentado en la cama para levantarse también a cerrar, pero no le di tiempo.

Un nuevo rayo iluminó la habitación, pudiendo ver a nuestro vecino sentado en la cama, y de un salto me senté a su lado abrazándome fuerte a su brazo.

El señor Manuel echó un brazo sobre mi hombro y espalda, tranquilizándome mientras estaba sentado a mi lado. Así estuvimos un buen rato hasta que la tormenta fue bajando de intensidad.

– Creo que ya se está alejando la tormenta, y deberíamos intentar irnos a dormir.

Yo seguía aterrorizada, y bloqueada por el susto.

– Déjeme quedarme un rato aquí a su lado hasta que me calme y se pase del todo.

Así que nos tumbamos en la cama como el día anterior, con la diferencia de que esta vez estaba yo completamente desnuda, aunque el miedo no me dejaba pensar más allá.

Curiosamente, allí tumbada a su lado y sentirme protegida, caí dormida al sentir que la tormenta se alejaba y el ruido de la lluvia cesaba.

No sé cuánto tiempo llevaría dormida, cuando sentí un ruido por la casa. Alargué el brazo, y no había nadie en la cama. Me quedé quieta sin moverme escuchando. Era el señor Manuel abriendo un poco las ventanas de todas las habitaciones para que corriera un poco el aire tras la tormenta. Entró en silencio en el cuarto, abrió también su ventana con mucho cuidado, y se sentó en la cama, tumbándose de nuevo. Yo me hice la dormida, y al tumbarse, sentí como acariciaba mi frente y mi pelo, y se quedaba quieto para no despertarme. Fue un gesto tan tierno y dulce, como siempre era conmigo.

Me giré hacia su lado, y apoyé un brazo sobre su estómago y pecho, la rodilla la apoyé sobre su pierna, dejando todo mi cuerpo desnudo pegado sobre su brazo, y su mano a la altura de mi monte de Venus. Continuaba sin moverse, y me eché un poco más sobre él. Mi pezon duro sobre su pecho, y mi rodilla subió, apoyándose aun más sobre su pierna. El dorso de su mano rozaba mi sexo, y dejé bajar mi brazo más hacia su fino pantaloncillo de pijama.

(Continuará)

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