El señor Manuel XII

Esa mañana transcurrió como cualquier otra desde que, por culpa de la crisis, me había quedado sin trabajo. Salí a comprar al supermercado, dejando al señor Manuel arreglándose para ir a ver la obra de su piso o los recados que tuviera que hacer. Hasta poco antes de comer no apareció. Imagino que se sentía algo violento y confuso tras los últimos días.

Se puso ropa más cómoda, y se acercó a echarme una mano en la cocina, para así tener todo listo cuando apareciera José.

Le notaba que mi vestido de tirantes y la falda tan corta le ponía tenso, pero también me fijé, por algún reflejo, que cuando me agachaba o le daba la espalda, no me quitaba ojo. Le estaba cogiendo gusto a la situación, y quería provocar, con ese vestido de estar en casa viejo, a los dos hombres de la casa.

José entró por la puerta, saludó a Manuel, y me dio un besito sin quitar ojo a lo que llevaba puesto, y se fue a dar una duchita rápida antes de comer.

El señor Manuel se sentó a ver la tele de la cocina, mientras yo recogía la fiambrera de mi marido.

Justo, cuando entraba José a la cocina, me agaché a coger un trapo de cocina limpio de un cajón, mostrando de nuevo mis nalgas cubiertas, por decir algo, por el fino trozo de tela del tanga. José se quedó sin palabras, y el señor Manuel intentaba disimular mirando la televisión.

Nos sentamos los tres a comer, y la situación había descolocado más a José de lo que pensaba. Cuando se fue calmando, empezó a sonreírme, pero le di la comida, ya que el sobresalto de la imagen que acababa de ver, le hizo comer bastante menos de lo habitual en él, y se le veía con ganas de acabar y recoger.

El señor Manuel se fue a lavar los dientes, y cuando estaba metiendo los platos al lavavajillas, José se acercó por detrás, y agarrándome la nalga bajo el vestidito, me susurró al oído:

– Me tienes que contar qué ha pasado hoy para que estés provocando de esa manera. Estoy con la polla chorreando.

Yo le sonreí, y continué fregando, mientras José me daba unas últimas caricias a mis nalgas, antes de irse a lavar también los dientes.

Nuestro vecino se quedó en el salón, y yo me fui a cepillar los dientes y echarme una siesta con José.

Salí del baño, y la puerta del dormitorio estaba abierta, pero no pude ver apenas la cama, ya que no se me habían hecho aún los ojos a la oscuridad.

Me senté en la cama, pensando que José estaba ya dormido, cuando siento su mano que acaricia mi espalda por encima del vestido, y, rodeando mis costillas, llega hasta mi pecho, agarrando suavemente mi teta, consiguiendo poner mi pezón duro con una suave caricia de sus dedos.

Me giro, con los ojos ya hechos un poco más a la penumbra, y allí veo a José, desnudo, con una preciosa empalmada.

Tira de mi vestido, dejando mi cuerpo a su antojo, y me abalanzo sobre su boca mientras mi mano acaricia su miembro, sintiendo su dureza en mis dedos, y algo de humedad en su punta. Lentamente mis labios van bajando, y me recreo en sus pezones, mientras mi mano continua acariciando su polla. Y de pronto me pide que pare, y me susurra al oído.

– Cari, ¿qué es lo que ha pasado hoy para que estés tan provocativa? Me muero de ganas por saberlo.

Yo le fui contando paso a paso, desde que se me cayó el agua en la cocina, la paja que se hizo mirándome, como cogí el papel de su habitación, y que entré a darle una toalla y le vi desnudo.

– Bueno, bueno. Impresionante. Me has dejado sin palabras- me dijo José mientras acariciaba mi cuerpo ya desnudo.

– ¿No era lo que querías?

– Pues no sé si era lo que quería, lo único que te puedo decir es que me encanta que hagas esto. No sabes cómo estoy toda la mañana en el trabajo. Deseando llegar a casa, que me cuentes, y perderme en tu cuerpo.

Y sin mediar palabra, se lanzó entre mis piernas, y me empezó a comer el sexo. No aguanté apenas nada, y mis gemidos se debieron oír perfectamente en toda la casa. Se incorporó, y metió su miembro en mi sexo, explotando casi según la metía. Mi marido estaba completamente desatado, quedando exhausto junto a mí.

– Cómo me gusta saber que excitas y juegas con el señor Manuel. No sabes bien cómo me pone.

– No sé si es correcto esto que estamos haciendo, José. Nunca pensé que este juego me pudiera gustar a mí también, pero me da miedo que pueda afectar a nuestra relación, y pienses mal de mí.

– ¿Pero estás tonta? Si estoy encantado y disfrutando contigo cada día más. Pero tengo que reconocer que lo he pensado, y lo del señor Manuel me gusta porque es alguien muy cercano, y que siempre te trata con cariño. No creo que provocar a otro hombre me gustara. Me daría miedo que te hicieran daño, y eso no me lo perdonaría.

– Yo también lo he pensado estos días, ya que me he calentado con nuestro vecino unas cuantas veces, pero cuando voy por la calle, veo hombres, y no me gustaría que nadie más me observara como ha hecho Manuel. Creo que es por la cercanía que tenemos con él, y el juego que hemos iniciado juntos, por lo que he llegado a excitarme con esta situación.

– ¿Te puedo pedir algo?- me susurró José al oído.

– Pues claro – le dije algo sorprendida.

– Sí surgiera la oportunidad, tienes mi permiso para hacer lo que quieras con nuestro vecino.

– ¡Pero José!

– Tranquila, solo tenía una fantasía en voz alta.

Y acto seguido, se giró, y calló dormido casi al instante, mientras sus últimas palabras daban vueltas en mi cabeza.

Me levanté de la cama y salí al baño a lavarme, sin preocuparme si podía aparecer el señor Manuel, y acto seguido regresé a la cama.

Esa tarde no escuché ruidos extraños de nuestro vecino. Solamente la televisión del salón con el volumen más bien bajo que me hizo coger el sueño más rápidamente.

Al despertar, nos pusimos algo de ropa, y fuimos al salón a hacer compañía a nuestro vecino, y le invitamos a ir a una terraza a tomar algo.

Regresamos a casa con una buena sofoquina, entre unas copas que tomamos y el calor.

José se quitó la ropa, y se fue desnudo hasta la cocina para echar en la lavadora la ropa, como hacía habitualmente cuando estábamos solos en casa, y entró en la cocina, mientras hablaba a nuestro vecino

El señor Manuel se puso algo nervioso al ver entrar así a José, pero al verle actuar de manera tan natural, le mantuvo la conversación tras un primer titubeo al hablar. No era la misma clase de nerviosismo que conmigo, más bien fue que le pilló desprevenido la naturalidad de mi marido. Pero está claro que entre hombres no se piensan bobadas.

José salió de la cocina, y se fue directo a la ducha a darse un agua. Yo esperé a que acabara, y cuando salió a afeitarse, entré yo.

La puerta de nuestro baño ya no la cerrábamos del todo, dejando un trozo entreabierto solamente. Sin darnos cuenta, hasta en eso teníamos más naturalidad, pero nuestro vecino sí que entornaba del todo la suya. Natural, ya que no era su casa. Tampoco se veía nada, ya que había que acercarse a nuestro baño para ver algo, y eso no lo iba a hacer.

Nos fuimos a cenar, pero, antes, José otra vez hizo lo mismo de la noche anterior, y me dejó sin bragas bajo el camisón. Se me hacía algo incómodo, ya que últimamente mi flujo vaginal había aumentado por tanta excitación, y eso que ya apenas tenía reglas y de vez en cuando algún síntoma de menopausia, aunque, por suerte, muy ligeros. No me notaba muy cómoda sin bragas, pero me gusta darle caprichos a José.

La cena transcurrió normal, a pesar del calor, y los chicos estuvieron cenando con su pantalón del pijama como única prenda. Nuestro vecino iba cogiendo las costumbres de José, y eso hacía estar más naturales y sin tanto guardar las formas.

Nos sentamos como siempre en el salón a ver un poco la tele antes de dormir, y esta vez José me susurró algo al oído.

– Vamos a hacernos los dormidos, y quiero que enseñes nalga a nuestro vecino, y que te dejes caer el tirante del camisón. Me encantaría que me calentaras un poco antes de irnos a dormir. – Y me sonrió para simular estar dormido como la noche anterior, pero antes deslizó con cuidado una mano, para hacer caer el tirante de mi hombro derecho mientras el señor Manuel miraba la tele.

Yo me giré apoyé mis piernas en ángulo recto sobre la mesa del salón, dejando que la tela del vestido cayera sola poco a poco desde las piernas hacia mi cintura, dejando ver parte de mis encantos. Esta vez yo estaba disfrutando del juego exhibicionista. El tirante estaba totalmente caído, y sentía como uno de mis pechos estaba a punto de quedar entero fuera del camisón. Me estaba calentando por el nerviosismo del momento. No sé cómo explicarlo, pero disfrutaba, y más sabiendo que José miraba por el rabillo del ojo.

Al sentirnos dormir, nuestro vecino giró el cuello, y no me quitaba ojo a mis zonas bajas, y de repente empezó a mirar más arriba. Mi pecho estaba prácticamente fuera del camisón caído. El pantalón del señor Manuel se había abultado bastante, y deslizaba un brazo para tapar su excitación, y al otro lado mi marido también estaba abultado, pero esta vez no disimulaba calentón. El señor Manuel solo tenía ojos para fijarse en mí.

José hizo como que despertaba, y dijo:

– Perdona, Manuel, que nos hemos dormido.

– Tranquilos, estaréis cansados. Yo también creo que me iré pronto a dormir.

Mi marido había sido malo llevándome a esa situación, así que ahora era yo la que iba a ser mala, y seguí haciéndome la dormida. A ver cómo resolvía José lo de mi pecho fuera.

Pero no hizo nada. Se quedó callado, y me daba con el codo con disimulo para despertarme, pero yo seguía haciéndome la dormida.

De repente siento al señor Manuel que es el que hace señas a José.

– José, perdona.

Y con un gesto, le señala mi pecho, haciendo el gesto de que me suba el tirante.

– Perdona, Manuel. – Y con mucho cuidado subió mi tirante.

En esto, hago que me despierto, y me levanté para irme al servicio, a la vez que me despedía y daba dos besos de buenas noches a nuestro vecino.

Estaba en el baño haciendo pis, y siento que le pide disculpas de nuevo José al señor Manuel.

– Perdona, Manuel. Siento que te haya m*****ado que se le saliera una teta a María.

– No, hombre, no me ha m*****ado. Son cosas que pueden pasar, pero quizás a ti o a María sí os pudiera m*****ar que yo lo viera y no os avisara.

– Tranquilo, Manuel. Contigo tengo total confianza.

– Hombre, no es eso, que yo soy extraño en casa ajena.

– Está tonto. Usted es uno más de la familia, y ni que hubiera visto algo horroroso.

– Tampoco es eso, entiéndeme.

– Si yo le entiendo, Manuel. Pero lo que han de comerse los gusanos, que lo disfruten los humanos. No me diga ahora que no le ha gustado lo que ha visto de María.

– Hombre, que es María.

– Ni hombre, ni nada. ¿Le gustó o no?

– Hombre, pues sí. Es una mujer muy bonita, pero es la mujer de un amigo.

– Tranquilo, Manuel. Con usted es diferente, le tenemos mucho cariño. Y ya ha sufrido mucho estos últimos años. Para mí es un honor tenerle aquí, y de verdad que no me m*****a nada que le parezca bonita mi mujer. Otro hombre me m*****aría que la mirase, pero con usted no tengo problema, le siento muy cercano.

– Pero José, que es tu mujer. Y yo soy hombre, y no es plan que pueda mirar con ojos de hombre a tu mujer.

– A mí no me incomoda si veo que a María tampoco. Así que no se preocupe, amigo. Yo ya le dejo y me voy a descansar.

Mis oídos no daban crédito a la conversación que había escuchado.

(Continuará)…

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