El señor Manuel (VII)

Esa mañana nuestro vecino no regresó más que una vez a beber agua, y dijo que se iba a una tienda de cerámicas y sanitarios para mirar unos grifos y sanitarios nuevos para la obra que le estaban haciendo, así que estuve tranquila toda la mañana para las compras, hacer la comida y realizar las tareas de la casa.

Normalmente, si José estaba de mañana, esperábamos a que regresara del trabajo, y comíamos con él, así que nos tocó esperarle un rato. Manuel traía una serie de catálogos, y me estuvo preguntando qué me parecían las cosas que a él le gustaban. Por suerte le hice cambiar de opinión, ya que no sé qué tendrán los hombres en la cabeza, pero en muchos casos no tienen un buen gusto estético.

Cuando llegó José se fue a dar una ducha, y el señor Manuel se encargó de colocar la mesa, mientras yo preparaba una ensalada. Todo transcurrió normal durante la comida, y los hombres me ayudaron a recoger la cocina para poder descansar y dormir la siesta ante tan agobiante calor que hacía a esas horas.

El señor Manuel se sentó en el sofá frente al televisor, y cayó dormido a los cinco minutos, y yo me fui a la cama con José para reposar tranquilamente.

Al llegar a la habitación, entornamos la puerta un poco, sin cerrarla del todo, y en semipenumbra nos tumbamos en ropa interior para estar más frescos, y le susurré a mi marido todo lo sucedido, aunque le omití la parte donde estuve unos segundos mirándole la polla desde la puerta mientras él dormía. Le conté cómo me había despertado el ruido, y todos los indicios que me hacían pensar que me había estado observando, aunque en todo momento fue correcto conmigo y disimuló, y cómo al poner la lavadora su pijama estaba con restos de líquido preseminal. José escuchaba sin perder detalle, mientras con una mano me estaba acariciando las nalgas.

– José, creo que esta situación puede serle muy violenta a nuestro vecino y quizás debo tener más cuidado con lo que llevo puesta y cómo duermo.

– Yo creo que no, que debemos ser naturales, cari. Manuel es un buen hombre, y ya ha sufrido mucho en la vida estos últimos años. Tú eres una mujer con unas curvas preciosas, y, si te digo la verdad, me gusta que le pongas cachondo a nuestro vecino, me apeteces con más fuerza.

– Pero, José, a mí esta situación me pone muy nerviosa. Llevamos toda la vida juntos, y nunca había pensado que pudiera despertar estímulos sexuales en otro hombre de manera tan cercana. No quiero que pienses que soy una guarra, y que ya no te quiero – la voz me temblaba, estaba tan nerviosa, y eso que no le había contado lo que me había pasado.

– Pero por qué dices eso, Cari -me susurró José con preocupación.

– Es que no me atrevo a decírtelo.

– ¿Por qué, ha pasado algo entre el señor Manuel y tú?

– No – le dije rápidamente con voz de susto.

– Pues explícate, me estás preocupando.

– Es que no sé cómo decírtelo.

– Pues con sinceridad, como siempre hemos hecho con todo.

– Resulta que cuando esta mañana te has despedido y me has hecho palpar tu polla dura, me entró una buena calentura, y cuando iba a la habitación a dormir, y pasar por delante de la habitación de Manuel, había algo de claridad, y estaba dormido con sus pijama desabrochado, y se le salía una gran polla dura del pantalón, y me he ido a la cama, y me masturbé con el vibrador, y me venía a la mente tu polla y la suya, y me corrí en esa postura. Y cuando me despertó el ruido, ahí estaba el vibrador, estaba desnuda del todo, no con las bragas como me dejaste, ya que me las quité para correrme, y así me vio Manuel, con el juegue al lado.

– Pero, Cari, no te preocupes, es normal. Cómo va a m*****arme, si es un juego que he iniciado yo. Al revés, me alegra tanto que te mojes con algo que yo he iniciado.

– Ya, pero es que cuando se fue el señor Manuel, después de ver su pijama húmedo, me tuve que ir a la cama a correrme de nuevo. Me siento como que te hubiera sido infiel.

– No, mujer, no digas eso. ¿Tú me amas, cari?

– Pues claro, con toda el alma.

– Entonces qué te preocupa, yo así lo siento, y te amo con locura. El que yo te haya metido en este juego de fantasías no significa que nos queramos menos. Al revés, debemos usarlo para estar más unidos.

Yo estaba llorando, y José se acercó, me secó las lágrimas con su mano, y me dio un beso largo y tierno.

Sus manos recorrían mi cuerpo, una mano se deslizó por mi espalda, y con un suave gesto desabrochó el sujetador. Su mano acariciaba mi espalda mientras me besaba, sus uñas recorrían mi columna vertebral, y sintiendo escalofríos de placer.

Con mucha suavidad me despojó del sujetador, y se colocó entre mis piernas. Sus manos empezaron a acariciar lenta y con mucha ligereza mi cuerpo, y al llegar a mis pezones, estos estaban tan duros, que parecía que iban a estallar. Solo sentía, tenía los ojos cerrados, y era tan maravilloso, que el tiempo se había parado y me dejé llevar a ese mundo maravilloso fruto del amor.

Se abalanzó lentamente, y besó nuevamente mi boca, luego me besó el cuello, llevándome a un estado de éxtasis aún mayor. Sus labios y fueron bajando hacia mis pechos, y allí se entretuvo con ternura. Los besaba, los lamía, y una vez que mis pezones estaban mojados de saliva, los soplaba, y el frescor hacía que se pusieran más y más duros, primero uno, y luego otro.

Se incorporó, y y sus manos bajaron por mi flácido y suave vientre, provocando que mi respiración tomara más intensidad. Levantó mis piernas y juntó mis rodillas, y con la habilidad que siempre le caracteriza, me despojó de las bragas,bajó mis piernas, y besó mi tripa.

Su boca se acercaba a mi sexo, pero cuando casi estaba llegando, sus labios se desviaron bajando por una de mis piernas, besando su cara interna. Al llegar al pie, sus besos comenzaron a subir lentamente, y al llegar a las ingles, les dedicó unos instantes, poniéndome más y más excitada. Mi sexo chorreaba, y mi respiración jadeaba. No aguantaba más. Mis manos agarraban mis pechos, y mis piernas estaban abiertas, dejándose besar. De repente un escalofrío intenso de placer recorrió mi cuerpo; su lengua estaba recorriendo mi sexo.

Estaba entregada, mis jadeos tomaban intensidad, sentía mi humedad brotando de mi sexo, ya no iba a aguantar mucho más. Su lengua me estaba haciendo perder la noción de tiempo y del espacio.

Agarré su cabeza, y la hice subir un poco más. Empecé a mover la caderas mientras su lengua acariciaba mi clítoris. Exploté jadeando con intensidad, sin darme cuenta de que nuestro vecino podía estar escuchándonos.

Mis orgasmos iban poco a poco bajando de intensidad, cuando, de repente, José se incorpora y ya no llevaba ropa interior, con su polla tiesa, se coloca entre mis piernas, y sin ninguna resistencia entró hasta el fondo. Un nuevo escalofrío de placer recorrió mi cuerpo.

Lentamente iba moviéndose, y con los ojos cerrados sentía cada centímetro de su miembro recorriendo mi sexo. Otra vez mi cuerpo pedía guerra, necesitaba correrse. Mi mano bajó, y mientras José se movía como un maestro, mis dedos acariciaban mi clítoris.

Nuevamente estaba jadeando como una gata en celo. Estaba tan intensamente húmeda, que parecía que llevara un litro de lubricante dentro de mi vagina, cayendo por la raja de mis nalgas y humedeciendo mi ano.

José bajó una mano, e introdujo un dedo en su ano aumentando mi intensidad de excitación. Lo sentía tan rico dentro del culo que no me había m*****ado nada al entrar, al revés, mi culo pedía guerra. Era maravilloso, su polla dura en mi vagina y su dedo en mi culo poniendo en otra dimensión.

Ya no iba a aguantar mucho más, mi ano empezaba a latir, y mis dedos acariciaban mi pequeño pero duro clítoris.

En ese momento, cuando ya no podía más, José me dijo:

– Cari, como me gustaría que le dieras placer al señor Manuel.

Esas palabras me hicieron explotar inmediatamente, de manera tan intensa. Mi vagina se contraía, mi ano latía con fuerza, y su polla explotó a la vez que yo jadeaba con tanta intensidad que era imposible que no nos escuchara desde el salón.

Quedamos tendidos uno al lado, y José se incorporó y me dio un largo y dulce beso, dejándose caer nuevamente sobre la cama. Estábamos empapados por el calor y tanto frenesí.

Me giré hacia mi marido, y le dije:

– De verdad te gustaría que le diera placer al señor Manuel. Lo dices en serio.

– No te voy a mentir, y es una fantasía que tengo, la de verte con otro hombre. Pero reconozco que no te dejaría en manos de cualquier hombre, así que imagino que el señor Manuel, con el cariño que le tengo y la buena persona que es, es al único que veo que no sería capaz de hacerte daño. Pero como todas las fantasías, imagino que son difíciles de cumplirse.

– No sé, nunca se me hubiera ocurrido que te gustara algo así, y menos que me calentaras con esa situación. No creo que sería capaz de realizar algo así.

– Tranquila, Cari. No lo pienses ahora. Pero que sepas que me vuelves loco pensando que jugamos a esto tan morboso.

José cayó plácidamente dormido, y comenzó a roncar con intensidad. En ese momento sentí que nuestro vecino salía del salón y entraba al baño. Momento que aproveché para levantarme. Me puse una camisola para ir al baño sin hacer ruido para no despertarle, y poder lavarme mis bajos en el bidé del otro aseo.

Salí de la habitación sin hacer ruido, y al llegar al pasillo sentí unos ruidos extraños en el baño. Me acerqué extrañada a ver qué era aquello.

Algo le estaba pasando al señor Manuel respiraba mal.

Me asusté mucho, y pensando que le sucedía algo, abrí la puerta sin encomendarme a nadie.

Fue apenas un par de segundos, pero allí estaba el señor Manuel, con los pantalones bajados y agarrando su gran polla con la mano haciéndose una paja justo en el momento que estaba acabando de correrse con un buen chorretón de semen que caía sobre el lavabo.

– Perdón…

No fui capaz de decir más, y me fui corriendo al baño roja de vergüenza.

Mi corazón latía del susto. Me senté a lavarme en el bidé, y mientras me secaba y mi cabeza daba mil vueltas, me dije que tenía que pedirle perdón a nuestro vecino antes de que se levantara José.

Al salir del baño, José seguía roncando. Y fui a la cocina.

El señor Manuel estaba en su cuarto arreglándose y las llaves. Así que esperé en la cocina, ya que si iba a salir, tenía que pasar por allí a por los zapatos al zapatero.

Entró en la cocina nuestro vecino sin saber donde mirar.

– Manuel, perdóneme, no era mi intención, pensé que se había puesto malo – le dije hablando bajo para no despertar a José.

– Hija, qué vergüenza. ¿Qué pensarás de mí, que soy un depravado? Esta tarde mismo salgo a buscar un lugar donde quedarme durante la obra.

– ¿No lo dirá en serio?

– Claro que sí, no sé lo que me ha pasado. Ya bastante carga soy para vosotros, para que encima hayas tenido que ver esto.

– La culpa es nuestra, usted es humano, y lo que le habrá pasado es que ha sentido nuestros jadeos, y se ha excitado. La que se siente mal soy yo.

– Pero esto no tiene perdón de Dios, no debería haberme excitado, sois como unos hijos para mí.

– No lo somos, somos unos amigos. Si fuéramos unos hijos usted no se habría excitado. Por favor, no me haga sentir tan mal, no me podría perdonar que se fuera de nuestra casa por algo provocado por nosotros.

– Pero hija, no ves que yo os coarto la libertad de estar como queráis y hacer lo que queráis en vuestra casa.

– Se lo pido por favor, no se vaya.

– Si se entera José me echará de casa y con razón.

– No lo creo.

– Claro que sí, su mujer no tiene que ver a un viejo haciendo eso que ha hecho en su baño.

– Si usted conociera a mi marido…

– ¿Por qué dice eso?

– Mi marido le tiene a usted mucho aprecio y se llevaría un disgusto tremendo si se marcha.

– ¿Le puedo confesar algo?

– Dime, hija.

– Primero deje de llamarme hija.

– De acuerdo, perdona.

– Desde que usted está en casa, nuestro marido y yo nos sentimos mucho más cercanos como pareja. No nos haga esto de irse de mi casa. Quizás no lo entienda, pero le necesitamos en casa con nosotros. Piénselo, por favor. – y me acerqué a él, le di un abrazo y un beso en la mejilla, sin darme cuenta que solo llevaba la camisola, sin nada debajo.

– Se lo pido de corazón, piénselo.

– No sé, María, no sé qué decirte. Yo soy muy feliz por tener unos vecinos como vosotros. No es justo que os pague con esto.

– Solo le voy a pedir algo, y que no se torture más por esto. Usted es hombre, y como tal, tiene derecho a sentir. El susto me lo he llevado yo por haber abierto la puerta y cortarle un momento íntimo, pero no se preocupe por lo que he visto; es algo natural y un bello momento de placer. Ojalá en el mundo hubiera más placer y menos maldad.

No tenía ni idea de dónde había sacado yo fuerza para decir algo así, imagino que sería al verle a él más asustado de lo que estaba yo.

Manuel se sonrojó.

Perdona, María, pero soy de otra época, y solo mi mujer que en paz descanse me ha visto en esa tesitura.

– Pues yo también le he visto, y que sepa que me he alegrado por usted.

– Pero María… Si tu marido te escuchara.

– Pues si mi marido me escuchara, se pondría cachondo y me echaría otro buen polvo.

Y con esas me fui a la habitación dejándole totalmente descolocado.

(Continuará…)

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