El señor Manuel (VI)

Apenas llevaría una hora dormida plácidamente, y un ruido me despertó de mi relajado, aunque caluroso descanso. Por unos segundos me retorcí en la cama al sentir la luz del día entrando en la habitación, y eso que solo tenía un trozo de la persiana subida, pero el sueño me dominaba aún. De pronto sentí unos pasos muy ligeros y lentos que se alejaban por el pasillo, y me di cuenta que allí estaba yo, con mi desnudez y mi vibrador morado junto a mi cintura. Mi corazón empezó a latir con fuerza pensando que era un ladrón, y agarré con mucho silencio la sábana para taparme, aunque rápidamente me di cuenta de quién eran los pasos, y que no estaba sola en la casa. Mi primera sensación fue de vergüenza, ya que tenía la puerta abierta, y si los pasos se alejaban hacia la habitación del señor Manuel, es por este se había levantado, y había podido contemplar la escena que había en mi habitación, con mi cuerpo desnudo y con un juguete sexual junto a mí.

Me puse solamente el camisón para tapar mi desnudez, y sin pensármelo dos veces, me dirigí descalza hacia donde se habían alejado los pasos. No sé de dónde saqué el valor, pero quería saber si realmente había algún indicio de que nuestro vecino me había podido ver desnuda. Aún no sé de dónde saqué tanta determinación y curiosidad. En todo esto no habrían pasado ni quince segundos, pero allí estaba yo llegando a la puerta de su habitación, y justo allí estaba nuestro vecino, con su pantaloncito de pijama puesto dirigiéndose a su mesilla de noche sin hacer apenas ruido.

– Buenos días, Manuel. Muy pronto se ha levantado.-

El pobre del señor Manuel pegó un respingo del susto que le di.

– ¡Ay, hija, vaya susto que me has dado, no me esperaba a nadie!

Y en ese momento, con el susto se giró hacia mí, y ahí estaba la evidencia que me aseguró que había estado mirando. Su pantalón tenía un bulto de una gran polla semiempalmada que empujaba la tela del pantalón hacia delante, y al estar de lado y delante de su ventana, se transparentaba ese grosor apuntando hacia el suelo en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Fue inevitable mirar hacia ese gran bulto, y al darse cuenta donde se dirigía mi mirada, él se giró dándome la espalda, cogió la camisa del pijama, y se con disimulo hizo como que la ponía por delante de su cintura para poder darse la vuelta tapando su bulto.

– Perdone, no era mi intención asustarle, pero es que sentí un ruido en el pasillo y me asusté pensando que le sucedió algo.

– No, es que fui al baño, y volvía a mi cuarto, y tropecé en el pasillo. Perdona si te desperté.

– Tranquilo, dese una ducha, y me da luego ese pijama para que lo lave, que con estos calores de esta noche voy a lavar toda la ropa de cama. Yo me iré al otro baño a refrescarme un poco.

– De acuerdo, pero ya me incomoda que te dé tanto trabajo.

– ¡Anda, y no diga tonterías! No ve que la lavadora va a ir igual, y nos hace muy feliz poderle tener cerca y en casa. Así yo no me siento tan sola mientras José trabaja. Menudo hombre tan maravilloso que tengo en casa. Pocas mujeres serán tan afortunadas como yo de estar cerca de dos hombres tan galantes y varoniles.

– Educado intento ser siempre, pero no digas tonterías, que tener un vejestorio como yo en casa dando trabajo no es ninguna galantería o fortuna. Es como que te toque cuidar a un padre postizo.

– Pues que sepa que ni es un vejestorio, ni siento que me dé trabajo, y de padre o mayor nada, que todavía tiene su encanto.

Y dándome la vuelta, le guiñé un ojo y me fui a mi habitación a por una camisola larga de tirantes para estar fresquita tras la ducha.

El señor Manuel cogió su ropa limpia, y se dirigió al otro baño para ducharse.

Cerré la puerta, y me metí bajo la ducha. Todavía no daba crédito a lo sucedido. No podía ser posible que estuviera excitado por mí, quizás era que se levantó así. Pero si se levantó a orinar como comentó, tener el miembro así no sería normal, ya le habría bajado al acudir al baño. No creía su historia del tropezón sin observarme. Lo que me parecía aun más increíble es que yo hubiese entrando en ese juego que José había iniciado, y me pusiera cachonda mi propio vecino.

Acabé de ducharme antes que él, y salí del baño. En ese momento observé que la pequeña vitrina que había en el pasillo junto a la puerta de mi habitación estaba algo movida, y unas figuras de su interior se habían caído. Realmente sí había tropezado, pero no al salir del baño, sino al acercarse a mirar dentro de mi habitación. La escena me estaba calentando de nuevo, pensar que ese hombre que hasta hace nada me despertaba tanta ternura, había estado mirando mi cuerpo desnudo, y yo había conseguido poner es gran miembro en erección. A saber cuántos años hacía que no se excitaba viendo en directo el cuerpo desnudo de una mujer.

Llevé la ropa a la lavadora, y el señor Manuel salió del baño y dejó la ropa sobre las sábanas que había en el suelo, para ponernos a desayunar los dos.

Estuvimos hablando de la obra en su piso ya que se podía escuchar a los obreros demoliendo en el interior de su vivienda.

Nada más desayunar le dije que fuera a ver cómo iba todo, y me quedé sola haciendo las tareas del hogar.

Cuando estaba poniendo la lavadora, al coger su pijama, observé el pantalón, y todavía tenía restos de humedad, no parecía orina, ni tampoco semen, más bien eran la tremenda humedad que su polla había dejado en la tela donde apoyó su punta a relajarse. A José también le pasaba a veces, que cuando se excita, humedece la ropa interior o el pijama, y esa humedad tarda más en secar.

Cualquiera que me viera. Ahí estaba yo, oliendo el pantalón, tocándolo y excitándome.

Me fui a la cama aún sin hacer, saqué de nuevo mi vibrador morado, y con la humedad de mi sexo, entro suavemente. Acariciaba mi cuerpo con una mano, y con el juguete entraba alguna vez en mi sexo para humedecerlo, y lo pasaba suavemente por mi clítoris y labios vaginales. Mi mente no podía borrar la polla de mi marido dura bajo su pantalón y la polla de mi vecino. Estaba tan excitada pensando en los dos, que exploté largo y suave. Realmente lo necesitaba para poder continuar el día de una manera más tranquila. Aunque si os digo la verdad, quería compartir lo sucedido con José, aunque aún faltaban unas horas para verle.

(Continuará)…

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