El señor Manuel (IV)

Durante el día siguiente no coincidimos con el señor Manuel, ni le sentimos cuando llevaba o traía a su mujer, aunque tampoco era un vecino que hiciera especialmente ruido al entrar y salir. Pensábamos que nos estaba evitando. Así que el miércoles estuvimos atentos para ver si le sentíamos sacar a su mujer, y no escuchamos a nadie a la hora de todos los días. Nos empezamos a preocupar, y dejamos de pensar que hubiese sido por lo sucedido dos días antes.

Mi marido y yo nos vestimos, para salir a hacer las compras, y llamamos a su timbre antes de ir. A los pocos segundos sentimos su puerta que quitaba el cerrojo interno, y giraba la llave. Ahí apareció Manuel con pijama y bata de estar en casa. No había salido, ni se había preparado aún.

– Buenos días, Manuel. Nos habíamos preocupado al no sentirle estos dos días llevar a María Teresa al centro de día.

Entonces con lágrimas en los ojos nos comenzó a contar que su mujer había empeorado, y que el médico le había dicho que se estaba apagando. Qué poco se podía hacer, y que era cuestión de horas o días, y que estaban al tanto los médicos de cuidados paliativos.

La pobre había llegado a su fin, y estaba en la cama, sin apariencia de estar sufriendo. Manuel estaba destrozado, a pesar de llevar tanto tiempo mal su mujer.

Es mañana se quedó Manuel haciéndole compañía y por la tarde estuve yo hasta que sucedió el fatal desenlace, y la pobre se apagó como un pajarito.

Durante los días siguiente no nos separamos apenas de nuestro vecino, y le llevamos a nuestra casa a dormir. Su casa se le caía encima. Y con ayuda de nuestro hijo, que había vuelto del extranjero a pasar unos días, le ayudamos a quitar la cama de hospital que tenía para su mujer, ropa de ella y todo aquello que le podía recordar a la enfermedad que vivió los últimos años. Y poco a poco, en poco más de una semana Manuel volvió a su casa, y nuestro hijo se volvió a su trabajo, recuperando una relativa normalidad.

Durante esos días es obvio que ni se nos pasó por la cabeza ninguna provocación, ni sucedió nada extraño. Esos días al estar mi hijo y el señor Manuel, yo llevaba mi chandal para estar en casa con una camiseta nada sugerente, y aunque la hubiese llevado, el pobre hombre no tenía la cabeza para esos asuntos.

No todo quedó igual que antes, ya que entablamos mucha más amistad con nuestro vecino, y al verle tan abatido, muchos días venía a comer o cenar a nuestra casa. Solo era dar unos pasos, y allí nos tenía. Siempre nos traía algún postre, o nos compraba alguna otra cosilla de comer, pero no discutíamos mucho con Manuel, ya que nos daba pena que, por no dejarle traer alguna cosa, no quisiera venir a comer o cenar.

Los días iban pasando, y poco a poco Manuel iba recuperando algo su ánimo, pero continuaba algo abatido y cabizbajo, apenas bromeaba como lo hacía antes. Pero al menos ya no se echaba a llorar, aunque nos decía que se le hacía muy duro a ratos estar el solo en casa, y que tenía que ir haciéndose a ello.

La verdad es que su vivienda necesitaba ser pintada, los baños y la cocina reformados y el parqué un lijado. Así que yo le convencí para que le diera otro toque a la casa, que eso le iba a hacer sentir mejor. Y en unas semanas comenzaron las obras, y sobra decir que el señor Manuel se quedó en nuestra casa durante algo más de dos meses que iba a durar la obra.

El primer día estuvo triste, pero una vez vio que los baños y la cocina habían sido tirados, fue soltando nervios. Se iba centrando en ver cómo iban los progresos de su piso. Tenía otro ánimo, y eso a nosotros también nos dio un plus de tranquilidad.

Una de esas primeras noches de comenzar la obra, recuerdo que empezaba a hacer calor, sería finales de mayo, así que sacamos el pijama y camisón de verano. Siempre nos duchamos antes de ir a cenar, y esa tranquilidad de ver a Manuel mejor, nos hizo perder un poco la tensión, y nos pusimos el pijama de verano José, y yo mi camisón, uno de algodón normal, nada en plan erótico. Pero es cierto que mis pezones son algo puntiagudos, y se marcan en la tela. Y José el pijama se lo pone sin ropa interior debajo, con lo cual su miembro a veces se le nota si crece algo.

Fuimos a preparar la cena mientras nuestro vecino estaba en el otro baño duchándose y afeitándose.

Cuando apareció Manuel con su pijama de invierno, mi marido le dijo:

– Manuel, ¿no tienes un pijama más fresco con este calor que hace?

– Pues no, es lo único que tengo de pijamas. Últimamente si hacía calor dormía en camiseta de tirantes y calzoncillos. Pero mañana me compraré uno, que hace calor en esta casa.

Rápidamente José le llevó a nuestra habitación, y le dejó uno suyo que apenas usaba ya que era de chaqueta de botones y pantalón corto con bragueta también de botones. Y se lo regaló.

Al rato apareció en la cocina con el pijama puesto. Le quedaba un poco justo en la barriga, pero había dejado un botón sin abrochar de la chaqueta, y se le veía algo de tripa, y el pantalón también le apretaba, y se le notaban sus partes colgando, ya que parece que no llevaba calzoncillos tampoco.

Cenamos, y cuando estábamos recogiendo, José me dijo:

– ¿Has visto que Manuel no lleva calzoncillos y que cuando se sienta se le ven por una pata un poco de la piel de esos huevazos que debe de tener?

– No empieces otra vez, le dije.

Nos fuimos un poco al salón a ver la tele, y los chicos se sentaron cada uno en un sillón, y yo cogí el tresillo, así que tenía a cada lado a uno de ellos.

Manuel se quedó dormido un poco viendo la tele, y José me hizo un gesto.

– Mira la entrepierna de Manuel.

Fue mirar y me debí de poner como un tomate. Por una de las patas del pantalón de Manuel, asomaba parte de sus testículos. Parecían enormes. Es cierto que había escuchado que a la gente con los años les crecen, pero no pensé que fuera cierto.

Me levanté del sillón, para irme a la cama.

– Te encargas tú de despertar a Manuel para que se vaya a dormir.- Le dije a José un poco m*****a y desconcertada por hacerme mirar a nuestro vecino.

Esa noche me levanté a hacer pis medio dormida a uno de los baños del pasillo, y dejé cerrada la puerta. Según estaba sentada, meando con los ojos medio cerrados, sentí que alguien iba al otro baño. Pensé que era José, que solía venir detrás de mí a mear muchas noches si medio se despertaba al sentirme, y si veía que estaba yo, se iba al otro baño. Estaba tan dormida, que ni pensé que pudiera ser otra persona.

Al ver luz y la puerta entre abierta, me acerqué al otro baño, para decirle a José que me volvía a la cama. Y medio dormida abrí la puerta, y me encontré a Manuel meando con una polla de un buen tamaño y unos huevazos asomando por el pijama desabrochado.

– Perdón…

No fui capaz de decir más, y me fui a la cama con el corazón a mil del susto y la vergüenza de lo sucedido. José se despertó al oírme, y le tuve que contar lo sucedido. Y en vez de preocuparse, su polla se puso dura, y me empezó a besar, y meter mano a oscuras bajo las bragas. Mientras sentía como Manuel cerraba la puerta de su habitación y se volvía a la cama.

– ¡Pero, cariño, si te has vuelto a empapar al ver al vecino!

No era cierto, yo creo que era la humedad de acabar de orinar y no secarme bien, o quizás sí me mojé. Qué confundida estaba.

Hicimos el amor, y me corrí con facilidad. Y José cayó dormido como un angelito, pero yo no conciliaba. En apenas 2 horas tenía que salir José a trabajar para el turno de mañana, y no me moví para no m*****arle.

(Continuará)

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