El señor Manuel (III)

Según se cerró la puerta, José se abalanzó sobre mí, y abriendo el vestido, agarró mis pechos con los pezones erectos, y me dio un largo beso, mientras una de sus manos bajaba hasta mi sexo por dentro de las bragas. Sin darme cuenta, tenía el vestido completamente desabrochado. Su dedo rozó mi clítoris, mientras yo me abría ligeramente de piernas, y bajando lentamente, entró suavemente y sin resistencia en mi sexo.

– Cariño, ¿pero has visto que estás chorreando? – me dijo José con los ojos muy abiertos y de sorpresa.

Increíblemente la situación me había hecho mojarme como pocas veces, y esto a José le puso como una moto. Se sacó sacó la polla, y estaba tiesa a más no poder. Su punta estaba empapada por la calentura que tenía, goteaba líquido transparente, y al agarrársela, resbaló mi mano con su tremenda calentura.

No sé qué nos había sucedido, pero esta situación con el señor Manuel nos había llevado a un extremo de calentura que no teníamos desde que éramos novios.

Me apartó la mano, y me dijo: “No me toques más, que estoy a punto de explotar” Y se desnudó en medio del pasillo, mientras rápidamente yo me quitaba las bragas. Sin darme tiempo a más, me tumbó en el suelo sobre su ropa, y metió su cara entre mis piernas. Nunca me había corrido tan rápido, apenas 15 segundos, mi sexo estaba empapado, notaba como bajaba por mis nalgas y hasta mi ano estaba encharcado, resbalando mis jugos hasta la ropa de José, que estaba bajo mi cuerpo.

Se incorporó, y sin haber recuperado la cordura y la visión, noté como su polla entraba en mí, estremeciéndome al notar como avanzaba en mi interior, sintiendo como todos los pelos de mi piel se erizaban. Y empezó a entrar y salir de mí lentamente, mientras mis dedos acariciaban mi clítoris, que seguía pidiendo guerra. No me m*****aba tocarlo, y eso que no hacía ni treinta segundos que me había corrido.

– No sabes cómo me ha excitado verte calentando a Manuel. Ojalá le hicieras correr alguna vez a nuestro querido vecino.-

Fue decir eso, y los dos explotamos. Sentía sus latidos dentro de mí, y mi clítoris estimulado por mi mano, y su polla corriéndose me llevaron a un segundo y largo orgasmo. Perdí la noción del espacio, del tiempo, de mí mísma. Estaba en el cielo.

José cayó rendido a mi lado, y yo me abracé sobre él. Estuvimos así durante un buen rato, y yo hubiera seguido allí toda la mañana. No recordaba tanto placer desde hacía tanto, y eso que siempre que tenemos sexo, acabo teniendo mi buen orgasmo.

¿Qué me había sucedido? ¿Cómo era posible que aquel vecino que era casi de la familia, mayor, con aquellas provocaciones nos hubiese puesto tan calientes? ¿Y cómo era posible que yo hubiese accedido a aquel juego?

Estaba confundida. No sabía qué pensar, por un lado, no voy a decir que me sintiera sucia, pero sí un poco pendón y libertina. Nunca le había sido infiel, ni siquiera de pensamiento. Y delante de mi marido me había estado insinuando, mostrando a otro hombre parte de mis encantos, y había hasta juntado mi cuerpo semidesnudo a él suyo, aunque estuviera vestido.

Pero por otro lado había sido tan bonito ver a José tan excitado, tener esas sensaciones, sentirnos incluso más excitados y mojados que cuando éramos novios.

Me sentía realmente confusa. No hablamos del tema en el resto de la mañana. Comimos pronto, y José se fue a trabajar tras darme un beso largo y tierno, y regalándome una sonrisa maravillosa.

Mi cabeza seguía dando vueltas a todo lo sucedido, y por la tarde tuve que masturbarme dos veces por la excitación que tenía. ¿Sería normal aquello?

(continuará)

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