El señor Manuel (I)

Hoy voy a contar la historia del señor Manuel, un vecino jubilado al que le tenemos mucho cariño desde hace años mi marido y yo.

No es que yo sea una niña con mis cincuenta años, pero el señor Manuel nos saca más de veinticinco años, y desde que vinimos a vivir a su edificio, siempre nos ha tratado de una manera muy fraternal. Su mujer está enferma hace varios años, perdió la cabeza y está casi todo el día en casa en una cama o en la silla de ruedas, menos cuando la lleva en su silla de ruedas a la calle, donde la recoge un microbús de un centro de día para personas mayores, y así él desconecta un poco y puede hacer compras o darse un paseo. Es maravilloso el cariño con el que la trata.

Hace cosa de dos años el señor Manuel se hizo daño en una muñeca, y mi marido y yo le echábamos una mano a subirla y bajarla a la silla de ruedas, y le acompañábamos uno de los dos a darla un paseo o llevársela al autobús, ya que el no podía agarrar la silla con su mano izquierda (por suerte fue una lesión leve, y en menos de un mes estaba casi recuperado). Esos días entablamos aún más amistad con él, y no hacía más que tener detalles con nosotros. A mí me regalaba flores, y a mi marido le regaló unas botellas de orujo que él preparaba, y, aunque no bebemos ninguno de los dos, se las tuvimos que aceptar para que se sintiera mejor.

A los pocos días de estar recuperado, le encontré en el portal. El señor Manuel acababa de dejar a su mujer en el autobús, y le conté que la cisterna de uno de los baños no nos funcionaba bien, ya que él había sido fontanero. Así que se ofreció a mirárnosla. Le dije que se pasara a media mañana, que tenía que ir a comprar en ese momento.

Me olvidé de que tenía que venir el señor Manuel, y yo en casa suelo estar con un vestido de botones viejo, y no llevo sujetador debajo. Así que me puse cómoda, como siempre. A eso de las 12 y cuarto sonó el timbre, y me acordé que iba a venir en ese momento. Y al mirar por la mirilla, vi que era él. Le abrí la puerta y me dijo que a ver qué le pasaba a la cisterna del baño. Me pidió un destornillador para quitar un tornillo q impedía quitar la tapa de la cisterna y fui a por la caja de herramientas. Y al dejarla en el suelo y mirar agachada, no me di cuenta que se me habían abierto dos botones del vestido. El señor Manuel, que estaba frente a mí, se puso algo nervioso, y le noté raro, sin darme cuenta el motivo. Se me debía haber abierto bastante el vestido, y desde donde estaba él, me debía haber visto parte de los pechos por el amplio escote. Alguna temporada he hecho dieta, pero mi tendencia es a engordar un poquito, pero los pechos los tengo grandecitos y muy bonitos, aunque esté mal que lo diga yo.

Cuando me incorporé para darle el destornillador, le vi colorado de vergüenza. Y cogió el destornillador de mi mano mirando hacia un lado. Y yo sin darme cuenta que el escote, al estar de pie, era bastante amplio, y se veía más que un canalillo, más bien dos trozos de pecho sin llegar a verse los pezones.

En ese momento, al verle tan raro, intentando nervioso abrir la tapa, le pregunté si le pasaba algo, que estaba muy colorado y sudando. Y sin atreverse a mirar, mientras quitaba la tapa, me dijo: “Es que me da apuro decírtelo, pero al coger la caja en el suelo se te ha debido abrir algún botón del vestido, y no quiero que te sientas mal por ello. No he mirado, pero estoy pasando apuro por ti, que os tengo mucho cariño”.

En ese me momento me eché la mano al escote, y me di la vuelta para abotonarme bien.

– Disculpe señor Manuel, vaya apuro. No me había dado ni cuenta. Menos mal que me ha pasado con usted y no con un fontanero.
– No pasa nada. Pero lo estaba pasando mal por ti. No quiero que pensaras que soy un mirón. Os agradezco tanto lo que hacéis por nosotros, y os tengo tanto cariño.

El caso es que me debió ver bien, porque le noté muy abultado el pantalón, y se giraba para que no le viera. Me llamó la atención que yo le hubiera producido ese efecto, no pensé que a su edad pudiera, pero a la vez sentí pena por el apuro que tenía.

Me dijo que teníamos el flotador de la cisterna que no iba bien, el resto del sistema estaba viejo, y que era mejor cambiarlo todo, que eso no valía mucho, por eso perdía agua. Y como al día siguiente era sábado y su mujer no tenía centro de día, quedamos en fuera con mi marido a por ello a un centro de bricolaje el lunes por la mañana, ya que mi marido estaba de tarde la semana siguiente, y viniesen los dos a cambiarlo a casa.

Cuando recogí la caja de herramientas procuré que el vestido no se abriera, aunque tenía algo de escote. Noté que volvía a mirar con disimulo, pero me hice la despistada.

Cuando llegó mi marido a casa le conté que tenían que ir juntos a comprarlo y ponerlo, y me dijo que estupendo, porque cada vez perdía más agua.

Le conté lo que había pasado al coger la caja y agacharme, y que yo creo que el señor Manuel se había excitado con lo que había visto, pero que pasó mucho apuro. Mi marido no creía que fuera para tanto. Así que me dijo que me abriera los dos botones, y me agachara como hice. Y al levantarme me dijo: “No me extraña que se haya el pobre puesto cardiaco, agachada se te ven los pechos y los pezones, y al estar incorporada me has puesto cardiaco hasta a mí.”

Lo mejor de todo es que a mi marido le dio mucho morbo el tema y tuvimos un fin de semana, a costa de lo sucedido, de lo más movido sexualmente.

(continuará)

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