El jardinero en el patio trasero

Esa tarde regresé muy temprano a casa. Mientras caminaba por el comedor, pude oír una cierta conmoción a través de la ventana de la cocina. En la distancia, pude ver en el jardín del fondo a mi adorada mujercita y a nuestro jardinero Ramón; un viejo mexicano que hacía buenos trabajos en lo suyo.

Me acerqué a la ventana y observe que el tal Ramón estaba haciendo algo más que hablar con mi esposa.
Ana estaba pateando y gritando, mientras ese enorme hombre la tenía abrazada por la cintura y la manoseaba desde atrás. Ella llevaba unos shorts de jean que apenas le cubrían la cola, pero tenía la remera desgarrada y había perdido el corpiño. Sus redondas y firmes tetas se balanceaban mientras ella luchaba con su captor.

Después de pelear, Ana pudo liberarse, pero Ramón la persiguió y volvió a capturarla.
Otra vez la tomó desde atrás y siguió manoseando y acariciando sus tetas, haciendo que sus pezones se pusieran bien duros.
Ana pataleaba y gritaba que la soltara; pero cada vez su resistencia disminuía más…

Cuando se hartó de toquetearla, el hombre arrastró a mi esposa por los pelos contra el grueso ventanal de la cocina y allí le sostuvo la cara contra el cristal.

Yo me acomodé en una silla entre las sombras, dispuesto a presenciar el espectáculo. Ramón era un hombre mayor, pero demasiado enorme para enfrentarlo. Podría destrozarme en un par de manotazos y luego haría lo que quisiera con mi esposa…

Desde mi rincón podía escuchar perfectamente los gemidos de Ana contra el vidrio.
De repente Ramón arrancó los shorts de Ana y los deslizó por sus interminables piernas. Mi esposa quedó completamente desnuda; solamente tenía ahora una cadena de oro al cuello y sus sandalias de taco bajo.
No me llamó la atención que no llevara tanga bajo los shorts…

Ramón la empujó desde atrás y cayó de rodillas entre los muslos separados de Ana.
Enterró su cara en la raja de mi delicada esposa y entonces pude ver su lengua que comenzaba a lamer la estrecha entrada anal de Anita, que ahora gemía sin control; con su bello rostro pegado al cristal, contorsionado por el placer que le provocaba la lengua del mexicano.

Entonces Ramón se incorporó y se quitó los pantalones, dejándome ver una enorme y endurecida verga de color oscuro. Le apuntó a los labios vaginales de mi esposa desde atrás y de repente se enterró en ella con dureza y hasta el fondo, en un solo empujón.
Ana dejó escapar un agudo grito de dolor; esa verga se veía realmente gruesa, además de dura.

El hombre separó las caderas de Ana del ventanal. Las manos de ella seguían apoyadas contra el vidrio, soportando su cuerpo inclinado hacia adelante.
Yo podía ver la piel de su trasero temblar, mientras ese hombre la bombeaba sin misericordia desde atrás. La tomaba por las tetas mientras la cogía con dureza.

La cabeza de Anita se movía hacia arriba y abajo, con sus cabellos enrulados ocultando sus bellas facciones. No podía ver sus ojos, pero yo sabía que ella estaba gozando esa cogida; a pesar de sus aullidos de dolor…

En un momento, me pareció que había abandonado toda resistencia y ahora se entregaba para que ese viejo la cogiera a su antojo.

De pronto Ramón sacó su enorme verga de esa hermosa concha y se deslizó suavemente por la raja de mi esposa. Me imaginé lo peor; ese tipo la iba a destrozar a mi delicada Ana si intentaba metérsela por el culo.

Con un poco de juego previo, mucha saliva y bastante paciencia, el hombre fue finalmente capaz de deslizar su gruesa pija entre los cachetes de Ana; haciendo que ella comenzara a gemir, gruñir y a gritar con más volumen al sentir esa verga invadiendo su ano, pero sin resistirse demasiado.

Ramón deslizó su mano por delante y sus dedos comenzaron a jugar con los labios vaginales de mi excitada esposa, que ahora parecía muy deseosa de ser cogida. Su expresión facial de puro placer la delataba; se notaba que quería más y más…

Anita comenzó a gruñir, emitiendo sonidos que yo nunca le había escuchado decir.
Ahora ella giraba sus caderas al ritmo de la verga del mexicano, sus redondas tetas y sus cabellos flotaban en el aire; doblando sus rodillas y exhalando suaves gemidos mientras ese hombre la sodomizaba sin darle respiro ni demostrar cansancio…

De repente el hombre deslizó su verga fuera del culo de mi esposa. Ella giró sobre sus pies y cayó de rodillas, tratando de recuperar la respiración, mientras el jardinero se sentaba en una silla con una expresión de triunfo en sus ojos.

Entonces al ver que él se levantaba otra vez, cambié mi ubicación, yendo al borde de las escaleras internas. Ramón tomó a mi esposa por los cabellos y sin decir una palabra, la arrastró dentro de la casa, hasta el comedor.

Pude apreciar el estado de Anita desde cerca. Tenía la cabeza gacha, mirando hacia el suelo. Sus cabellos estaban en un desorden salvaje y sexy. El semen de Ramón se deslizaba entre sus muslos. Parecía derrotada, mientras el mexicano la atraía hacia su cuerpo tomándola por las caderas. Mi bella mujer ahora era un juguete en manos de ese tipo. Se agachó frente a ella y la obligó a separar otra vez sus muslos. Nuevamente enterró su cabeza en el delicado pubis de Ana, haciendo que ella gimiera y se quejara con un gesto de sorpresa.

Después de varios minutos de sentir su concha bien tratada por la lengua de Ramón, mi esposa comenzó a notarse más activa, moviendo sus rodillas al encuentro de la boca de su amante.
De repente ella se echó hacia atrás y cayó de espaldas sobre el sofá. Allí abrió sus piernas al máximo y dejó que Ramón volviera a invadir su vagina a lengüetazos…
Unos segundos después pude ver que aullaba como una perra, mientras acababa.

Entonces Ramón se incorporó y le dio un par de cachetadas en la cara, llamándola “puta”. Le dijo que nunca había cogido una perra tan caliente como ella. Luego le ordenó que subiera a nuestra habitación y que regresara vestida con algo sexy.

Ana lo miró a los ojos y le pidió que ya había sido suficiente; que la dejara en paz.
Pero Ramón largó una carcajada y zambulló sus dedos dentro de la dilatada vagina de mi esposa. Le dijo entonces que su concha ardiente pedía otra cosa diferente…

Ana obedeció y se levantó de un salto. Cuando pasaba frente a él, Ramón la sujetó por la cintura y le dio un par de azotes en las nalgas. Le ordenó que obedeciera…

Cuando la vi subiendo tambaleante por las escaleras, me senté en el piso pensando que mi delicada mujercita iba a tener todavía una dura y larga tarde por delante.
Me escabullí por el jardín trasero, decidido a regresar a casa más tarde…

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