El Cuarto D

El ascensor se movia a traqueteos sobre sus pies y hacia que sus pechos, encorsetados en una camisa demasiado ajustada, bailaran ante mis ojos, una vez más. No podía aguantar sin mirar pero a la vez sentía como la verguenza pintaba de tonos rojos los carrillos de mis ojos. Intente mirar hacia abajo, pero allí esa su falda negra, larga y ajustada, que acababa por debajo de las rodillas en un trozo de piel descubierto hasta los zapatos de tacon rojos. Era un viaje al infierno. Condenado por el pecado del vicio de no disfrutar la fruta prohibida.
Un viaje de veinte segundos era un paseo de emociones de dos horas. Y lo peor era que ella me miraba, de reojo, pero me miraba, y tal vez me deseara, pero no encontraba el valor para lanzarme. Un tímido “hola”, un “que tengas buen día”, y poco más, era mi vecina del cuarto. Puerta frente puerta. Con un marido calvo y rutón con el que oía como reñian todas las tardes, mientras el se rascaba los huevos tirado en el sofa del salón.
Cerre un momento los ojos para no verla más mientras el ascensor subía por el segundo y mi entrepierna estaba casi en el cuarto. Imagine el rellano de la escalera, y un “adios, hasta pronto”, y como yo decía, “no, hasta ahora”, al empujaba hacía su casa ante su mirada sorprendida.
De un golpe, cerraba la puerta de la calle, la cogía por el pelo y arrastraba sus labios contra los míos, pasaba mi lengua por su cuello y la hacia bajar hasta por mi pecho hasta un poco mas arriba de las rodillas.
Mi miembro erecto era como una lanza que frenaba su descenso en el placer de su boca húmeda y rostro sorprendido. Ella no era capaz de hablar, pero para eso ya estaba yo:
– ¡Chupa!
No hacía falta decir más. Sus pechos en punta eran la mejor explicación para el momento. Mientras su boca buscaba mi miembro, desataba su camisa blanca, liberaba esos pechos como piramides hunguidas de la prisión de su sujetador para poder pasear mis dedos sobre su piel.
Luego, cogía sus hombros con mis manos y me dejaba llevar por la ritmica danza del placer. Adentro y a fuera. Primero lento, luego rápido y de nuevo lento. Sintiendo su lengua pasa por mi prepucio, por la piel de mi miembro viril, en un camino de placer dominante y placentero.
Y cuando estaba a punto de correrme, parar, levantarla, ponerla a horcajadas contra la puerta, subir su falda negra y bajar esas bragas hasta los tacones. Arquear su espalda y penentrar esa cueva humeda y llena de placer. Bombear a ritmo mientras mis manos juegan con sus pechos, tirando fuerte de sus botoncitos marrones, y de vez en cuando, una buen palmada en el culo para que siga manteniendo el ritmo de yegua en celo y embravecida.
Y en medio de todo ese placer, sentir como mi polla se hincha, mis huevos se preparan para soltar el dulce nectar del placer y…
“Tim, Tam, han llegado al cuarto” Y todo pasa de on a off como en una mala película de serie B. Las puertas se abren y ella sale colorada ante la visión de mi polla dura dentro de los vaqueros. Y no tengo otra que arrastrarme hasta el rellano buscando la llave de mi puerta, mas rojo que un tomate maduro, y pensando que puede que no solo halla perdido una oportunidad de polvo con una vecina de ensueño, sino que posiblemente, tendré que ir buscando un nuevo piso de alquiler.

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