El albañil en la cama

Al regresar a casa aquella mañana de lunes, encontré que mi esposa había arreglado el presupuesto por el arreglo de la azotea con Daniel, el albañil que me había sido recomendado.
Le dije a Ana que no era necesario incurrir en más gastos de los que ya teníamos, porque yo mismo podía hacer la reparación sin otra ayuda.
Ante tanta insistencia de mi esposa para que viniera el tal Daniel, a quien yo ni siquiera conocía, tuve una chispa de duda. Comencé a imaginarme entonces que ese tipo había estado en casa pero no para inspeccionar la azotea, sino para revolcarse con mi mujercita en nuestra propia cama…

Si bien Anita y yo compartíamos fiestas con algunos amigos en donde se nos iba de la mano la cantidad de copas; siempre supuse que no había pasado más allá de que le metieran mano y ella manoseara a otro tipo.

No le dije nada a mi esposa. Al día siguiente apareció por casa el tal Daniel y entonces despejé mis dudas. Ese hombre seguramente se había cogido a Ana en su primera visita. Lo pude ver en sus ojos y en la mirada de ella…

El día convenido para que Daniel comenzara con la reparación yo salí para mi oficina como de costumbre y pude ver que Ana se estaba preparando como si fuese a recibir la visita de sus amigas; ya que, tanto Helena como Camila, siempre andan compitiendo para ver quién es la más sexy…

Saqué el auto del garaje pero solamente di una vuelta a la manzana y estacioné en la vereda de enfrente. Tuve que esperar muy poco. Apenas media hora después, vi aparecer a Daniel en la puerta de nuestra casa.
Ana lo recibió con una amplia sonrisa y se apoyó en sus anchas espaldas para darle un beso… en los labios del albañil… Luego lo hizo entrar.

Esperé un poco y después de otros quince minutos entré a mi casa sin hacer ruido. Entonces me di cuenta de que podría haber entrado cantando a todo pulmón y ellos no se hubieran dado cuenta de nada.
Parecía que la cama se iba a deshacer y que a ella la estaban torturando. Cuando llegué a nuestra habitación pude ver que efectivamente la cama parecía que se iba a desarmar en cualquier momento.
Anita estaba acostada boca arriba; con las piernas dobladas hacia el techo y sus rodillas a la altura de su propia cabeza. Estaba siendo directamente masacrada con una especie de martillo neumático muy grueso, que rebotaba contra sus muslos.
Mi dulce mujercita tenía una almohada sobre la cara para que sus gritos de placer desatado no se oyeran hasta la calle. El albañil estaba dedicado a lo suyo. Parecía un toro salvaje por la manera en que bramaba mientras penetraba a mi esposa. El tipo era realmente una máquina de coger…

Repentinamente, después de un intenso e interminable bombeo, mi esposa arqueó su espalda sobre la cama y, en medio de un salvaje un grito gutural ahogado por la almohada, acabó en un tremendo orgasmo.

Mientras sus fluidos se derramaban sobre la cama, mojando a su amante Ana siguió frotando la concha con sus dedos. Daniel se salió y se deslizó sobre el cuerpo de mi mujercita, enterrándole su verga en la delicada boca de Ana. Ella se la tragó casi entera y el albañil entonces se derramó en el fondo de su garganta, provocándole ahogos con tal cantidad de semen.

Me aparté de la puerta para evitar que me descubrieran, ahora que estaban en reposo. Pero eso duró poco. Enseguida pude oír que empezaban una sesión de besos profundos y largos. Me volví a asomar y vi que Anita ya le estaba poniendo la verga dura otra vez a lengüetazos…

Daniel la miraba callado con una sonrisa maliciosa de satisfacción y le metía un par de sus dedos en la ahora dilatada vagina de mi esposa.
De pronto la detuvo con firmeza, la volteó boca abajo y la puso en cuatro. Ana intentó debatirse, presintiendo que ahora iba a sentir más dolor que placer. Escuché que le suplicaba entre jadeos e insultos:
No, hijo de puta… te dije que esta vez sería mi concha solamente…”

Confirmé entonces que ese tipo había sodomizado a mi esposa en su anterior visita y que ella no lo había disfrutado demasiado. Me imaginé que ese tamaño de verga era la causa por la cual ella ahora ofrecía resistencia.

Finalmente Daniel pudo someterla y, cuando la aplastó contra la cama, adiviné que había ganado la batalla y penetrado en la estrecha entrada trasera de Anita.
Ella pegó un tremendo un aullido de dolor, pero él le tapó la boca con su enorme mano. Ana se debatió intentando zafarse, pero él no lo permitió. Bombeó un rato ese hermoso culo y ella empezó a llorar calladamente. “Basta…por favor, me duele mucho… no seas tan hijo de puta…”
Pero en respuesta, el albañil comenzó a moverse más rápido y violento.

Ana seguía llorando de dolor y parecía estar a punto de desmayarse. Luego de bombear un breve rato, Daniel se la sacó, pero por poco tiempo. Tomó un gel lubricante que tenía a mano. Lo aplicó en forma generosa en la estrecha entrada y volvió a penetrarla, esta vez con más brutalidad.

Mi esposa hundió su cara en la almohada y dejó escapar unos tremendos alaridos de dolor; pero el tipo no hizo caso. La tomó por los cabellos y la jaló hacia atrás para acercar sus bocas. Mientras se la seguía metiendo en su dolorido culo, Ana empezó a corresponder a los besos con furia…
“Vamos, perra… vas a decirme que no te gusta mi garrote en tu culo…??”.
“Siiii, soy tu perra… dame más, quiero más…” Respondía Ana a los embates, alzando sus nalgas para recibir esa verga todavía más adentro…

De repente él sintió que venía otra ración más que generosa de su semen abundante y caliente… Le gritó a Ana que le iba a inundar el culo y ella aulló que aguantara un poco más, ya que ella también estaba al borde del orgasmo.
Unos segundos después, pude oír los aullidos y jadeos de ambos mientras acababan al unísono. Mi verga endurecida comenzó a latir y sentí que mi propio semen manchaba mis pantalones mientras mi cuerpo temblaba.

Daniel cayó sobre la espalda de mi esposa, todavía con su verga ensartada en el fondo del culo de ella y así permanecieron ambos por un rato, mientras trataban de recuperan el ritmo cardíaco.
Con mucho sigilo, aproveché para salir de la casa por el patio de atrás.

Me fui a mi oficina y por la tarde regresé a casa temprano.
La intensa actividad del albañil había rendido sus frutos: Ana me recibió con una radiante sonrisa de oreja a oreja. Llevaba un negligeé casi transparente que dejaba ver que solo traía una breve tanga. Me pareció ver que había un líquido brillante deslizándose entre sus muslos y me imaginé que no se había bañado desde la tremenda cogida que le había dado Daniel.

Mientras la arrastraba hacia nuestra cama; esa misma cama donde había cogido con se tipo, le pregunté si el hombre había solucionado algo en su segunda visita…
Anita sonrió y respondió que ella había quedado satisfecha con la manera de trabajar del albañil; pero que todavía era necesario una tercera visita o hasta incluso una cuarta para dejar todo bien terminado…

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