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El albañil en la azotea

Víctor salió de viaje esa tarde; por un par de días apenas, según me dijo.
Mientras lo llevaba hacia el aeropuerto, me advirtió que al día siguiente vendría a casa el albañil que le había recomendado Jorge, el esposo de mi amiga Helena. Teníamos una filtración de agua en la azotea y era necesario repararla, para evitar que entrara humedad por el cielorraso.
Mi adorado esposo no se daba demasiada maña para esos trabajos de albañilería y prefería contratar un especialista. Me aseguró que lamentaba tener que ausentarse justo el día en que este hombre vendría a hacer el presupuesto por el trabajo.
Al día siguiente a media mañana, se presentó en la puerta Daniel, el famoso albañil. Era un chico joven y muy musculoso; que se dedicaba a hacer este tipo de trabajos mientras estudiaba Arquitectura…
Lo llevé a la azotea para que pudiera verificar la zona afectada. Mientras se movía y tomaba algunas medidas, yo no podía evitar dejar de ver su cuerpo musculoso. En algún momento ese chico se dio cuenta de que yo estaba totalmente extasiada mirando su cuerpo…
Finalmente se incorporó y comenzó a hablarme sobre el presupuesto del trabajo, que me pareció algo bastante razonable.
De repente cambié de tema y le dije que su cuerpo estaba muy trabajado y tenía una musculatura increíble. Daniel sonrió y me mostró sus bíceps…
Me dijo que practicaba kickboxing y por ello tenía varias fracturas y algunas cicatrices en todo su cuerpo. Me preguntó si quería verlas. Antes de que yo pudiera responder, se bajó los pantalones hasta la cadera, para mostrarme una cantidad impresionante de moretones en sus muslos y pantorrillas.
Yo me quedé pasmada más que por sus impresionantes extremidades, por el bulto que se veía colgando en su entrepierna; apenas cubierto por sus calzoncillos. Aunque se lo veía todavía dormido, era de un tamaño enorme.
Tuve que hacer un tremendo esfuerzo para que Daniel no notara que mi vista había quedado orientada a la magnificencia de su verga oculta. En su bajo vientre solo había un poco de vellosidad oscura, a continuación de ese pubis que me tenía totalmente embelesada.
Noté que sonrió. Y entonces maliciosamente me dijo:
“Mire aquí, señora, toque esta cicatriz de hace mucho tiempo. Se siente como un nervio debajo de la piel, pero es por un mal trabajo de sutura…”
Sin saber por qué le obedecí y me incliné un poco hacia él; para tocar esa antigua cicatriz que estaba muy cerca de su ingle.
Me hinqué y en cuanto las yemas de mis dedos palparon lo que me había indicado, pude comprobar que su verga se despertaba de su letargo… Fue algo tan rápido que, en apenas tres segundos, su glande y una buena parte de esa verga se asomaron por encima de los calzoncillos.
Sin dejar de acariciar la cicatriz de su pierna dura como roca, volteé mi cabeza hacia arriba y nuestras miradas se cruzaron. El muy turro sonreía sabiendo lo que me estaba pasando. Entonces comprendí que él ya se había dado cuenta del efecto que había provocado en mí su cuerpo…
Pasaron un par de segundos. Sin apartar mi mirada de la suya, mi mano guiada por un poderoso instinto fue directamente a ese pedazo de carne… Sentí que esa cosa enorme palpitaba entre mis dedos. Acaricié la punta de su glande y Daniel cerró los ojos, anticipándose al placer que vendría…
Entonces como si fuera casi un acto reflejo, mi boca se apoderó de esa hermosa pija. Bajé los calzoncillos hasta sus rodillas y lo pude ver entero: era perfectamente simétrico, con las venas bien marcadas y ligeramente curvado hacia arriba. Entraba y salía de mi boca hambrienta. Lo abarqué con mis dos manos y todavía quedaba algo más como para atragantarme. Succioné muy rápido y con desesperación. Él solo gemía y entonces me tomó de la nuca; haciéndome tragar casi toda esa hermosa verga hasta el fondo de mi garganta. Sentí que me asfixiaba y tuve arcadas mientras buscaba desesperada la manera de respirar; hasta que el chico aflojó la presión de sus manos en mi nuca…
Comencé de nuevo; lamiendo con rapidez su grueso glande, al mismo tiempo que masajeaba con mis dos manos todo el largo de la verga.
Fue demasiado para este chico. No pasó ni un minuto cuando sentí ese sabor agridulce. Acabó dentro de mi boca, de manera tan profusa, que apenas pude tragar un poco de semen caliente, mientras el resto se deslizó por la comisura de mis labios y cayó al suelo.
Me levanté y cuando lo iba a besar en la boca, él dudo un poco. Pero pude convencerlo y aceptó que mi lengua se enredara con la suya.
Su excitación pareció crecer otra vez en apenas segundos; ya que de repente dejó de besarme y me volteó de manera un tanto violenta, empujándome desde atrás contra la pared que separaba la terraza de la casa de mis vecinos. Me bajó los pantalones de gimnasia y mi tanga de un solo tirón.
Una mano me sostuvo por la cintura, obligándome a apoyarme contra la pequeña pared y la otra comenzó a acariciar mis labios vaginales, provocándome una humedad inusual…
Se inclinó hacia mí, me besó suavemente la nuca y susurró a mi oído:
“Te doy por esta concha mojada o vas a dejarme que te rompa el culo?”
Le dije que por el culo no; la tenía demasiado gruesa y podría llegar a desgarrarme con semejante tamaño de verga. Entonces Daniel sonrió y me empujó más todavía contra la pared.
Sentí que escupía en mi entrada trasera y antes de que yo pudiera protestar, me metió un dedo bien grueso que traspasó mi esfínter sin dificultad.
Intenté debatirme al adivinar sus intenciones; pero Daniel volvió a sujetarme más. De repente sentí que me partía en dos partes. Sin nada de piedad, su poderosa verga comenzó a abrirse paso en mi recto. Quise aullar de dolor, pero Daniel me tapó la boca con una mano y empezó a bombear, provocándome un ardor insoportable.
Después de unos pocos segundos, ese dolor se convirtió en placer…
Un placer morboso, libidinoso, intenso. Daniel me la metió muy profundo y siguió bombeando con intensidad, mientras jadeaba y sudaba al sol…
Ahora mi culo ya se había amoldado al tamaño de esa verga enorme y entonces comencé a empujar hacia atrás al encuentro de ese placer que me provocaba semejante penetración anal. Nuestros movimientos se sincronizaron y cada vez que él arremetía, yo empujaba hacia su vientre. Su cadera y pubis golpeaban mis nalgas al mismo tiempo que entraba y salía de mí.
De pronto los dos quedamos paralizados por una breve fracción de segundo y al mismo tiempo que yo experimentaba un intenso orgasmo vaginal, sentí que él inundaba mi culo con su semen caliente.
Quedé colgada en el vacío, tratando de recuperar la respiración.
Daniel sacó su verga muy despacio de mi trasero, como si estuviera intentando prolongar su placer. Me tomó por los cabellos y me llevó hacia él. Sonrió y me susurró al oído:
“Gozaste, perra… me di cuenta de que te gustó cómo te rompí el culo…”
Le dije que había disfrutado como una verdadera perra en celo; pero que la próxima vez me dejaría coger solamente por la vagina. Mi culo me ardía de una manera insoportable.
Daniel se acomodó sus ropas, me dio una palmada en mis nalgas y se fue.
Lo vi alejarse por la calle desde la misma azotea. Cerré los ojos y comencé a imaginar cuál excusa podría darle la próxima vez que nos viéramos para que no me diera por el culo… y si realmente le iba a entregar mi vagina…

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