Eduardo ataca otra vez

Estábamos todavía de novios con Víctor, cuando tuvimos oportunidad de comprar una linda y muy cómoda casa en Villa Urquiza.
Por las tardes, aprovechando que ambos regresábamos temprano de nuestros trabajos, solíamos ir a correr un parque cercano, hacíamos ejercicios de elongación y nos oxigenábamos un poco…

Una de esas tardes me llamó Víctor, diciendo que ya estaba listo para ir al parque y que me esperaba directamente allí. Sin advertirme nada, él había invitado a unos de sus antiguos amigos a correr con nosotros.
Llegué a nuestra casa, me di una ducha rápida y me cambié de ropa.

Elegí una camiseta de lycra bien pegada al cuerpo, que resaltaba el tamaño de mis firmes tetas y una ajustada malla de gimnasia. Al no llevar tanga, la tela de esa malla me marcaba bien la raja de mi concha…
Sabía que ese atuendo le encantaba a mi novio y algunas veces, al regresar a casa desde el parque, él me tiraba sobre la cama y cogíamos casi sin desvestirnos, con una tremenda calentura…

Al llegar al parque, me di cuenta de lejos que Víctor estaba acompañado y pensé que era alguien que solamente se había detenido a preguntarle algo.
Cuando llegué junto a ellos, me quise morir… El acompañante era ese mismo tipo que unas semanas atrás me había acorralado en el baño de hombres en un boliche cerca del río y, junto con varios amigotes, me habían cogido y sodomizado a gusto…
Víctor sonrió al verme y me volvió a presentar a su amigo Eduardo…

El tipo también sonrió y me reconoció al instante. Pude adivinar una mirada de lascivia y una sonrisa socarrona cuando se acercó a mi cara para darme un beso en la mejilla… Seguramente en ese instante recordó lo bien que había disfrutado de mis dos orificios en ese sucio baño de hombres…

Apenas Eduardo se apartó, me miró de abajo hacia arriba. Empezó por mis piernas, luego se detuvo en mi raja bien marcada bajo la tela de lycra, siguió por mis redondas tetas y finalmente llegó a mi cara de sorpresa.
El hijo de puta me guiñó un ojo sin que Víctor se diera cuenta.

Lo puteé a mi adorado novio en silencio; odiando que no me hubiese dicho nada de la presencia de su amigo allí en el parque; mientras yo estaba mostrando todo el esplendor de mi vulva bien hinchada…

Pude notar que a Eduardo se le marcaba también su enorme bulto bajo las calzas de lycra que usaba. Era un paquete bastante interesante.

El muy caradura me preguntó: “Nos conocemos de otra parte…?
No quise decirle delante de Víctor que por supuesto nos conocíamos; más precisamente de una noche donde me él y sus amigos me habían dejado el culo muy dilatado y lleno de semen…
Respondí ingenuamente: “Creo que no; nunca nos habíamos visto antes…”

Evidentemente, mi novio esa noche había tomado demasiado, porque no recordaba habernos presentado en la barra de aquel boliche. Yo tampoco nunca le conté cómo me habían dejado el culo esos turros.

Comenzamos a trotar y a correr. Durante la tercera vuelta Víctor se adelantó unos cuantos metros y yo me quedé algo rezagada; enseguida Eduardo aprovechó la ocasión para aminorar su trote y lograr que yo lo alcanzara.
Sonrió y me preguntó si yo había disfrutado la cogida de esa noche…

Lo mandé al carajo; como se lo merecía; pero en ese instante comencé a sentir que la concha se me humedecía, al recordar sus manos en mis caderas mientras ese turro me tomaba desde atrás y me taladraba el culo.
Si mirarlo le contesté: “Sí, pedazo de puto… me encantó cómo me cogiste”

Eduardo volvió a sonreír y estiró su mano para tocarme el trasero.
Logré esquivar su manotazo, pero perdí el equilibrio, pisé mal el terreno y caí al pasto de bruces, sintiendo un agudo dolor en mi talón.
El tipo se detuvo enseguida y se inclinó sobre mí.
“Eso te pasa por no aceptar mis caricias, putita…”

Volví a mandarlo al carajo y en ese momento una puntada más intensa me hizo gritar de dolor.
Eduardo me sacó la zapatilla y comenzó a hacerme masajes en el pie. Me sobaba con sus dos manos y para ello, me hizo apoyar mi pie sobre su entrepierna. Pude sentir que su paquete comenzaba a ponerse bien duro…
Mientras me masajeaba pude ver que mis labios vaginales se marcaban todavía más con la transpiración y la tela humedecida. La mirada de Eduardo fue al mismo punto y sonrió diciéndome:
“Qué hermoso tajo bien humedecido estoy viendo allí…”

Iba a insultarlo por tercera vez, pero tuve que contenerme porque en ese momento llegó corriendo Víctor; que había notado nuestra demora.
Le dije que estaba muy dolorida y entonces decidimos regresar a casa para reposar. Su descardo amigo se ofreció a acompañarnos…
Ya en nuestra casa, Víctor me ayudó a recostarme en la cama y me trajo una bolsa de hielo para que la aplicara sobre la zona del talón.

No era nuestra costumbre tener un botiquín de primeros auxilio bien equipado; así que Víctor dijo iría a una farmacia para comprar vendas y pomadas que me pudieran aliviar el dolor…
Le dijo a su antiguo amigo que le hiciera el favor de quedarse en el salón hasta que él regresara, por si yo necesitaba algo.
Apenas Víctor puso en marcha el auto afuera; me puse a pensar sobre el enorme paquete que escondía Eduardo bajo su calza deportiva. Sentí que me mojaba del todo; ya era algo evidente bajo la tela de lycra… Esta vez ya no era solamente transpiración…
Lo llamé a mi habitación y le dije que estaba aburrida…

Eso fue mi peor error. Eduardo sonrió con lujuria desde la puerta; disfrutando del espectáculo de verme con las piernas abiertas y mi zona inguinal totalmente manchada. Al darme cuenta cerré mis piernas e intenté alcanzar la sábana para taparme. Entonces me dijo muy seriamente:

“No te tapes, putita… sería mejor que te sacaras esa mallita mojada…”
El tono de su voz me hizo estremecer y le obedecí como hipnotizada.
Me quité mi calza de lycra y se la lancé a la cara, riéndome a carcajadas.

Eduardo la tomó entre sus manos y se la llevó a la nariz. Luego de aspirar y olfatear mi esencia en ese pedazo de tela, sonrió y se acercó a mí…
“Yo sabía que iba a volverte a encontrar, putita…”

De repente se quitó las zapatillas y sus dedos fueron al elástico de sus calzas. Antes de que comenzara a bajárselas, le advertí:
“Ni se te ocurra, puto… estamos en mi casa y mi novio ya vuelve…”
Eduardo lanzó una sonora carcajada y respondió:
“Yo no pienso decirle nada a Víctor… imagino que vos tampoco…”

Siguió bajándose las calzas y de repente apareció ante mi vista esa enorme serpiente que ya imaginaba. Era más grande de lo que suponía; más grande de lo que había sentido en ese baño de hombres…
Quedó completamente desnudo frente a mí, con sus fornidos brazos en jarra y su tiesa verga apuntando hacia el techo.

“Qué me vas a entregar en primer lugar, putita… la concha o la colita…?
Por toda respuesta, aparté la sábana que me cubría y abrí mis piernas al máximo; ofreciéndole mi concha empapada.
Eduardo subió a la cama y reptó entre mis muslos, hasta llegar a mis labios vaginales. Hundió su lengua entre ellos, haciéndome gemir de placer, al sentir el calor de su boca entrando a mi humedecida concha…

Me lamió durante un buen rato y luego se incorporó sonriendo. Avanzó sobre mi cuerpo, hasta sentir que la cabeza de su gruesa verga se apoyaba entre mis labios abiertos y dilatados.
“Quiero que me lo pidas, puta… quiero que supliques por mi verga…”

Era demasiado para mi paciencia. El hijo de puta me había chupado la concha como nadie y ahora me exigía que suplicara por una cogida…
“Tengo que mandarte al carajo otra vez o vas a cogerme como es debido?”

Eduardo entonces sonrió y se impulsó hacia adelante, haciéndome empalar sobre su tiesa verga. La sorpresa me hizo jadear y mirar al techo; pero enseguida me recompuse y acepté su tremenda poronga dentro de mi concha.
Comenzó a bombearme a buen ritmo, retirando su pija completamente y volviendo a meterla con más ganas, cada vez más adentro. El muy turro disfrutaba ver mi cara de placer; realmente me estaba matando con cada embestida que me daba, hundiéndose cada vez más y más adentro…

Grité, aullé y me debatí como una serpiente debajo de su cuerpo, sintiendo que su verga endurecida me taladraba como nadie. Ni siquiera mi adorado Víctor y su enorme pija me hacían sentir todo eso…

De repente sentí que mi cuerpo se aflojaba y entonces un intenso orgasmo me recorrió de pies a cabeza. Tomé a Eduardo por la nuca y acerqué su cabeza a mi oído, gritando y aullando a todo pulmón mientras acababa como una verdadera perra.
Eso también fue demasiado para él, que apenas terminé yo de jadear, él se tensó y se vació dentro de mi dilatada y agradecida concha. Sentí su semen hirviente que invadía mis entrañas a borbotones…

Eduardo se quedó sin aire y cayó rendido sobre mi pecho. Yo todavía podía sentir su verga pulsando dentro de mi vagina, expulsando las últimas gotas de leche. Finalmente abrí mis piernas que seguían entrelazadas en su cintura y lo empujé fuera de mi cuerpo.
Me causó impresión que su pija estuviera todavía dura y erecta como al principio. El turro sonrió entre mis piernas, observando que yo no podía apartar mi asombrada mirada de su entrepierna. Se estiró y buscó su teléfono celular. Comenzó a tomar fotos de mis labios vaginales abiertos que dejaban escapar su semen.

Le pedí que no lo hiciera, pero me dijo que no me preocupara; mi rostro no se vería en esas fotos, solamente mi concha empapada de semen y flujos.
Cuando se cansó de jugar con su celular, lo lanzó a un lado y trató de hacerme girar boca abajo en la cama.

“No, basta, por el culo no quiero… ya va a volver mi novio…” Le dije.
“Silencio, putita… tu culo es mío y estamos más cómodos en tu cama…”

Intenté debatirme, sintiendo que su gruesa pija erecta comenzaba a traspasar mi esfínter anal; pero no hubo caso. Eduardo era muy fornido y no iba a ceder tan fácilmente a mis súplicas.

Acababa de meterme entera su verga en mi culo, cuando ambos oímos el motor del auto de Víctor. Entonces Eduardo saltó de la cama y comenzó a vestirse con rapidez. Me miró riéndose…
“Te salvó el cornudo de mi amigo, putita… pero tu culo sigue siendo mío…”

Yo atiné a vestirme otra vez con mi calza de lycra toda transpirada y Eduardo se fue al salón para que Víctor lo encontrara allí.
Pude oír unas risas y pasos que se acercaban al dormitorio; así que cerré los ojos para que mi novio pensara que estaba descansando.
“Viste a mi novia…? A veces parece un ángel…” Dijo ingenuamente Víctor.
“Sí; pero será mejor para vos que la conviertas en un demonio…” Respondió su amigote, mientras lanzaba una sonora carcajada…

A la mañana siguiente consulté a un traumatólogo; que me recetó unas cremas y un buen reposo de mi dolorido pie. La concha también me dolía, pero por los embates que me había dado ese turro.

Por la noche Víctor sonrió al recibir unas fotos en su celular. Me ofreció el aparato para que yo también las viera, mientras me decía riendo:
“Parece que mi amigo Eduardo anda cogiéndose una buena viejita por ahí”
“Tu amigo es un pelotudo muy desubicado”
Le respondí sin estirarme para alcanzar el celular que me ofrecía. Sabía de sobra que mi ingenuo novio estaba mirando fotos de una vagina muy bien dilatada y chorreante.
Una vagina demasiado conocida…

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