Doña Felisa responsable de mi debut en el sexo

Con 15 años por cumplir, mi experiencia sexual se limitaba a las frecuentes pajas que aliviaban mis deseos mientras miraba las fotos de las revistas pornográficas que llegaban a mis manos.

A esa edad, con las hormonas en revolución, doña Felisa era mi ídolo femenino. Vivía en la casa vecina y mi familia tenía una buena relación con ella. Era una mujer cercana a los 60 años que me tenía enloquecido por su par de tetas.

Mis padres trabajaban, y se iban por la mañana para regresar por la tarde. Por mi parte, iba al colegio por la mañana y tenía toda la tarde libre para estudiar o vagar. Como mencioné, nuestra casa lindaba con la de doña Felisa y frecuentemente nos comunicábamos por los fondos.

Viuda desde muchos años antes, vivía sola en su casa. Como me conocía de pequeño, me había tomado afecto que yo correspondía haciéndole algunas compras menores en los comercios de la zona, y que ella retribuía con propinas o regalitos. Yo estaba siempre a mano para esos menesteres pues era la manera de estar cerca y admirar sus pechos que cada día me gustaban más y motivaban las auto satisfacciones manuales que realizaba, evocándolos en mi memoria. Por lo que relato a continuación, creo que la veterana había tomado nota de mis miradas y se propuso hacerme instrumento de su apetito sexual, contenido por varios años.

Mi inclinación por doña Felisa surgió cuando, un día asomado desde mi casa pude verla en ropa íntima. Llevaba puesto un calzón que cubría su exuberante y redondo culo y un corpiño blanco que a duras penas podía retener ese par de melones los que a partir de ese momento fueron mi ensoñación. Como si fuera hoy mismo recuerdo que luego de esa visión me hice una brutal paja imaginando que chupaba esas tetas.

A partir de ese día me transformé en su servidor y siempre estaba dispuesta para sus encargos. La intención era tener cerca de mi vista esas tetas.Tanta ilusión y devoción tuvo por fin una grata recompensa y que es motivo de este relato. Una tarde de aquellas en que me encontraba vagando, doña Felisa me pidió que le fuera a comprar una lámpara para reponer una quemada. Cuando llegué con el encargo, fingiendo que le dolía la cintura, me pidió que entrara a su casa para cambiarla. Me alcanzó una silla para subirme y se quedó al lado sujetándola. Resulta que ese día tenía puesto, a propósito, un vestido muy escotado que exhibía claramente sus portentos, y que subido a la silla se veían hasta los pezones. En lugar de cambiar la lámpara me extasié por un largo instante mirado sus preciosuras. Fue tan evidente mi mirada, que con una mirada socarrona me preguntó

• Que es lo que miras tanto? No serán mis senos, verdad?
• Eso mismo, dije un tanto cortado
• Y te gustan tanto como para quedarte alucinado?
• Porque para mí son las más lindas del mundo, respondí.
• Gracias por el elogio pero son los senos de una mujer mayor
• A mi no me importa, me gustan y mucho.
• Te gustaría verlas, me dijo mirándome a los ojos? sorprendiéndome
• Verlas y tocarlas, dije con desenfado
• Ajá, con que esas tenemos, y que más, me respondió…
• Sabe doña Felisa, y le pido que no se enoje, yo nunca pude ver una mujer desnuda, y sería muy feliz si la pudiera ver a usted, dije sacando valor de no sé dónde. Lo dije y de inmediato me arrepentí porque pensé que me podría mandar al demonio.

Nada de eso sucedió. Me hizo bajar de la silla y ya estando a su lado, se desabrochó el vestido y sacó de su corpiño una de sus tetas. Me miró a los ojos y me dijo que la tocara. Mi mano se posó en ella acariciando esa belleza y sacando valentía de mi interior, me la llevé a la boca para chuparla. Doña Felisa se sorprendió, pero me dejó hacer y rápidamente liberó su otra teta, que también recibió mis chupadas.

Al mamarle las tetas ella empezó a calentarse y comenzó a dar profundos suspiros. Tomándome de la cabeza me empujaba hacia sus pechos. Me ensañé con sus pezones chupándolos y mordiéndolos suavemente. Visiblemente excitada me tomó de la mano y me llevó a su dormitorio. Se sentó sobre la cama me desabotonó la bragueta y liberando mi polla que estaba dura como una piedra, se la llevó a la boca para darme la primera mamada de mi vida.

Con una maestría que aun hoy no ha sido superada, hizo de mi verga un juguete al cual le dio las mejores sensaciones de placer. Jugó con mis testículos, lamiéndolos y chupándolos con una suavidad extrema, con una mano sostenía mi pene y con la otra me hacía suaves pajas mientras su boca se llenaba de mi miembro, y su lengua jugaba con todo el aparato. Ese juego duró hasta que le hice conocer que mi descarga era inminente. Esa, mi primera experiencia de sexo bucal, me había llevado a un estado de éxtasis que llegaba a su fin con una corrida que doña Felisa avisada, aprovechó llevando mi falo a su boca recibiendo en ella mi primera eyaculación en la boca de una mujer.

Felisa no desaprovechó ni una gota de mi semen. No solo tragó todo lo que mi verga escupió, sino que la limpió de los restos que en ella quedaban. Abandonado de mis fuerzas, me dejé caer en su cama cuan largo era. Mi amante vecina se acostó junto a mí acariciándome y me preguntó si me había gustado. Tomando un poco de aire para recuperarme, le respondí que era más maravilloso que había pasado hasta entonces.

• Si es así, me dijo, creo que podemos tratar de seguir con el juego. No te parece?
• Tomándole la mano, le dije. Doña Felisa, tengo que confesarle que es la primera vez que estoy con una mujer.
• Ya me decía yo que tú deberías ser virgen por la forma que siempre me mirabas las tetas. No tengas miedo que la pasaremos de mil maravillas. La pasarás muy bien, y claro que yo también. Para empezar será bueno que te desnudes, que yo haré lo mismo.

Mientras que yo atropelladamente me quitaba mis prendas, ella se sacó el vestido que aún llevaba, y se quedó en bragas y sostén, mientras miraba mis reacciones. Aquí hago un paréntesis para tratar de describir cual era el panorama que tenía a mi vista.

Doña Felisa que llevaba muy bien sus años, no era precisamente una reina de belleza. Tenía el porte de una matrona. Bien rellena, además de esas maravillosas tetas que era mis desvelos, llevaba un culo importante de grande pero bien formado y sin celulitis, que contrastaba con su abdomen ligeramente caído. Carnes había y mucha, lo dicho, no era una diosa, pero en ese momento y dadas las circunstancias y mi edad, para mí ella era lo más bello del mundo.

Acostados, me pidió que le quitara el corpiño, pero tuvo que hacerlo ella misma porque con los nervios que tenía, no pude hacerlo. Tuve mejor suerte con su calzón, que retiré tan pronto como me recompuse. Fue ahí que me quedé unos minutos contemplándola fascinado. Era la primera vez que veía una mujer completamente desnuda y estaba allí al alcance de mis manos. Recorrí con la mirada todo su cuerpo y terminé fijando mis ojos en su entrepierna para descubrir un vértice cubierto por un abundante pelambre rizado con algunas canas, que cubría una gran parte de su pubis y que no dejaba ver su interior. No tuve tiempo de seguir mi observación porque tomándome de una mano me acostó a su lado y con la otra tomó una teta y me la puso en la boca.

Había llegado mi momento de gloria. Lo que tantas veces había soñado lo estaba viviendo. Me apoderé de esa teta y de su compañera y comencé a chupar y chupar yendo de una a otra. Ponía los pezones en mi boca y los mordía con suavidad. No recuerdo cuanto tiempo estuve en esa tarea hasta que doña Felisa suspirando, se puso de espaldas y me pidió que fuera a sus bajos para comerle el chumino. En realidad tuvo que acompañarme con sus manos porque mi ignorancia en el tema era total. Depositó mi cara junto a su concha y me pidió que se la chupara. Enfrentado a una situación que no sabía cómo resolver, aparté sus abundantes pelos y me encontré de lleno con una concha de labios finos y en cuyo interior se veía una vagina roja y muy húmeda. La situación era embarazosa por mi nula experiencia, había visto coños en las revistas, pero ahora tenía uno frente a mí y realmente no sabía qué hacer. Instintivamente apoyé mi boca en su cueva y con mi lengua repasé la zona. Doña Felisa me animaba pidiendo que se la chupara, cosa que hice muy torpemente primero, pero luego, me engolosiné porque gustándome el sabor que recibía mi lengua, pasé ésta por todo su interior en repetidas veces. Al parecer lo estaba haciendo bien porque mi amante vecina me decía que le estaba dando mucho placer y que no me detuviera. Animado por sus palabras apuré mis movimientos y metí mi lengua hasta donde pude, mientras que un par de dedos se adentraban en su interior buscando el tesoro mayor.

Estaba en esa faena, cuando doña Felisa me hundió la cara en su vagina y dando fuertes gemidos se vino en un orgasmo con jugos que me empapó toda la cara Un tanto asustado veía como mi vecina se tensaba dando leves gritos y acezando profundamente. Por fin se aquietó y tomándome de la mano me llevó a su lado y me susurró

• Mi muchacho, no tienes idea del inmenso placer que me has dado. Te quiero mucho.
• Realmente no sabía bien que tenía que hacer, pero al ver su concha abierta y jugosa, entendí que debía comérmela. A mí también me gustó mucho.
• Lo has hecho de maravillas, pero esto debe seguir. No perdamos tiempo. A ver cómo está esa picha? dijo tomando mi verga en su mano.
• Dura e impaciente, doña Felisa porque supongo que habrá más juegos, no?
• Ya, ya, muchacho, no seas impaciente y déjame recuperarme que la mamada que me diste me dejó media agotada.

Por lo que había visto y leído en las revistas, tenía que cogérmela. Era una experiencia que tenía que vivirla, así que tomando un poco de valor, metí mi mano en su panocha para acariciarla y de paso mandar un par de dedos adentro. Ella, que ya había tocado mi picha dura, sabía lo que yo quería y poniéndose de espalda, me invitó a que la penetrara. La tarea no me resultaba fácil porque doña Felisa tenía un culo grande y piernas fornidas, y por ese motivo mi verga no llegaba bien a su agujero vaginal. Viendo que mi afán resultaba inútil, se puso en cuatro patas y me sugirió que le diera como un perro. Como tampoco me resultaba fácil, con ambas manos aparté los cachetes del culo y enderecé mi verga hacia su vagina, que lubricada al máximo, facilitó la entrada. En ese momento me sentía en la gloria, me estaba cogiendo a una mujer, y mi entusiasmo era total. La verga entró con facilidad y cuando supe que había tocado fondo, empecé a darle y darle empujones metiendo y sacando la picha. La veterana se descontroló y empezó a pedirme más y más fuerte. La tomé de sus caderas y empujé todo lo pude mil y una veces. Doña Felisa en trance mordiéndose los labios y gimiendo seguía pidiendo más. Yo volví a sentir la llegada del orgasmo y se lo dije, me pidió que no me apurara y siguiera dándole. Como pude aguanté unos pocos minutos hasta que no pude más y volví a descargar mi leche, esta vez dentro de la panocha de doña Felisa, que al sentir mi acabada aceleró la suya y se vino otra vez con otro violento orgasmo.

Después de las acabadas compartidas, doña Felisa se dejó caer y yo encima de ella, con mi picha aun dentro de su concha. Me aparté colocándome a su lado y acariciándole la espalda y el culo. Me sentía en un ganador y en la gloria, había logrado cumplir mis sueños. En eso estaba cuando la veterana se llevó un par de dedos a su vulva para retíralos con parte de mi befa y se los llevó a la boca.
Hasta ese momento no nos habíamos besado. Yo no lo había intentado porque no sabía si la vieja lo admitiría y para ser sinceros no era mi gran ilusión, por ello doña Felisa me sorprendió cuando me tomó la cara y me dio un beso en los labios al tiempo que me agradecía haberla hecho feliz.

Con la energía de los 15 años, yo todavía quería más. Y se lo dije cuando recuperamos el diálogo. Su respuesta fue tantear mi verga y como la sintió semi endurecida, se replegó en la cama y se la llevó a la boca para darme otra mamada, hasta que la picha después de unos cuantos minutos volvió a ponerse dura.

• Aún no estas satisfecho muchacho? Me dijo
• Todo estuvo maravilloso y gocé mucho. Usted es una maestra en el tema.
• Que va, como hace años que no recibía varón me calenté mucho y tu picha hizo el resto. Aunque la mamada que me diste estuvo buenísima.
• Y no hay nada más para aprender doña Felisa?
• Tal vez haya algo más pero porque no dejarlo para otro día?
• Mire como estoy. Mi pija está otra vez dura y apuntando hacia arriba.
• Veo que eres insaciable. Eso se llama juventud. Ven para aquí y pon la verga entre mis tetas.

Obedecí de inmediato. Se tomó ambas tetas con sus manos y empezó a pajearme. Así estuvo largo rato hasta que volví a sentir la llegada del orgasmo. Se lo anuncié y me pidió que le apuntara a su boca. Mi semen no sólo le llegó a la boca sino también a su cara. No fue mucho porque lo que me quedaba ya era poco después de haber acabado en dos veces anteriormente. Sin embargo, doña Felisa se lo llevó todo a su boca para tragarlo.

Demás decir que después de ese polvo, yo estaba desecho. Me tiré cuan largo soy al lado de la vecina y me dejé acariciar, mientras me decía lo mucho que había gozado.

Estuvimos un rato en pose de descanso hasta que nos levantamos. Yo debía regresar a mi casa antes de la llegada de mi madre. En ese lapso, urdimos un plan para repetir las sesiones de sexo. Acordamos que salvo inconvenientes de último orden, la visitaría todos los jueves después del almuerzo, siempre pasando por los fondos para que nadie me viera.

Me despedí con un beso en la mejilla y la promesa jurada de no contarle a nadie esta aventura. Promesa que después de tanto tiempo, he roto con este relato.

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