Doblete en la cocina

Esa tarde mi adorado Víctor había llegado a casa absolutamente agotado de cansancio y más que nada estresado; pero yo tenía unas ganas locas de coger. Después de cenar nos fuimos a la cama y mi dulce esposo me hizo poner boca arriba, estilo misionero clásico y me penetró de un solo golpe con su verga bien dura.
Apenas había yo comenzado a calentar motores cuando él ya había terminado. Se dio vuelta en la cama y me dejó con toda la calentura encima.
Un poco enojada con él y conmigo misma; muy insatisfecha además, cerré los ojos en la oscuridad y fui desmayándome lenta y suavemente…
Un rato después me sobresalté con el sonido de unas voces y risas lejanas. Abrí los ojos y comprobé que Víctor no estaba acostado a mi lado. Presté atención y pude distinguir que las voces y risotadas provenían de la cocina.
Un poco a los tumbos por el sueño, me levanté y me dirigí a la cocina. Al llegar recordé que solamente llevaba puesta una camiseta de algodón, que apenas me cubría la cola.
Entré a la cocina, que estaba un poco en penumbras y lo primero que encontré fue a mi esposo atado a una silla y amordazado.
Pero lo que me preocupó más todavía, fue ver que sus captores eran Aníbal y Guillermo, dos de los mejores amigos de Víctor, riéndose a carcajadas cuando me vieron llegar.
“Se volvieron locos… qué están haciendo?” Les pregunté, ahora ya asustada. “Estábamos esperándote a vos, Anita…” Respondió Guillermo, sonriendo.
Intenté girar y correr hacia mi habitación; pero Aníbal fue más rápido y me sujetó desde atrás, retorciéndome un brazo a mi espalda y levantándome en vilo. Me hizo entrar a la cocina y me empujó hacia su amigo.
“Por favor, suéltenme, no entiendo lo que están haciendo…” Protesté.
En el fondo sabía perfectamente lo que estos dos turros querían. Siempre había advertido que me miraban con expresión lujuriosa en sus caras y más de una vez me habían dicho, a solas, que les encantaría cogerme y romperme el culo.
Yo también tenía parte de culpa, porque Guillermo me calentaba mal. Tenía una pinta de macho salvaje tremenda; era soltero y tenía fama de voltearse cuanta mina se le cruzaba. Aníbal no era tan agradable como Guillermo, pero tenía un físico tremendo. Yo siempre fantaseaba con respecto al tamaño de su verga; me imaginaba que sería algo enorme…
No era el lugar apropiado para dejarme enfiestar por estos dos tipos que se decían amigos de Víctor y mucho menos delante de él allí maniatado y amordazado, sin poder evitar ser testigo de lo que iban a hacerme…
Guillermo me recibió con sus brazos abiertos y comenzó a manosearme las tetas a través de mi camiseta de algodón.
“Qué buena putita… siempre me volvieron loco estas tetas enormes y duras…”
Gruñó Guillermo, mientras me toqueteaba, haciendo que mis pezones se endurecieran. Sentí que Aníbal se acercaba por detrás y pronto sus manos levantaron mi camiseta por encima de mis brazos.
Silbó de regocijo al ver que yo quedaba completamente desnuda, a merced de sus más bajos instintos…
“Qué suerte la tuya, Víctor, poder comerte este carozo todas las noches…”
Dijo mirando a mi esposo, que no podía responderle a través de la mordaza.
Enseguida hundió dos dedos en mi concha humedecida, desde atrás, haciéndome saltar hacia adelante. Pero Guillermo me sujetó rodeando con un brazo mi cintura y acercó su boca a mi oído para susurrarme muy bajo:
“Te voy a comer entera, Anita…”
Pude ver que Víctor se sacudía en la silla, luchando por liberarse de las ataduras; pero no lo conseguía de ninguna manera.
“Este culo va a ser mío, solamente mío…” Dijo Aníbal, al mismo tiempo que metía un dedo en mi entrada trasera atravesando mi esfínter con facilidad…
Intenté debatirme, sabiendo que entre los dos me iban a arruinar; pero Guillermo me tomó la cara con firmeza y me dio un beso de lengua que me dejó loca. Sentí que mi concha se humedecía del todo.
Terminé respondiendo a sus deseos y permitiéndole que su lengua explorara mi boca. Cuando rompió el contacto, volvió a pellizcarme los pezones con sus dedos, causándome un ligero ardor
Mientras tanto, Aníbal se había puesto en cuclillas a mis espaldas y había comenzado a lamer mi ano; metiendo su lengua bien profundo y dejando bastante saliva para lubricar mi estrecha entrada trasera…
De repente se levantó y le preguntó a su cómplice si podía empezar él en primer lugar. Guillermo sonrió y le dijo que no había problema.
Entonces Aníbal me empujó contra la pileta de la cocina y apoyó su pesada mano en mi espalda, haciéndome doblar en dos y apoyar mis tetas desnudas sobre el frio mármol de la mesada…
Por favor, paremos aquí… no enfrente de mi esposo… por favor…” Supliqué.
Guillermo largó una carcajada: “A tu marido le gusta, tiene la verga dura…”
Bajé la vista y comprobé que ese turro tenía razón. Una tremenda erección pugnaba por salir dentro del pijama de Víctor. Me miró con una expresión de vergüenza en sus ojos, como si me pidiera perdón por estar tan excitado…
En ese momento sentí que Aníbal escupía en mi entrada trasera y sin que yo pudiera evitarlo, ese hijo de puta aferró mis caderas y repentinamente hundió su verga dura hasta el fondo de mi recto, haciéndome aullar de dolor.
Había acertado en mis fantasías: ese tipo tenía una verga realmente enorme y para peor, me la estaba metiendo por el culo sin misericordia.
Aníbal gruñó mientras su verga seguía deslizándose dentro de mis entrañas, hasta llegar al fondo de mi estrecha cavidad anal. Allí se detuvo unos instantes, permitiendo que mi recto se acostumbrara a semejante grosor de su dura pija…
Dejó mis caderas y aferró mis tetas entre sus pesadas manos. Se inclinó sobre mi espalda, sin dejar de meter y sacar su poderosa verga de mi culo…
“Es más grande que la de tu marido?” Me preguntó riéndose.
Yo asentí con la cabeza, sin pronunciar palabra.
“Vas a dejarme el culo destrozado con esa verga, hijo de puta…” Lloriqueé.
“Te lo voy a dejar bien abierto y lleno de leche caliente, putita…” Respondió.
Mientras me sodomizaba brutalmente, comencé a sentir que mi propio cuerpo intentaba traicionarme. El efecto de semejante cogida anal era demasiado para mí y casi sin darme cuenta, un intenso orgasmo me recorrió de pies a cabeza y tuve que abrir la boca para gemir, aullar y acabar gritando como una loca…
Pude escuchar la carcajada de Guillermo a un lado, diciéndole a Víctor:
“Viste, tu mujercita es tan puta, que acaba mientras le rompen el culo…”
Víctor farfulló algo a través de la mordaza y al mismo tiempo Aníbal volvió a sujetarme por las caderas y se quedó repentinamente quieto; mirando al techo. Entonces un chorro de leche hirviente invadió mi recto, dándome un momentáneo alivio después de tanta dolorosa e intensa fricción…
“Ahhh nunca pensé que podría echarme un polvo así en este culito hermoso…”
Dijo Aníbal, mientras me sacaba su tremenda verga chorreante del culo. Apenas me sentí liberada, intenté escapar otra vez, pero Guillermo me atajó y me lanzó nuevamente contra la mesada de mármol.
“Estás muy apurada, putita?… todavía falta lo mejor…” Susurró mientras me metía un par de dedos en mi vagina ahora bien lubricada por mi orgasmo.
“No, por favor… por la concha no… estoy ovulando…” Le advertí.
Pero Guillermo volvió a reírse, diciendo que no tendríamos tanta puntería…
Me levantó en andas por la cintura y me depositó sobre la mesada, con mis piernas colgando en el aire. Se metió entre mis muslos abiertos y tomó su gruesa verga con una mano, mientras me miraba fijo a los ojos…
Apoyó la punta entre mis labios vaginales y giró su cabeza para mirar a Víctor. Le dijo sonriendo con lascivia, ante la desesperación de mi esposo:
“Te dije que alguna vez iba a cogerme a la puta de tu mujercita…”
Al mismo tiempo se impulsó hacia adelante, metiendo su enorme verga hasta la mitad de mi vagina; que la recibió agradecida. Para disimular un poco, abrí la boca para quejarme de dolor; pero por dentro, mi cuerpo pedía a gritos esa cosa gigantesca y endurecida que me estaba invadiendo…
Guillermo comenzó a arremeter contra mi pubis, entrando y saliendo de mi cuerpo con inusitada velocidad y potencia. Cuando yo dejé de gemir, el único sonido que podía oírse en toda la casa era el de nuestros cuerpos sudorosos chocando uno al encuentro del otro.
La pasión se adueñó de mí y de repente me encontré con mis manos entrelazadas en la nuca de Guillermo, aceptando un intenso beso de lengua que me dejó al borde de un nuevo orgasmo.
El turro aprovechó para levantarme empalada en su verga y se acercó a mi esposo, para mostrarle de cerca cómo mi cuerpo ensartado se movía al compás del ritmo que él le daba a la cogida.
Víctor gruñía y farfullaba a través de la mordaza y se debatía, pero no podía hacer nada para evitar la situación.
Guillermo me hizo cabalgar sobre su verga durante un buen rato, mientras gruñía y miraba sonriendo a mi esposo. Yo tuve un orgasmo así en el aire, pero esta vez fue muy silencioso y ellos no lo pudieron notar.
De pronto Guillermo dejó de subirme y bajarme entre sus brazos y se quedó quieto. Entonces sentí la dura pija de Aníbal desde atrás, otra vez abriéndose paso en mi muy dolorido culo. Esta vez aullé de dolor en serio, gritando a todo pulmón, mientras estos dos turros me hacían esa doble penetración…
Bien profunda y bien dolorosa.
De pronto Aníbal se salió de mi culo y Guillermo me elevó en el aire, haciéndome desmontar de su endurecida verga. Me depositó en el piso y me obligó a ponerme en cuclillas entre ellos dos.
Entonces ambos comenzaron a masturbarse y yo me quedé esperando “la lluvia de semen” con mi boca bien abierta para recibir a los dos…
Casi sin darme cuenta, llevé una mano a mi inflamado clítoris y comencé a masturbarme con mis dedos yo también.
Por fin otro nuevo orgasmo comenzó a manifestarse; mi respiración se hizo jadeante y un intenso clímax me envolvió completamente. Sentí que se me erizaba la piel hasta el último rincón y con un largo gemido expresé que estaba acabando, ahora con mis manos cerrándose sobre algún pedazo de tela…
Entonces comencé a sentir una especie de música que sonaba lejanamente pero a cada segundo cobraba más intensidad. La reconocí como esa irritante melodía del teléfono que me despertaba todas las mañanas.

Cerré mis ojos tratando de ignorarla: pero en un instante Aníbal y Guillermo desaparecieron en medio de una nebulosa…
La melodía se tornó insoportable y por fin me animé a abrir mis ojos. Me encontraba en mi propia cama; mis manos todavía aferrando el borde de las sábanas, producto de ese último intenso orgasmo…
Víctor me tocó suavemente el hombro:
“Basta con ese teléfono… ya sé que son las siete…” Gruñó sin abrir los ojos.
Comencé a levantarme, todavía temblando y sintiendo mi concha humedecida por ese poderoso orgasmo que había gozado en pleno sueño…

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